Microdisertaciones (II)

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Ser un seudocientífico es más fácil que pelar mandarina, pues no hay que estudiar; todo está dicho y todo está hecho en una serie de postulados inmutables que fueron proclamados por algún sabiondo que en alguna época remota o reciente creyó haber descubierto la quintaesencia del universo cuando en realidad no había descubierto ni el agua tibia. Con frecuencia, los postulados de este ente de la sinrazón se reducen a un manojo de aforismos precocinados que al ser enunciados guardan cierta similitud con las respuestas pregrabadas de una contestadora telefónica (sí, de esas que uno escucha cuando se llama al número de atención al cliente). No hay manera de abordarlos sin que éste dé sus patadas de ahogado con la cantinela de las conspiraciones, la tramoya del establishment científico y el “negacionismo” de los escépticos acerca de su “verdad”.

A un magufo le viene bien el llantén de la ciencia “inquisidora” que lo persigue o pasa de largo cuando le toca oír sus alocadas aserciones, puesto que tiene un complejo de Galileo, de Newton o de Einstein digno de un análisis psiquiátrico. Y no es para menos, porque a un don nadie que se adjudica un estatus de superioridad intelectual mediante el empleo de esta burda comparación se le debería dar un jalón de orejas para dejarle claro que jamás va a compartir el podio de los sabios salvo que su aporte valga la pena; es decir, el seudocientífico, quien se cree un escéptico “auténtico” y no un poser, no estará a la par de ese Galileo, de ese Newton y de ese Einstein si no nos ofrece algo que le dé un vuelco fenomenal a nuestro entendimiento. Sigue leyendo

Pensamientos rápidos sobre la charlatanería seudomédica

A grandes rasgos soy partidario de la medicina científica porque se basa en la evidencia, lo cual mejora sus conocimientos y aumenta la calidad de vida de los pacientes. Por otro lado, no soy amigo de la seudomedicina alternativa porque no está centrada en la evidencia, sino más bien en creencias, hechos o teorías que no se han demostrado o se han demostrado como falsas, aunque si a algún método médico alternativo se le probara su eficacia por encima del placebo entonces pasaría a formar parte de la familia de la medicina científica, por lo cual ya no tendría su título de “alternativa”; en caso contrario, seguirá ubicándose en el banquillo de los perdedores. Sin embargo, he de hacer algunas observaciones adicionales al respecto que considero de suma relevancia.

Es necesario entender que lo tradicional y lo científico son dos cosas distintas. Aunque parezcan sinónimos, ni lo primero ni lo segundo son iguales, pues en un sentido amplio la tradición obedece a ideas folclóricamente enraizadas en la cultura a lo largo del tiempo que son aceptadas por la sociedad y se transmiten de generación en generación como hechos irrefutables compuestos de simbolismos, costumbres, rituales, un toque de fe y sobre todo de supersticiones. Bajo esta definición, la medicina tradicional no es la del galeno con estetoscopio que ve a una infección como la invasión de un microorganismo, sino la del chamán que ve en ésta una manifestación paranormal de los espíritus malignos. Sigue leyendo