¿Por qué critico las religiones?

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Sin importar si son o no son institucionalizadas, las religiones son las cosas que menos estimo en la Tierra. Motivos me sobran para decirlo, y muchas veces me ha preguntado por ellos, pero son pocas las oportunidades que he tenido para agrupar mis respuestas en un solo bloque. Ergo, a fin de lidiar con este controversial tema, he de explicar muy brevemente, desde mi propia perspectiva, lo que pienso de estos sistemas de creencias que sistematizan la superstición de los dioses para que millones de personas les rindan culto día y noche, por los siglos de los siglos, amén, con tal de no ser devorados por las fuerzas del mal. Haré esto tomando en cuenta el papel que tiene la fe en la actualidad.

El dogmatismo de las religiones siempre ha estado presente, desde las más primitivas hasta las más modernas. Esta característica, que también se manifiesta en los gobiernos autoritarios, impide a sus practicantes cuestionar cualquier aspecto de su sistema de fe, corregirlo o reformarlo, so pena de sufrir las consecuencias o castigos por parte de las autoridades religiosas; en el mejor de los casos se recibe una reprimenda verbal para volver al corral, pero en el peor se ha llegado a la violencia física. Si las religiones fueran de mentalidad abierta, modificarían sus creencias en pro de sí mismas y de la humanidad; pero no, eso difícilmente sucede, porque para ellas es más sencillo tildar a sus detractores de impíos herejes que dar su brazo a torcer. Así, las religiones son un sistema robespierreano de pensamiento en el que afirmar lo contrario equivale a ser un contrarrevolucionario que se niega a nadar con la corriente. Sigue leyendo

Reflexiones mediáticas (II/III)

Aunque no se puede poner en duda que la red ha ampliado los horizontes a los que puede llegar la información y que gracias a ella el conocimiento es más accesible, el correlato entre la inteligencia y la computación es cuestionable. Me explico: que algo esté en Internet no significa de una que sea cierto; más aún, que nadie es más sabio por consultar la World Wide Web (WWW) mientras dice que la prensa escrita, la radio y la televisión mantienen obnubiladas a las masas para servir a los magnates del poder. Si es usted una de esas personas que tienen esta concepción envilecida de los medios mainstream de comunicación y esa visión idealizada del Internet, le insto a reconsiderar su postura.

Demos un tour por el bosque de los bits o, más específicamente, de los códigos de la programación. Sea detallista y mire atentamente cada detalle de las páginas web en las que usted se encuentre. Observe cómo están rodeadas de anuncios publicitarios, tienen diseños variopintos según los gustos de sus creadores, emplean un vocabulario único en su estilo y sus estadísticas tanto de visitantes como de comentarios guarda una estrecha relación con las temáticas abordadas. Comparado con sus equivalentes en la selva de concreto y en el campo, los mensajes llamativos del Internet vienen a una escala mayor; así, no hay mucha diferencia entre “compre aquí su queso fresco de búfala al mejor precio” y “mantenga protegido su sistema con el mejor antivirus, haga clic aquí para descargar gratis” porque ambas oraciones invitan al consumo de un producto. Sigue leyendo

Hugo Chávez, Jesucristo y el socialismo cretino del siglo XXI

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Una de las mezclas más absurdas que he visto no corresponde a ningún DJ de poca monta, sino a una torcida ideología política que hizo Hugo Chávez, a su manera, entre el mal llamado socialismo del siglo XXI y las ideas de Jesucristo, como si ambas ideas fueran compatibles entre sí o como si fueran conceptos hermanos. La parte más irracional de los falaces argumentos de Chávez está centrada en el hecho de que como Jesucristo se comportaba supuestamente del mismo modo en el que lo hicieron los próceres de la independencia latinoamericana, entonces Cristo es por ello revolucionario, socialista, bolivariano y, por ende, chavista. He aquí, pues, una teología criolla que une con suturas forenses los miembros de mesías fallecidos, un Frankenstein hecho a medida del finado sabaneteño.

El mesianismo de Chávez usa un silogismo deducible con facilidad en el que la premisa A sostiene que Jesucristo tuvo un sinnúmero de virtudes, mientras que la premisa B dice que esas virtudes también las tiene el socialismo del siglo XXI; partiendo de las susodichas premisas, Chávez habría dado como conclusión que si Jesucristo era bueno, generoso, misericordioso, protector de los desvalidos, tolerante, solidario y un etcétera de cualidades positivas, y si su socialismo las predica, entonces esa coincidencia se debe a que el hijo de Dios en la Tierra era bolivariano, revolucionario, socialista y, sobre todo, “rojo rojito”, es decir, que él era chavista. Los problemas de esta falacia son sumamente graves, comenzando por la falsa asociación de dos cosas que van separadas, la cual Chávez ha hecho deliberadamente con otros personajes históricos como el cacique Guaicaipuro y Simón Rodríguez, pintados en un mural mamerto en Caracas. Sigue leyendo

Reflexiones mediáticas (I/III)

Los ataques a los medios tradicionales de comunicación se suelen centrar en la mediocridad, en la parcialidad y en la falsedad de la información, aparte de que éstos distraen a la gente para desviar la atención de sus problemas reales mediante patrañas publicitarias y una “guerra mediática” en la que un lobby quiere mantenernos bajo su yugo político-económico. No obstante, ¿en qué se basan estas afirmaciones tan osadas? En falacias, generalizaciones, mentiras, medias verdades y teorías desechadas, mas no en hechos demostrados. En una ignorancia supina conspiranoica de la que me ocuparé de discurrir, aunque sea sucintamente, en cuanto a lo relacionado a los medios tradicionales: la radio, la televisión, el cine y las publicaciones periódicas escritas.

Durante años, la comunicación humana ha sido una incuestionable necesidad que se ha refinado progresivamente a través de la tecnología, la cual ha dado a millones de personas un sinnúmero de datos que otrora estaban disponibles para una minoría. La veloz circulación de la información ha socavado las bases de un monopolio que tiene más posibilidades de lograrse en un país déspota donde se cercena la libertad de expresión y de pensamiento; en un país cuyos medios de comunicación sólo sirven a los intereses de un gobierno que se deshace de la competencia o le hace la vida imposible. Aunque no es el único ente en realizar prácticas antiéticas, el Estado tiene los recursos legales y políticos suficientes para consumar un objetivo de esta magnitud. Sigue leyendo

Sobre la denegación y la rudeza del debate

“Sé que debería respetar tu opinión aunque esto me es difícil porque eres un maldito idiota”.

“Sé que debería respetar tu opinión aunque esto me es difícil porque eres un maldito idiota”.

Hay una tríada de cosas que pueden pasar en un intercambio de ideas. Uno, se llega a un encuentro sano de opiniones, donde quien no tiene la razón admite sus errores; dos, se aprenden cosas nuevas cuando los interlocutores disuelven sus diferencias en pro de llegar a conclusiones objetivas; y tres, el escenario se convierte en una pelea de gallos en la cual no se pretende probar nada, sino ganar la discusión. El primer par de circunstancias es el más deseado por mucha gente educada por ser espacio para las conversaciones productivas, mientras que la última de ellas es la más ansiada por picapleitos que de a nada se ponen a buscar lo que no se les ha perdido mediante trifulcas verbales que no conducen a ningún lado.

Viendo este panorama, me he interrogado con frecuencia si es necesario participar todo el tiempo en debates, y aún más: si hace falta ser siempre buena gente y amable en un debate donde la contraparte miente con insistencia, está claramente equivocada, no tiene argumentos de valor o sencillamente carece de evidencias. Me contentaría con decir una simple negación a estos planteamientos dubitativos, pero como estoy habituado a sustentar mis argumentos con explicaciones de mayor envergadura, precisaré de varios parágrafos para esclarecer cuál es exactamente mi postura, por qué la tengo, en quiénes me inspiro y cuáles son sus excepciones. Sigue leyendo