Microdisertaciones (II)

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Ser un seudocientífico es más fácil que pelar mandarina, pues no hay que estudiar; todo está dicho y todo está hecho en una serie de postulados inmutables que fueron proclamados por algún sabiondo que en alguna época remota o reciente creyó haber descubierto la quintaesencia del universo cuando en realidad no había descubierto ni el agua tibia. Con frecuencia, los postulados de este ente de la sinrazón se reducen a un manojo de aforismos precocinados que al ser enunciados guardan cierta similitud con las respuestas pregrabadas de una contestadora telefónica (sí, de esas que uno escucha cuando se llama al número de atención al cliente). No hay manera de abordarlos sin que éste dé sus patadas de ahogado con la cantinela de las conspiraciones, la tramoya del establishment científico y el “negacionismo” de los escépticos acerca de su “verdad”.

A un magufo le viene bien el llantén de la ciencia “inquisidora” que lo persigue o pasa de largo cuando le toca oír sus alocadas aserciones, puesto que tiene un complejo de Galileo, de Newton o de Einstein digno de un análisis psiquiátrico. Y no es para menos, porque a un don nadie que se adjudica un estatus de superioridad intelectual mediante el empleo de esta burda comparación se le debería dar un jalón de orejas para dejarle claro que jamás va a compartir el podio de los sabios salvo que su aporte valga la pena; es decir, el seudocientífico, quien se cree un escéptico “auténtico” y no un poser, no estará a la par de ese Galileo, de ese Newton y de ese Einstein si no nos ofrece algo que le dé un vuelco fenomenal a nuestro entendimiento. Sigue leyendo

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Microdisertaciones (I)

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Pasó la enésima fecha del dizque apocalipsis, y todavía seguimos llenos de farsantes por doquier. Alfonso León, el Arquitecto de Sueños de Venevisión, fue uno de tantos mitómanos de profesión que hizo su agosto con las profecías inexistentes de una civilización mesoamericana (i.e., los mayas) cuyo interés en averiguar el porvenir estaba limitado a su propia gente. Tuve la ocasión de ver su programa televisivo decembrino en el 2012 donde explicaba su “profundo entendimiento” en la materia; se notaba a leguas que no sabía ni jota de astronomía, historia, matemática, física… Él era (bueno, aún es) toda una oda a la ignorancia humana, todo un epítome zarrapastroso de los dogmas medievales, cuando no los de la Antigüedad.

Es comprensible, evidentemente, la idiosincrasia etrusca con sus compulsivos augurios, pues en esa época se sabía poco del universo, por lo cual brotaron, inevitablemente, esas divagaciones que terminaron construyendo su cosmología. Pero lo que no es comprensible es esa necedad de perpetuar el oscurantismo mediante el reciclaje de embustes ya desmentidos ad nauseam. Desde el 2000, el Armagedón se convirtió en un cliché espurio, en un vocablo sin valor. Es lamentable que en pleno Siglo XXI muchos sigan creyendo en el fin del mundo, y que muchos sigan estafando impunemente en base a este engaño. Sigue leyendo