Aplicando el escepticismo a los fraudes interneteros

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Una realidad incontestable en el mundo internetero es, precisamente, el hecho de ser con frecuencia invadidos por fraudes de todo tipo. ¿Son molestos, verdad? Sí, y si usted los ha mirado con detenimiento habrá notado que cada uno de ellos que llegan a su bandeja de entrada ―o a su muro, o a la portada de las redes sociales a la que esté metido― suele ser una mentira o una verdad a medias. En cualquiera de los dos casos veremos que su detalle más peculiar es que se viralizan con una rapidez tremenda, especialmente aquellos donde hay información de corte alarmista. Claro está, no necesariamente podemos ver falsas alarmas. En ocasiones es posible ver algunas teorías extrañas sobre asuntos de historia, religión, política, ciencia o tecnología, todas ellas orientadas a decir la “verdad” sobre alguna cosa o a señalar “la auténtica cara de Fulano”.

También es posible ver que, independientemente de si son o no son cadenas de email, se incluye la temática social, específicamente cuando se trata de personajes famosos u organizaciones demonizadas como la archiconocida Microsoft; por tanto, no es de extrañar que aquí sea nulo el aprecio por los hechos. Pero los hoaxes no son creados de la nada. En efecto, se originan de teorías conspirativas, mitos de toda índole, leyendas urbanas, malentendidos sobre temas que pueden dar lugar a controversias y supersticiones aún vigentes en nuestra cultura cotidiana. Inicialmente, muchos de estos contenidos de carácter seudocientífico estaban en libros, revistas o folletos. Después del auge del Internet, la distribución en cadena de estos embustes se hizo en formatos más prácticos que repopularizaron afirmaciones absurdas ya refutadas con sólo reeditar las historias originales en un documento de texto en compañía de imágenes “pescadas” en cualquier base de datos. Sigue leyendo

Las cadenas religiosas del Internet

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Indudablemente, la expansión de la fe no tiene utilidad si no se logran mantener a los creyentes anclados a sus preceptos, ya sea por medios pacíficos o violentos, por lo cual se hace necesaria la aplicación de diversos métodos que puedan persuadir a los fieles a quedarse en sus posiciones o disuadirlos de abandonar su religión actual para cambiarla por otra. En pleno siglo XXI, en el que la globalización es un fenómeno mundial, las cosas han cambiado muchísimo en la manera de acercar los mensajes de las congregaciones, aunque no sus intenciones e ideas de trasfondo que se transmiten con mayor sutileza sin rozar el umbral de la pasividad.

El impulso vertiginoso del Internet ha permitido el flujo veloz de la información, pero una fracción de la misma, al no tener fundamento, puede generar ignorancia e histeria al ritmo de su difusión. De todos los medios digitales, el correo electrónico ha sido uno de los que han tenido más éxito en distribuir bulos, pues viaja más rápido a medida que se envía a una lista de contactos; esto es lo que se conoce como una cadena de email. Pequeña y peligrosa, la cadena de email, con sus versiones inyectadas con esteroides de las redes sociales, le ha dado rienda suelta a la prédica del fanatismo religioso con la pasmosa frecuencia suficiente como para impulsarse en la consolidación de los objetivos de su proselitismo. Sigue leyendo

Los engaños de los seudodocumentales

pseudodocumentalesNo hay nada comparable a los seudodocumentales (i.e., filmes con formato de documental cuyas afirmaciones no están basadas en la realidad). ¿Y por qué? Porque estos superan en todo al peor programa de televisión y la cadena de email más fastidiosa, incluso en mentir y tergiversar. En estos tiempos modernos, el Internet ha sido el espacio ideal para la propagación de filmes virales cuyo contenido es seudocientífico y conspiranoico a niveles extraordinariamente patológicos. Las redes sociales, diversos blogs y webs de video están atestados de usuarios que los comparten y creen sus palabras a pies juntillas.

Todos los seudodocumentales tienen una cosa en común: el nulo uso de la razón, el cual se nota rápidamente por la ausencia de críticas de valor, evidencias contrastables, juicios realistas, propuestas serias para el futuro, buenos argumentos, acusaciones sólidas, propósitos honestos y un sustento científico. Eso sin incluir el camuflaje de objetividad otorgado a todos los hechos que alteran (o inventan) según su conveniencia. Si han observado los tropezones que en ocasiones cometen los medios tradicionales de comunicación, entonces no han visto absolutamente nada porque en Internet hay cosas mil veces peores. Sigue leyendo