Simón Bolívar: una visión escéptica. Epílogo

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En sus aspectos conceptuales, en su entramado argumental y en sus resultados prácticos, el culto a Bolívar ha demostrado que, detrás de su disfraz de inocuidad, se esconde una idea nocivamente obsoleta que está plagada de errores, tergiversaciones, falacias y mentiras. Se ha discutido ampliamente sobre su estructura, orígenes, argucias y difusores, así como de los rasgos biográficos del Libertador que más se han prestado a estas confusiones. Hemos abordado con detenimiento las diversas facetas que componen las raíces de este problema cultural, y ya es hora de presentar una propuesta que conduzca a bosquejar su solución aproximada, con atención especial a la grave situación de Venezuela.

A nivel institucional y político, lo que podría hacerse es pasar por alto el bombardeo propagandístico que se atosiga a la población con la imagen omnipresente del Libertador. En suma, los dirigentes y demás funcionarios públicos deberían concientizarse sobre el abuso al que ha sido sometido Bolívar en sus oficinas, cuya mirada pareciera la de un Gran Hermano orwelliano que los vigila constantemente, para ver si están haciendo bien su trabajo (lo que no es cierto, porque si lo fuera, Venezuela sería un país desarrollado). Por su parte, los encargados del Poder Legislativo deben, desde ya, componer leyes acordes a los principios y valores del siglo XXI, sin usar al prócer mantuano de plantilla.

Modificar la legislación vigente para que esta se “desbolivarice” puede ser un pequeño paso que contribuya a dar los demás. Por ejemplo, en la Constitución venezolana de 1999 se puede corregir el preámbulo, rehacer el Artículo 1 y enmendar el Artículo 107. En lo que toca a la Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana puesta en vigor desde el año 2011, es urgente adecuar el texto de los artículos 1 y 121. Si bien no se puede negar la instrucción de la historia militar, tan intrínseca a los oficios castrenses, es pernicioso que las tropas imiten al Libertador en palabra, obra, pensamiento y moral. Para mantener la Independencia de la patria, no es necesario rememorarla haciendo que nuestros soldados se conviertan en microcaudillos al servicio de la tiranía de Miraflores.

Desde el ámbito educativo, habría que proceder mediante la divulgación de hechos y documentos que hasta el momento han sido soslayados en el aula de clase. No hay excusas para no hacer esto, ya que tenemos pruebas a granel. Contamos también con cifras y estudios realizados por especialistas competentes en la materia. ¿Por qué seguir, pues, escondiendo realidades históricas que saltan a la vista, pero que nos hemos negado a ver? No hay motivo racional para enseñar una versión parcializada e idealizada de nuestro pasado. Tampoco hay que pedir permiso para informar que Bolívar fue un cruel dictador, que perpetró ejecuciones masivas y que discriminó negros, indios y mujeres.

Fácil es decir esto, sin tomar en cuenta los inherentes obstáculos que tenemos enfrente. Ante todo, debemos ser realistas y no caer en falsas esperanzas. Tengamos presente que nos tocará encarar las instituciones corrompidas y los políticos corruptos de la Quinta República, que no cederán terreno ni reconocerán sus errores porque no quieren perder votos en las elecciones; aún si lo hicieran, tendrían más añagazas para seguir controlando al pueblo. Con las malogradas coyunturas económicas del país, sus intereses partidistas aún pueden sobrevivir a través de la dependencia económica al Estado generada con el estipendio de las “misiones”, las “becas” del gobierno o las humillantes cajas CLAP.

Legalmente, las vías para que nuestros códigos se deslinden de los preceptos bolivarianos estarán bloqueadas mientras exista la actual crisis política. Es absolutamente imposible reformar ley alguna mientras haya confusión en las investiduras del Poder Legislativo. Para que esta acabe, habría que disolver el Congreso de la Patria y la Asamblea Nacional Constituyente por usurpación de funciones, renovar la Asamblea Nacional por incumplimiento de sus deberes y descontaminar el Tribunal Supremo de Justicia por sus arbitrariedades antilegales. Y antes de hacer todo aquello, primero habría que desinfectar cada célula del Poder Ejecutivo ―presidencia inclusive―, porque desde ahí es donde eclosionan sus entes paralelos a los establecidos en la Carta Magna.

Ningún cambio de gobierno servirá de algo sin la educación, con la cual los niños de hoy se forjarán en los ciudadanos del mañana, desde el conserje hasta el jefe de Estado. Si esta no se reforma, si esta no sincera los hechos históricos y se mantiene con el pésimo currículum que la caracteriza, la transición a la democracia habrá sido en vano. ¿Que no ha sido suficiente con advertir sobre la cantidad de socialdemócratas, conservadores de derecha, ultranacionalistas y filofascistas que idolatran al Libertador? Sí, y seguiré insistiendo en ello. Un día de estos, podría algún líder mesiánico de esos tumbar a los chavistas, instalarse en el mando y gobernar a sus anchas, con el pretexto de haber emancipado a Venezuela del comunismo. Si su mandato podría tener un final feliz o no, poco importa; ya está bueno de sustituir un bolivarismo rojo por uno azul o amarillo. Tiene que haber una alternativa.

Y para fortuna nuestra, sí que la hay. Tras desenvolver este cúmulo de meditabundas disertaciones sobre Bolívar, me preparé para la tracalera interrogante que se ha puesto de moda en varios de mis compatriotas venezolanos: “¿Y tú qué propones?”. La contestación es, empero, compleja, mas no por lo que he de sugerir, sino por la naturaleza de las circunstancias que son hostiles a su aplicación. La idea se me vino a la mente mientras leía sobre la reforma del sistema educativo japonés después de la Segunda Guerra Mundial, a fin que la población abandonara su mentalidad belicista, cuyo origen fue el exacerbado nacionalismo, la adoración del pasado y el culto al emperador.

Por supuesto, no es preciso que a Venezuela le metan un portaaviones estadounidense en las costas de Coro para comenzar a actuar. Tampoco hace falta declarar la guerra a muerte, ni millones de muertos. Lo esencial sería empezar por lo elemental, es decir, con los libros de texto de la escuela, los cuales deben reescribirse a modo que se expongan de manera amena los terribles hechos de la Independencia americana, sin que se nieguen sus aportes. Tales eventos siempre deben ponerse dentro del contexto de la historia universal, con un sendero abierto para el debate, el análisis, la reflexión, la valoración ética y el método científico. Con ello formamos estudiantes que sepan ser críticos con sus ancestros, sin demonizarlos ni santificarlos. Los hacemos pensar y hacer cuestionamientos incómodos.

El factor en contra de dicha proposición se encuentra en la ausencia de voluntad política. No es secreto que el material de estudio viene diseñado en las cavernas caraqueñas del Ministerio de Educación, cuyo criterio pedagógico está apegado al dictamen oficialista, que se ha apoderado del gobierno durante casi dos décadas. Aunque parece revolucionario, el diseño del currículum escolar en los niveles de primaria y secundaria está malo, muy escueto, ni siquiera parece haber surgido como fruto de una minuciosa redacción llevada a cabo por expertos. Los acontecimientos y documentos relacionados con Bolívar no son falsos ―ciertas excepciones aplican―, pero en su escritura se siente un fuerte olor a propaganda partidista del chavismo.

Chocamos también con otros escollos, que son la “Cátedra Bolivariana” y la “Instrucción Premilitar”. La implementación de una reforma en la educación, necesariamente, debe situar su piedra fundacional en la supresión de ambas materias. La segunda, porque es una asignatura tan inútil que no tiene ningún conocimiento aprovechable a escala profesional, a menos que el bachiller vaya al ejército. Y la primera, porque se adoctrina a los jóvenes mediante un modelo único de pensamiento, en el cual se les dice que deben ser como el Libertador. El pénsum, guiado desde el referido Ministerio, no ha cambiado ese dislate fascista desde la Cuarta República, y la Quinta ha redoblado sus esfuerzos en reforzarlo, usando como aval jurídico la Constitución venezolana de 1999.

Ante la opresión del Estado, cabe el activismo ciudadano. Personalmente, no creo que al gobierno le interese realizar esos cambios; para que eso se logre, habría que tener uno nuevo, uno realmente democrático que adopte las mencionadas modificaciones legales, porque sin ellas estaremos igual o peor que antes. Hasta tanto, la posibilidad que nos queda es que se combata esta impostura ideológica a través de los propios maestros, quienes deben aprovechar sus cátedras para enseñar contra las directrices del Ministerio, lo cual significa que se dará el contenido completo sobre Bolívar, sin tapujos ni documentos trampeados, rompiendo así el cerco de la censura institucional.

¿Qué perfil profesional encaja con esta descripción? Un profesor que arriesgue su cargo de docente con tal enseñar al Libertador tal como fue, uno que se enfrente abiertamente al sistema y que con su gesto aliente a sus colegas a hacer lo mismo, hasta el punto en que el Estado, por medio del Ministerio, se dé cuenta de lo fútil que es su ahínco por hacer que el pueblo se aborregue con el falseamiento de la historia. Pero al ver la tétrica situación económica de Venezuela, albergo dudas. Con lo complicado que se ha vuelto encontrar empleo, y con lo caro que se ha vuelto todo, no vislumbro aún a nadie que pueda dar comienzo a esta forma de resistencia no violenta, puesto que muchos educadores prefieren seguir órdenes que llevarles la contraria. Por ende, es improbable que este país salga del averno bolivariano a corto y mediano plazo.

Desmilitarizar la educación y la cultura será una de las metas más trascendentales que deberá alcanzar Venezuela para que adopte un verdadero esquema sociopolítico de país desarrollado. Japón lo hizo y le fue de maravilla; ni los nipones guían sus vidas en los preceptos de Tokugawa Ieyasu, ni el gobierno se los exige. En el País del Sol Naciente, la batalla de Sekigahara es un evento magno, pero no mucho más que la paz obtenida tras muchos sacrificios. Asimismo, en ese lugar del Lejano Oriente el nombre de Oda Nobunaga no es más relevante que el de Akira Kurosawa. En sí, la grandeza de Japón está plasmada en escritores, poetas, filósofos, directores de cine, pintores, músicos, en fin, en la población civil, no en sus samuráis, ninjas, shogunes y daimios.

Este singular fenómeno nos obliga a revisar nuestra conciencia nacional. Como venezolanos, debemos inquirir en cuáles son los mayores logros de nuestra nación. Si nuestra respuesta es Bolívar, fallamos, porque es incorrecta. El éxito de Venezuela no debe medirse más en las contiendas ganadas y perdidas, ni en lo mucho que hemos “libertado” a Sudamérica, sino en sus genuinos aportes culturales, no los militares ni los políticos. En otras palabras, hablo de la Silva a la agricultura de la zona tórrida de Bello, las tonadas de Simón Díaz, los cuadros de Reverón o la Doña Bárbara de Gallegos, no la Carta de Jamaica, ni el Discurso de Angostura, ni el Manifiesto de Cartagena del Libertador. Tampoco cuenta la batalla de Carabobo.

Muy loable lo que hizo Bolívar, pero debemos dejarlo ir. Debemos aceptar que él bajó tranquilo al sepulcro y que no volverá. Es preciso reconocer que sobre el Libertador se nos ha mentido mucho y, más aún, hay que actuar en consecuencia. Ello no consiste en derribar sus estatuas, ni en borrar su efigie hasta de la orquesta filarmónica, ni en renombrar avenidas, ni en vandalizar la Wikipedia. Nada de eso, porque es caer tan bajo como los indigenistas que destruyen la memoria histórica de los colonizadores españoles. Simplemente hay que refutar a los farsantes, confrontar a los politiqueros para que rindan cuentas por sus atropellos y contrarrestar la represión de los militares.

Ojalá que estos hechos y documentos contrastados sirvan para hacer de Venezuela una nación más libre, justa, sin el velo de la superstición que la ha cegado con el culto a Bolívar. Mi más sincero deseo es que los laureles del Libertador conserven su gloria, sin ir en detrimento de quienes lucharon junto a él por la Independencia. Que la educación forme ciudadanos pensantes, capaces de desafiar cualquier autoridad que holle sus derechos, incluso la de aquellos gobernantes que creen tener potestad de mandar sólo por haber evocado a Bolívar. Que se rompan, pues, las cadenas de la dictadura, y que no quede un eslabón de ellas. Que caiga el impío fortín del despotismo, sea cual fuere su forma, y que sobre sus escombros se erija el impertérrito monumento de la democracia. La mayor fuerza y debilidad de la tiranía es la obediencia de sus súbditos; cuando se deja de acatar la voz del amo, cesa la esclavitud y empieza la libertad.

Écrasez l’infâme.

Voltaire.

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4 comentarios en “Simón Bolívar: una visión escéptica. Epílogo

  1. Felicitaciones Ylmer. Lo he compartido en mis redes. Creo que deberías considerar en serio volverlo un libro. Con las opciones de autopublicación que ofrece Internet, no debería ser muy difícil conseguirlo, incluso si las editoriales se niegan.

    ¡Un abrazo!

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    • ¡Épale David! ¿Qué tal todo? Gracias por comentar y compartir.

      La idea del formato impreso estuvo presente desde un principio, pero maduró conforme avancé en el proyecto. Hablé con uno de mis profesores y me dice que es una idea muy publicable en las editoriales, más aún por lo que está viviendo Venezuela. En el prólogo hice algunas modificaciones especificando el asunto, haciendo algunas precisiones sobre la edición en la plataforma del blog y dando los debidos agradecimientos a quienes impulsaron este proyecto. Estás en la lista :)

      ¡Saludos!

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