Simón Bolívar: una visión escéptica. Capítulo 10 – Resolviendo controversias

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Hasta lo que se ha investigado, hay bastantes episodios de la vida y obra de Simón Bolívar que son incuestionablemente certeros, hasta el punto en que no quedan dudas razonables. Sin embargo, existen otros que aparentemente están envueltos de misterio, de intriga, de incógnita, motivo por el cual surgen acalorados debates, cuyos partidarios se tiran de los pelos para ver quién tiene la razón. En este sentido, el método científico nos dicta que las afirmaciones deben contrastarse poniendo en relieve las pruebas en contra y a favor, y es precisamente por ello que pasaremos por el tamiz de la lógica aquellos eventos que, aparentemente, son los más enigmáticos del Libertador.

El culto a Bolívar se ha aprovechado de esta polémica para sus fines deleznables, pero desde este preciso instante se hará un esfuerzo por canalizarla con razonamientos más desapasionados. A tal efecto, he seleccionado las siete controversias más ardientes sobre el Libertador, las cuales resolveré por separado y, como de costumbre, atendiendo a los hechos y a la lógica. Como los temas son surtidos y sin conexión directa entre sí, no habrá palabras finales para resumirlos, aunque sí un lenguaje más relajado para discutirlos, yendo al grano y sin tecnicismos.

1. ¿Se murió o lo mataron?

Un 17 de diciembre de 1830, el Libertador falleció de tuberculosis, tras haber pasado por una larga agonía. En esencia, eso es lo que dice la historia. No obstante, ha habido cierto grupúsculo de “revisionistas” que han rechazado esa afirmación; dicen que el héroe mantuano fue asesinado y que su cadáver fue robado. Para sustentar sus descabelladas tesis, estas personas apelan a presuntas evidencias, conjeturas y teorías conspiranoicas que buscan mentes criminales donde no las hay: Santander, Páez, los peruanos, los estadounidenses y quién sabe qué otro conjurado más.

Aquí no hace falta ser criminólogo ni detective de un cuerpo de investigaciones para darse cuenta de que los “revisionistas” son unos mentirosos, ya que se inventan de la nada una discusión sin pies ni cabeza. Empecemos por lo básico: los homicidios de este tipo acaban descubriéndose porque siempre tienen a un bocazas que habla de más. Las conspiraciones no son a prueba de tontos, y en un hombre tan importante como Bolívar esa posibilidad jamás habría sido ignorada por sus camaradas. Lo opuesto debe decirse de Antonio José de Sucre, cuyo asesinato a balazos en Berruecos dejó tantas pistas que sabemos quiénes fueron los involucrados con lujo de detalles, documentos, testigos y confesiones (Rumazo González, 2006a, pp. 331-375).

Los que siguen sin dar su brazo a torcer arguyen una trama digna de una novela policíaca para explicar el “asesinato” de Bolívar. No obstante, ellos tuvieron que tragar saliva cuando se exhumaron los restos del Libertador y se enteraron que los análisis científicos desmintieron su tramoya conspirativa. En el 2010, la Academia Nacional de la Historia emitió un comunicado en el cual se determinó, por unanimidad, que el héroe caraqueño pereció a causa de una “tuberculosis de reinfección del adulto de tipo fibroulcerocavernoso, con diseminación broncógena”; en términos más simples, esa fue una incurable tuberculosis, una de las tantas enfermedades terminales del siglo XIX que hoy combatimos con antibióticos.

El veredicto es compartido por los especialistas forenses que estudiaron el cadáver del Libertador. En el diagnóstico hubo pruebas de laboratorio, las cuales determinaron la presencia de agentes patógenos muy malévolos que arruinaron la salud de este prócer hasta dejarlo sin signos vitales. Además, a través de un test de ADN se demostró que el cuerpo del finado sí era el de Bolívar y no el de un impostor; su ADN mitocondrial coincide con el de su hermana María Antonia, es decir, que ambas personas tenían la misma madre. Todo eso y mucho más salió en el documental ¿Dónde está Bolívar?, transmitido por las televisoras del Estado venezolano.

No hubo indicios de envenenamiento. Los análisis científicos no han llegado a esa conclusión, ni la insinúan. Los “revisionistas”, en cambio, tuercen estas afirmaciones de los expertos y piensan que las trazas de arsénico en el cadáver de Bolívar confirman sus sospechas. Sin embargo, ellos se equivocan, no se percatan de la amarga diferencia entre posibilidad y realidad, y tampoco recuerdan que a inicios del siglo XIX no se había desarrollado la teoría microbiana con la cual entendimos la naturaleza microscópica de las patologías. Hasta que eso no sucedió, los médicos de 1830 seguían tratando a sus pacientes guiados por la “teoría de los cuatro humores”, lo que conllevaba a utilizar medicamentos hechos de sustancias tóxicas o de herbolaria.

Por consiguiente, ni el mejor galeno o chamán de la época hubiera podido curar a Bolívar. La ignorancia inherente a esos años de pseudomedicina y de medicina precientífica hacía que, en la gran mayoría de las ocasiones, el tratamiento fuera peor que la enfermedad. No debe sorprender, pues, que esos brebajes destruyeran tanto las células enfermas como las sanas, dañando más órganos de los que se pretendían reparar. En el plazo de pocos meses o años, una persona podía irse a la tumba sin que el médico pudiera hacer nada, salvo acompañarlo en su lecho, para consolarlo en su desgracia.

Ante los absurdos cuestionamientos, documentos. Eso es exactamente lo que tenemos disponible. Partiendo de fuentes primarias, hallamos que en agosto de 1829 hay dos cartas reveladoras. Una de ellas es del día 14, escrita por el Gran Mariscal de Ayacucho a Bolívar, en la que el prócer cumanés dijo desde Quito que el héroe caraqueño dictó una misiva “en un ataque de bilis negra” (Ver en Sucre, 1981, p. 535. Cursivas en el original). En la otra, fechada el día 20, el Libertador le dijo a José Manuel Restrepo, desde Guayaquil: “acabo de salir de una grande enfermedad de bilis negra, que me redujo a la cama algunos días; pero ya voy resta­bleciéndome poco a poco” (Doc. 2094 A.D.L.).

Se engañaba el Libertador con ese pensamiento optimista, porque la mejora era ficticia. Desde aquel año, la muerte le asestaría poco a poco sus golpes filosos de hoz, hasta fulminarlo en sincronía con la disolución de la Gran Colombia, a cuya dictadura había renunciado en el alba de 1830 para emprender su emigración a Inglaterra. En este orden de ideas, resulta irracional suponer que su médico de cabecera lo hubiera envenenado paulatinamente para que nadie sospechara en caso de investigarse un posible homicidio, puesto que eso es historiográficamente falso. Rumazo González, por ejemplo, documentó que los enemigos de Bolívar creían innecesario matar a un moribundo que escupía sangre al toser, por lo que sus planes de ejecución shakespeariana desviaron sus ojos a Sucre.

Varios de los que han divulgado estas descaradas patrañas han sido partidarios del oficialismo venezolano, pero también podemos encontrar estas opiniones en adeptos de los demás colores de la politiquería latinoamericana. Aducen por pruebas las intentonas homicidas de años anteriores, como en Jamaica, el Rincón de los Toros y la Noche Septembrina. Bien, ataques fallidos contra la vida de Bolívar tales como los mencionados son ciertos, ¿y? ¿Acaso eso es indicio de algo? No. Nada de nada, eso no resiste la Navaja de Hanlon: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”. Esas suposiciones caen de platanazo cuando se posan en los sólidos pilares científicos e históricos que ya conocemos desde hace mucho tiempo. Culpar a un doctor de lo sucedido, más aún sin evidencias, es de por sí una actitud infantil.

El dato del médico no debe ser tomado por superfluo. Nunca. Muy por el contrario, es más importante de lo que creemos. El más valioso de todos es el del famoso Alejandro Próspero Révérend, porque fue él quien hizo la autopsia del prócer mantuano, le hizo una mascarilla mortuoria de yeso ―que se parece al adefesio tridimensional diseñado por el chavismo lo mismo que un huevo a la castaña― y dio su parecer como facultativo autorizado. Révérend, acérrimo admirador de Bolívar, nos cuenta una anécdota que forma parte de los gajes de su oficio, que dice así:

(…) el Sr. Manuel Ujueta, a la sazón jefe político, me hizo presente que nadie en la casa era capaz para vestir el cadáver, y a fuerza de empeños me comprometió a desempeñar esta última y triste función. Entre las diferentes piezas del vestido que trajeron se me presentó una camisa que yo iba a poner, cuando advertí que estaba rota. No pude contener mi despecho, y tirando de la camisa, exclamé: “Bolívar, aún cadáver, no viste ropa rasgada; si no hay otra, voy a mandar por una de las mías”. Entonces fue cuando me trajeron una camisa del general Laurencio Silva que vivía en la misma casa. (Révérend, 1866, p. 25)

Y con eso ya podemos mandar al quinto pino el mito en el que Bolívar murió con camisa prestada. La interpretación que se ha dado a este hecho histórico no es nada más que una tergiversación de los cultores del Libertador. Lo que hizo Révérend con el prócer caraqueño fue algo idéntico a distintas civilizaciones del globo terráqueo, en las que un importante jefe de Estado es enterrado con honores, o siquiera con un mínimo de decencia; aspirar a menos era rebajar su estatus social al de la plebe, que podía ser tirada a una fosa común, sin vestimenta ni lápida alguna. Para que comprendan el punto, recuerden al Señor de Sipán, líder de la cultura mochica que no fue sepultado como un vulgar pordiosero, sino como el magno gobernante de su etnia, el cual debía tener consigo su ajuar funerario.

Debe precisarse algo no menos relevante que lo anterior. Las enfermedades del Libertador están ampliamente documentadas y abundan textos sobre ello. La más grave, antes de sus crisis tuberculosas entre 1829 y 1830, fue el tabardillo que le afectó durante su campaña de 1824, de camino a Lima. Joaquín Mosquera, al ver al héroe venezolano palidecido por su mal, le inquirió sobre lo que pensaba hacer. “Triunfar”, replicó Bolívar. Pese a su aspecto raquítico, el Libertador sacó fuerzas para dar órdenes y dictar cartas. Con esa insondable energía, típica de hombres con sobrada determinación militar, también pronunció su última proclama y su testamento.

Aún si Bolívar hubiera sido asesinado ―lo que es falso―, ese supuesto hecho no cambiaría absolutamente nada. Lo bueno, lo malo y lo feo de él todavía existirían, con camisa prestada o sin ella. Esto es porque a los hombres no se les juzga por el modo en que mueren, sino por el modo en que viven. En la historia hubo mandamases que fueron ajusticiados, pero que fueron unos completos canallas: Mussolini, Calígula, Senaquerib, Boves, Gadafi, Ceaușescu, et al. Basta, pues, de burdas generalizaciones, y sobre todo de lloriquear por la “profanación” de los restos del Libertador; aprendan de Tutankamón, cuya momia tiene unos 3.000 años de antigüedad sin que nadie se rasgue las vestiduras por ella. Vean el lado positivo del examen forense: se zanjó el debate de una buena vez y Chávez hizo el ridículo en plena cadena nacional, en horario de máxima audiencia.

2. El ancestro colorao y la nana cubana

Nunca falta alguien que, por dárselas de indigenista o afrocentrista, diga que el Libertador tuvo ascendencia aborigen o negra. Hay quien dice que guanche. Los estudios del cuerpo fenecido de Bolívar plantean esa posibilidad partiendo de la morfología de su cráneo ―afirmación cuestionada por Diego Bustillos Beiner―, sin hacer referencia a la genética. Lamentablemente, no creo que esto se pueda resolver del todo, aunque he demostrado que Bolívar le concedió importancia, si bien lo hizo en los términos de su tiempo. Nada que ver con el buenrollismo multiculturalista de la actualidad, por cierto.

Tengamos en cuenta que la sociedad américo-española del siglo XIX era racista, motivo por el cual Bolívar no se escapó de los prejuicios étnicos abundantes en aquellos años de emancipación. Fiel a su apellido, el Libertador estuvo consciente de las implicaciones que tuvo el “nudo de la Marín” con su familia y la fortuna que pudo haber obtenido en España si este se hubiera deshecho. De modo que si vio a indios, negros y razas mezcladas, lo hizo con ojos de cunaguaro, no de cordero; esos seres “impuros” echaron a perder su linaje criollo con sus indeseables gotas de melanina.

Los contraargumentos que tratan de probar la presunta fraternidad racial del héroe caraqueño se centran en las nodrizas: Matea, Hipólita e Inés. Ya se ha discutido suficientemente que eso no significa nada, pues los adinerados supremacistas blancos tenían contacto de camaradería con las castas inferiores, en aspectos muy específicos como la crianza de los hijos y el sexo. Por tanto, para los Bolívar un esclavo era un esclavo, y como tal no servía más que para obedecer órdenes; importaba un bledo de dónde venían. La última de estas mujeres, empero, no fue realmente una sierva, pero sí era de Cuba, aunque ese dato no tiene trascendencia alguna. En entrevista para el sitio web Prodavinci, el historiador venezolano Elías Pino Iturrieta dijo por qué:

Se sabe que Simoncito fue amamantado por una señora llamada Inés Mancebo, esposa de Fernando Miyares, futuro gobernador nombrado por el Rey y figura beligerante de la monarquía. Biográfos como Mijares lo señalan, sin detenerse en  la procedencia geográfica de esa teta poco conocida. Lo que sí se puede asegurar, por lo tanto, es la existencia de leche realista. En cualquier caso, se trata de una minucia cuyo tratamiento no deja de llamar la atención. Pareciera una competencia inútil con Matea y con Hipólita, nodrizas y cargadoras del numen, pero también un estrafalario vínculo que se quiere establecer entre Bolívar y Cuba. Que el intento se realice en un manual para escolares es un despropósito.

Ante el susodicho periódico digital, el historiador venezolano Tomás Straka declaró:

En carta a José Félix Blanco, fechada el 28 de junio de 1827, y en otra anterior de la que sólo se tiene el mes, agosto de 1813, y está destinada a Manuel Antonio Pulido, el mismo Bolívar lo reconoce. Resulta que para 1783 en Caracas estaba destacado Fernando Miyares, un militar que había nacido en Cuba. Hay que recordar que dentro del Imperio Español todos éramos más o menos un mismo país y como militares nos podían mandar a cualquier sitio dentro del mismo. Pues bien, mientras traían a Hipólita para que amamantara a Bolívar, la esposa de Miyares, Inés Mancebo y Quiroga, que recién había dado a luz, lo amamantó. Al parecer eran buenos amigos de los padres del Libertador. Miyares después se haría famoso como Gobernador de Maracaibo durante la Guerra de Independencia. Oficialmente es quien sucede a Vicente Emparan como Capitán General de todo el país, pero como en 1812 el Rey premia a la provincia que no se había unido a la rebelión, separándola de Venezuela, fue por un tiempo Capitán General de Maracaibo.

Las cartas señaladas por Straka fueron escritas en Caracas. Su texto es como sigue:

Cuanto Vd. haga en favor de esta señora [Doña Inés Mancebo de Miyares], corresponde a la gratitud que un corazón como el mío sabe guardar a la que me alimentó como madre. Fue ella la que en mis primeros meses me arrulló en su seno. ¡Qué más recomendación que ésta para el que sabe amar y agradecer como yo! (08/1813. Carta a Manuel Antonio Pulido. Doc. 69 A.D.L.)

Con el mayor interés me empeño con Vd. para que Vd. se tome la pena de oír en justicia a mi antigua y digna amiga la señora Mancebo de Miyares que, en mis primeros días, me dio de mamar. ¿Qué más recomendación para quien sabe amar y agradecer? (28/06/1827. Carta a José Félix Blanco. Doc. 1383 A.D.L.)

En ninguna de estas misivas Bolívar enalteció la “cubanidad” de Inés Mancebo, sino el hecho de haberle dado pecho, de haber sido aquella madre que no pudo tener. Además, en ninguna de sus cartas ensalzó la “negritud” de Matea e Hipólita, mas sí el rol que tuvieron en su niñez. Tal favoritismo indica a todas luces que el Libertador dio a ciertos esclavos un mejor trato que a otros; mientras recompensaba a algunos por sus servicios, a los demás los enviaba a la guerra para hacerlos “libres”. Este juicio de doble rasero también se extiende a las nuevas nacionalidades de la América Española, con sus grupos raciales. De eso hay constancia en una misiva de Bolívar a Francisco de Paula Santander, escrita en Pativilca el 7 de enero de 1824 (Doc. 8461 A.D.L.). Dice:

Yo creo que he dicho a Vd., antes de ahora, que los quiteños son los peores colombianos. El hecho es que siempre lo he pensado, y que se necesita un rigor triple que el que se emplearía en otra parte. Los venezolanos son unos santos en comparación de esos malvados. Los quiteños y los peruanos son la misma cosa: viciosos hasta la infamia y bajos hasta el extremo. Los blancos tienen el carácter de los indios, y los indios son todos truchimanes, todos ladrones, todos embusteros, todos falsos, sin ningún principio de moral que los guíe. Los guayaquileños son mil veces mejores.

Puede que parte de ese pensamiento haya sido condicionado por el fulgor de la campaña independentista, aunque la documentación analizada en los capítulos anteriores permite sostener que esa era su postura general. Ello queda confirmado con una carta de Bolívar a Santander escrita en Magdalena el 8 de julio de 1826 (Doc. 1150 A.D.L., op. cit.), aunque con énfasis en las castas inferiores y en el fracaso del modelo gubernamental haitiano, cuya inestabilidad política condujo a una era de desastres.

Nosotros somos el compuesto abominable de esos tigres cazadores que vinieron a la América a derramarle su sangre y a encastar con las víctimas antes de sacrificarlas, para mezclar después los frutos espúreos [sic] de estos enlaces con los frutos de esos esclavos arrancados del África. Con tales mezclas físicas; con tales elementos morales ¿cómo se pueden fundar leyes sobre los héroes, y principios sobre los hombres? Muy bien: que esos señores ideólogos gobiernen y combatan y entonces veremos el bello ideal de Haití, y los nuevos Robespierres serán los dignos magistrados de esa tremenda libertad.

Noten el uso de los adjetivos que condenaron el mestizaje: “compuesto abominable” y “frutos espurios”. A ellos, Bolívar dijo en dicha misiva algo todavía más ácido: “¿dónde está el ejército de ocupación que nos ponga en orden? Guinea y más Guinea tendremos; y esto no lo digo de chanza, el que escape con su cara blanca será bien afortunado”. Temeroso de una guerra racial, el Libertador vio con preocupación el despelote que se formaba en la Gran Colombia, cuyas partes integrantes no podían tolerarse. Estando en Ibarra, él dijo al señalado prócer neogranadino, en carta del 8 de octubre de 1826 (Doc. 1200 A.D.L., op. cit.):

El Sur no gusta del Norte: las costas no gustan de la sierra. Venezuela no gusta de Cundinamarca; Cundinamarca sufre de los desórdenes de Venezuela. El ejército está descontento, y hasta indignado por los reglamentos que se le dan. La hermosa libertad de imprenta, con su escándalo, ha roto todos los velos, irritado todas las opiniones. La pardocracia triunfa en medio de este conflicto general. En Guayaquil (que no es fuerte) hace repetidos y violentos ataques. Ahora mismo tenemos una causa pendiente con los primeros magnates. La libertad de imprenta la causa y, por lo mismo, es incurable; (…)

Noten también cómo en aquel año el Libertador repudió la libertad de imprenta (¡la misma que fomentó con el Correo del Orinoco!) y la “pardocracia”, es decir, la facción de mulatos que perseguían el dominio político de su América, a la que culpó de estos desbarajustes. Se preguntó además Bolívar, en esa carta: “¿Creerá Vd. que los indios están inquietos temiendo mayores vejaciones porque se les ha quitado el tributo?” A esto, apuntó el héroe criollo que “la albocracia sobre los indios es un dogma absoluto, y lo que es más, sin oposición, porque los tales indígenas no se defien­den y obedecen a los demás colores”. Remató con esta frase: “Tengo mil veces más fe en el pueblo que en sus diputados”. Por inferencia, ese “pueblo” es el blanco.

Se demuestra, así, la conexión directa entre bolivarismo, racismo y xenofobia. El Libertador apreciaba a los venezolanos más que a los colombianos, ecuatorianos y peruanos, en tanto que su amor por los indios y negros fue nulo. No en vano dijo en su célebre Carta de Jamaica, en relación a la unión entre Venezuela y la Nueva Granada, que “los salvajes que la habitan serían civilizados, y nuestras posesiones se aumentarían con la adquisición de la Goajira”. Esta no es precisamente la clase de discurso que esgrimiría un adalid de la “resistencia indígena”; es la mentalidad de alguien que estaba dispuesto a someter cualquier etnia aborigen ―verbigracia la wayúu, sobreviviente de la era colonial― que se interpusiera en la expansión de su poder político.

3. Libertador liberticida

En una parte anterior de este libro, vimos que, según el propio Bolívar, los países libertados en su gesta no fueron cinco, como suele recitarse en la escuela, ni tres, como él afirmaba; fueron dos, Venezuela y la Nueva Granada. Bolivia fue una nación acuñada con el nombre del Libertador, mientras que Ecuador y Perú fueron emancipadas por obra de Sucre. No obstante, esto puede traerse a un largo debate, puesto que al independizarse Perú, se habría hecho con el conjunto del Alto Perú y del Bajo Perú. En suma, puede decirse que, en realidad, esas repúblicas fueron inventadas tras la derrota de los realistas, no que fueron emancipadas per se.

Aquellas disquisiciones son intrincadas porque tienen una carga semántica que choca con nuestras percepciones de la historia, pero no voy a entrar en ellas. Lo que sí quiero refutar es una posición extendida recientemente, en la que se dice que Bolívar libertó Panamá, arguyendo que al formar parte de la Nueva Granada, dicha nación surgió a consecuencia de la victoria independentista en Boyacá. Nada más lejos de la verdad, y la evidencia viene en dos vías. En la primera de estas, el Libertador reconoce que Panamá se emancipó sola, sin menester de sus fuerzas militares ni de su intervención diplomática.

No me es posible expresar el sentimiento de gozo y admiración que he experimentado al saber que Panamá, el centro del Universo, es regenerado por sí misma, y libre por su propia virtud. La [sic] Acta de Independencia de Panamá, [sic] es el monumento más glorioso que puede ofrecer a la historia ninguna provincia americana. Todo está allí consultado, justicia, generosidad, política e interés general.

Trasmita V.S. a esos beneméritos colombianos, el tributo de mi entusiasmo por su acendrado patriotismo y verdadero desprendimiento. (Popayán, Colombia. 1/02/1822. Nota oficial a José de Fábrega. Doc. 6599 A.D.L. Las cursivas son mías)

La carta fue transcrita y subrayada por Justo Arosemena en su escrito más célebre, titulado Estado federal de Panamá, publicado en 1855 (Soler, 1982, pp. 23-24); es aquí donde está la segunda evidencia. Para dar pie a sus argumentos en favor del federalismo, Arosemena sostuvo que Panamá pudo independizarse por cuenta propia. En Bolívar reconoció al prohombre encomiable de la América Española, mas no como al Libertador de su país. Ya por ahí se desbarata en un santiamén el rebuscado argumento con el que se afirma, de modo facilón, que el héroe venezolano liberó a los panameños de las garras españolas.

Con la Florida sucede algo similar. En Internet circula cierta información, en la que Bolívar envió en 1817 tropas para quitar esos territorios a los realistas; con esto se crearía presión en el Norte, mientras se combatía en el Sur. Bien, eso puede ser cierto, ¿y qué? ¿Dónde están los matices de esos datos? Porque cuando se lee bien lo que se escribe del tema, resulta que estamos ante algo irrisorio: la campaña de 1817 no solamente fracasó a poco de haber empezado, ¡es que el prócer mantuano ni siquiera estuvo ahí en persona! Esto explica por qué nadie llama a Bolívar “Libertador de Florida”, y más aún, por qué esa operación militar no es reseñada por ninguno de sus biógrafos, o al menos ninguno de los que he consultado.

En conjunto con estas infundadas aseveraciones, tenemos a un Libertador que quitaba libertades y que sabía jugar sucio en la política. En un oficio de Pedro Briceño Méndez al Vicepresidente de Cundinamarca, escrito en Trujillo el 28 de noviembre de 1820 (Doc. 5183 A.D.L.), se atestigua que Bolívar apretó la tuerca con la prensa, a fin que esta tuviera moderación con sus arremetidas verbales contra Morillo. La medida es un tanto extraña, puesto que protege al general enemigo, aunque encuentra su razón de ser en el armisticio firmado en ese mismo mes. El objetivo, pues, fue impedir la ruptura de un pacto entre los independentistas y los realistas debido a provocaciones de los beligerantes.

Satisfecho S.E. el Libertador de que las sátiras, dicterios, sarcasmos o críticas contra el gobierno español, contra el general Morillo u otros jefes, serían perjudiciales e injustas después que variadas las circunstancias, muestran las mejores intenciones y deseos, me manda comunique a V.E. que ordene V.E. el que en los papeles públicos de ese departamento se guarde la mayor moderación y decoro con respecto a aquel gobierno y sus jefes, muy particularmente respecto al general Morillo, que se ha hecho acreedor a la estimación de los colombianos por los puros y sinceros deseos que lo animan en favor de nuestro país.

A seis años de ese dictamen, Bolívar responsabilizó a la prensa por el tambaleo del orden interno de la Gran Colombia; él manifestó esa idea en la citada carta de 1826, en la que disparó sus argumentos contra la pardocracia. Más tarde, cuando instaló su última dictadura, hizo esfuerzos por penalizar a los difusores de pasquines contra su régimen. Asimismo, el Poder Moral, propuesto por el Libertador en 1819, tenía mecanismos para legalizar la censura, vigilancia y persecución de quienes difundieran mensajes contrarios a los intereses de la Independencia. Y todavía hay alelados que consideran a Bolívar un pionero del periodismo, de la libertad de expresión…

Debe admitirse, adicionalmente, que el Libertador detestaba a los abogados. Estos profesionales del derecho fueron los que le ocasionaron sus tropiezos legales con las minas de Aroa, y los que con trucos jurídicos le cortaron de raíz varias de sus maniobras político-militares, como la obtención de los refuerzos neogranadinos requeridos en la campaña peruana de 1824. El 13 de junio de 1821, desde San Carlos (Doc. 5740 A.D.L.), Bolívar se expresó de esta forma a Santander:

Por fin, por fin, han de hacer tanto los letrados, que se proscriban de la república de Colombia, como hizo Platón con los poetas en la suya. Esos señores piensan que la voluntad del pueblo es la opinión de ellos, sin saber que en Colombia el pueblo está en el ejército, (…)

Piensan esos caballeros que Co­lombia está cubierta de lanudos, arropados en las chimeneas de Bogotá, Tunja y Pamplona. No han echado sus miradas sobre los caribes del Orinoco, sobre los pastores del Apure, sobre los marineros de Maracaibo, sobre los bogas del Magdalena, sobre los bandidos de Patía, sobre los indómitos pastusos, sobre los guajibos de Casanare y sobre todas las hordas salvajes de África y de Amé­rica que, como gamos, recorren las soledades de Colombia.

¿No le parece a Vd., mi querido Santander, que esos legislado­res más ignorantes que malos, y más presuntuosos que ambiciosos, nos van a conducir a la anarquía, y después a la tiranía, y siempre a la ruina? Yo lo creo así, y estoy cierto de ello. De suerte, que si no son los llaneros los que completan nuestro exterminio, serán los suaves filósofos de la legitimada Colombia.

Confirmamos, a través de esa carta, que el Libertador equiparó a negros e indios con bestias. No se fiaba él de los legisladores, como tampoco de los llaneros, puesto que solían hallar medios para complicar la existencia de la república mediante leyes demasiado complejas. En consecuencia, el país se hacía ingobernable por decisiones que tardaban demasiado tiempo en tomarse, todo por causa de diputados que, desde sus curules en el Poder Legislativo, no tenían idea de cuáles eran las condiciones de la población ―militarizada a causa de la guerra, de ahí que Bolívar recurría a las fuerzas armadas cuando tenía apuros políticos― para la cual redactaban sus códigos.

Es por eso que Bolívar creía en la simplicidad. Si era con dictadura, tanto mejor, porque así se ahorraba tener que lidiar con enemigos y con interminables discusiones bizantinas cargadas de latinajos. Para el Libertador, un Estado fuerte debía poner mano dura y férrea voluntad ante los poderes públicos, sin ir en detrimento de las virtudes retóricas. Por ejemplo, en una carta a su estimado Sucre, Bolívar escribió desde Caracas, el 6 de abril de 1827 (Doc. 1336 A.D.L.), sobre cómo persuadió al congreso boliviano para que aceptara la autoridad del Gran Mariscal de Ayacucho.

Yo he puesto al congreso una condición sola: la de que amen a Vd., para que Vd. los pueda mandar siempre; porque el gran poder existe en la fuerza irresistible del amor. Un jefe republicano no puede mandar largo tiempo sino con tiranía, si la estimación popular no lo favorece. Como yo conozco a Vd., estoy persuadido que este favor no le abandonará mientras que exista Bolivia.

La fórmula no era infalible. La intelligentsia independentista conocía de sobra los medios despóticos de la Corona, por lo que estaba advertida sobre cómo operaría una tiranía republicana; si se instauraba, lucharía sin cesar hasta derribarla. El comodín de Sucre no era más que un paliativo para la crisis de Bolivia, país donde se estaban gestando urdimbres para sacarlo del poder. Sucre, además, especificó en varias cartas al Libertador que no le gustaba gobernar y que tan pronto acabaran sus obligaciones en el Poder Ejecutivo se retiraría a la vida privada, en la que le esperaba el matrimonio con Mariana Carcelén.

Culmino este segmento con un documento singular. En este, el autocrático y dictatorial Bolívar actuaba con cartas bajo  la manga, utilizadas con anticipación a los movimientos de sus enemigos. Días antes de la Convención de Ocaña, el Libertador le dijo a Pedro Briceño Méndez desde Sátiva, el 24 de marzo de 1828 (Doc. 1620 A.D.L.), que no tenía más opinión salvo “la de un gobierno poderoso y justo, provisional o no provisional, pues todo es provisional en una revolución y (…) mejor es lo provisional que lo estable para quitar recelos y cuidados”. Añadió este recado de advertencia: “Dígale Vd. a los federales que no cuenten con patria si triunfan, pues el ejército y el pueblo están resueltos a oponerse abiertamente”. Esas son las palabras de un mal perdedor que, acostumbrado a mandar y a ser obedecido, amaña la partida de tresillo para no ser derrotado.

4. Aportes legislativos

Es de común conocimiento que el Libertador legisló, y mucho. Emitió decretos, ordenanzas y proyectos constitucionales. Varias de estas medidas tuvieron efecto, pero otras no debido a múltiples razones que no pueden achacarse a la supuesta ignorancia de los legisladores decimonónicos para comprender esas ideas demasiado “adelantadas a su tiempo”. Algunas sólo salieron del tintero para permanecer en el papel, sin consecuencias para las regiones de la América Española que ayudó a independizar. ¿Qué quedó, empero, de su legado jurídico? A decir verdad, ni una letra que nos sirva.

Hay, ciertamente, leyes que anteceden los estatutos de protección ambiental y la explotación de los hidrocarburos, pero eso no convierte al Libertador en un ambientalista ni en un defensor de la minería amigable con el planeta. Por tanto, la etiqueta del Bolívar “ecologista” está desencajada del contexto histórico, pues si se leyeran bien esos decretos, se observaría que los mismos fueron redactados con meros fines de fomentar la explotación intensiva de los recursos naturales, no de proteger la Tierra ni de garantizar el “equilibrio del universo”, que como vimos era geopolítico, no biológico.

Igualmente, esto sucede con el resto de los supernumerarios códigos judiciales compuestos por Bolívar en materia política, militar, religiosa, social y económica. Cada uno de sus artículos estuvo pensado en abordar algo específico, de un lugar específico, de un país específico de la América Española, pisado en sus campañas en una fecha específica (válgase la muletilla). Con el pasar de los años, la Independencia y el período de posguerra hicieron que cambiaran los entornos para los que fueron hechas estas leyes, lo que obligaba a modificarlas y derogarlas con suma frecuencia, pues se volvían ineficaces. Ninguna de ellas fue delineada para que durara por siempre, y otras tantas tienen resoluciones que fomentan la discriminación.

Nos acercamos al bicentenario del deceso del Libertador, que será en el 2030, y aún hay quienes piensan que él realizó contribuciones a las ciencias jurídicas. Se cree, pues, que Bolívar, con sus poderes Moral y Electoral, le hizo un favor a la filosofía de la Ilustración, que manejaba nada más el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Esto, empero, no es tan cierto, por distintas razones de peso. Para empezar, Bolívar jamás sistematizó ni teorizó adecuadamente los poderes Moral y Electoral, sino que se limitó a explicar superficialmente en qué consistían y por qué los creaba, aunque no con las mejores intenciones.

Con el Poder Moral, ya leímos que Bolívar quería una sociedad ideal hecha a imagen y semejanza de una personalidad a la que se debía rendir culto; un pueblo servil que encaja con los modelos de los regímenes totalitarios del mundo. Y con el Poder Electoral, lo que hubo fue un mecanismo con el cual se pudiera atornillar la presidencia vitalicia sin que hubiera nadie capaz de removerla por medios constitucionales; oportunamente, se describió que en 1826 el Libertador perdía paulatinamente su simpatía por las elecciones periódicas y abogaba por un Estado más fuerte, centralizado, cuya autoridad principal debía ser permanente y sin alternabilidad del poder.

El Libertador nunca tuvo interés en enmendar a Montesquieu, en ninguno de sus documentos. En los pocos papeles donde habló de los poderes Moral y Electoral, solía discurrir con frecuencia sobre cómo iba a modelar la sociedad posindependentista y de cuáles cargos públicos estarían sujetos a las elecciones, con excepción del presidente y del vicepresidente. Por lo visto, lo más probable es que Bolívar diseñó ambas estructuras legales para resolver problemáticas sociopolíticas en la Gran Colombia, donde cundía la anarquía, no para decirle a los filósofos del derecho ―que él odiaba, pues representaban el legalismo federalista, abanderado por Santander― que estaban equivocados y que él, como buen intelectual, vendría a corregirles.

Un apunte adicional que puede hacerse al respecto es que Bolívar no había ideado, descubierto ni renovado la teoría de la separación de poderes. No había siquiera hecho el intento, porque eso se sabía muy bien en aquella época; era una verdad absoluta traída de la Ilustración. En sí, los independentistas más cultos tenían conocimiento de quién fue Montesquieu y cuáles fueron sus aportes, los cuales no se centraron exclusivamente en aquel asunto. Esto es así porque aquel concepto fue engendrado con más de un milenio de anticipación por Aristóteles, cuya Política lo trata a profundidad en los últimos tres capítulos del Libro VI.

Nada añadió el Libertador a lo que no ameritaba reformas. He surcado en diccionarios de política y derecho, y no he visto uno solo donde se le acredite algún granito de arena en el área de las leyes. Ningún país desarrollado, y ni tan siquiera ningún otro de la Humania del Sur ―término que tomo del académico Kaldone G. Nweihed―, tienen en sus constituciones tal cosa como Poder Moral y Poder Electoral. Únicamente Venezuela ha rescatado esas ideas, las cuales han tenido pésimos resultados en su aplicación. Mientras el Moral ha servido de base para fabricar la “ética socialista” de la Quinta República con la que lavan cerebros, el Electoral se ha utilizado para cometer fraudes épicos en las elecciones, verbigracia las de la nefasta e ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, conformada por los 545 tiranos de Caracas.

Suponiendo que entrambos poderes propuestos por Bolívar sí hubieran sido una colaboración histórica para la teoría del derecho, aún no habría, de todas formas, razones lógicas para tomarlos en serio en el siglo XXI. Ahí tienen el fiasco del experimento venezolano; con cinco poderes públicos en su Constitución de 1999, el terruño del Libertador se ha tornado en un país pobre, dictatorial, ingobernable y violento. Japón, que no es una república y tiene los tres poderes clásicos (i.e., Legislativo, Ejecutivo, Judicial), es en cambio una nación rica, democrática, estable y pacífica; su más reciente Carta Magna fue promulgada en 1947.

Captado este contraste, entenderemos que un país no necesita malabares jurídicos para prosperar, y que la presencia de los mismos podría significar su ruina. Esto sin duda puede prestarse a más discusiones y debates, pero ningún abogado me negará que disposiciones, como la que citaré de Bolívar, son para quedarnos boquiabiertos: “El nombramiento y remoción de los miem­bros de la Alta Corte de Justicia pertenece al Jefe Supremo”. Eso lo decretó el Libertador en Angostura, el 6 de octubre de 1817 (Doc. 2143 A.D.L.); en su época, un magistrado podía ser nombrado por el presidente de la república, pero en la nuestra esa decisión es tomada por la Asamblea Nacional.

Resultará sano que de ahora en adelante se haga una legislación totalmente despegada del Libertador. Creer que él fue un Hammurabi latinoamericano es, además de falaz, irracional, pues nos embelesamos con un falso mito fundacional, en el cual el héroe mantuano bajó del cielo, inspirado por Dios, para dictarnos códigos irrevocables, plantar la semilla de la nación venezolana y enseñarnos el alfabeto. Dejémonos de majaderías quijotescas, tan típicas de mentes reaccionarias, y aceptemos de una buena vez que Bolívar hizo leyes para su tiempo, según sus costumbres, propósitos y circunstancias, sin interés en que alguien copiara sus (malos) ejemplos.

5. Antiimperialismo selectivo

Una y otra vez se ha demostrado, con abundantes documentos y argumentos, que el Libertador no se opuso a más imperialismo que el español. No dirigió su discurso, pues, contra los Estados Unidos y mucho menos contra la Gran Bretaña, con la que tenía una gran deuda de gratitud por haberle ayudado con la Independencia. Pero al respecto siempre hay algún espécimen sabiondo que sigue insistiendo en lo contrario, mediante ardides retóricos sacados de la chistera, los cuales se desmantelarán enseguida, primero con los británicos y después con los estadounidenses.

Quienes alegan el antiimperialismo bolivariano contra la Gran Bretaña, lo hacen con citas como esta:

Los colonos de Demerara y Berbice tienen usurpada una gran porción de tierra que según los últimos tratados entre España y Holanda nos pertenece, del lado del río Esequibo. Es absolutamente indispensable que dichos colonos o se pongan bajo la protección y obediencia de nuestras leyes o se retiren a sus antiguas posiciones.

El lío con esa declaración es que no la dijo Bolívar, sino Pedro Gual en comunicación a José Rafael Revenga, aproximadamente en 1822; el dato lo sabemos gracias al historiador venezolano Simón Alberto Consalvi en uno de sus artículos periodísticos (Consalvi, 2011). No obstante, lo que sí dijo el Libertador fue esto: “La Provincia de Guayana en toda su exten­sión queda reunida al territorio de Venezuela, y formará desde hoy una parte integrante de la República” (Angostura, Venezuela. 15/10/1817. Decreto. Doc. 2197 A.D.L.). En su momento, Bolívar especificó la división y los límites de Guayana en relación a las posesiones de las potencias extranjeras, siendo la más alejada en el Oriente venezolano la de Fuerte Moruca, que perteneció a los holandeses hasta que luego fue ocupada por los ingleses.

No existió, en 1817, señas de pleitos limítrofes por el Esequibo, o por lo menos ninguno mencionado por el Libertador. Hubo, eso sí, pronósticos sobre el futuro de la Gran Bretaña con la emancipación sudamericana. En una carta al Gran Mariscal de Ayacucho, Bolívar dijo en Guayaquil, el 24 de mayo de 1823: “La Inglaterra es la primera interesada en esta transacción, porque ella desea formar una liga con todos los pueblos libres de América y de Europa contra la Santa Alianza, para ponerse a la cabeza de estos pueblos y mandar el mundo” (Doc. 7433 A.D.L.). En esa misiva, añadió: “Sabe la Inglaterra que, con apoyar a la España en su pretensión sobre el Perú, disgusta a todos los pueblos del Nuevo Mundo que tienen el empeño de la indepen­dencia absoluta”.

Decididamente, Bolívar fue pro-inglés, tenía conocimiento que para la Gran Bretaña lo más adecuado era trabar alianza con los independentistas y no con los realistas. Eso lo hizo constar en montones de oportunidades, haciendo énfasis en que los británicos tenían una nación poderosa, pujante, soberbia, rica, esplendorosa, y que por eso no tenía sentido que los españoles americanos se los echaran de enemigos. “La Inglaterra se halla en una progresión ascen­diente, desgraciado del que se le oponga: aun es desgraciado el que no sea su aliado o no ligue su suerte a ella”, dijo a Santander en carta escrita desde el Cuzco, el 10 de julio de 1825 (Doc. 10626 A.D.L.).

Sin titubeo ni rubor, el Libertador expresó ideas afines para el beneficio económico de Inglaterra, el cual también contribuiría a la estabilidad de las naciones emancipadas en sus campañas, que dejaron una multimillonaria deuda externa tras la guerra. Para pagarla, Bolívar ofreció esta solución a José de Larrea y Loredo, en lo que concierne a uno de los países de la América Española:

Como siempre estoy pensando en el Perú por sus deudas, me ha parecido bien indicarle al gobierno que amortice la deuda nacional ofreciendo todas sus minas y todas sus tierras baldías que son inmensas; añadiendo además todas sus propiedades raíces, todos los derechos de invenciones y exclusivas y todos aquellos arbitrios útiles que el gobierno pueda conceder parcialmente a beneficiados que poco nos darían. En fin, mi idea es que el gobierno dé todo cuanto le pertenece por amortizar su deuda, a una o muchas compañías inglesas o a los mismos tenedores de los vales del gobierno; quiero decir que estos señores se encarguen de la negociación de aniquilar la deuda por el valor de las propiedades y de las gracias que antes he mencionado. (Potosí. 17/10/1825. Doc. 966 A.D.L.)

En otras palabras, había que traer a los británicos para que explotaran las riquezas americanas y tomaran hasta el último céntimo de las ganancias obtenidas como pago por el dinero que se le debía. A ello, en la postdata de esa misma carta, Bolívar añadió: “este proyecto, bien concebido y bien dirigido, puede producir un bello resultado. El consejo de gobierno debería meditarlo, acordarlo y publicarlo y mandarlo a sus agentes en Inglaterra”. Asimismo, sostuvo que “si este plan se logra, será muy honroso al gobierno, y vergonzoso a los otros estados, que no lo han adoptado”. A la postre, remachó con esta frase: “Dios nos libre de la deuda y seremos felices”.

Los que detestan a los Estados Unidos cimentan sus argumentos con muchas falacias. En el caso de los bolivaristas, recurren a dos cartas del Libertador dirigidas a John Baptist Irvine, escritas en Angostura el 7 y el 12 de octubre de 1818 (Doc. 3334 A.D.L. y Doc. 3348 A.D.L., resp.). En la primera de ellas suele ponerse esta cita, sin duda cierta, que dice: “Lo mismo es para Venezuela combatir contra España que contra el mundo entero, si todo el mundo la ofende”. Sin embargo, lo que no se atreven es a reconocer que Bolívar también dijo esto: “Concluyo celebrando con V.S. la despedida del asunto, que doy por terminado, y renovándole los testimonios de aprecio y consideración con que tengo el honor de ser de V.S. el más atento adicto servidor”.

¿Qué ocurrió realmente ahí? No hay demasiados detalles, más allá de un bergantín estadounidense capturado por los independentistas durante la campaña de 1818, lo que ocasionó un encontronazo diplomático entre Irvine y Bolívar a raíz de ese incidente. En efecto, hubo un malentendido entre el agente norteamericano y el Libertador, pero bien señala Rumazo González (2006b, p. 189) que el impasse no pasó a mayores, pues se resolvió de manera pacífica y sin consecuencias posteriores que lamentar entre Venezuela y los Estados Unidos.

De ningún modo iba a repudiar Bolívar la Doctrina Monroe, que tanto se critica desde la izquierda reaccionaria sin saber siquiera en qué consiste. En su Autobiografía (1867, pp. 283, 285), José Antonio Páez nos da luces sobre el tema, con sus implicaciones e interpretaciones habidas en su tiempo:

En su mensaje al Congreso de la Unión (Diciembre 1819), decía el presidente Monroe, el reputado autor de la doctrina de su nombre, que la contienda sur-americana era de gran interés para los Estados Unidos; pero que consideraba ser de mayor importancia para el carácter nacional y la moralidad de los ciudadanos impedir toda violación de las leyes de neutralidad. (…)

La tal doctrina de Monroe parece haber sido interpretada de dos modos muy diversos: para unos, es un supuesto derecho que tiene una nación de no dejar apoderarse á otra de un territorio que, en caso de cambiar de dueño, á nadie sino á ella debe pertenecer; para otros, indudablemente más generosos, es la santa alianza de los pueblos americanos contra las injustas pretensiones de una liga de Gobiernos europeos; pero la historia no presenta un solo ejemplo de haberse puesto en práctica semejante principio desde los tiempos de Monroe hasta los del presidente Johnson.

Significa esto, claramente, que el Monroísmo aún no había dado un paso desde que se formuló; estaba transcurriendo la presidencia de Andrew Johnson (1865-1869), ¡y la idea tenía casi cincuenta años inactiva, sin avanzar un centímetro! Sin embargo, ¿qué era aquella doctrina creada en los Estados Unidos? Nada que no salga en cualquier diccionario especializado en política (Robertson, 2002, p. 321). Simplemente, el concepto era el de impedir que las potencias monárquicas europeas, particularmente las de la Santa Alianza ―Rusia inclusive, porque era partidaria del absolutismo―, intervinieran en el desarrollo de las nacientes naciones recién liberadas de España. Si estas caían, la paz de los Estados Unidos estaría amenazada.

Para ello, los Estados Unidos debían eliminar la cortesía con la Corona hispánica y darle una mano a la América Meridional. Por tanto, era necesario que los estadounidenses rompieran definitivamente su neutralidad y auxiliaran las tropas independentistas américo-españolas del mismo modo en que ya lo estaban haciendo los británicos. Bolívar tenía eso muy claro: “El objeto de la República del Norte está bien conocido: la guerra a la Es­paña y la protección a los independientes son el fin directo que se propone” (Angostura, Venezuela. 18/07/1818. Oficio a Luis López Méndez. Doc. 3037 A.D.L.).

El paso decisivo con el cual se cumpliría este objetivo se daría al adoptar una postura oficialmente hostil a España. No se permitiría, pues, la indiferencia ni la inacción; el Misisipi y el Orinoco debían confluir por una causa común. Pero nada salió como se esperaba, y eso fastidió a Bolívar: los estadounidenses no tomaban una firme decisión en el Congreso, puesto que sus opiniones estaban divididas. Harto de tantas vacilaciones, el Libertador tuvo razones para preferir la intervención de los británicos, quienes aunque no habían cortado sus relaciones con España, tenían simpatía por la gesta emancipadora y por ella serían capaces de hacer generosas contribuciones por debajo de la mesa.

Tal factor pudo haber influido en que Bolívar tuviera una mala opinión de la política de los Estados Unidos en 1829, en la referida carta a Patrick Campbell, cuyo contenido se ha discutido con profusión. Por la naturaleza de los hechos, lo más seguro es que haya reaccionado de esa manera por rabia, por la frustración que le produjo el haber visto cómo aquella república norteamericana no se metía en el conflicto contra los realistas debido a formalismos diplomáticos. Quizás eso nos dice por qué el Libertador tenía un tono seco al hablar de James Monroe y de su presidencia (1817-1825); en sus cartas, el héroe criollo no lo hacía con abierto desdén, pero tampoco con cumplidos.

No fue así, empero, con George Washington. El Libertador le dio un trato radicalmente distinto al paladín de la independencia estadounidense. En una carta redactada en Lima el 20 de marzo de 1827, Bolívar le dijo al Marqués de Lafayette que Washington era un “gran ciudadano” y el “hijo primogénito del Nuevo Mundo”, y que “la familia Washington me honra más allá de mis esperanzas aun las más imaginarias” (Doc. 1056 A.D.L.). De igual forma, Bolívar llamó a Washington “corona de todas las recompensas humanas”, “noble protector de las reformas sociales” y “Néstor de la libertad”. Toda una ristra de elogios, en los que el prócer de Caracas glorificó al prócer de Virginia, sin mostrar el menor atisbo de odio por su nacionalidad, lo cual echa por tierra el mito del Bolívar “antiyanqui”.

6. Una monarquía inviable

Esta es una de las partes más espinosas de la vida política de Bolívar. Se ha barajado la hipótesis según la cual él quiso hacerse rey o fundar una monarquía, y en ese sentido han girado dictámenes por ambos lados. Las evidencias documentales sugieren que el Libertador, muy probablemente, pensó seriamente en esa idea, pero que no tardó en desecharla, pues era impráctica, imposible de aplicar. En suma, estaba el problema de la desestabilización interna del Estado, el cual podría hacer que las facciones entraran en un interminable conflicto civil. De eso he hablado bastante en partes previas de esta investigación y no voy a reexaminar lo que ya he analizado hasta la saciedad.

Lo que sí quisiera mostrar es una evidencia que es para verla y meditarla, pues contradice el concepto que tenemos de Bolívar como un defensor a ultranza de los principios republicanos. Es una carta del Libertador a José Antonio Páez escrita en Lima el 26 de mayo de 1826 (Doc. 1101 A.D.L.), cuyo fragmento más interesante dice:

El discurso no es más que la expresión de mis ideas republicanas y patrióticas. Dice todo y explica todo. He conservado intactas las cuatro grandes garantías: libertad, igualdad, seguridad y propiedad. Los principios federales se han adoptado hasta cierto punto y la del gobierno monárquico se logrará también. Esta constitución es un término medio entre el federalismo y la monarquía.

Se me ha reelegido de presidente. Pienso responder al congreso próximo que el pueblo se contradice por mi reelección, pues que la constitución en su expresa voluntad no permite más que ocho años de mando supremo a un ciudadano, mientras he mandado ya cerca de catorce con una autoridad casi ilimitada. Si admiten mi renuncia, podré ser reelegido otra vez, y quizás en tiempos más peligrosos. Así, no me excuso, sino más bien me ofrezco para nuevos servicios.

Hemos visto continuamente que Bolívar congeniaba con algunas ideas monarquistas desde 1826, lo que concuerda precisamente con su propuesta constitucional en Bolivia, en la cual existe la figura de la presidencia vitalicia. Asimismo, también hemos revisado las acusaciones que se han hecho contra el Libertador, en las que él supuestamente quería ser un Napoleón sudamericano; el héroe mantuano niega los cargos en su contra. Pero a la luz de las pruebas, no pareciera que él fuera muy sincero que digamos, pues hay muchas diferencias entre lo que decía y lo que hacía, más aún en el periodo de posguerra. Hay motivos de peso para sospechar que tenía algo entre manos.

Barajemos brevemente posibilidades y cotejemos los hechos con los documentos que tenemos a nuestra disposición. Ante todo, tenemos un nuevo orden constitucional boliviano que se estaba exportando a Ecuador, Venezuela y la Nueva Granada, con adeptos listos para refundar estas naciones unidas con nuevas reglas. Bolívar contaría con el apoyo de Sucre y de muchos otros partidarios. Y lo mejor es que parte del camino estaba trazado desde 1821, cuando la Carta Magna colombiana de ese año decía textualmente en el Artículo 7: “Los pueblos de la extensión expresada que están aún bajo el yugo español, en cualquier tiempo en que se liberen, harán parte de la República, con derechos y representación iguales a todos los demás que la componen”.

Podría intuirse que esos “pueblos” podrían ser las demás regiones de la América Española sin libertar, pero el Artículo 6 especifica que aquella “extensión expresada” era el antiguo Virreinato de la Nueva Granada y la extinta Capitanía General de Venezuela. La experiencia de la guerra independentista nos muestra que hubo conatos para hacer que Perú y Bolivia fueran parte de la Gran Colombia; la fusión, empero, no duró ni una década. Durante el conflicto de la emancipación, se buscó que a esa gran nación se incluyeran nuevos territorios, en los que se asomaba la victoria.

Ecuador fue una de esas regiones, aunque la piedra en el zapato fue Guayaquil. Durante la campaña de 1822, Guayaquil atravesaba conflictos geopolíticos y militares en los que hubo disparidad de intereses. Unas facciones querían unirse a la Gran Colombia, en tanto que otras a Perú; un grupo también abogaba por hacer un Estado autónomo. Bolívar estuvo en el equipo colombiano, que vio una ventaja estratégica en la anexión de Guayaquil a su utopía (Rumazo González, 2006b, p. 229). No obstante, las ambiciones tenían por obstáculo la población y la intelligentsia.

Desde Cali, el 2 de enero de 1822, el Libertador envió dos cartas explicando su punto de vista. En la primera (Doc. 6535 A.D.L.), él dijo al Presidente del Gobierno de Guayaquil que su región era el “complemento del territorio de Colombia” y que “una Provincia no tiene derecho a separarse de una asociación a que pertenece”; enfatizó que “sería faltar a las leyes de la naturaleza y de la política permitir que un pueblo intermedio viniese a ser un campo de batalla entre dos fuertes Estados”. En la segunda, dirigida a José Joaquín de Olmedo (Doc. 6539 A.D.L.), él fue más cortante: “una ciudad con un río no puede formar una Nación”. Años más tarde, la historia probó a Bolívar que estaba equivocado, pues Ecuador se separó de la Gran Colombia, y con esa secesión se llevó a Guayaquil.

A través de Ecuador tenemos una circunstancia muy específica sobre el enredo de una posible monarquía en tiempos posteriores a la Independencia. ¿Cómo mantener el control de un territorio tan vasto, con un gentío heterogéneo en miras políticas y homogéneo en orígenes culturales? Los medios para mantener un coloso de tal magnitud no eran viables en la década de 1820, menos desde una perspectiva económica; si sostener una provincia luego de una guerra era un dolor de cabeza, imagínense a un Estado gigantesco conformado por decenas de ellas, distribuidas en millones de kilómetros cuadrados.

Lo que no fue posible con un sistema republicano, no iba a serlo con ningún aparato político alterno, llámese principado, imperio, o lo que sea. Y con ninguna Constitución. No hay ley ni autoridad, por dictatorial que sea, con una capacidad lo suficientemente grande para aglomerar tantas cabezas juntas en una nación. En el alba del siglo XIX, la población se sentía neogranadina, guayaquileña, peruana, venezolana, quiteña y hasta boliviana, pero no colombiana, apenas americana. El innovador gentilicio, fruto de la utopía mirandina que migró al Libertador, era todavía una entelequia, una ficción que no triunfaría porque la cultura es una construcción social, no una imposición individual.

Considerando que hubiese sido lo opuesto, es decir, que el pueblo sí hubiera tenido el estómago para digerir una monarquía dirigida por americanos, queda el embrollo de la sucesión. A falta de Bolívar, cuyo cuerpo estaba desguazado por la enfermedad y el desengaño, ¿quién más se entronizaría? Sucre queda descartado, porque como se señaló anteriormente, no tenía interés en permanecer dentro del gobierno. Y no había candidatos en su familia; el propio Libertador la proscribió de la política, so pena de padecer el ostracismo. Todo indica, por consiguiente, que nuestro hipotético Simón I no quería que nadie, fuera tirio o troyano, se proclamara como su heredero.

7. La octava estrella

En los debates vexilológicos, se mantiene vivo en Venezuela el de su bandera. La más tradicionalista la quiere con siete, pero la que se ha encargado de desafiarla dice que ocho, con base en este decreto de Bolívar emitido en Angostura el 20 de noviembre de 1817: “A las siete estrellas que lleva la Bandera nacional de Venezuela se añadirá una, como emblema de la Provincia de Guayana, de modo que el número de las estrellas será en adelante el de ocho” (Doc. 2409 A.D.L.). Y por órdenes de Chávez, con ese mencionado número se quedó el pabellón nacional, cuya idea sopla las doscientas velas en el 2017.

Honestamente, veo esa discusión como una ridiculez. La posición del chavismo es de lo más irracional, pues asegura que debe respetarse la voluntad del Libertador y que ésta ha sido violada por los “oligarcas” decimonónicos, amén de la “derecha apátrida” que mandaba en la Cuarta República. Partidarios de la oposición, entre ellos los nacionalistas, arguyen que esa decisión de modificar la bandera se tomó para representar las ideas del oficialismo, no las del imaginario colectivo venezolano. A mi juicio, las dos posiciones pecan de intransigentes, aunque la segunda tiene más sesos que la primera.

Retrocedamos el tiempo y veamos el citado decreto en su contexto. Para 1817, Guayana había sido liberada de los realistas, razón por la cual un cambio mínimo en la bandera habría servido para que esa provincia fuera simbolizada junto a las otras siete que declararon la Independencia en 1811; si se hubiera hecho lo mismo con Coro y Maracaibo, habrían sido diez estrellas. Bolívar creyó justa esa medida, a fin de recompensar a Guayana por sus servicios a la república. No obstante, aquel concepto loable estuvo condenado a morir por anticipado.

La causa que impidió la durabilidad de la bandera de ocho estrellas fue concreta y nada tuvo que ver con una supuesta traición a Bolívar; en ese orden de ideas, los chavistas mienten con bellaquería. Sencillamente, todo se trató de economía. En páginas anteriores, leímos que Venezuela tuvo una economía malísima en 1817 hasta bien pasada la guerra de Independencia, lo cual consta en montones de documentos de la época, incluyendo los del Libertador. De las carencias existentes en la república, una de las más apremiantes después de la comida fue la de vestimenta, por la escasez de tela. Bolívar se quejaba continuamente de los harapos que vestían sus tropas.

El ejército venezolano necesitaba con urgencia sus uniformes. En 1817, las prioridades se decantaron por atender lo más imprescindible, comenzando con vestir a sus hombres, porque nadie iba a luchar desnudo contra los realistas. Por ende, fue preciso que los recursos estuvieran destinados exclusivamente a fabricar calzado, casacas, sombreros, pantalones, camisas y demás piezas que conformaban la indumentaria de los combatientes. En cuanto a las banderas, había que ondear las que ya se estaban utilizando, pues hacer caso de la decretada por el Libertador obligaba a rehacerlas con una tela que, por cierto, brillaba por su ausencia. La materia prima escaseaba y había que importarla del extranjero.

Sabía Bolívar de esta apremiante carestía, no podía ignorarla. Por consiguiente, él tuvo que olvidarse de su propio decreto y admitir que este no podía funcionar en una economía decadente, menos aún durante una Independencia que debía ocuparse de cuestiones realmente importantes. Si destinaba fondos para la elaboración masiva de banderas de ocho estrellas para reemplazar cada una de las de siete, quitaría el dinero y la tela que hacían falta para los uniformes. Así que se deshizo de su idea y se aseguró de que el ejército independentista estuviera debidamente vestido.

Más tarde, en los años de la Gran Colombia y su posterior disolución, la bandera de ocho estrellas cayó en el baúl de los recuerdos. Bolívar nunca se empeñó en rescatarla y jamás protestó por la implantación de telas patrióticas diferentes a la concebida en 1817. Por el entorno histórico, el Libertador prefirió que ese símbolo coloreado representara la totalidad de su utopía política, no una fracción de sus provincias. De esta forma, el héroe mantuano aceptó de grado esa transformación y dejó que la historia siguiera su curso natural, hasta que el chavismo la pervirtió con sus tergiversaciones.

Podría haber margen de error y suponerse que Bolívar sí le concedió mucha importancia a lo decretado en 1817 hasta después de la guerra de Independencia. Aceptemos, por un instante, que eso sucedió. Ahora bien, si eso en efecto hubiera sido un hecho, ello no ensalzaría al Libertador, sino que lo denigraría aún más; ¿cómo es que no había recursos para equipar ni alimentar al ejército, pero sí para coser a mansalva banderas de ocho estrellas? Una incongruencia tan tremenda no puede explicarse salvo por corrupción o insensatez. Pero dar visto bueno a esta conjetura implicaría darle la razón a Karl Marx, quien juzgaba a Bolívar como un hombre malo para las finanzas.

Al poner sobre el tapete estos eventos, debemos comprender que, a fin de cuentas, una bandera es el patrimonio de una nación, no una propiedad privada ni un monopolio partidista. Como símbolo de la identidad venezolana, la portadora de siete estrellas en nada contraría a Bolívar, y si eso fuese cierto, podríamos usar ese argumento contra el Libertador, pues él habría irrespetado la versión “Madre” diseñada por Francisco de Miranda, que no tenía ningún astro rutilante en sus homogéneas franjas horizontales pintadas de amarillo, azul y rojo. Si la legitimidad del tricolor dependiera de su antigüedad, el creado por el Generalísimo ganaría por sobrada ventaja cronológica.

Bibliografía

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-Sucre, Antonio José de (1981). De mi propia mano (selección, 2ª ed., 2009). Caracas, Venezuela. Biblioteca Ayacucho.

-“Tomás Straka responde: ¿era cubana una de las mujeres que amamantó a Simón Bolívar?”. Prodavinci, 22 de abril del 2014. URL: [clic aquí]

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Capítulo 1- Ideales

Capítulo 2 – El mandatario

Capítulo 3 – La espada de oro

Capítulo 4 – ¿Moral y luces?

Capítulo 5 – Religión mantuana

Capítulo 6 – La palabra del prócer

Capítulo 7 – Una cara en la moneda

Capítulo 8 – Genio y figura

Capítulo 9 – Cultos de ayer y hoy

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