Simón Bolívar: una visión escéptica. Capítulo 7 – Una cara en la moneda

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Por todos lados se afirma categóricamente que el Libertador fue un economista visionario, el cual emancipó parte de la América Española con el fin de implantar políticas financieras precursoras del socialismo. Asimismo, se ha dicho que Bolívar sacrificó sus riquezas hasta reducirse a la miseria, que luchó contra los ricos, que pasó sus últimos días en bancarrota, y que su gesta contra la Corona española condujo a una era de prosperidad. Estas creencias, empero, no son simple y llanamente miopes; son absolutamente falsas. Hay abundante evidencia que desmiente estas infundadas e irracionales afirmaciones de los cultores del prócer mantuano.

La economía, por ser una ciencia muy compleja, tiene muchos aspectos de distinta índole que, lamentablemente, no pueden ser atendidos a plenitud en este examen de la Independencia a los ojos de Bolívar, pues requiere de una cantidad de espacio y tiempo del que no se dispone en este libro. Por ese motivo, he de explicar de una forma sencilla, mediante evidencias y documentos selectos pero ilustrativos, aquellas facetas que demuestran la auténtica naturaleza financiera del Libertador, de conformidad con su contexto histórico, amén de sus ideas políticas, militares y sociales.

1. Capitalismo americano

Karl Marx escribió en 1858 una semblanza biográfica del Libertador titulada Bolívar y Ponte. En este texto, Marx no elogió al héroe venezolano, sino que lo condenó; lo describió como un militar cobarde (lo llamó “Napoleón de las retiradas”, mote despectivo usado anteriormente por Manuel Piar), un político incapaz, un tirano asesino, un burgués corrupto y un hombre de cartón sin cualidades morales. Con este ácido abordaje, Marx dio carpetazo a cualquier discusión sobre este personaje latinoamericano, por quien sintió repugnancia y cuyas concepciones económicas nunca fueron tomadas en cuenta para la elaboración del materialismo dialéctico con el que surgió el comunismo.

Los teóricos socialistas europeos se ciñeron al marxismo clásico, del que derivaron interpretaciones en diversos países, tales como el leninismo en Rusia. Ninguno de sus ensayos prácticos ―verbigracia el soviético― se inspiraron en Bolívar. Los latinoamericanos, en cambio, sí ven en el Libertador al realizador de la utopía comunista, aunque el mencionado escrito de Marx divide sus pareceres. Mientras unos lo ignoran sin miramientos, otros inventan excusas para disculpar al filósofo alemán mediante laberínticos argumentos, que ni ellos mismos se los creen. Hay quienes ni siquiera saben que Marx redactó ese ataque verbal al héroe criollo.

Dejemos que los exégetas del comunismo latinoamericano se devanen los sesos entre ellos, porque eso es debate estéril de sofistas. Lo que importa, en estas circunstancias, es que el materialismo dialéctico de Marx no es ni ha sido nunca bolivarista; de hecho, se observa que el pensador germánico rechazó los ideales del Libertador, sin rescatar ni un gramo de su pensamiento emancipador. En sí, la filosofía marxista está en directa oposición con los preceptos políticos, económicos y sociales que fueron populares en la independencia de la América Española, cuyos protagonistas fueron partidarios del liberalismo económico, que solemos conocer con el término de capitalismo.

Esto no es invención mía ni son ganas de llevar la contraria. Esto es cuestión de sentarse a leer conceptos básicos de economía, política y filosofía, que cualquiera puede comprender mediante diccionarios especializados, entre los cuales recomiendo el de Proudfoot y Lacey (1976), el de Robertson (2002), el de Sabino (1991) y el de Rutherford (1992). Al comparar definiciones, períodos históricos, pensadores y corrientes ideológicas, se puede ver el nivel de manipulación al que han llegado los marxistas de América Latina, quienes dibujan un Bolívar socialista, y no por ignorancia. Lo hacen con una intención partidista, evadiendo el entorno cronológico que rodeó al héroe criollo. Pero será mejor examinar retrospectivamente el calendario, para que el lector capte cuál es el verdadero punto de esta discusión.

Uniendo los elementos ideológicos, políticos, militares y sociales revisados en los capítulos anteriores, tenemos que la Corona española tuvo una semejanza con la Corona inglesa en el siglo XVIII: el trato financiero que le daban los europeos a sus posesiones en América. España tuvo crisis financieras que intentaron mejorarse durante las reformas borbónicas (Torrejano Vargas, 2010), las cuales buscaron medios para soltar poco a poco las riendas de las colonias, aunque a fin de cuentas acabó predominando la centralización y el absolutismo. Las medidas afectaron algo más que el crecimiento económico; impactaron en la masa de la población, cuyas élites vieron reducidas sus cuotas de poder. En 1750, los criollos tenían el 44% de los nombramientos en las audiencias, pero en 1808 apenas tenían el 23% de esos distinguidos puestos.

No puede decirse que los criollos no tuvieron acceso a cargos públicos, porque sí los tuvieron. Por ende, el pleito fue más allá de lo político; fue social y económico. Fue allí el talón de Aquiles de la Corona española. Con la mengua de oportunidades para ascender en la pirámide social, los mantuanos compitieron por un número cada vez más reducido de plazas disponibles en el Estado, las cuales recayeron mayoritariamente en los hombros de los blancos peninsulares. Esto se tradujo en menores posibilidades de garantizar su abolengo, que solía mantenerse con títulos nobiliarios, hidalguías y enlaces matrimoniales según el sistema de castas. Los que tenían acceso a esos beneficios eran personas acaudaladas que se sostenían a través de actividades económicas sumamente lucrativas. Una silla en la audiencia (o en el cabildo, o donde sea, mientras estuviera cerca de la nobleza) les daría más dinero y estatus del que se hayan podido imaginar.

En tales condiciones, los criollos debieron avanzar en medio de inesperadas dificultades. El absolutismo borbónico les puso la zancadilla a sus proyectos de riqueza y engrandecimiento social, con varias cortapisas basadas en el miedo que tuvieron los peninsulares a que las colonias desarrollaran un poderío económico superior a la metrópoli española, lo cual conduciría a romper lazos con la Corona; si la América de Colón se hacía lo suficientemente rica, se haría mayor de edad y comprendería que la tutela de su madre europea ya no sería necesaria. Así, entre finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX las autoridades reales se encargaron de cuidar que el comercio se mantuviera en el redil de sus controles, bien fueran de precios, de importaciones y exportaciones, o de producción, y ni hablar de los impuestos. El absolutismo borbónico pretendió la omnisciencia financiera de cuanto sucedía en sus dominios.

John Elliott examina magistralmente este asunto, desde una perspectiva comparativa con las colonias inglesas (2006, pp. 325-328, 329-353, 355-368). Con este historiador británico encontramos que la Corona española, durante la última etapa de la Colonia, hizo bastante presión en el continente americano a través de torniquetes financieros que obstaculizaron los intereses económicos de sus habitantes, presididos por élites de criollos o gente de las castas sometidas que quiso desplazarlas. La explosión social tuvo por aspiraciones el liberalismo económico, la eliminación del monopolio estatal, la suavización o eliminación de los injustos regímenes fiscales, la mejora de las condiciones de vida de las castas inferiores y la reducción del Estado en las finanzas de los individuos.

Tanto en las revueltas preindependentistas como en las independentistas, la pugna estuvo encabezada principalmente por criollos pudientes, no por campesinos y mucho menos por el vulgo; cuando mucho, las clases bajas obedecieron el mandato del propietario mantuano, representante de la alta sociedad. En la América Española, esta tensa situación se tornó más grave cuando España perdió su poder naval en la batalla de Trafalgar (acaecida el 21 de octubre de 1805), aunque las Guerras Napoleónicas apretujaron más su mancillada economía. Entre las incipientes revoluciones de sus colonias, que se habían sulfurado varias veces de la rabia en el siglo XVIII, y la invasión bonapartista, el comercio entre Europa y el Nuevo Mundo se volvió un caos de precios que se dispararon por doquier (Findlay y O’Rourke, 2007, pp. 366-378). En consecuencia, cundió la inflación, la escasez y el contrabando.

¿Quiénes fueron los primeros en pagar el pato por estas confrontaciones bélicas entre los europeos? Los americanos. Hubo, sí, muchos colonos que dieron voluntariamente recursos para que España aguantara la arremetida de los franceses, pero no tardaron en manifestarse opiniones opuestas. Leamos la de Bolívar, en 1811: “¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres?” (Doc. 85 A.D.L., op. cit.). Lo que dijo el Libertador, en términos más llanos, es algo como esto: “si Fernando VII quiere guerra con Napoleón, que la pague de su peculio, no del nuestro”.

Palabras como las arriba citadas demuestran que esa es la actitud firme de alguien que se ha negado rotundamente a cooperar con la tiranía. En sí, lo que distingue los movimientos independentistas decimonónicos de sus predecesores del siglo XVIII está en que no negociaron sus exigencias con el régimen monárquico ni montaron con éste una circense “mesa de diálogo”. Tampoco estuvieron dispuestos sus líderes a firmar más tratados que no fueran el de la rendición de las tropas realistas o, al menos, el reconocimiento oficial e incondicional de la nación emancipada. Hombres como Bolívar repudiaron la sola idea de vender sus conciencias al absolutismo español a cambio de un “bozal de arepa”, aunque paradójicamente le besaron los pies a otras potencias extranjeras.

Tremenda desobediencia a las imposturas de la Corona española, ciertamente, tuvo su raíz en los fallos de un modelo económico disfuncional que estaba aún más destartalado con el enfrentamiento militar ante Inglaterra y, posteriormente, ante Francia. No obstante, el componente ideológico no podía faltar. Si con Rousseau se trazó la transición a la democracia y con Voltaire a la tolerancia religiosa, con John Locke y Adam Smith se persiguió la libertad económica, a través de la cual se conseguiría la libertad del individuo y, por consiguiente, la felicidad. ¿Cuál fue el epicentro de ese inalienable derecho? La propiedad privada, que pertenece al individuo y es la base de su riqueza. El gobierno no podía quitársela sin haber pagado una indemnización.

A través de la propiedad se hace la fortuna, que crece con el capital ahorrado durante años de esfuerzo. Familias de criollos, como los Bolívar, sabían esto muy bien desde el siglo XVI, y no iban a dejarse arrebatar lo que tenían tan fácilmente. Asimismo, el Libertador estuvo consciente de que tras la revolución contra la Corona española, no le quedarían más bienes que los heredados de sus padres, porque no podían contar con el título nobiliario ansiado por su abuelo; de hecho, nunca se obtuvo, porque el dinero invertido por ello cayó en saco roto. Por consiguiente, la derrota en la guerra de independencia, específicamente en Venezuela, sería su ruina personal y la de aquellos parientes que dependían de él. Necesitaba vencer a como diera lugar y a cualquier precio.

La emancipación de la América Española, de este modo, fue una genuina revolución económica, pues las instituciones financieras de la Corona quedaron en el olvido, con algunas excepciones tales como la esclavitud y los tributos de los indios. Sin embargo, los independentistas, particularmente los mantuanos, se dieron cuenta que el establecimiento de la igualdad social podría dar al traste con su posición acomodada, lo que amenazaba sus propiedades; por tanto, tomaron previsiones legales para no salir con las tablas en la cabeza. Para ellos, era inadmisible rebajarse a jornaleros o artesanos, cuyo trabajo manual consideraban denigrante. No era cosa de gente blanca hacer labores propias de razas “inferiores”, con sus mezclas; por ejemplo, cargar costales de cacao, limpiar maleza, arrear el ganado, barrer, planchar, lavar la ropa y cocinar. Esta norma, que siguió en tiempos de posguerra, valía tanto para los hombres como para las mujeres.

Entre tropiezos y aciertos, la Independencia siempre tuvo fija la idea del liberalismo. En esta, se manejó algo más que la libertad económica de sus propiedades y la supresión de los privilegios de casta; se jugó también el libre mercado de las ideas. La imprenta fue una herramienta muy útil en la difusión de la información prohibida por la Corona española, y posteriormente sirvió para plasmar la propaganda de la emancipación, que pulula en el Correo del Orinoco, cuyo objetivo fue publicar noticias que contrarrestaran las de la Gazeta de Caracas, dirigida en ese entonces por los realistas. Vale decir que por muchos ejemplares que hubieran salido a la luz, el alcance de la prensa escrita se limitó a la poca población instruida que había, la cual seguramente corría la voz a los analfabetas en sus conversaciones y tertulias cotidianas.

De no ser por la prensa, las insurrecciones emancipadoras habrían tardado mucho más en surgir. Al echar una ojeada en el capítulo 1 de esta investigación, habrá notado el lector curioso y atento la cantidad de producción intelectual independentista que tuvo lugar en menos de cincuenta años, con escritos rebeldes de distintos autores que datan del siglo XVIII en adelante, casi siempre con un contenido que irritaba a la Corona hispánica; miren no más el tono incendiario de Gual y España en el Discurso preliminar dirigido a los americanos. En una época donde el único medio de comunicación estaba en poder de los realistas, el solo hecho de alzar un grito de protesta contra el Rey era un acto revolucionario y valiente. Así nació la libertad de imprenta en Venezuela, que estuvo directamente asociada al derecho de propiedad y a la libertad de pensamiento; cada periódico era una parcela mediática con fondos propios y con una línea editorial autónoma que era de quien la escribía. Si el Estado osaba amedrentar alguno de ellos, violaba sus derechos civiles.

Visto este bosquejo del ideario económico independentista, cabe preguntarse si algo de esto encaja con las políticas abanderadas por la izquierda reaccionaria, más aún si son las del comunismo. ¿Propiedad privada, ahorro de capital, clases sociales, imprenta sin lazos con el Estado y libertad de pensamiento? Nada de eso fue avalado por los seguidores de Marx, Engels y compañía en la Unión Soviética de Stalin, ni en la Cuba de los Castro, ni en la China de Mao, ni en el Chile de Allende, ni en la Venezuela de Chávez y Maduro. Eso sí, todo eso concuerda con un Bolívar librecambista y clasista, cuyos rasgos más destacados analizaremos más adelante, en los segmentos que restan.

2. Guerra de austeridad

Juan Uslar Pietri pensó, con más error que tino, que la Independencia fue el período más hermoso de Venezuela; su Historia de la rebelión popular de 1814 cuenta los hechos como si fueran un cuento de hadas, aunque los mismos echan por la borda las fantasías épicas de este historiador, cuyo libro fue escrito en honor a Bolívar. A decir verdad, la emancipación liderada por el Libertador estuvo muy lejos de tener esa belleza paradisíaca, con fértiles villas y castillos, pues el panorama económico fue sumamente desolador, con finanzas raquíticas para los dos bandos beligerantes, aunque los realistas en principio salieron mejor parados. Hay muchos autores que dan fe de este momento devastador, aunque la presente disertación sigue de cerca el estudio de Acosta Saignes (1977).

La situación económica de Venezuela antes de emanciparse no estuvo del todo bien, pero tampoco estuvo tan mal. Hubo en aquella Capitanía General un frágil equilibrio que se rompió con la Primera República, instaurada en 1811 y disuelta en 1812. En escasos meses, el presupuesto fue pésimamente administrado por los revolucionarios, entre los cuales hubo funcionarios incompetentes, inexpertos, ignorantes y, en el peor de los casos, corruptos. Con el terremoto que asoló a ese país, y del que se ha hablado bastante, perecieron en el acto alrededor de 20.000 almas, entre civiles y militares, sin contar los daños materiales. La insurrección, desde una perspectiva demográfica, había perdido un inmenso capital humano y comercial que pudo haber servido para resistir un poco más los ataques de los realistas. A esto se suma el motín en el fortín de San Felipe, con el cual los monarquistas obtuvieron recursos innumerables para aplastar las provincias insubordinadas al rey de España.

El Bolívar de 1812 no pudo estar más descontento con estos infaustos sucesos, que trató de revertir en la Campaña Admirable. Pero a falta de venezolanos, tuvo que valerse de los neogranadinos en hombres, armas, dinero y pertrechos; la ayuda extranjera fue la que le permitió abrirse paso por los Andes venezolanos, atravesar parte de los Llanos occidentales y batir a los realistas hasta tocar el suelo de Caracas en 1813. Similarmente, Santiago Mariño había contado con la simpatía de los ingleses en la Campaña de Oriente, pues con la liberación de las provincias del Este se garantizaría el paso de bienes entre Barcelona, Maturín, Cumaná, la isla de Chacachacare y la isla de Trinidad.

Con las imponentes victorias vinieron los problemas. El comercio exterior fue inviable, en tanto que el interior estuvo paralizado. Los saqueos, muy cotidianos en 1813 y aupados por el temible Tribunal de Secuestros de los realistas, disminuyeron la capacidad del Estado para generar rentas. La Segunda República de Venezuela engrosó sus tropas, no los medios con qué sostenerlas; se obtuvieron fondos quitándoselos a los partidarios de la Corona, se emitieron decretos para incrementar la producción agropecuaria, se hizo de todo, aunque nada funcionó. La debacle económica se fue agravando paulatinamente entre deserciones, robos, revueltas de esclavos y olas de crimen que agotaron las arcas gubernamentales. Poco pudo hacer Bolívar para contener el desastre, que apenas estaba comenzando.

Arribado el año 1814, todo fue de mal en peor. La hostilidades recrudecieron con una mayor escasez de hombres y recursos, lo que afectó más a los independentistas, que por falta de soldados no pudieron proteger tantos frentes de batalla al mismo tiempo. Esto quedó materializado en la Emigración a Oriente, en la que 1.200 efectivos ―con Bolívar en la retaguardia― debieron proteger la huida de 20.000 civiles famélicos que se vieron obligados a marchar a pie desde la capital de Venezuela hasta las provincias del Este (i.e., Barcelona, Maturín y Cumaná), con un alto saldo de muertos y emigrados. Meses antes de producirse esta retirada masiva, el Libertador expresó el 6 de mayo que “han desaparecido los tres siglos de cultura, de ilustración y de industria; por todas partes aparecen ruinas de la naturaleza o de la guerra” (Caracas, Venezuela. Proclama. Doc. 810 A.D.L.).

Fracasada la Segunda República de Venezuela, Bolívar careció de mando político hasta 1817, aunque se consolidó como Jefe de Estado en 1819. Por consiguiente, sus documentos de 1815 y 1816 no tuvieron peso real en la economía de la emancipación sudamericana, ya que se restringió a sus paupérrimas finanzas personales en su exilio jamaiquino y a operaciones militares planificadas fuera del territorio por ser independizado. Cabe destacar que la fracasada Expedición de Los Cayos contó con la financiación de Haití; es decir, que el Libertador, al hallarse corto de tropas, pidió la ayuda económica y militar de un gobierno extranjero para vencer a los realistas y, de este modo, recuperar su terruño.

Supuestamente, con Pétion la guerra de Bolívar debió marchar sobre ruedas, pero no fue así. Pétion murió en 1818 y dejó consigo una Haití envuelta en líos que fueron de lo financiero a lo político; en el año de su deceso, enfrentó las conspiraciones de Henri Christophe, antiguo compañero revolucionario que se autoproclamó rey. En consecuencia, aquel país de ex-esclavos se tornó en un hervidero de revueltas, intrigas y derrocamientos que carcomieron el presupuesto nacional. Sin su amigo Pétion, y con una Haití atrapada en insolubles crisis internas, el Libertador optó por solicitar la intervención de una potencia foránea que, además de compartir sus ideales, tuviera estabilidad.

Esa nación fue el Imperio Británico, con cuyos representantes se estuvo escribiendo desde 1815, aunque los fue conociendo desde su misión diplomática en Londres, en 1810. A pesar de haber perdido trece de sus colonias americanas, Inglaterra mantuvo su esplendor con una apertura económica que navegaba por los siete mares. Para 1819, los británicos estuvieron ya desembarazados del estorbo napoleónico, al que le dieron un varapalo en Waterloo, por lo que podían brindar su apoyo en circunstancias más relajadas. Bolívar intercambió correspondencia con sus contactos y emisarios en el reino de Albión; sus conversaciones dieron resultados positivos. En menos de dos años estaban listos los preparativos de las próximas campañas.

Ángel María Galán, escritor colombiano, redactó una relación detallada de los extranjeros que se embarcaron a luchar por la libertad de la América Española con nombres, apellidos, nacionalidades (la estadounidense entre ellas), años de servicio, ocupación profesional, rango militar y combates en los que participaron (1919, pp. 7-33). Algunos de esos nombres son conocidos (verbigracia Ferriar, MacGregor, Macaulay, Serviez, Labatut, Brión, Wilson, Codazzi, O’Leary, Abreu y Lima), aunque otros no lo son tanto. Lo cierto es que la gran mayoría de estos efectivos fueron ingleses, escoceses e irlandeses, y no en vano la Legión Extranjera recibió por preferencia el título de Legión Británica. Su número proyectado superó los 5.000 efectivos desplazados desde Venezuela hasta los confines de Perú, aunque las inclemencias del Nuevo Mundo, aparte de otros factores endógenos, redujeron esa cantidad.

Mediante ese ejército importado se fue resolviendo la falta de tropas profesionales, pues las existentes no podían igualar la fiereza de las huestes de Morillo (Monteverde y Boves estuvieron fuera del tablero ajedrecístico desde 1813 y 1814, respectivamente); hasta ese entonces, y con excepción de los llaneros, se reclutaron por la fuerza civiles que fueron convertidos en soldados bisoños, mal armados y sin adecuado entrenamiento. Sin embargo, el presupuesto seguía siendo un obstáculo porque era preciso escarbar los recursos para pagarle al ejército. Al respecto, a Bolívar no se le ocurrió mejor idea para tener dinero rápido que la depredación del vencido. El 3 de septiembre de 1817, el Libertador emitió un decreto de “Secuestro y confiscación” (Fortalezas de la Antigua Guayana, Venezuela. Doc. 1958 A.D.L.), cuyo articulado inició con esta resolución:

Todos los bienes y propiedades muebles e in­muebles de cualquiera [sic] especie, y los créditos, acciones, y de­rechos correspondientes a las personas de uno y otro sexo que han seguido al enemigo al evacuar este país, o tomado parte activa en su servicio, quedan secuestrados y confiscados, a favor del Estado y se pondrán desde luego en arriendo, admi­nistración o depósito según su naturaleza.

Párrafos después, añadió el Libertador que “todas las haciendas y propiedades de cualquier especie pertenecientes a los Padres Capuchinos y demás misio­neros que han hecho voto de pobreza, quedan confiscadas a favor del Estado”. Esto sin duda le valió la ira del clero venezolano, al que tuvo que apaciguar con sesiones de conversación, cartas, proclamas, discursos y políticas antilaicas, a fin que su alma de católico no ardiera en el infierno. En años posteriores, Bolívar volvió a tomar posesiones eclesiásticas para financiar la guerra contra los realistas, y después tuvo que apelar a la concordia con los ensotanados, pues él debía demostrarles que era un cordero de Dios, no un lobo de Satanás.

La carestía persistió en 1818. Los latrocinios a las propiedades de los realistas no fueron suficientes para obtener dinero y las promesas de abolir la esclavitud no tuvieron el efecto esperado; muchos de los siervos eran libres durante la Corona y con los independentistas no iban a buscar lo que no se les había perdido. Los indios, por su parte, tuvieron idéntica reacción, arisca a los coqueteos de los caudillos criollos que intentaron reclutarlos; muy pocas etnias se unieron a los independentistas por razones oportunamente expuestas. Ante estas trabas, Bolívar se interesó por un empréstito que habría rondado el “millón o más de pesos fuertes”, concedidos por los ingleses (Revelo, 2009).

Transcurrió 1819, sin más cambios que los políticos y los castrenses. Bolívar pronunció el Discurso de Angostura y marchó a la Nueva Granada, en la que se ganó la batalla de Boyacá. Entre febrero y agosto de ese año, los realistas perdieron territorios valiosos; Guayana no volvió a ser suya, en tanto que la isla de Margarita y los Llanos occidentales expulsaron a Morillo. Sin embargo, Bolívar todavía estaba inquieto, porque los recursos eran recortados; no alcanzaban los fondos ni los hombres. Los extranjeros de la Legión Británica perecían uno tras otro. De este modo, el Libertador estuvo muy preocupado por el estado financiero de la campaña, y de ello habló el 1º de noviembre en una carta a Francisco de Paula Santander, en estos términos:

Recuerde Ud. los violentos resortes que he tenido que mover para lograr los pocos sucesos que nos tienen con vida. Para comprometer cuatro guerrillas, que han contribuido a libertarnos, fue necesario declarar la guerra a muerte; para hacernos de algunos partidarios fieles necesitamos de la libertad de los esclavos; para reclutar los dos ejércitos del año pasado y éste tuvimos que recurrir a la formidable ley marcial, y para conseguir 170.000 pesos que están marchando para Guayana, hemos pedido y tomado cuantos fondos públicos y particulares han estado a nuestro alcance. (Pamplona, Colombia. Doc. 3899 A.D.L.)

Seguidamente, el prócer mantuano narró diversos acontecimientos, pero luego dijo que las tropas estaban “muy mal de armamento”, puesto que “el general Soublette no ha dejado sino fusiles inútiles”. En suma, el Libertador dijo: “(…) estamos muy mal de dinero, y aun de víveres, que ya es preciso comprarlos y muy lejos”. En estas crudas descripciones, Bolívar le contó al héroe neogranadino de las urgentes reparaciones de esos fusiles averiados y de los egresos ocasionados con la guerra, que ascendieron a cifras de miles, decenas de miles y cientos de miles de pesos. No más en esa misiva hubo 70.000 pesos en gastos, que sumados a los 170.000 citados hicieron un total de 240.000 pesos.

Volteóse la página de la historia para recaer en 1820, y todo siguió igual que antes, con la salvedad del armisticio con los realistas y la revuelta de los monarquistas liberales en España. Ni con estas peripecias, que perjudicaron al enemigo, Bolívar pudo tomarse un respiro. El 19 de abril, dijo el Libertador a José Antonio Páez: “la Inglaterra entera me pide que le pague y yo no le doy un maravedí por atender a los gastos de la guerra” (San Cristóbal, Venezuela. Doc. 4186 A.D.L.). El día 22 de ese mes, dijo Bolívar a Santander que “ya no queda un real en la comisaría, pues se debía todo para cuando llegué y lo mandé pagar, para que no se gastase sin pagar las tropas que aún desertan mucho” (San Cristóbal. Doc. 4193 A.D.L.).

Es de suponer que esta tragedia económica continuó en 1821, a pesar de la victoria en Carabobo. Los realistas fueron ahora la minoría militar de Venezuela y de la Nueva Granada, pero no en otras latitudes de Sudamérica. Por ende, el Libertador se desplazó a sus campañas por la liberación de Ecuador y Perú, pensando en cómo iba a solucionar el berenjenal bélico en el que se iba a meter. En ese primer país, Bolívar dirigió en 1822 su mirada a las finanzas castrenses, que estuvieron en pésimas condiciones. Durante su estadía en Quito, le explicó a Santander los hechos en desarrollo, en una carta fechada el 21 de junio de ese año:

(…) estamos viviendo de exacciones violentas en un país que se queja de mil otras exacciones; diré a usted que la sola 2ª brigada de la guardia no tiene con qué vivir en este departamento. Los tributos y las alcabalas son las únicas rentas del país y éstas se van a extinguir con las leyes de Colombia. No puede usted imaginar la mala apariencia que tiene esto con respecto a [sic] tesoro. Estas provincias son puramente consumidoras, y nada, nada productivas. (Doc. 6789 A.D.L.)

Recomendó luego Bolívar, en esa misiva, que “debe pensar el gobierno muy seriamente en darle a los cuerpos de la Guardia las dos terceras de pagas, pues ya perecen de miseria”. A Bernardo Torre Tagle dirigió palabras afines el Libertador, quien en 1823 estuvo en Perú. En carta del 10 de diciembre, escrita en Huamachuco (Doc. 8298 A.D.L.), el prócer venezolano dijo que “no encontramos más que quejas, desolación y escasez de todo” y que “el tiempo no se vive sin dinero, porque este es el aire vital de las sociedades”. Luego, sentenció firmemente: “Mucho tendrá Vd. que hacer para mandarnos dinero; pero me parece que más tendré yo que hacer para mantener este grande ejército”.

Llegamos a 1824, el año decisivo de la independencia sudamericana en el que los recursos aún escasearon o brillaron por su ausencia. Bolívar estuvo al tanto de lo ocurrido en Perú, mas en esta ocasión el protagonista fue Antonio José de Sucre. En Trujillo, José Gabriel Pérez envió el 19 de marzo un oficio al Gran Mariscal de Ayacucho (Doc. 9135 A.D.L.), en el que anotó: “En las circunstancias actuales es indispensable poner en movimiento todos los medios ordinarios y extraordinarios para hacer subsistir el ejército y equiparlo”. A tal efecto, Pérez fue específico: “S. E. dispone que todas las rentas de los curatos vacantes servidos por interinos (…) se destine [sic] al tesoro público”. A ello, enfatizó: “repite S. E. la orden expresa de que V. S. tome y dé las órdenes (…) para tomar en todo el territorio de su mando todas las alhajas de oro y plata de las iglesias para amonedarlas y destinarlas a los gastos de la guerra”. Posteriormente, Pérez informó al Gran Mariscal sobre la recaudación de 150.000 onzas de plata, a lo que subrayó una orden directa del Libertador:

(…) añade S. E. que mande V. S. tomar indistintamente todas las alhajas de oro y plata, todas las piedras preciosas y cuanto tenga valor en las iglesias de los territorios que haya desocupado, porque los enemigos ya han dado orden para tomarlas, y es preciso no dejarles nada útil ni de valor.

Sabemos que esa orden existió, puesto que Bolívar habló de ella a Sucre en una carta del 21 de marzo de 1824, en la misma ciudad de Trujillo (Doc. 9151 A.D.L.). La misiva dio indicaciones muy precisas sobre la fabricación de sillas de montar, la necesidad de incrementar las unidades de granaderos y la forja de herraduras para los caballos, pues “son muy malas y los clavos son detestables”; por eso, había que “refaccionarlas, y quizás hacerlas de nuevo”. Por la escasez de efectivos y de dinero, el Libertador dijo que habían traído 1.500 hombres provenientes de Pasto con sus guías, además de 100.000 pesos obtenidos “de los particulares y de las iglesias”. Bolívar dijo que para el mes próximo no habría con qué comer, a menos que se tomaran “medidas muy fuertes con las alhajas de las iglesias de todas partes”, y a ello le ordenó que equipara el batallón de Otero, pues debido a la falta de paño no había material para confeccionar casacas y capotes.

De acuerdo a la correspondencia de abril de 1824, las tropas pudieron alimentarse, pero no cabalgar adecuadamente. En Santiago de Chuco, el día 19, el Libertador le dijo a Tomás de Heres, muy cargado del enojo: “Por los malditos clavos se han perdido todas las herraduras, una gran parte de los caballos y alguna gente; (…) todo ha quedado derrotado de Trujillo a Cajabamba, con respecto al regimiento del Perú” (Doc. 9370 A.D.L.). La descarga de rabia de Bolívar suma y sigue: “¿Qué serán los godos? ¿Ha de creer Vd. que puede ser que no podamos ejecutar el movimiento por estos malditos clavos?” Hubo de estar bien molesto el prócer mantuano, porque a esa reprimenda le añadió otra:

Vuelvo a repetir que los clavos nos han matado, y puede ser que no podamos hacer nada por esta falta. Todas las bestias han quedado muy malas o destruidas en estos ásperos caminos; y estamos a pie todos por culpa de los hombres, y no de los clavos, porque nadie sabe su obligación.

Acusó Bolívar, pues, la incompetencia de los herreros que no pusieron cuidado en la elaboración de los clavos; tuvo sobrada razón, habiendo sido él jinete desde temprana edad y un hombre sumamente detallista en el área de la equitación. En la citada misiva, se puede dar por prueba adicional su reclamo por el deplorable estado de los caminos, lo cual entorpecía el paso de las tropas y de los animales de carga: “Vd. no puede imaginarse como [sic] está esta sierra, pues hasta mis caballos y mulas han llegado muertos y no podrán seguir en varios días y en el tránsito no hay pasto”. De ello se deduce la movilidad lenta con que se desplazaron las comunicaciones terrestres del altiplano peruano.

Cerró la Independencia con victoria para la campaña de Bolívar. No obstante, la posguerra abrió sus puertas a una era de tiempos no menos difíciles que los anteriores. Dado que los realistas quedaron relegados a reductos defensivos, la prioridad financiera fue la de reorganizar la hacienda pública en relación a la política interna de la nación. Veamos, por ejemplo, cómo le fue a Perú en 1825. “Tenemos muchos gastos inútiles y hay muchos desórdenes todavía”, dijo el prócer venezolano a Hipólito Unanue en una carta del 22 de julio, redactada en el Cuzco (Doc. 10742 A.D.L.). Reflexionó el Libertador sobre las propiedades del clero, que podrían ser “muy útiles para la educación pública”; también abordó las contribuciones “de los padres ricos a los colegios y hospitales pobres”.

Dicha misiva especificó aún más. En aquella fecha, detalló Bolívar que en el Cuzco “se han gastado 400.000 mil duros con el paso del ejército” y 570.000 en Arequipa, lo que dio un total de 970.000 duros, sin contar el presupuesto destinado a Puno y Ayacucho. “Yo he visto las cuentas y, al parecer, están arregladas; porque yo ni soy contador, ni entiendo de economía”, afirmó el Libertador tras una breve pausa, a la que siguió esta noticia: “Los amos de las minas, los dueños de los Andes de plata y oro, están pidiendo millones prestados para mal pagar a su pequeño ejército y a su miserable administra­ción”. En otras palabras, Perú era libre, pero tenía deudas y gastos exorbitantes a mediados de 1825.

Tomemos el mapa de la América Meridional y dirijámonos a una nación distinta, en un año distinto. Observemos, pues, la Nueva Granada de 1826, la actual Colombia. ¿Qué pasó allí? Algo muy similar que lo ocurrido en Perú. En Magdalena, Bolívar le habló a Santander el 23 de mayo sobre una campaña en la que la escasez de elementos navales lo forzó a contratarlos en sus diversos rangos “a precios y sueldos enormes”; asimismo, destacó el héroe caraqueño que ese reclutamiento sería más sencillo si se incorporaban navegantes radicados “en las Antillas, en los Estados Unidos y aun en Europa” (Doc. 1095 A.D.L.). El descarnado diagnóstico seguramente se dio tras haber visto puertos desabastecidos y en abandono.

En esa carta, el Libertador añadió que “el estado de nuestras rentas no alcanza a llenar el numerario que se necesita para pagar la inmensidad de nuestros empleados”, y que “nuestra hacienda está tan trabajosa, porque en lugar de aumentarle sus entradas, se aumentan sus salidas con la inumerabilidad [sic] de empleados que se mantienen de ella”. En términos más modernos, lo que informó Bolívar, en relación a la contabilidad neogranadina de la posguerra de independencia, fue que había exceso de nómina y de egresos en pasivos laborales, que eran muy superiores a los ingresos producidos por el Estado. Por supuesto, el Libertador no se conformó con explicar el desmadre financiero, y por eso propuso a Santander un medio eficaz para poner fin a ese déficit:

Yo soy de opinión que no sólo no se deben nombrar más empleados, sino que es absolutamente indispensable anular una infinidad que, lejos de hacer bien, embarazan la administración y absorben las pocas rentas del estado; que no se disminuyan los derechos de aduana tan sólo por darle gusto a los extranjeros, antes al contrario deben aumentarse (…)

Idéntico pensamiento tenemos de Bolívar en la Venezuela de 1827. En Caracas, el Libertador le aconsejó a Rafael Urdaneta, en carta del 14 de marzo (Doc. 1309 A.D.L.), que “procure disminuir lo que pueda las tropas de su departamento”; también le dijo que debía eliminar “todos los empleos que no sean necesarios” y que “quitando picaros [sic], ahorrando gastos y aumentando la renta iremos para adelante y tendremos con que [sic] pagar todo”. En la actualidad, estas medidas equivalen a reducir el ejército, despedir trabajadores, castigar a los corruptos, expulsar a los “enchufados”, recortar el presupuesto de ciertos sectores del Estado e incrementar la producción nacional.

Podríamos extendernos a los años de 1828, 1829 y 1830, pero eso alargaría demasiado el tratamiento de esta materia, cuya trama se enreda más con la Gran Colombia. De hecho, ese gigantesco país no fue económicamente sostenible; hemos visto las cifras en las cartas de Bolívar, y ninguna fue esperanzadora. Entre los altos gastos del gobierno, la corrupción, el desproporcionado ejército, las malas vías de comunicación, la criminalidad y la profusión de empleados públicos, la utopía del Libertador se convirtió en una distopía de provincias unidas y a su vez maltrechas por la guerra. Que no extrañe a nadie la disolución de este proyecto americanista, con sus subsecuentes pleitos limítrofes, en los cuales no solamente se pelearon unos kilómetros de tierra, sino los tesoros naturales enterrados en ellos.

Más de uno querrá saber por qué el Libertador ganó una guerra que pudo haber perdido por causa de la economía. Esta es una pregunta legítima, principalmente si se trata de este subcontinente repleto de riquezas. Ahondar en las razones implica entrar en prolijos pormenores, pero aún así es posible hacer una síntesis que abarca las dos caras del conflicto, cuyo enfoque se hará en Venezuela. En los independentistas, Bolívar se las ingenió para conseguir auxilio del extranjero, mientras que sus aliados se apoderaron de las posiciones sudorientales de ese país, cuyas murallas naturales son el río Apure (provincia de Barinas), el río Orinoco (provincia de Guayana) y el añil del Caribe circundante a la provincia de Margarita. El control de estos cuerpos de agua facilitó mucho el intercambio de recursos entre las zonas emancipadas del rey español y las Antillas.

En los realistas, los fondos fueron oriundos de América, aunque recibieron refuerzos desde España. No obstante, los medios para sustentar la guerra disminuyeron a medida que pasaron los años, debido a la destrucción de su fuente de ingresos por excelencia: el campo. Para colmo, el San Pedro Alcántara fue carbonizado en 1815; esta fue la nave insignia de la expedición punitiva de Morillo, cuyo hundimiento se llevó al fondo del mar hombres, pertrechos, dinero e instrucciones militares traídas desde la Corona. Por tanto, tocó combatir a los independentistas con lo que había y solicitar nuevamente a la metrópoli los materiales requeridos para medio reponerse del desastre.

Nada volvió a ser lo mismo desde ese momento. En esos años, las comunicaciones marítimas eran lentas y peligrosas; los naufragios, las tempestades tropicales y los filibusteros eran frecuentes. Podían pasar semanas o meses entre una carta y su contestación; la correspondencia podía ser interceptada en el viaje de ida o vuelta, así como los bienes con que se mantenía el ejército. Los realistas venezolanos se percataron, de hecho, que el hálito insuflado desde España estaba siendo arrebatado por corsarios (Luis Brión, por ejemplo), los cuales habían hecho pactos con Bolívar y sus camaradas revolucionarios. Estos mercenarios del mar hostigaron la flota española en el Atlántico e hicieron su botín con los suministros de la Corona hispánica.

Junto a esto y la pérdida de sus territorios en los Llanos, Guayana y Margarita, estuvieron las fuerzas del Rey que nunca pisaron América. Su ausencia se debió simplemente al Trienio Liberal; aquella asonada privó a los realistas de 10.000 hombres que no se embarcaron al Nuevo Mundo, más los pertrechos de refuerzo. La Santa Alianza, por su parte, dejó a la Corona española como pajarito en grama. En conjunto, estos hechos hicieron que las tropas de la monarquía abandonaran la ofensiva. Mermado ya por deserciones y fallecimientos, el ejército antirrepublicano se desinfló en su capacidad defensiva hasta que recibió el tiro de gracia en la batalla naval del Lago de Maracaibo.

Detrás de estas prolíficas victorias y derrotas de entrambos lados, lo que hubo fue un ambiente deprimente. Hemos observado cuáles fueron sus causas y consecuencias, pero no quisiera finalizar esta sección sin haber tocado las interacciones de los españoles americanos durante la independencia de Bolívar. Partiendo de cuanto hemos leído y de los números recolectados, tenemos que la economía de la emancipación estuvo en constantes crisis que originaron un caos social sin precedentes, el cual alcanzó también la esfera militar. Sería llover sobre mojado citar al Libertador, aunque no está de más poner sus palabras, como estas dirigidas a Santander el 21 de febrero de 1822:

Si yo hubiera estado en el Magdalena, el batallón de Tiradores hubiera venido; el señor Clemente hubiera ido a Maracaibo a su tiempo. Si yo hubiera estado en Bogotá, los soldados no tendrían despedazados todos los pies y no marcharían ahora así despedazados, sin alpargatas, al Juanambú; hubiera traído agujetas para destapar los oídos de los fusiles, sin lo cual no hay combate, y si yo no estuviera aquí, le aseguro a usted que no se habrían podido construir las tales agujetas ni deshacer todos los cartuchos para hacerlos de nuevo, no habiendo papel a la mano, y no habiendo balero para rehacer las balas que son de a diez y seis y diez y siete; pero yo he remediado a todo con las mañas que me he dado. Si yo hubiere estado en Cartagena, Montilla no habría mandado fusiles de un calibre y municiones de otro, (…) (Popayán, Colombia. Doc. 6663 A.D.L.)

Más atrás, en líneas anteriores, Bolívar le dijo a Santander que “2.000 enfermos comen y gastan más que 4.000 buenos”. De esta manera, los problemas de la campaña de 1822 tuvieron por obstáculos financieros los convalecientes en los hospitales, la falta de calzado y la fabricación de los implementos militares: agujetas, cartuchos, papel, fusiles y municiones. A este elenco de detalles se unió la escasez de personal cualificado para elaborar y reparar el kit del soldado profesional. Vean bien: 1822. Hace un año, los realistas habían sido vencidos en Carabobo, hace tres en Boyacá, y hace cuatro en las Queseras del Medio. A estas alturas del conflicto bélico contra la Corona, con esos laureles consolidados, las finanzas de los republicanos estuvieron apretadas.

Aunque cualquier época anterior al tratado firmado en 1820 fue infinitamente peor. Esto, de hecho, no fue exactamente por la violencia desenfrenada en la Guerra a muerte, ni por las minúsculas y mal preparadas tropas de los independentistas, ni por la rapiña que desguazó las ciudades y pueblos sudamericanos, sino por aspectos sutiles pero importantes. En sí, aquí hablamos de alimentación, vestuario, armamento y medicinas. Entre 1813 y 1819, el venezolano promedio pasó las de Caín, porque el desabastecimiento se llevó la comida y la vestimenta, sobre todo lo primero.

Los manjares de los venezolanos solían consistir, en las circunstancias más dramáticas, de roedores rastreros, animales callejeros, bestias de carga, alguna fiera salvaje y el cuero que podía arrancarse a botas, cinturones, bolsos y cuanto fuera hecho con ese material. Burros y caballos desaparecieron de los establos para convertirse en criaturas devoradas por los habitantes asediados por el enemigo. No pocos enfermaron y murieron por ingerir carne cruda y yuca amarga. Además, los cuatreros redujeron los rebaños de ganado a su mínima expresión. Cuando la suerte sonreía, las raciones incluían vegetales de las siembras que no habían sido quemadas y saqueadas, por lo que el soldado podía degustar porciones de plátano y chocolate, si había.

Volvióse costosa y casi inaccesible la tela, de ahí que los uniformes militares fueron artículos en peligro de extinción. En consecuencia, el ejército anduvo tan harapiento como el grueso del populacho; los efectivos castrenses se pusieron las prendas de los enemigos caídos. Equipar las unidades de caballería fue una odisea, aunque los jinetes llaneros no tuvieron inconveniente en cabalgar desnudos o con poca ropa, sin más montura que el lomo del corcel, ni más riendas que las crines del equino, ni más arma que un garrote, un machete o una lanza improvisada.

Por insuficiencia de pólvora y municiones, la Guerra a muerte tuvo choques habituales con armas blancas, sin demasiado énfasis en los cuerpos de artillería, salvo en emplazamientos estratégicos. De este modo, si se terminaban las balas, las tropas cargaban directamente contra el oponente a bayonetazos. Si las fuerzas eran inferiores en número, se diseñaba una estrategia para incendiar sitios selectos de los pastizales y atacar a lanzazos; esto se hizo en los Llanos occidentales. Ahora bien, si había proliferación de presos indeseables que no podían canjearse, se les masacraba despiadadamente, mas no a tiros. Tal fue lo sucedido en la matanza de La Guaira en febrero de 1814 ordenada por Bolívar: sus ochocientas víctimas, según las fuentes consultadas, fueron decapitadas y desmembradas. La ejecución por fusilamiento se utilizaba más para traidores y sediciosos que para reos comunes.

Venezuela, en la etapa inaugural de su confrontación independentista, no tenía sistema sanitario. Por tanto, lo menos que había eran médicos, pero abundaban parteras, chamanes, curanderos, yerbateros y demás gurús espirituales que decían curar males mediante exorcismos. La gente moría de enfermedades tratables y prevenibles en el siglo XXI: fiebre amarilla, dengue, malaria, cólera, difteria, poliomielitis, etcétera. La ausencia de medicina moderna hizo que no hubiera más tratamiento que la herbolaria local, y que los heridos en combate fallecieran desangrados o por infecciones; varios de los que se salvaron quedaron lisiados de por vida. En suma, por el desabastecimiento de alimentos, es evidente que las patologías más recurrentes de esos años “gloriosos” fueron causadas por la desnutrición. El pueblo había adelgazado, mas no por haber hecho dieta y ejercicio.

De no haber sido por las gestiones de Bolívar con los extranjeros ―esto es algo a favor de él―, la emancipación se habría quedado en el Paleolítico. Sí, es cierto que la Independencia no fue color de rosa, pero la importación de ideas, tecnologías, conocimientos y personal entrenado de Inglaterra hizo que la lucha saliera del punto muerto en que se encontraba. Sin la contribución de los británicos, el choque con los realistas habría permanecido en el primitivismo. Al leer las cartas de Sucre, se puede ver el ligero mejoramiento de la situación con esta intervención foránea; entre 1819 y 1825, la tropa tuvo en el menú raciones de carne salada, pan, casabe, papas, sal, ají, manteca y hasta dulces. Tal vez no era lo máximo, pero entre eso y la miseria de la Guerra a muerte, la diferencia era obvia.

Esa fue la auténtica gesta sudamericana encabezada por el Libertador: un conflicto armado caracterizado por la peste y la carestía. Los testimonios de Bolívar son incuestionablemente desgarradores, pues nos muestran la Independencia tal cual fue, sin esos coloridos relatos ramplones tan típicos de sus hagiógrafos. A pesar de las fuertes penurias económicas, el prócer mantuano tuvo sapiencia al administrar los escasos recursos disponibles de las naciones que emancipó, los cuales fueron complementados con incontables fondos extranjeros tomados en calidad de préstamo. Por consiguiente, la libertad de las naciones que integraron la Gran Colombia se logró con inteligencia financiera, aunque a costa de los más desposeídos.

3. Los desahuciados

Acabada la Independencia, florecieron los retos posbélicos, cuyas marañas tuvieron sus matices en los países emancipados de la Corona hispánica. El denominador común de las nuevas naciones fue la recesión que, a corto plazo, significó para millones de personas una vida de privaciones. En la América Española, la pobreza segó con su hoz ciudadanos, comercios y cosechas, pero sobre todo creó una desigualdad socioeconómica cuyo paradigma partió de aquel que fue impuesto por la monarquía europea. Bolívar, que no fue ajeno a esta miríada de líos, tuvo su cuota de responsabilidad en estos agravios y entuertos. Veamos someramente cómo hizo él para medio deshacerlos y enderezarlos.

Se demostró, con numerosos documentos, el deplorable estado financiero de los gobiernos sudamericanos durante y después del conflicto contra los realistas. Esto quiere decir que la hacienda pública tuvo serias dificultades para cubrir sus gastos, siendo el primero de ellos el de otorgar estipendios a los familiares de los que murieron en acción y a los militares discapacitados. A esto se añade el pago de sueldos atrasados, la reconstrucción de la infraestructura del país, la revitalización del campo y el manejo de la deuda externa. Pero quedémonos con los desvalidos. ¿Qué hizo Bolívar con ellos? Los ayudó como pudo, con dinero de su bolsillo. A su juicio, el Estado ya estaba sobrecargado de insoportables taras presupuestarias como para endilgarle tareas que debían brotar de iniciativas particulares.

Por ende, Bolívar decidió predicar con el ejemplo y escribió montones de cartas en las que reconoció estas remuneraciones. Por ejemplo, estando en Bogotá atendió personalmente el caso de Marcelina Lagos, “viuda del doctor Camacho” cuyo “destino público” no debía “perju­dicar a la República”, motivo por el cual ofreció voluntarioso “mil pesos al año, de mis sueldos, de mi haber o de mis bienes” a la manutención de esta señora; esto consta en un oficio al Vicepresidente del Departamento de Cundinamarca fechado el 20 de marzo de 1820 (Doc. 4125 A.D.L.). Hasta 1830, aquella dama habría recibido unos 10.000 pesos.

En 1821, el Libertador hizo una acción similar con la viuda de Camilo Torres, que tuvo un encontronazo por la recuperación de sus propiedades perdidas en Colombia. En Bogotá, Bolívar le escribió a Mariano Montilla el 6 de noviembre (Doc. 6440 A.D.L.) para que ella tuviera “toda la protección del gobierno”, a fin que no expirara “en medio de los horrores de la más cruel miseria”. No obstante, esa “protección” no consistía en la asignación de una pensión a la dama por haber perdido a su marido, sino en la exitosa defensa legal de su causa, en la que ella debía “recobrar sus intereses”; es decir, sus bienes, su patrimonio, su capital, su riqueza familiar.

Conocemos, por una carta a Pedro Briceño Méndez (Cuzco, Perú. 10/07/1825. Doc. 158 A.D.L.) y otra a Santander (Magdalena, Colombia. 7/06/1826. Doc. 1129 A.D.L.), que Bolívar dio en pensiones un aproximado de 20.000 y 15.000 pesos al año, lo que totaliza respectivamente un estimado de 100.000 y 60.000 pesos pagados hasta 1830; sumado esto a la cantidad pagada a la viuda de Camacho, hubo unos 170.000 pesos en contribuciones benéficas. Sin embargo, el Libertador no era omnipotente y tuvo sus temores. A Santander le confesó que de momento no tenía cómo “auxiliar al Rosario” y que esas donaciones podrían acabarse en cuanto él dejara de recibir su sueldo de presidente; sin el “millón del Perú” y con la Cosiata de Páez en la yugular, su caridad corría el riesgo de esfumarse.

Historiadores y biógrafos tienen bien registrada esta parte de la obra del Libertador, por lo que no ahondaré demasiado en ella. Basten estos papeles citados para observar un aspecto positivo de su mentalidad económica, que destiló generosidad. Con su dinero financió estudios universitarios en el extranjero y hasta donó una de sus casas para paliar la crisis de viviendas, pues mucha gente había quedado damnificada con la guerra. De este modo, la ayuda financiera de Bolívar podría calcularse grosso modo en millones de pesos, los cuales vinieron de sus rentas personales y de su salario como jefe de Estado. No obstante, este encomiable aspecto del prócer mantuano no estuvo exento de paradojas y dislates.

La marginación socioeconómica de la Independencia cobró por primera víctima al indígena. El Libertador tomó por medida principal la repartición de tierras. En Colombia, Bolívar emitió un decreto el 20 de mayo de 1820 (Doc. 4330 A.D.L., op. cit.), que arrancó con este pomposo mensaje: “Se devolverá a los naturales como propietarios legítimos, todas las tierras que formaban los resguardos según sus títulos, cualquiera que sea el que aleguen para poseerlas los actuales tenedores”. Seguidamente, especificó que los aborígenes no podían trabajar para sus empleadores sin recibir por ello un sueldo estipulado mediante contrato, y que ese edicto “no sólo se publicará del modo acostumbrado, sino que los jueces políticos instruirán de su contenido a los naturales”.

Tras esta aparente reivindicación de los indios neogranadinos, hubo un entorno de paternalismo racial. Los “naturales” tuvieron derecho a tener tierras, pero no podrían saber que lo tenían a menos que los “jueces políticos” les informaran de aquel decreto. Inundados de analfabetismo, los aborígenes acudieron a personas letradas que defendieran sus posesiones, aunque obtuvieron el efecto inverso; aprovechándose de la ignorancia ajena, los juristas amañaron documentos para facilitar la pérdida de sus campos, que enriquecieron a los hacendados criollos. En suma, la susodicha tramoya jurídica de 1820 tuvo un estatuto de evangelización obligatoria, motivo por el cual quedaron abolidas todas las religiones precolombinas. Si un nativo quería de vuelta sus propiedades agrarias, debía sacrificar su identidad cultural, convertirse al cristianismo, aprender la lengua castellana y adoptar un modelo de etnicidad impuesto por los blancos. Debía “colombianizarse”.

Perú, sin embargo, fue un sitio complejo para esta clase de decisiones políticas, puesto que la riqueza no solamente estuvo depositada en las zonas cultivables, sino también en las regiones mineras. Así, el 8 de abril de 1824 emitió un decreto el Libertador, en Trujillo (Doc. 9293 A.D.L.), el cual fundamentó su razón de ser en que el Estado se encontraba “sin fondos para llevar a su término la actual contienda contra la dominación española, y salvar el país conforme al voto nacional”. Con base en ello, Bolívar resolvió declarar a los aborígenes propietarios de sus tierras “para que puedan venderlas o enagenarlas [sic] de cualquiera modo”, distribuir las tierras de comunidad “conforme a ordenanzas entre todos los indios que no gocen de alguna otra suerte” y vender “las sobrantes”. Ulteriormente, el prócer mantuano estableció que ningún nativo se quedaría “sin su respectivo terreno”, no sin antes haber acotado que los trozos más grandes del pastel serían dados a los casados, mientras que los más pequeños a los solteros.

Dos decretos se unieron al anterior, ambos fechados el 4 de julio de 1825, en el Cuzco. En uno de ellos, Bolívar dictaminó que “ningún individuo del Estado exija directa o indirectamente el servicio personal de los peruanos indígenas, sin que preceda un contrato libre del precio de su trabajo” (Doc. 10549 A.D.L.). En el otro (Doc. 10550 A.D.L.), el Libertador determinó que “cada indígena, de cualquiera [sic] sexo o edad que sea, recibirá un topo de tierra en los lugares pingües y regados”, y que “la propiedad absoluta, declarada a los denominados indios (…) se entienda con la limitación de no poderlos enajenar hasta el año 50 y jamás a favor de manos muertas, so pena de nulidad”. Por “manos muertas” se refirió a los dominios que estaban al servicio de la iglesia; algunas de sus instalaciones se utilizaron para edificar colegios religiosos.

En los mencionados países, los citados decretos parecen enternecedores y amigos tanto de los indígenas como de la economía nacional. Sin embargo, ¿fueron efectivos? No. De hecho, perjudicaron a los aborígenes y no tuvieron influencia en la mejora de la hacienda pública. Un veredicto similar cabe para los siervos negros a quienes el héroe caraqueño prometió libertad. Las revelaciones nos las dio el propio Bolívar en 1826 en una carta del 8 de julio, en la que le dijo a Santander, desde el Magdalena: “todo está perdido. Ni federación general ni constituciones particulares son capaces de contener a estos esclavos desenfrenados” (Doc. 1150 A.D.L.); añadió que Páez le habló del “estado amenazador contra él”, ya que la embestida contra su autoridad fue aupada “por dos o tres esclavos de los de Morillo, que son ahora los amos de sus libertadores”. Harto de trifulcas entre partidos, Bolívar manifestó que “solamente un hábil despotismo puede regir a la América”.

Un par de meses después, es decir, el 8 de octubre, en Ibarra, Bolívar le dijo a Santander que “no veo por todas partes sino disgusto y miseria” (Doc. 1200 A.D.L.), motivo por el cual habló de “destruir el magnífico edificio de las leyes y el romance ideal de nuestra utopía”, en la cual la Gran Colombia no podía obrar sin por ello “disolver la sociedad con que ha engañado al mundo, y darse por insolvente”. El Libertador completó este juicio con palabras más agrias: “Una dictadura quiere el Sur, y, a decir verdad, puede servir algo por un año, pero esta dictadura no será más que una moratoria para la bancarrota que en último resultado ha de tener lugar”.

La misiva anterior fue dramática. En esta, Bolívar se enteró que los habitantes de esa localidad ecuatoriana se quejaron de la ruina financiera debido a la “contribución directa”, ya que “no es general sino parcial”; también supo que “la tropa y los empleados están miserables y a la desesperación”. En ese mismo párrafo, indicó el Libertador que “los indios ya no trabajan no teniendo contribución que pagar”. Había pasado unos cuatro años desde que le dijo a Santander que las rentas de Colombia irían a la quiebra con la supresión de las alcabalas y de los tributos. ¿Qué pasó aquí? ¿Qué salió mal? El prócer mantuano nos acaba de dar la pista: el aborigen, al darse cuenta de que no le cobrarían más impuestos, dejó su trajín laboral y se entregó al reposo. Esto reforzó el nefasto prejuicio racista en el que los nativos de la América Española eran tenidos por perezosos.

Y ese fue el motivo por el que esos decretos no sirvieron de mucho. Su contenido, en sí, nunca se cumplió, fue letra muerta, pero no tanto porque afectaron el crecimiento económico de la Gran Colombia, sino porque eran inviables. Cuando el Libertador quitó los tributos de los indios, les extirpó también el reconocimiento jurídico como propietarios de las tierras que les había “devuelto” ―palabra engañosa, por cierto. ¿Cómo “devolver” a una etnia algo que todavía era suyo durante la Colonia?―; por precepto ideológico liberal, uno es dueño legítimo de lo que trabaja (de ahí el pago de impuestos), y por estatuto legal (v.g., Constitución de Colombia de 1821, Art. 5), todos los ciudadanos están en la obligación de ayudar con los gastos de la nación. Quedar exento de este deber sólo por el color de piel o por ascendencia ancestral era conceder un privilegio, lo que era una clara violación al principio de igualdad.

Reconocido su error, los independentistas como el Libertador intentaron enmendarlo de una forma bastante “bananera”: ignorando o derogando esos decretos justo cuando los terratenientes criollos ya habían tomado ilegalmente esas tierras a los indios, las cuales habían sido en buena parte vendidas a precio de remate entre 1820 y 1825, con el objetivo de mantener a flote las finanzas de la guerra emancipadora, más los egresos de posguerra. En esta ocasión, los aborígenes tuvieron tributos, mas no los medios económicos que les dieran el dinero necesario para pagarlos. Aquellos que conservaron sus propiedades, las fueron perdiendo paulatinamente a causa de deudas, invasiones y contribuciones forzosas a raíz de los conflictos bélicos que asolaron el siglo XIX.

Al esclavo no le fue mejor. Aún con la manumisión (Bolívar decretó la suya en 1816, sin éxito), muchos siervos siguieron siéndolo por el resto de sus días. Es complicado establecer una estimación numérica, puesto que las estadísticas de la época no eran muy exactas, pero puede presumirse que fueron decenas de miles. Sin tener a dónde ir, sin capital suficiente y sin conocer más oficio que el desempeñado ante su amo, el negro se quedó laborando donde siempre lo había hecho, quién sabe con qué clase de mísera remuneración, si es que la recibía. En Venezuela, la abolición del sistema que lo oprimía se concretó en 1854, durante la presidencia de José Gregorio Monagas. Hasta ese entonces, los terratenientes se resistieron a darle su libertad, ya que si lo dejaba partir escasearía la mano de obra con la que funcionaba la producción agropecuaria de su hacienda.

Los pardos libres obtuvieron un trato no menos denigrante durante y también después de la Independencia. Bolívar, en sí, odió las pardocracias, y él no fue el único mantuano en expresar ese desprecio político por motivos raciales. La emancipación venezolana fue un momento propicio para quitárselos de encima, pues en los años postrimeros de la Colonia se decía que ellos acumulaban pequeñas fortunas para comprar hidalguías y tener títulos nobiliarios, saltando la pesadez de los burócratas que sí eran tolerados por los criollos. La élite de los blancos se avispó para cortar el problema de un tajo. Al eliminar el orden socioeconómico traído desde España, la república, como la de la Gran Colombia, estableció constitucionalmente que todos debían ser iguales y que tales distinciones reales quedaban inmediatamente anuladas. Por consiguiente, los mulatos ricos perdieron de un soplo su dinero y las adquisiciones que habían efectuado a la Corona.

Entre el negro, el indio y el blanco empobrecido por la guerra, amén de las mezclas étnicas, surgió en conjunto algo que se denominó peonaje. El peón era un empleado (mal) asalariado del hacendado, un jornalero dedicado a obedecer las órdenes del terrateniente. Este sector del campesinado tuvo sus orígenes en la Colonia y se le conoció en la Independencia por su asociación con los llaneros ―de hecho, José Antonio Páez fue mayordomo de Manuelote, un esclavo de la familia Pulido, en Barinas―, pero años después se hizo notar más, puesto que sustituyó la servidumbre tradicional por una más servicial. La Independencia, por tanto, cambió los patrones de sometimiento, por lo que no estuvo diseñada para emancipar a las clases bajas.

Ni las mujeres se salvaron de esta marginación. Discriminadas durante la Independencia, en la que por ley no podían combatir ni hacer política pero sí trabajar en la confección de ropa (entre otras cosas), la emancipación les trajo a muchas la viudez y la indigencia. Bolívar, como vimos, ayudó a varias para que no sufrieran más allá de la cuenta, aunque por los nombres que están los documentos se trató de señoras distinguidas íntimamente relacionadas a militares y políticos que tuvieron contacto con el prócer mantuano; al menos ellas tuvieron suerte. Las demás, empero, tuvieron que arreglárselas solas; las que sabían leer y escribir, redactaron cartas a diversos funcionarios para que les asignaran una pensión, pero las que no, como las esclavas y las indias, se atascaron en el atolladero.

A la postre, estuvo la población en general, cuyas castas desaparecieron para dar paso libre a las clases sociales que conocemos. Los plebeyos sintieron la bota de los nuevos patricios, los cuales formaron el militariado. El militariado fue ―y es todavía, por desdicha, en cierto país sudamericano― una secta castrense que ostentó el poder de las naciones latinoamericanas por más de un siglo de desórdenes, caracterizados por la virulencia del latifundismo, en el que montones de caudillos lucharon por apropiarse indebidamente de tierras que supuestamente eran suyas sólo por el hecho de haber peleado por la independencia o por Bolívar. En Venezuela, este fenómeno del neofeudalismo fue el mayor oprobio de su historia, en la que hubo prácticamente una vergonzosa centuria de atraso económico, urbanístico, político, científico, agropecuario y humanístico, sin signos vitales de desarrollo hasta 1920 (Baptista, 2008, pp. 60-62).

La independencia de la América Española dejó heridas difíciles de sanar. En Sudamérica, es decir, en la América de Bolívar, no pocas personas padecieron las secuelas de esta gesta que causó su devastación material y espiritual. La espiritual podía ser paliada con las compresas de la fe católica, pero la material, por ser tangible, no podía ser recobrada con sermones desde el púlpito, sino con la determinación de alguien que no estaba dispuesto a renunciar a sus posesiones, pues estas han sido el fruto de su esfuerzo y el de los suyos. Averigüemos cómo hizo el Libertador, en su fuero privado, para no ser arrastrado por esta marejada de estrecheces monetarias.

4. Bolívar: su economía personal

“Ofende groseramente a la razón, a la lógica y a la moral sentenciar que todos los ricos son malos o que todos los pobres son buenos”. Con estas inteligentes palabras comenzó Antonio Herrera-Vaillant (2014, p. 25) su interesante estudio sobre el Libertador empresario, en el que él prueba, con innumerables documentos, que el prócer mantuano fue lo opuesto a esa falsa imagen que nos ha querido vender la cultura popular, en la que se afirma sin pestañear que Bolívar fue un San Francisco de Asís venezolano y con uniforme militar. ¿Tiene razón este historiador? Sí. Analicemos por qué, mediante dos ángulos que son complementarios entre sí.

El primero de ellos es cuantitativo y exige pocos comentarios. Las evidencias sobran, pues en la correspondencia del Libertador hay montones de datos precisos que podemos calcular. Desde muy joven, Bolívar gastó grandes sumas de dinero en sus viajes por Europa. Cuando estuvo en París, en 1804, el entonces muchacho caraqueño le dijo a Teresa Laisney de Tristán, con aire pedante, que “en tres meses” gastó 150.000 francos y que en Madrid sostuvo “un tren de prín­cipe” (Doc. 24 A.D.L.). Asimismo, dijo don Simón: “en todas partes ostenté el mayor lujo y prodigué el oro a la simple apariencia de los pla­ceres”. En fin, él estuvo livin’ la vida loca para ahogar sus penas por el fallecimiento de su esposa.

Una declaración jurada, redactada en Caracas el 6 de octubre de 1808 (Doc. 43 A.D.L.), demuestra que Bolívar defendió las tierras heredadas de sus padres. El litigio legal, que se resolvió pacíficamente y sin perjuicios para su fortuna, fue nada más y nada menos que contra Antonio Nicolás Briceño; sí, “el Diablo” que masacró realistas en la Guerra a muerte. Briceño quiso quitarle a Bolívar unas porciones de sus propiedades a través de la “viveza criolla”, pero el tiro le salió por la culata. Este fue uno de varios pleitos jurídicos que encaró el Libertador para asegurar su patrimonio.

Arribada la revolución y la Primera República de Venezuela, iniciaron sus problemas económicos, para los cuales tomó previsiones. De este modo, el Tribunal de Secuestros, establecido con los realistas de Monteverde, no pudo depredar significativamente las propiedades de Bolívar, aunque sí las de otros independentistas menos precavidos. Al exiliarse de su patria, el Libertador escribió desde Curazao a Francisco de Iturbe dos cartas fechadas el 10 (Doc. 66 A.D.L.) y el 19 de septiembre (Doc. 67 A.D.L.) de 1812, respectivamente, en las que dio instrucciones sobre sus propiedades y expresó su preocupación por la confiscación de sus pertenencias a bordo, razón por la cual tuvo que pedir dinero prestado. De no ser por ese suceso, Bolívar habría conservado intacto su equipaje, que consistió en 2 baúles, 5 zurrones de tinta, 26 fanegas de cacao, 1.700 onzas de plata y 1.500 pesos en plata (Herrera-Vaillant, 2014, pp. 56-57).

La etapa más larga y dura fue entre 1813 y 1821. En esos años, las propiedades del Libertador cambiaron de dueños según el bando que se hiciese con el control político de Venezuela. Hasta que no se consolidó la victoria independentista, Bolívar no tuvo manera de recobrar ninguno de sus bienes. Para cuando él se encargó nuevamente de sus asuntos financieros, se dio cuenta que su vieja gloria se había ido con los saqueos de la guerra. Sin embargo, sus dominios aún eran legalmente suyos, y por eso inició un cúmulo de pesados trámites que recuperaron lo que había perdido con el conflicto de la emancipación.

Hubo cuestiones a las que sí renunció, pero por razones que nada tuvieron que ver con hacer votos de pobreza. En Perú, Bolívar se negó a recibir una pensión de 30.000 pesos anuales; dijo: “yo no la necesito para vivir, en tanto que el tesoro público está agotado” (Pativilca. 9/01/1824. Carta al Presidente del Congreso. Doc. 8491 A.D.L.). De forma similar, el Libertador rechazó una recompensa valorada en un millón de pesos por servicios a la nación, ya que “las leyes de mi patria y las de mi corazón me lo prohíben” (Lima. 23/02/1825. Oficio al Presidente del Soberano Congreso del Perú. Doc. 10149 A.D.L.). Tiempo después, aceptó ese dinero para destinarlo a obras de caridad en Venezuela, pero el gobierno de la nación inca nunca se lo pagó.

De esas cartas se lee que Bolívar no quiso recibir estipendios por tres motivos: uno, no le hacían falta; dos, cobrarlos era contribuir al aumento del gasto público; y tres, porque le repugnaba tomar dinero regalado, es decir, el que no había ganado trabajando. Lo último puede confirmarse con una carta a Santander, escrita en Ocoña el 8 de mayo de 1825 (Doc. 10249 A.D.L.). En esta, el Libertador dijo, dichoso, que no tenía “sueldos ningunos devengados”, pues “yo he tomado en Guayaquil los sueldos que me correspondían hasta que me hicieron dictador”. Expresó Bolívar que desde ese momento vivía de sus ahorros personales “y de algunas mesadas que tomo del tesoro del Perú”; por consiguiente, no necesitaba recursos, pues no pensaba abandonar el país en ese año.

Sonará chocante para los chauvinistas venezolanos sensibles, pero Bolívar pensó en irse de su patria. En la susodicha misiva a Santander dijo para dónde: “Cuando me vaya a Europa encontraré en el Banco de Londres los arrendamientos de una mina de cobre”. Se refirió aquí a la de Aroa, cuyo rédito anual era de 12.000 pesos, que entre 1825 y 1830 habría acumulado 60.000 pesos en utilidades. Naturalmente, los ingleses estuvieron metidos en ese suculento negocio, que le daría al Libertador una tranquila senectud, sin subsidios ni pensiones: “La Providencia, que vela sobre mi honor, me ha dado este recurso para no verme obligado a recibir de ningún gobierno dinero con que vivir en mi vejez”.

¿Por qué Bolívar no simpatizaba con la beneficencia gubernamental, sino con la cultura del ahorro? Tanto las cartas como el contexto histórico esclarecen este entresijo. Los enemigos del Libertador habrían hecho lo que fuera necesario para acusarlo de ladrón, pues habrían alegado el uso del erario nacional para enriquecerse; ese era un placer que el héroe venezolano no les iba a dar. Adicionalmente, Bolívar estuvo consciente de que sus fondos personales le daban un nivel de libertad e independencia financiera que no podía brindarle el Estado, el cual podía cortarle el cordón umbilical al menor cambio de agujas políticas. Bien lo dice el refrán: al que de ajeno se viste, en la calle le desnudan.

Retomemos el tema de Aroa, porque es sumamente determinante en las finanzas personales del Libertador. Para él, esa fue su mayor ambición empresarial, la cual inició en 1824 mediante un contrato de arrendamiento por nueve años con John Dundas Cochrane (Herrera-Vaillant, 2014, pp. 90-91, 96-100, 110-111). Precisando aún más las cifras anteriores, tenemos que las rentas acumuladas pueden estimarse, hasta 1833, en 108.000 pesos. Al respecto hay mucha información y documentos que demuestran la prioridad que tuvo esa mina, pues era un depósito de cobre situado en Yaracuy, un estado al Norte de Venezuela que tiene enfrente el Caribe.

Escribió mucho Bolívar sobre el asunto, por lo que voy a ser resumido. El 20 de diciembre de 1824, el Libertador le dijo en carta a Santander, desde Lima (Doc. 10010 A.D.L.), que en Colombia esperaba obtener 100.000 pesos para salir de ahí a Londres por sus “servicios pasados y futu­ros”. Puso por garantía las minas de Aroa, que reconoció por suyas, cuyo valor inicial fue de 40.000 pesos cuando fue adquirida por sus antepasados en la Colonia; sugirió que con ellas se podría construir un arsenal en Puerto Cabello, ya que daba “cobre y maderas admirables”. Paradójicamente, añadió:

(…) mi posición actual es tan rara que no tengo con qué vivir, siendo a la vez presidente de Colombia y dictador del Perú. Por no ponerme a gajes de este país, no cobré el sueldo que me asignaron, y no te­niendo autoridad en Colombia, ya no puedo pedir sueldo allá. Así es que estoy pidiendo dinero prestado, y tendré que vivir de prestado hasta que vuelva a Guayaquil.

Su interés por las minas de Aroa fue, por ende, para tener dinero ahorrado en Inglaterra al momento de emigrar de la Gran Colombia y solventar su iliquidez, que fue corriente en los años de posguerra y que afectó a los diversos sectores de la población sudamericana tras la emancipación. Confiado en las ganancias de esa renta generada en Venezuela, no quiso tocar un céntimo del sueldo que le habían dado en su dictadura en Perú. Su falta de dinero había sido por la caridad que pagaba de su bolsillo, los gastos posbélicos y la escurrida economía de un país que recientemente se había independizado.

Hacia 1825, el Libertador tuvo un cambio de opinión. No fue matemático, contador ni economista, pero sí sabía sacar cuentas. El 18 de octubre, Bolívar le dijo a Cochrane, desde el Potosí, que su propiedad de Aroa valía entre 400.000 o 500.000 pesos “en el estado actual”, y que “cuando ella sea explotada, cultivada y poblada, valdrá millones” (Doc. 969 A.D.L.). Dos días después, es decir el día 20, el Libertador comunicó en carta a José Rafael Revenga que estaba conforme con el arrendamiento de las minas, aunque creyó que era mejor venderlas “siempre que me den por ella un precio justo y equivalente” (Doc. 970 A.D.L.). En suma, reiteró que dejaría la política, en favor de una vida apacible con los británicos: “no hay mejor mina para mí que la plata que me podrán dar en Inglaterra, única con que podré contar para pasar mis días luego que me retire de los negocios públicos”.

Mostróse optimista el Libertador en aquel año de proyectos emprendedores, aún en medio de carencias y dificultades. La señal esperada salió publicada en un catálogo al cuidado de Henry English (1825, pp. 13-14, 77-78), en el que hubo un listado de compañías mineras extranjeras, entre las cuales hubo una firma con el apellido del prócer venezolano: la Bolívar Mining Association. Su capital fue anunciado a inversionistas británicos y estadounidenses en 500.000 libras esterlinas, divididas en 10.000 acciones valoradas en 50 libras cada una. Bolívar, lleno de júbilo, le escribió una carta a su hermana María Antonia el 18 de mayo de 1826 (Doc. 195 A.D.L.). Desde el Magdalena, le recalcó a ella la misma idea que a Revenga de vender Aroa “al mejor precio posible, a fin de depositar su valor en un banco de Londres, y tener una suma de dinero sobre la cual contar en todo tiempo”, una vez que se encuentre en Europa tras haberse deshecho de sus compromisos de mandatario.

La felicidad, empero, se esfumó pronto. Entre ofertas y contraofertas, los británicos ofrecieron en enero de 1827 la cantidad de 200.000 pesos por Aroa, no 500.000 como había querido Bolívar (Herrera-Vaillant, 2014, p. 120). Aunque el precio fue mucho más bajo de lo esperado, el Libertador dio luz verde a la venta, que demoró por la inseguridad jurídica de la Venezuela republicana, cuyas instituciones pusieron en tela de juicio la titularidad de aquellas tierras en Yaracuy. Los compradores ingleses informaron que no gastarían un peso en las minas si no tenían pruebas irrefutables de que en verdad eran del prócer mantuano, menos aún con pleitos legales en curso. Si hacían esa adquisición a ciegas, podrían ser estafados.

Tuvo el Libertador que esperar hasta 1829 para que el viento soplara a su favor. La Corte colombiana le dio sentencia favorable en un extenuante caso disputado contra José Ignacio Lecumberri, un pariente y enemigo suyo que tuvo intención de quitarle su mayorazgo y sus minas (Herrera-Vaillant, 2014, pp. 78-79). No obstante, la victoria jurídica no tranquilizó al héroe venezolano, quien el 28 de junio dijo que no toleraba verse “chasqueado por cosas que no valen la pena”, motivo por el cual se avergonzó de haber comprometido “personajes públicos a la faz de una inmensa capital como Londres” (Buijó, Ecuador. Carta a José Fernández Madrid. Doc. 2038 A.D.L.). Colérico consigo mismo, Bolívar exclamó: “¡Malditas sean las minas y las libran­zas, y los que gastan sin tener con qué!”

A finales de ese año, su actitud se mantuvo igual. El 6 de diciembre, Bolívar dijo en una carta a José Ángel de Álamo que el ataque del Poder Judicial venezolano, con relación a sus tierras y minas, era “una conjuración cruel” contra su honor (Popayán, Colombia. Doc. 2191 A.D.L.). El Libertador también le dijo a su destinatario que desistiera de aquel asunto, y añadió: “Yo moriré como nací: desnudo. Vd. tiene dinero y me dará de comer cuando no tenga”. Reacio a seguir mandando, el héroe criollo manifestó que estaba harto de todo y de todos: “Ya no puedo con el oprobio que me causa esta maldita causa de la patria”.

Se sintió así Bolívar debido a la corrupción e ineptitud de los jueces y magistrados venezolanos, que solían retrasarse en el cumplimiento de sus deberes. Aunado a esto, los intereses del Libertador chocaron con la mentalidad jurídica republicana, que al abolir los mayorazgos había mostrado sus fauces para devorar los de sus antiguos dueños, incluyendo el del prócer mantuano, heredado desde el momento mismo de su nacimiento. La revolución emancipadora, guiada por el precepto de igualdad, no creyó que la querella del héroe caraqueño fuera más relevante que el de cualquier otro ciudadano del país, ni siquiera por haberle dado victorias militares.

Víctima de la “justicia” politizada, el Libertador tuvo en 1830 un año pésimo en el que temió que el Estado venezolano le pudiese confiscar sus propiedades, y por eso tuvo prisa en venderlas o traspasarlas a nuevos propietarios (Herrera-Vaillant, 2014, pp. 148, 150, 152); más vale pájaro en mano que cien volando. Desde Cartagena, Bolívar le dijo a Gabriel Camacho el 2 de septiembre que hiciera lo posible por acabar con la “mortal agonía” de esas minas, cuya compra nunca se concretaba (Doc. 370 A.D.L.). El Libertador le confesó a su amigo, con tono pesimista: “no veo de­lante de mí más que miseria, vejez y mendicidad, cuando nunca he estado acostumbrado a semejantes calamidades”.

Estas tristezas, empero, no le impidieron a Bolívar seguir atendiendo sus finanzas. El 18 de octubre, desde Soledad, le escribió a Juan de Dios Amador que “la casa del señor Kinsella”, en la que se hospedó el prócer criollo, sufrió daños que debían repararse con su peculio (Doc. 372 A.D.L.); el Libertador, por tanto, corrió con los gastos. Y el 1º de diciembre recibió en Cartagena su regalo de Navidad por anticipado: comunicó que las minas de Aroa por fin se habían vendido a los ingleses en 38.000 libras, es decir, aproximadamente en los 200.000 pesos ofertados en 1827 (Carta a Robert Wilson. Doc. 369 A.D.L.). Y cinco días después, estas posesiones volvieron a irritarlo por causa de la “justicia” venezolana:

Me dicen que mis propiedades no son legítimas y que no hay ley para un hombre como yo. Esto quiere decir que soy un canalla. Se me despoja de la herencia de mis abuelos y se me deshonra.

Diga Vd. si tengo motivos para desear salir de esta infame vida política. Ya esto es demasiado, no quiero más estar empleado ni aún vivir en Colombia. (Popayán, Colombia. 6/12/1830. Carta a Rafael Urdaneta. Doc. 2188 A.D.L.)

Puso el Libertador en la postdata de esa misiva la siguiente anotación: “El tiempo es tan malo, que Vd. no lo puede imaginar: no cesan las aguas y los caminos y las bestias están horribles”. En el mismo párrafo, Bolívar aprovechó la oportunidad para recordarle a Urdaneta que debía cobrar 5.000 pesos “a cuenta de mis sueldos, para que Manuelita se alivie de miseria”. Con este singular dato queda demolida la idea errónea según la cual Manuela Sáenz fue una mujer “empoderada”, “luchadora” y “emancipada”.

Once días después de esa correspondencia escrita con Urdaneta, Bolívar desapareció físicamente. No disfrutó una libra de la fortuna que se iba a depositar en Londres, a razón de las minas vendidas. En sí, la transacción de Aroa no se logró sino hasta el 4 de febrero de 1832 (Herrera-Vaillant, 2014, pp. 177-179), por lo que el premio “gordo” fue reclamado por sus hermanas María Antonia y Juana, que en ese año aún tenían 19 esclavos a sus órdenes. Brian Adams y William Ackers fueron los compradores de esa propiedad, que les costó la mencionada cifra por Bolívar en diciembre de 1830.

Incuestionablemente, el esfuerzo de Bolívar no fue en vano. Sin embargo, él no murió pobre. Los biógrafos del prócer venezolano relatan que vendió sus piezas metálicas de valor en camino a Santa Marta. De este hecho se desprende que necesitaba dinero para pagar deudas, ayudar con su caridad, cubrir gastos básicos, aliviar su falta de liquidez y, ante todo, guardar un poco para su viaje a Inglaterra, que estuvo planificando desde 1825. Estas afirmaciones están sustentadas por el caudal de documentos y números señalados con anterioridad.

Pero hay más. Muchos especialistas omiten un pequeño detalle: a Bolívar le ocurrió lo mismo que a las personas recién fallecidas, es decir, le hicieron un inventario de sus bienes, los cuales estuvieron en posesión de José Laurencio Silva, su albacea (Herrera-Vaillant, 2014, pp. 173-175). En la detallada lista de artículos, los más resaltantes fueron depósitos de oro con un peso total de 687 onzas. También hubo 620 objetos metálicos; 107 de oro, 471 de plata y 42 de cobre. Invito al lector para que tome lápiz y papel ―o calculadora, como le sea más conveniente―, a fin de hacer un avalúo estimado de estas pertenencias. Le aseguro que nada de eso valía ―ni vale― cuatro lochas.

Con esta información precedente pasemos ahora al ángulo cualitativo, que es más descriptivo. Aquí es preciso leer a Bolívar y su entorno histórico entre líneas. Empecemos con esta carta del Libertador a Maxwell Hyslop, escrita en Kingston el 30 de octubre de 1815, durante su exilio en Jamaica (Doc. 1305 A.D.L.). Las negritas son mías.

Ya no tengo un duro; ya he vendido la poca plata que traje. No me lisonjea otra esperanza que la que me inspira el favor de V. Sin él la desesperación me forzará a terminar mis días de un modo violento, a fin de evitar la cruel humillación de implorar auxilios de hombres más insensibles que su oro mismo. Si V. no me concede la protección que necesito para conservar mi triste vida, estoy resuelto a no solicitar la beneficiencia de nadie, pues es pre­ferible la muerte a una existencia tan poco honrosa.

Si Bolívar hubiera pregonado la pobreza por virtud, nunca habría dicho eso. Más bien, se habría sentido contento de estar en la carraplana; al fin estaba libre del odioso dinero, fuente de infinita iniquidad y pecado. Pero no. Estando en la miseria, el Libertador tuvo intención de suicidarse, pues no tenía con qué vivir. En resumidas cuentas, el héroe venezolano no sintió euforia con su carestía, sino profunda depresión. En años posteriores, Bolívar movió cielo y tierra para no volver a pasar por esa horrenda experiencia, e hizo lo que pudo para no permitir que sus allegados fueran engullidos por ese mal.

Acudamos por evidencia adicional de su riqueza a la alimentación. Ninguna de las fuentes consultadas señala que Bolívar comía mal, ni siquiera en los años más aciagos de la Independencia. Es más, suele hablarse que el Libertador estuvo en festines, agasajos y banquetes celebrados en su honor. Luis Perú de Lacroix describe el menú de Bolívar: arepa de maíz, ensaladas, ají, pimienta, pocos dulces y carnes, con muchas legumbres y frutas. No solía probar el café. Tampoco bebía aguardiente ni licores fuertes, aunque tuvo afición por las bebidas espirituosas finas, como la champaña y el vino tinto de Burdeos.

Otros hechos clave, que complementan los ya descritos, son:

  • Vestimenta. Salvo en ocasiones extraordinarias, donde imperaban fuerzas ajenas a su voluntad, el Libertador no andaba con ropas deshechas. De civil usaba atuendos sencillos, pero elegantes. Cuando entraba en sus deberes militares, respetaba mucho la pulcritud del uniforme. Por disciplina castrense, en el ejército hay que tener buena presencia.
  • Atención médica. La mejor que el dinero podía comprar, en una época donde no había un doctor en varios kilómetros a la redonda. Él no fue fanático de estar acompañado por “matasanos”, aunque se dejó tratar sus dolencias por especialistas calificados, algunos de ellos venidos del extranjero, como el francés Alejandro Próspero Révérend.
  • Propiedades. Vimos de sobra que Bolívar las defendió tenazmente, contra viento y marea, hasta su último aliento.
  • Caridad. Demostrada con documentos y cifras. Pese a líos de iliquidez, el Libertador tenía tanto dinero que podía auxiliar económicamente a cualquiera en aprietos. Al respecto, Bolívar pagó a Francisco de Miranda el pasaje de vuelta para que retornara a Caracas.
  • Última morada. La famosa Quinta de San Pedro Alejandrino, donde murió Bolívar, es una hacienda que en 1830 perteneció a Joaquín de Mier. No era por tanto una pocilga, sino una de las propiedades rurales más ricas de Santa Marta.
  • El testamento. Bolívar dejó por herencia alhajas, tierras, las minas de Aroa, una medalla del Congreso de Bolivia, la espada de Sucre y dos libros de la biblioteca de Napoleón. También dio 8.000 pesos a su mayordomo José Palacios y le pagó a sus acreedores; por tanto, el Libertador no dejó deudas.
  • Aseo personal. De lo más refinado. En las crónicas que se han escrito de Bolívar, uno no encuentra nada que narre a un héroe antihigiénico. Incluso se informa que el Libertador gastaba mucho dinero en agua de colonia.
  • Vivienda. No dormía en ranchos, a menos que estuviera de paso por el camino, o que se hallara en plena campaña, a campo traviesa. Por lo demás, Bolívar pernoctaba en casonas de lujo tales como La Magdalena, a las afueras de Lima.

El factor más elemental por el cual Bolívar no era pobre es porque no le gustaba serlo. No hay un solo documento suyo en que haya dicho que ser rico es malo. Más bien es al contrario; él se enorgullecía de su poder económico, con el que otorgaba sus donaciones. Nunca renegó de sus posesiones materiales ni envidió las ajenas. En el Libertador no hay evidencias contundentes de enriquecimiento ilícito, pues los decretos indican claramente que el Tribunal de Secuestros ―el de los independentistas, quiero decir― obtuvo recursos destinados a la financiación de la guerra. Generalmente, las confiscaciones apuntaron a los realistas como tal, indistintamente de su estatus en la pirámide social.

Herrera-Vaillant dio en el clavo al afirmar que Bolívar fue el prototipo de lo que concebimos como el “rico bueno”, al menos dentro de lo que cabe en un hombre decimonónico. Lo opuesto es el “pobre malo”: Boves, un sujeto que desde su condición miserable engatusó a los indios y los negros para que exterminaran a todos los blancos, ya que representaban las élites acaudaladas. A tal efecto, el Urogallo masacró a los criollos y los peninsulares, expropió su fortuna y luego la repartió a la plebe anarquizada, a la que había hechizado con falsas promesas de libertad. La avalancha social de este caudillo realista destrozó la economía de Venezuela, incluso en la provincia de Caracas, donde el Libertador tenía sus tierras. ¿No resulta evidente, pues, por qué nuestro prócer mantuano luchó hasta el fin por defender lo que pertenecía a su familia desde hace generaciones?

Conclusiones

Por razones cronológicas que condicionaron la historia de la filosofía y del pensamiento económico, Simón Bolívar no fue nunca precursor de las políticas financieras abogadas por la izquierda reaccionaria. Esto se debe no tanto porque el ideario comunista es muy posterior al Libertador, quien de por sí fue duramente vilipendiado por Karl Marx, sino porque el propio prócer mantuano congenió con los conceptos del liberalismo, que eran los difundidos a inicios del siglo XIX con el objetivo de plantear soluciones que suprimieran las abusivas restricciones ejercidas por el Estado colonial español. De esta forma, Bolívar fue por definición acérrimo partidario de los derechos individuales, de la propiedad privada y del libre mercado.

Las políticas de Bolívar en materia financiera no se parecen en nada a las aupadas por sus cultores. Durante y después de la Independencia, el Libertador implementó medidas que redujeron el gasto público al máximo, a la vez que del extranjero se inyectó capital, refuerzos para el ejército, suministros, tecnología, conocimiento y personal; Sucre, de hecho, aludía en sus cartas la compra de artículos militares fabricados en Francia e Inglaterra, tales como bayonetas y fusiles. Contradictoriamente, la América Española fue un subcontinente rico pero sin suficiente materia prima para sostener la economía de su emancipación, motivo por el cual se recurrió a los aliados foráneos para lograr la victoria.

Desde 1811 hasta 1824, la guerra de independencia se caracterizó por haber sido una época de escasez en todos los sentidos; en la era posbélica, la situación permaneció igual o peor que antes. En Venezuela, significó una crisis que se prolongó por una larga centuria, mientras que otras naciones pisadas por las campañas del Libertador experimentaron vivencias similarmente tétricas. La emancipación, en sí, fue una vorágine de serios problemas socioeconómicos que atormentaron la América cabalgada por Bolívar, quien hizo lo que estuvo a su alcance para medio arreglar los daños ocasionados.

Nos sobran evidencias sobre las circunstancias precarias de la emancipación en la América Española. Muchas de ellas están en los testimonios de Bolívar, aunque no son los únicos. Los documentos del Libertador demuestran algo más que la gravedad de esta catástrofe; señalan que él se negó a ser agraviado por ella. A tal efecto, él batalló incesantemente para asegurar que sus propiedades no fueran mordidas por una jauría conformada por juristas, magistrados, jueces, políticos y terratenientes. En este sentido, el mayor enemigo de las riquezas de Bolívar fue la república venezolana que vio emerger.

Los números y piezas de correspondencia escrita son tan abrumadores como contundentes. Por tanto, la supuesta mendicidad del héroe venezolano es una creencia sumamente dudosa, pues contradice los datos concretos que se acaban de discutir. Si Bolívar peleó por la Independencia, no fue para erradicar el capitalismo “salvaje” y mucho menos para enseñar la doctrina de la pobreza. Pero aún si lo hubiera hecho, el Libertador habría lucido como un tremendo hipócrita que dice una cosa y hace otra, como esos politiqueros latinoamericanos de hoy en día que alaban al pueblo depauperado mientras viven con sus lujos de burgueses.

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Volver al prólogo e índice de artículos

Capítulo 1- Ideales

Capítulo 2 – El mandatario

Capítulo 3 – La espada de oro

Capítulo 4 – ¿Moral y luces?

Capítulo 5 – Religión mantuana

Capítulo 6 – La palabra del prócer

Capítulo 8 – Genio y figura

Capítulo 9 – Cultos de ayer y hoy

Capítulo 10 – Resolviendo controversias

2 comentarios en “Simón Bolívar: una visión escéptica. Capítulo 7 – Una cara en la moneda

  1. Hace un par de años me puse a ver un pasquin de ultraizquierda donde “analizaban” la “verdadera” situacion de venezuela; y en ella mostraban una (supuesta) foto de una opulenta camioneta hummer donde en el vidrio de la parte posterior tenia escrito con pintura blanca “maduro nos tiene muriendo de hambre” imagen que pusieron para mofarse de ellos y ponerlos en evidencia de ser los culpables de la situacion del pais.

    Por lo visto en esta entrada, el procer de la ultraizquierda no fue alguien diferente de la personas aludidas del panfleto izquierdista. no le gustaba desprenderse de posesiones materiales y le gustaba la opulencia.

    En chile la izquierda explota la imagen del heroe y procer de la independencia Manuel Rodriguez, que por sus acciones y su muerte; la izquierda se identifica con él, como que si fuera nada menos que un pionero del socialismo y que esté les hubiera dejado un legado, pero este sujeto lo mas probable es que haya sido un liberal y anticolonial.

    Saludos

    • Hola Ricardo, gracias por comentar.

      Es increíble cómo la extrema izquierda, así como simples cultores ignorantes de todo, utilizan a Bolívar como ejemplo de pobreza. Nada más lejos de la verdad. Afortunadamente, como viste, hay inclusive números que demuestran la falsedad de esas afirmaciones, y no pocos documentos. En el capítulo 8, que se publicará en pocos días, habrá algo más de esto, pues hablaré brevemente de su vida familiar.

      Lo único que rescataría de Bolívar es que al menos él nunca dijo, en ningún lugar, que ser pobre era maravilloso. Que haya dado fondos a los pobres es una conducta única de él y nunca aspiró a que los demás la imitaran. De todas formas, a pesar de esa caridad, el Libertador seguía siendo muy, pero que muy rico. Y siempre se enorgulleció de serlo, con su cuenta bancaria en el Banco de Londres.

      Lamento sobremanera que esa izquierda venenosa se burle del sufrimiento venezolano, sólo con burdas imágenes y memes tontos. Cualquiera en la red puede manipular fotos y hacerlas lucir como les conviene. Hace algunas semanas, un programa de Venezolana de Televisión mostraba un supuesto video de gente cruzando la frontera colombo-venezolana para “demostrar” que los electores fueron en masa para votar en las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente.

      Sucede que ese video era auténtico, pero era “casero” y le tacharon la parte donde señala la fecha y hora de su filmación; por tanto, muy probablemente era material viejo que subieron al programa para hacer creer al televidente que era reciente. Tremenda manipulación de ese medio del Estado venezolano.

      Y si estas mentiras se han hecho en nombre del Libertador, ya ves lo que hacen en otros países latinoamericanos con sus próceres. Personalmente no conocía a Manuel Rodríguez, pero a juzgar por la época era el enésimo militar objeto de adulación en este subcontinente plagado de pensamiento caudillista.

      No salimos de una, vale.

      Saludos.

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