Planeta desencantado. Capítulo 13 – Las metras alienígenas

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Saludos a todos. Luego de mucho trajín, al fin hemos llegado al decimotercer y último episodio de Planeta encantado, titulado Las esferas de nadie (transcripción). En esta ocasión, Benítez nos relata en qué consiste el enigma de ciertos objetos redondos de piedra que se hallan regados en México y en Costa Rica; como es vicio en él, le quita cualquier crédito a la humanidad o a la naturaleza por su autoría, pues obligatoriamente tienen que ser los extraterrestres. De esta manera, retornamos al mismo cuento triste de nunca acabar: el de los aliens ancestrales. Como si la teoría conspiranoica del alunizaje no hubiera sido suficiente…

Vale, vamos con todo.

(4:34) He aquí el primer enigma, casi un millar de esferas de piedra distribuidas en las faldas de los cerros de Aguablanca y Piedra Bola. Mil esferas de arenisca y basalto finamente pulidas y con diámetros que oscilan entre 1 y 5 metros. Esferas de hasta 20 toneladas que nadie sabe cómo han llegado hasta aquí. (4:59)

El que no lo sabe es el señor Benítez.

O, mejor dicho, fue él quien decidió no saberlo. Al final de este post sabrán por qué.

(5:13) Muchas se presentan semienterradas o escondidas entre los apretados bosques de pinos y encinas. Bosques solitarios a 9 kilómetros de Ahualulco en los que gobiernan el puma, la serpiente de cascabel y el silencio. Evidentemente el hecho de aparecer enterradas o semienterradas concede a estas esferas una notable antigüedad. Sin embargo, no disponemos de vestigio alguno que pueda esclarecer su origen. Las leyendas y restos arqueológicos de la cultura Teuchitlán, que habitó esta región hace 4.000 años, no aportan datos específicos sobre los hipotéticos constructores o la finalidad de las mismas. Los siguientes asentamientos humanos entre los que destaca el pueblo caxcán tampoco arrojan un mínimo de luz respecto a estas gigantescas esferas. (6:20)

Bien anota la arqueóloga costarricense Ifigenia Quintanilla que “los esferoides naturales no pueden ser comparados, ni estudiados ni entendidos de la misma manera que las esferas de origen cultural”. Ese es el por qué no se deben hacer conexiones entre las bolas de piedra halladas en México y las que están en Costa Rica: porque tienen características diferentes, especialmente en su origen.

En otras palabras, las esferas de México no tienen nada que ver con las esferas de Costa Rica. Por eso es que las vamos a tratar como dos asuntos separados, sin relación entre sí.

Como veremos más adelante, las esferas de piedra en México no fueron hechas por los indígenas, sino la naturaleza, durante un proceso geológico que las formó en la Era Cenozoica. Esa es la principal razón por la cual el ufólogo español no encuentra las pistas que ha estado buscando.

(6:21) Sólo el nombre náhuatl de la primitiva cultura que habitó estos parajes (Teuchitlán, o lugar de dioses) podría guardar alguna relación con estas obras gigantescas, más propias de dioses y titanes que de hombres. Pero, obviamente, esto sólo es una suposición. (6:44)

La suposición no tiene fundamento porque es la misma argucia utilizada para defender el carácter extraterrestre del Tassili argelino, que en ese momento Benítez defendió en base al vocablo Jabbaren, el cual ya discutí en los capítulos 9 y 10 de este examen escéptico del pseudodocumental.

Efectivamente, Teuchitlán proviene de la palabra Teotzitlán (escrita también Teutzitlán), que significa “lugar dedicado al dios reverenciado”, “lugar dedicado a la divinidad” y “lugar del dios Tenoch”. Pero esa etimología no demuestra absolutamente nada de lo esgrimido por el ufólogo español.

(6:52) Durante la conquista, ninguno de los españoles hace mención de estas asombrosas y desconcertantes bolas, como las llaman los nativos. En 1524 el poblado de Ahualulco fue conquistado por Cortés de San Buenaventura, pero las esferas no aparecen en las crónicas. Y aunque resulte extraño tampoco Cristóbal de Oñate se refiere a ellas cuando en 1547 descubre las ricas minas de hierro, oro y plata de esta región. (7:26)

Ver mi explicación del minuto 36:49, en el que Benítez hace idéntico cuestionamiento. Por aquellos años, América aún tenía sitios inexplorados porque eran muy inaccesibles. Quizás por eso los españoles no dijeron nada, porque nada sabían de esas esferas de piedra.

(7:27) ¿Cómo llegaron estas inmensas moles hasta lo alto de las laderas a 1.400 y 2.000 metros de altitud? (7:34)

Por medios geológicos. En sí, las piedras redondas de México son esferulitas de gran tamaño, es decir, megaesferulitas; esferas que se forman mediante la cristalización por capas del ardiente material volcánico, cuya temperatura oscila los 500º y 8.000º C.

Esa es la versión resumida del proceso, que comienza con la erupción del volcán y la subsiguiente expulsión de humo, ceniza y rocas al rojo vivo. Después, se fueron formando los cristales, y a su alrededor se iban uniendo las capas rocosas y vítreas, a medida que iba bajando la temperatura y se liberaban los gases de su interior. En consecuencia, el desarrollo de la esfera quedaba facilitado por la porosidad de la toba, que permite el intercambio mineral y térmico en todas direcciones. La formación de la esferulita termina en cuanto la roca se enfría, o bien, cuando queda compactada la bola de piedra.

Pueden leer más información en el Backbender’s Gazette (vol. 38, nº 7, julio del 2007) y en una publicación de la Edinburgh Geological Society (The Edinburgh Geologist, nº 24).

Algunas acotaciones adicionales:

  • Hay esferulitas en los Estados Unidos. Esto ayudó mucho a revelar qué había detrás de las esferas de piedra en México.
  • Aunque las esferulitas puedan tener cristales de obsidiana, también hay rastros de otras piedras volcánicas, como piedra pez y riolita. Ninguna tiene granito en su composición.
  • Una prueba contundente del origen volcánico de las esferulitas mexicanas está en que su forma no siempre es esférica. Muchas de ellas también tienen formas como de pera o de mancuerna. Hay piedras “siamesas” e incluso las hay “pegadas” al terreno de la Sierra de Ameca.
  • La supuesta “perfección” de esas esferulitas no existe. Eso sí, su redondez es genial y se debe tanto a la disposición de los cristales como a la erosión del material volcánico, que tomó millones de años en completarse.
  • Las esferulitas de México se formaron en la Era Cenozoica, a mediados del Eoceno. La datación estimada ronda entre los 20 y 32 millones de años de antigüedad.
  • Puede haber dudas menores sobre el proceso de formación de las esferulitas, pero no hay ninguna controversia en los científicos. Eso se lo han inventado los inventores de misterios, como Benítez.
  • Las esferulitas mexicanas son variables en tamaño y peso, aunque su diámetro va entre 1,4 y 2 metros.

Continuemos.

(7:52) Durante siglos, como digo, las esferas de Ahualulco han permanecido prácticamente ignoradas. Sólo los nativos sabían de su existencia, hasta que en 1967 el norteamericano Robert Gordon, director de la mina denominada Piedra Bola, fue informado de la existencia de otras esferas, similares a las que existen junto a la boca de la antigua mina de plata, y que justamente dio nombre al yacimiento. Gordon, intrigado, acudió al paraje señalado por los nativos y efectivamente a cosa de 2 kilómetros de la mina, descubrió otras 5 gigantescas y perfectas esferas de piedra. (8:35)

Hecho histórico que en nada ayuda a la credibilidad del ufólogo español. Más información de relleno.

(9:09) El hallazgo de Gordon fue el principio de una larga cadena de nuevos descubrimientos. El norteamericano envió unas fotografías de las esferas al arqueólogo Matthew Stirling, y en diciembre de ese mismo año de 1967 se iniciaron las primeras excavaciones oficiales. Stirling llegó a desenterrar otras 17 grandes esferas, una de ellas de 3,35 metros de diámetro; el resto de 1,80 metros. Y al igual que sucediera con Gordon, Stirling quedó desconcertado. La mayor parte de las bolas presentaban un pulido minucioso e impecable, con un peso aproximado de 10 toneladas por unidad. Aquello no parecía casual. ¿Por qué el mismo diámetro? ¿Cómo se explica la perfecta esfericidad? (10:07)

Ver refutaciones anteriores. Esta generalización es errónea.

(10:09) Y lo más intrigante: ¿cómo transportaron la esfera de 3 metros y casi 20 toneladas de peso hasta la cumbre de la montaña? (10:18)

La pregunta no tiene validez. Véase lo que dije arriba sobre el origen geológico de las esferulitas en México.

(10:30) Tras estos hallazgos, el misterio de las esferas de la Sierra de Ameca se enredó mucho más. El lugar aparentemente jamás fue habitado. No se hallaron restos de cerámica ni tampoco utensilios que indicaran la existencia de asentamientos humanos. Por otra parte, la depurada técnica que hubiera demandado la elaboración de estas esferas, y el no menos complejo transporte de las mismas hasta lo alto de cimas y laderas, hizo sospechar a estos primeros científicos que se encontraban frente a un capricho de la naturaleza. El razonamiento era comprensible. ¿Pero estaban en lo cierto? (11:16)

Sí, lo estaban, y lo siguen estando. Después de todo, ¿qué clase de humanos iban a vivir en el Eoceno, hace 20-32 millones de años? Ninguno. La falta de artefactos culturales implica que en la era prehispánica los indígenas no le dieron importancia a esas esferas; sencillamente, no significaba nada para ellos porque no las habían construido.

(11:20) Tres meses después de los descubrimientos de Stirling, en marzo de 1968, otra expedición científica se acercó a estos parajes. La integraban miembros del Instituto Smithsoniano, de la National Geographic y de la Inspección Geológica Norteamericana. Y al frente, como director, el geólogo Robert Smith, también estadounidense. Tras examinar las bolas, la conclusión de Smith dejó perplejos a propios y extraños. (11:54)

(12:03) Las esferas mexicanas, aseguró el geólogo norteamericano, están formadas por un cristal volcánico llamado obsidiana. Surgieron hace 40 millones de años como consecuencia de una gigantesca avalancha volcánica. La Sierra de Ameca fue materialmente enterrada en ceniza, y allí, en el fondo de esos depósitos, aparecieron las esferas. Según Smith, a temperaturas que oscilaron entre 540º y 760º C, esas cenizas se fundieron cristalizando por enfriamiento y progresando en frentes esféricos. Después, la erosión eliminó el gran colchón de cenizas, y las esferas quedaron libres. (13:02)

(13:09) Y digo que el veredicto del geólogo norteamericano dejó perplejos a propios y extraños, porque sencillamente no resolvía la totalidad del misterio. Para empezar, de las casi 1.000 esferas que pueden contemplarse en la Sierra de Ameca, la casi totalidad está formada por arenisca, un material que nada tiene que ver con los volcanes. Sólo un pequeño porcentaje está integrado por basalto. En cuanto a la obsidiana, ni rastro. (13:42)

(13:43) ¿Qué ocurrió con estas moles? ¿También se formaron en el interior de la ceniza y en sucesivos frentes esféricos? Para la mayoría de los expertos en petrología, esta posibilidad es altamente dudosa. En cuanto al hecho incuestionable de la similitud en los diámetros de muchas de estas bolas (1,80 metros), el señor Smith naturalmente guardó silencio. Ningún científico serio admite hoy que esta casualidad sea obra de la naturaleza. ¿O no fue una casualidad? (14:22)

(14:23) A esta versión, supuestamente científica, se sumó después otra explicación aportada por algunos vulcanólogos. Para estos, las esferas de Ahualulco tienen un origen muy distinto al propiciado por Smith. No serían otra cosa que tobas o piedras volcánicas expulsadas entre gases, fuegos, columnas de lava y otros materiales piroclásticos. Estas bombas volcánicas, dicen, adoptaron la forma esférica en ese violento proceso de expulsión redondeándose en el aire. (14:56)

(15:21) Estas bombas volcánicas no son exactamente esféricas, y es lógico y natural pretender que estos materiales, expulsados de los volcanes, se vuelvan esféricos al contacto con el aire, es una afirmación arriesgada. ¿Qué tiene esto que ver con la belleza, con la perfección y con el gigantismo de las esferas de México? (15:45)

(15:51) Las tobas volcánicas, además, son rocas ligeras, de consistencia porosa, y formadas por la acumulación de cenizas y otros elementos volcánicos muy pequeños. ¿Qué tiene esto que ver con las masas pétreas de 10 y 20 toneladas de la Sierra de Ameca? Incluso aceptando la remota posibilidad de que estas bombas volcánicas se vuelvan esféricas al contacto con el aire, ¿en qué cabeza cabe que puedan conservar la esfericidad al chocar con un manto de lava o ceniza? (16:25)

Ver refutaciones anteriores. Acá hay una mezcla de afirmaciones falsas y engañosas, con tergiversaciones del trabajo científico realizado en las esferulitas de México. Eso sin contar con las mentiras y la ignorancia supina del ufólogo español, en la que él olvida que el material volcánico puede redondearse más por la erosión. Eso es posible en el transcurso de millones de años.

(16:30) Definitivamente las explicaciones de geólogos y vulcanólogos no son consistentes. Algo falla. El supuesto origen natural de las bolas aparece drásticamente enfrentado con la naturaleza de las mismas, con las dimensiones, y sobre todo con la milimétrica perfección del pulido. Pero hay más. Si echamos un vistazo a la nación mexicana, observaremos que se trata de un país eminentemente volcánico. En estos momentos, según el catálogo mundial de volcanes activos, México reúne un total de 14, con la calificación de peligrosos. Pues bien; si las esferas de Ahualulco fueran el resultado de fenómenos eruptivos ya mencionados, ¿por qué aparecen únicamente en este lugar del estado de Jalisco? Sólo en el llamado Eje Volcánico Mexicano, con una longitud aproximada de 1.000 kilómetros, se contabilizan miles de volcanes apagados. (17:35)

Pregunta engañosa. También hay volcanes en Hawái, Japón, Colombia y Ecuador; allá tampoco se reportan esferas naturales de piedra, que yo sepa. Y aunque así fuera, nada de eso valida que un magufo cualquiera deseche la ciencia sólo porque él es incapaz de hallar las respuestas a sus interrogantes.

La contestación más adecuada a esa trampa verbal puede darse acudiendo a un hecho fundamental. No todos los volcanes son iguales y sus residuos expulsados de sus cráteres no caen en los mismos sitios, principalmente por razones geográficas y meteorológicas. Además, la composición geológica varía según las regiones donde “aterricen” esos restos; por ende, no todas darán por resultado una esfera de piedra. La naturaleza es bien alocada y hace que ciertas formaciones rarísimas surjan únicamente en los más insospechados parajes del mundo.

(17:38) Lo lógico es que este tipo de bolas se encontrara repartido en numerosos puntos de dicho eje. Pero no es así. Esta increíble acumulación de casi 1.000 esferas sólo se da en la referida Sierra de Ameca. Algunos vulcanólogos pretenden justificar la existencia de las esferas por las erupciones acaecidas en la Edad Media. Y señalan a tres volcanes como responsables directos: el Ceboruco en el estado de Nayarit, el Volcán de Fuego y su vecino el Nevado, ambos en las proximidades de la ciudad de Colima. El Ceboruco, en efecto, entró en erupción en 1542 y 1567. En cuanto a los de Colima, del Nevado se sabe que entró en actividad en 1560, pero los ardientes flujos no fueron más allá de los 10 kilómetros. (18:40)

(18:41) Si tenemos en cuenta que Ahualulco y la Sierra de Ameca se encuentran a 100 kilómetros del Ceboruco y a 140 de Colima, la pretensión de los vulcanólogos no se sostiene. (18:53)

Puede que eso sea cierto, pero sería sólo con esos volcanes mencionados y en esas épocas específicas. El sesgo es claro y olvida que México está en lo que se conoce como el Cinturón de Fuego del Pacífico, razón por la cual esos no son los únicos volcanes de ese país.

Sucede y acontece que hay un volcán, hoy extinto, que está más cerca. Se llama Tequila; está a 30-35 kilómetros de Ameca y a 15 kilómetros de Ahualulco de Mercado, mientras que el volcán de Colima está apenas a 30 kilómetros de la ciudad homónima. Bastante cerca, la verdad.

Cabe destacar que los volcanes, cuando entran en erupción, pueden arrojar restos a grandes distancias. La ceniza, la lava y las bombas de rocas incandescentes pueden viajar largas distancias y a gran velocidad. Por ejemplo, en los estratovolcanes ―el Tequila y el Colima entran en esta categoría― las bombas arrojadas pueden viajar más de 20 kilómetros hasta su punto de destino. Del resto se encargará la erosión y el clima durante millones de años.

(23:17) Decenas de esferas de piedra prácticamente gemelas a las de Ahualulco. Esferas igualmente perfectas, al aire libre o semienterradas en cientos de kilómetros cuadrados. Esferas de un pulido exquisito, casi imposible. Esferas de 2 y 3 metros de diámetro, de hasta 16 toneladas de peso. Nadie conoce con exactitud su número. Se hablan de cientos, más de 500 esferas de todos los tamaños, desde el diámetro de una naranja hasta 3 metros, quizás más. Las hay en Palmar Sur, en las orillas de los ríos Esquina y Térraba, en las islas Camaronal y del Caño. En lo alto de las sierras de Brunqueña y en las regiones de Piedras Blancas, Cabagra, Buenos Aires, Bebe y Pejibaye de Pérez Zeledón. Pero éstos sólo son los emplazamientos conocidos. Al hallarse enterradas es posible que su número sea muy superior. (24:46)

Da igual su número, sus dimensiones y su peso. A simple vista, se puede observar que las esferas mexicanas de piedra son bien redondas, pero no son tan perfectas ni tan pulidas como parecen. Benítez se engaña y nos engaña a todos con esos datos mal expuestos.

(24:58) Como en el caso de México, los nativos conocían su existencia desde mucho antes de la llegada de los conquistadores españoles. (25:06)

Nada que los expertos no hayan sabido antes.

(25:48) Pero sus explicaciones fueron tan parcas y confusas como las de los pueblos que habitaron Ahualulco. Todos se limitaron a señalar al cielo, asegurando que las esferas eran obras de los dioses. (26:02)

Esta falacia está repetida en otras partes de Planeta encantado y ya la he refutado hasta la saciedad con montones de evidencias. Llamaría a esto falacia ad deorum.

Desde este momento finaliza el segmento sobre las piedras esféricas de México. Ahora comenzará la parte en que se habla sobre el “misterio” costarricense.

(27:30) Fue a partir de 1930 cuando los arqueólogos tomaron contacto por primera vez con este fascinante enigma. En esa fecha George Chittenden, empleado de la multinacional United Fruit, viajaba por Costa Rica comprando tierras para la plantación de bananos. Y fue en una de esas incursiones por la selva cuando Chittenden descubrió una serie de extraños montículos, y sobre ellos las formidables esferas de piedra. A su regreso a San José, informó a la Dra. Doris Stone. Diez años después, a lo largo de 1940 y 1941, Stone se trasladó al Delta, procediendo al primer estudio científico y sistemático de las increíbles bolas. Las examinó, levantó mapas y tuvo el acierto de situar la ubicación original de 5 grupos con un total de 44 esferas. Y descubrió también otros ejemplares en las proximidades del pueblo de Uvita, y en las orillas del río Esquina. (28:42)

Nada nuevo bajo el sol. Los que han estudiado las esferas costarricenses conocen toda esa historia, con lujo de detalles.

A partir de aquí aparecen las interrogantes formuladas por el ufólogo español, las cuales han sido contestadas por expertos, entre ellos John W. Hoopes. Les anticipo que este antropólogo estadounidense es mi referencia principal en muchas de mis refutaciones sobre las esferas de Costa Rica. Cualquier corrección es bienvenida.

(28:43) En 1943 publicaría un primer trabajo que lógicamente llamó la atención de otros investigadores, entre éstos destacaron Mason y Samuel Lothrop de la Universidad de Harvard. Ambos se adentraron también en la selva y ríos de Costa Rica con el loable afán de desentrañar el singular misterio, pero tropezaron con un grave obstáculo. Lamentablemente, la compañía frutera norteamericana ignoró el indudable interés arqueológico de las esferas, y con una absoluta falta de escrúpulos, anteponiendo el dólar a la cultura, removió tierras y cauces destruyendo muchos de los ejemplares o cambiándolos de ubicación. Para colmo de males, otras esferas fueron igualmente removidas de sus emplazamientos originales y trasladadas a cientos de kilómetros. Y hoy adornan casas y jardines particulares así como parques públicos, bancos y edificios oficiales. (29:55)

(30:02) A este desastre vino a sumarse la codicia. Al igual que sucedió en el municipio mexicano de Ahualulco, el descubrimiento de las esferas de Costa Rica terminó provocando el nacimiento de un rumor tan absurdo como lamentable. En el interior, dice la creencia popular, se esconden grandes cantidades de oro y piedras preciosas, y muchas de ellas, como ésta, fueron quebradas o dinamitadas. (30:32)

Hasta donde estoy informado, eso es cierto. Las ignorancia es nociva. Cuando no daña a la gente, daña el patrimonio arqueológico y estorba la investigación científica.

(30:40) Pero arqueólogos e investigadores siguieron trabajando. En este caso, a diferencia de lo ocurrido en México, los costarricenses fueron mucho más sensatos y prudentes que sus colegas los norteamericanos. A nadie se le ocurrió esgrimir el absurdo argumento de los volcanes. Las esferas de Costa Rica son obra humana, de eso no cabe la menor duda. En cuanto a las preguntas clave (¿quién, cómo, y para qué las hicieron?), la mayoría de los expertos no tienen respuestas, al menos satisfactorias. Sencillamente es un misterio de momento. (31:24)

Ver argumentos expuestos más adelante y los ya expuestos por Ifigenia Quintanilla. Estas falacias son estúpidas. Aquí no hay ningún misterio.

(32:56) En este lugar fueron descubiertas unas 10 esferas. Hoy sólo quedan 2. Y surge una pregunta obligada: ¿cómo las trasladaron? En esta isla por supuesto no hay canteras. Las bolas necesariamente tuvieron que llegar desde tierra firme. Y el enigma, como digo, se complica. Según los especialistas, para labrar una bola de un metro de diámetro sería preciso un bloque de 9 toneladas. ¿Cómo se las ingeniaron los constructores para transportar semejantes moles a través del océano? ¿En qué clase de embarcaciones? ¿Qué tipo de navío podría soportar una carga semejante? (33:51)

(34:12) Y otro tanto sucede con la mayoría de los lugares de tierra firme donde aparecen las esferas. En la jungla, por ejemplo, tampoco hay canteras. Para encontrar los necesarios depósitos de granito es preciso viajar al Norte, a la Sierra, es decir, a cientos de kilómetros. Y no hay más remedio que repetir las preguntas. ¿Cómo salvaron los ríos? ¿Cómo se las ingeniaron para atravesar valles, pantanos y colinas? (34:42)

(35:11) Si las esferas eran labradas en los puntos donde han aparecido, ¿cómo se las arreglaban para tirar de bloques tan gigantescos? En el caso de las más grandes de 2 metros y medio de diámetro, los bloques de granito de las que debían ser extraídas podían superar las 24 toneladas. Naturalmente, el asombroso pulido y la perfecta esfericidad de estas bolas son un capítulo aparte. En este lugar, a más de 100 kilómetros de las canteras, pudimos hallar otros 5 ejemplares. Lamentablemente, también habían sido removidos de su emplazamiento original. Pero el pueblo al menos ha sabido conservarlos. Al llevar a cabo las correspondientes mediciones quedamos perplejos: las 5 presentaban la misma circunferencia (3,6 metros con una variación en los radios de apenas un milímetro). Esta increíble precisión hace pensar a los expertos que los desconocidos constructores tuvieron que utilizar algún tipo de instrumental. ¿Pero cuál? (36:18)

Es que probablemente no los “tiraron”; tal vez los RODARON. Es una puñetera esfera, ¿no le jode, señor Benítez? A ver, que es como tener una pelota gigante de fútbol, pero mucho más dura y pesada.

Por la tecnología rupestre de los indígenas, lo más lógico habría sido esculpir el objeto en el mismo lugar de donde se extrajo la materia prima, y de ahí habría salido rodando al lugar de destino. No en vano algunas piedras redondas se han encontrado en el lecho de ríos y quebradas; si alguien quisiera hacer algo con ellas, le sería muy fácil trabajarlas porque parte de su forma ya la hizo la naturaleza.

Válgase una acotación. No todas las esferas pétreas de Costa Rica tienen esos tamaños colosales, por lo que esos datos numéricos son engañosos. Algunas miden apenas unos centímetros de diámetro, mientras que otras llegan hasta 2 y 2,5 metros. El razonamiento de sus dimensiones se extiende al peso; algunas apenas tienen pocos kilos, en tanto que otras alcanzan hasta las 15 toneladas.

En consecuencia, como se hayan desplazado las esferas precolombinas costarricenses dependerá de su tamaño y peso, aunque todavía queda resolver algunos quebraderos de cabeza tales como el traslado fluvial (si me entero de algo, les aviso). Además, he sabido que en estos tiempos modernos las piedras no se miden con un vulgar metro, sino con fotogrametría y escáner láser; eso es porque muchas no son esféricas del todo, pues son esferoides. A ojo desnudo se ve que la perfección milimétrica es una ilusión del observador.

(36:19) Hoy, con el auxilio de las computadoras difícilmente lograríamos una perfección semejante. En cuanto al pulido, de nuevo el asombro y el silencio. Curiosamente, cuanto más grande es la esfera más cuidada es la terminación. Un acabado que casi brilla como un espejo. ¿Cómo lo lograron? Misterio. (36:47)

Si los egipcios pudieron construir las pirámides, no veo por qué los indígenas de Costa Rica no pudieron haber hecho sus esferas de piedra. Esa falacia es increíblemente idiota. No obstante, el lector querrá que le explique cómo se hicieron, ¿cierto?

Bien, no es que se haya determinado precisamente el cómo, pero sí que esas esculturas se pudieron realizar con herramientas de piedra. Hoopes señala que, probablemente, se iniciaba con un trozo de granodiorita sometido a una fractura controlada que partía desde los cantos (es decir, los bordes de la roca), hasta ir dándole una forma esférica. Después, se iban separando las capas más gruesas mediante la aplicación alternada de calor (con carbón) y frío (con agua).

Una vez que se acercaba a la esfericidad deseada, se remataba el trabajo al picar y martillar la superficie de la piedra con utensilios que debían tener la misma dureza de ésta; en este caso, debía ser de granodiorita. Acto seguido, la bola era pulida con materiales abrasivos, como arena y tierra, que se conseguía de sobra en el lugar. Finalmente, la esfera quedaba lista, bien bonita y lustrosa.

Asimismo, Hoopes resalta que el procedimiento para hacer las esferas de piedra era muy parecido al que se usaba con los metates, hachas y estatuas de piedra. En esas obras no hay rastro de herramientas láser, radiación o extraterrestres. Por tanto, el “misterio” no existe en lo más mínimo.

(36:49) También la hipotética fecha de la construcción de las esferas aparece envuelta en la duda. Al tratarse de granito y caliza, los procedimientos de datación por Carbono 14 no son viables. Y los arqueólogos han recurrido al llamado sistema de asociación; en otras palabras, estimar la edad de la esfera basándose en la antigüedad de la cerámica y demás restos orgánicos encontrados al pie de la bola. Esto obviamente resulta arriesgado. Siguiendo esta fórmula de datación relativa, bastante dudosa a mi entender, algunos expertos han establecido la antigüedad en 1.600 años. Otros las consideran más jóvenes fijando el momento de la fabricación en el siglo XVI. Esta última hipótesis tropieza con un serio inconveniente: si las esferas fueron talladas en el siglo XVI, ¿por qué no son citadas por los cronistas de la época? De haber sido testigos de su fabricación, hombres como Vázquez de Coronado, Gil González Dávila o Perafán de Ribera lo hubieran mencionado.  (38:02)

La datación arqueológica no es 100% exacta, pero no es “dudosa” ni “bastante dudosa”. De hecho, sabemos que las esferas de piedra en Costa Rica se hicieron en dos etapas: el Período Aguas Buenas (del 300 a.C. al 800 d.C.), y el Período Chiriquí (del 800 al 1500 d.C.). Este último fue la época de auge en su elaboración, lo que denota una evolución de técnicas de pulido y escultura, aparte de un florecimiento cultural.

Por consiguiente, no hay dudas sobre la autoría de las esferas de piedra, que son indígenas. El larguísimo hiato, que empezó con la colonización hispánica y cerró en la década de 1930, da lugar a especulaciones de las que no debemos hacernos eco, menos aún sin pruebas.

A lo mejor, los españoles vieron esas esferas, pero no les prestaron atención; o bien, puede ser que no hayan visto nada porque Costa Rica era durante la Colonia un lugar lleno de sitios inexplorados. En cualquier circunstancia, no hubo aliens aquí.

(38:09) Para algunos investigadores más osados que la arqueología tradicional, estas esferas podrían tener entre 2.000 y 3.000 años como mínimo. Y fundamentan su razonamiento en el interesante proceso de hundimiento de las mismas. Muchas de ellas de 2 y 3 metros de diámetro se encuentran prácticamente enterradas o semienterradas. (38:34)

(38:50) Basta un sencillo cálculo para estimar el tiempo que han necesitado para ser tragadas por el terreno. (38:57)

Sea quienes sean esos investigadores que Benítez nunca menciona, lo cierto es que esos cálculos son teóricos. En la práctica, la tesis del hundimiento es endeble porque las bolas pueden cubrirse de golpe con el lodo arrastrado por las inundaciones; el peso de las esferas, así como la dureza y humedad de la tierra, no serían por sí mismos factores determinantes en su enterramiento. De este modo, el argumento de Benítez no es nada sino una datación a martillazos.

Por esa razón, se usa datación con la ayuda del contexto arqueológico; porque la existencia de los asentamientos indígenas permite deducir mejor cuándo se hicieron las esferas costarricenses de piedra y para qué.

(39:09) Sea como fuere, lo que parece cierto es que estas magníficas y colosales esferas fueran construidas mucho antes de la llegada de Colón. ¿Pero para qué? ¿Cuál pudo ser su finalidad? Sobre este importante capítulo, la disparidad de criterios es todavía mayor. Hay quien asegura que estas esferas venían a demostrar el grado de poder e influencia de los caciques; si esto fuera así, cuanto más grande y más perfecta, más notable sería el dominio del rey de turno. La teoría, sin embargo, no termina de convencer. (39:53)

(40:00) Otros las asocian a enterramientos, quizás como un elemento de culto. Y aunque se sabe de algunas muy pequeñas que han sido halladas en tumbas junto a objetos de cerámica y joyas de oro, la hipótesis no resulta muy sólida. De las 500 bolas que han sido localizadas hasta el momento, ninguna aparece sobre una necrópolis. Cabe pensar, por tanto, que las 2 esferitas descubiertas en tumbas fueran únicamente una posesión personal del difunto. (40:37)

Aún la ciencia sigue sin dar una respuesta definitiva, pero se están descubriendo pistas importantes que deben analizarse por separado y en su contexto arqueológico. Pienso que el uso de las esferas de piedra como indicadores de estatus social no necesariamente puede estar atado a la forma “perfecta” de las mismas, sino a la cantidad que esté en posesión del cacique o de su tribu; mientras más tenga o controle, mayor será su abolengo y su fortuna. La suposición puede tener fundamento en la presencia de artefactos culturales en sus alrededores, tales como la cerámica, las herramientas líticas y el oro.

Por tanto, las piedras esculpidas tal vez pudieron haber sido indicadoras de riqueza, algo así como en los llanos venezolanos de otrora, cuyos terratenientes solían medir su poder económico basándose en el número de cabezas de ganado que tenían en sus haciendas. Poco más adelante citaré una investigación del 2007, en la que se estudiaron montículos y emplazamientos habitados por los indios, en cuyas inmediaciones se situaron estas esferas. Sobre su posible uso ritual o funerario, es imprudente sacar esta variable de la ecuación.

(40:42) Para el profesor Lothrop, el hecho de aparecer en grupos podría insinuar una serie de conocimientos astronómicos por parte de los constructores. La Dra. Stone, como se recordará, descubrió un grupo con un total de 44 bolas. También en las proximidades de Piedras Blancas se hallaron otras 15 esferas perfectamente alineadas. ¿Se trata de mapas celestes? ¿Indican la posición de las estrellas? Hasta hoy, que yo sepa, nadie ha profundizado en esta sugerente posibilidad. (41:15)

Error garrafal. Vaya que sí se ha trabajado en esa posibilidad. Un estudio arqueológico publicado en julio del 2007 sugiere que esta idea no puede tomarse al pie de la letra, aunque tampoco debe desecharse del todo. Podrían haberse usado como rudimentarios calendarios astronómicos que señalan la salida y puesta del Sol en momentos específicos del año, o ciertas constelaciones. Los resultados de las investigaciones siguen aún son preliminares y se aconseja no caer en generalizaciones.

(41:51) Algunos nativos a quienes consulté me hablaron de algo mucho más fantástico. Según la tradición heredada de sus ancestros, estas esferas son poderosos centros de energía, una especie de focos que irradian fuerza y bienestar y que afectan a la vitalidad y salud de personas, animales y plantas. De hecho, dice, los vegetales que crecen en el entorno lo hacen siempre con mayor exuberancia y agresividad que los ubicados a mayor distancia. Hablan con razón, sí, pero esa misteriosa energía no tiene nada de sobrenatural. Los materiales que forman las esferas, en especial el gabro y la granodiorita, contienen un elevado índice de magnetita. Y es justamente esta mena esencial del hierro, la que atrae los metales y despliega la supuestamente fantástica energía benéfica. (42:52)

No sé qué dice realmente la tradición local, porque no hallo información fiable al respecto. Pero aún si ese fuera el caso, no sería más que creencias folclóricas sin bases en la realidad. Es pura superstición popular. No obstante, advierte Hoopes que algunas piedras redondas se orientaban al Norte magnético, lo que ha dado pie a especulaciones sobre su presunto uso como brújulas magnéticas. Nadie ha demostrado fehacientemente nada al respecto porque las esferas fueron removidas de sus emplazamientos originales, lo que dificulta aún más cualquier constatación de esas afirmaciones.

(42:56) Y en este laberinto de posibles explicaciones nació también otra hipótesis contemplada con escepticismo por la ciencia oficial. Basándose en los planos levantados por Stone y Lothrop, el reconocido sociólogo Ivar Zapp asegura que las alineaciones de esferas son en realidad una biblioteca náutica, es decir, la señalización de rumbos marinos. Tomando uno de estos mapas, Ivar verificó que 2 de las esferas apuntan hacia los rumbos 19 y 199 grados, respectivamente. Éste último pasa sobre la isla del Coco en Costa Rica, el archipiélago de las Galápagos y finalmente desemboca en la Isla de Pascua. Al someter el citado rumbo a la computadora de vuelo de un avión, el ingeniero comprobó con asombro la impecable exactitud del destino nacido de ambas esferas. En un trayecto de 7.000 kilómetros, el desvío de un supuesto navegante que hubiera seguido esa alineación habría sido de apenas 70 kilómetros. (43:57)

(43:58) Por su parte, la alineación con la tercera esfera señala directamente a Grecia y Asia Menor. ¿Casualidad? ¿Qué hay de cierto en la hipótesis de Ivar Zapp? Los científicos, con razón, desconfiaron del hallazgo de Zapp. La mayor parte de las esferas, como fue dicho, ha sido removida. Esto hace poco menos que imposible la constatación de los supuestos rumbos marinos. En cuanto a la sorprendente alineación que une Costa Rica con la Isla de Pascua, el asunto tampoco mereció mayor consideración por parte de la ciencia. La verdad es que la proximidad de 2 o 3 esferas puede sugerir infinitos rumbos. (44:40)

Cierto. Ninguna afirmación de Zapp se ha podido demostrar. En suma, la asociación de las esferas de Costa Rica con la Isla de Pascua son erróneas. No hay científico serio que avale esa especulación, y lo que demostré sobre los rapanui en el capítulo 2 de esta indagación reduce aún más las posibilidades de que Zapp esté en lo correcto. De hecho, Hoopes señala que estas bolas de piedra suelen estar en tierras bajas y lejos de las playas, razón por la cual no sirven para ser puntos de observación naval, que deben ser visibles a largas distancias. Por tanto, la supuesta alineación parece más obra del capricho pseudocientífico que del uso de datos reales o, mejor dicho, de datos bien interpretados.

(45:39) Pero Ivar Zapp sí parece tener razón en algo. Para el estoniano afincado en San José, las esferas son la masiva manifestación de una cultura de expertos navegantes afincada en la Costa Rica que mira al Pacífico Sur. Una cultura precolombina de la que apenas queda constancia y que fue mencionada por Cristóbal Colón en su último gran viaje entre los años 1502 y 1504: los ciguares. (46:06)

(46:14) En una carta dirigida a los Reyes Católicos, Colón manifiesta que los ciguares eran gentes ricas con navíos, espadas y corazas. Y habla incluso de algo asombroso siempre rechazado por los historiadores; según los indios, en esas tierras del Oeste, a nueve jornadas desde el Atlántico, existían ya caballos. Caballos utilizados para el transporte y la guerra. ¿Caballos? ¿Cómo es posible en 1502? Según la historia oficial, los caballos fueron introducidos en América por los conquistadores españoles. (46:51)

(47:07) ¿Navíos? ¿Corazas y espadas? ¿Caballos? ¿Quiénes eran los ciguares? ¿Fueron los constructores de las perfectas y gigantescas esferas de piedra? En realidad nadie lo sabe, aunque nos encontramos ante una circunstancia más que sospechosa. Esa civilización vivía justamente en la región de Golfo Dulce, es decir, en unas tierras en las que se ha descubierto la mayor concentración de esferas. (47:36)

Zapp un cuerno. Que los escultores de las piedras costarricenses hayan pertenecido a una cultura madura no significa que hubo ayuda divina o alienígena. Esta falacia es, por ende, la misma que Benítez utilizó con los nazca, los paracas, los rapanui, los dogones, los bereberes, los guanches, los íberos, los etruscos, los vascos y los egipcios; no merece mayor discusión ni mayores comentarios.

En relación a la misiva del Almirante, es una tontería. La carta de Colón a los Reyes Católicos fue escrita en Jamaica, el 7 de julio de 1503, pero se toma con muchas reservas. En su Cuarto Viaje, Colón habló de la provincia de Ciguare en un tono fantástico y subjetivo, puesto que creyó haber tocado suelo asiático. El primero de muchos detalles que nos invitan a ser cautos con el contenido de ese documento reside en la mención al Ganges, que según relató Colón estaba “a diez jornadas” de esa región centroamericana, que no es otra sino Panamá.

Basta tomar un mapamundi para saber que no es posible navegar en diez días la distancia que hay entre las costas panameñas en el Pacífico y el río Ganges de la India; bueno, no en esa época, en la que abundaban las canoas. Asimismo, una breve investigación en la red es suficiente para saber que los caballos en América vinieron con la colonización europea; en Norteamérica, por ejemplo, estos animales tenían milenios extinguidos antes de la llegada de los exploradores ingleses, franceses y holandeses.

De lo demás no hay pruebas arqueológicas que sustenten esas afirmaciones. Con absoluta seguridad los indios panameños tuvieron armas, armaduras primitivas y embarcaciones, pero nada de eso habría tenido las estrambóticas dimensiones pintadas por Colón en su carta de 1503. Cualquier otra cosa que deba decirse sobre el Almirante, la he dicho ya en el capítulo 5 de esta investigación.

(47:54) En este sentido, la arqueología oficial de Costa Rica parece estar de acuerdo. Las esferas tuvieron que ser creadas por una cultura con un alto grado de evolución mental y material. Un pueblo con una especial sensibilidad y un notable sentido de la abstracción. Si observamos la naturaleza, comprobaremos que las esferas perfectas no existen. Y si es así, ¿cómo pudieron imaginarlas? ¿De dónde llegó esa sabiduría? ¿Por qué los nativos repiten una y otra vez que son creación de los dioses que bajaron del cielo? ¿Fueron los ciguares instruidos por esos familiares dioses? (48:30)

Ver refutaciones anteriores. Todo eso es mentira.

(48:31) Como puede ver, el misterio de las esferas de México y Costa Rica sigue en pie. Y me alegro. Después de treinta años de investigación he aprendido que los enigmas no deben ser desvelados. Solo así podemos seguir soñando. Y ahora sígame. Vayamos al encuentro de otro maravilloso sueño. (48:51)

No, imbécil; el misterio ha sido resuelto. Y aunque es cierto que todavía hay cuestiones por descubrir, eso no autoriza al gremio magufo para que hable paja hasta por los codos. Qué porquería, la verdad. Qué sinvergüenzura la de este ufólogo español, quien después de TRECE rondas seguiditas de Planeta encantado nos viene a decir que lo mejor es vivir embrutecidos, porque la búsqueda del saber aburre y quita la magia en la que él cree firmemente. “Es que esas son mis creencias y tú tienes las tuyas”, diría el cenutrio de Benítez.

Pues no. A otro perro con ese hueso.

Este es el modo en que funciona la pseudociencia: es como la religión, que prefiere la ignorancia al conocimiento, e incluso tiene el descaro de relativizar el asunto, como si lo falso y lo verdadero tuvieran la misma validez. Con las metras ―así llamamos los venezolanos a lo que en otras zonas del mundo hispanohablante se conocen como canicas― mexicanas y costarricenses, hechas de material rocoso, este lamentable paradigma se repite a través de ciertos charlatanes que menosprecian la belleza de la naturaleza y los prodigios de la inteligencia aborigen. Nos queda por consuelo que aún haya expertos que se esfuerzan por hacer investigaciones de verdad, las cuales desvelan los misterios con el fin de enseñarnos la maravillosa realidad. Como dice Ifigenia Quintanilla, “las esferas de nadie sí son de alguien”.

Nos vemos en la próxima entrada. Sólo falta el tiro de gracia.

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Capítulo 1 – ¿Cuál huella?

Capítulo 2 – La isla bonita

Capítulo 3 – Hache dos o

Capítulo 4 – Yisus Craist

Capítulo 5 – Secreto de uno, de ninguno

Capítulo 6 – Dios es tracalero

Capítulo 7 – Una “cajita feliz”

Capítulo 8 – Palito-Cerito-Palito

Capítulo 9 – Sahara vivo

Capítulo 10 – Sahara muerto

Capítulo 11 – Locademia de arqueología

Capítulo 12 – Mirlo fantasma

Capítulo 14 – ¿De dónde vino el fraude?