Planeta desencantado. Capítulo 8 – Palito-Cerito-Palito

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¡Saludos fraternales a todos! ¿Qué tal? En un arrebato de inspiración me lancé a escribir con fervor al escepticismo. Y no es para menos, porque J.J. Benítez retornó con sus salvajadas magufas en el octavo episodio de su Planeta encantado, cuyo nombre es El anillo de plata. En esta entrega de su pseudodocumental, el ufólogo español por fin deja su desvergonzada prédica ufovangélica, pero lamentablemente insiste con su disco rayado de siempre: los extraterrestres ancestrales, que ahora están en el África de la prehistoria y tienen vínculos con los ovnis europeos.

A semejanza del capítulo anterior, y como también haré en los que restan de mi Planeta desencantado (excepto el 14, que discutirá las fuentes de Benítez), voy a rebatir segmentos selectos de la transcripción del filme. Esto se debe a que Planeta encantado ha perdido fuelle argumental desde Una caja de madera y oro, es decir, que sus falacias y mentiras no solamente son cada vez más tontas, sino que de paso se han tornado aburridísimas.

Empecemos.

(0:52) Todo empezó una luminosa mañana de julio. Dionisio Ávila es un hombre sencillo, muy querido y respetado por sus paisanos. No sabe leer ni escribir. Su vida ha sido igualmente elemental: el campo, la familia y los amigos. Hasta que un día surgió la sorpresa. Fue al mediodía de aquel 16 de julio de 1996. Siguiendo la costumbre, Dionisio emprendió su habitual paseo por las afueras del pueblo. Le acompañaba su fiel perra, Linda. Ocurrió al llegar a lo alto de la loma de los Barrero, a poco más de medio kilómetro de Los Villares. (1:50)

(1:53) Linda se mostró inquieta. En el lugar se percibía un absoluto silencio. Al principio, desconcertado, el testigo no supo qué hacer. Linda había desaparecido, pero Dionisio continuó observando. ¿Qué era aquello? Sobre el cerro, flotando a 30 o 40 centímetros del suelo, acababa de aparecer un extraño objeto. Medía 3 o 4 metros de diámetro y presentaba una cúpula en lo alto. Era brillante como el cristal. Por debajo se escuchaba un ruido sordo. Movido por la curiosidad, e ignorante de la naturaleza de lo que tenía ante sí, Dionisio decidió caminar hacia el aparato. Lo rodeó despacio, observando atentamente. En la cúpula descubrió seis ventanillas similares a los ojos de buey. (2:52)

(2:53) El testigo estuvo muy cerca, quizá a medio metro de la nave. Tentado estuvo de tocarla, pero no se atrevió. Y de pronto, mientras caminaba alrededor del objeto, el desconcertado Ávila observó algo en un lateral de la brillante cúpula; eran unos no menos extraños símbolos, algo que le recordó un emblema. Algo que Dionisio describió como “Palo-Cero-Palo”. Sin terminar de comprender, finalizó la inspección y relativamente tranquilo se dirigió al pie de una encina, con el propósito de descansar. Pero la singular aventura no había terminado. A los pocos instantes, cuando Dionisio Ávila se hallaba a 4 metros del resplandeciente objeto, volvió la cabeza y los vio. Eran tres seres. (3:50)

(3:51) Se encontraban de pie junto a la nave. Eran altos, vestían unos buzos ajustados e igualmente resplandecientes. Sus ojos eran rasgados y los rostros muy hermosos. Estaban alineados e inmóviles con las miradas fijas en Dionisio. Fue entonces cuando empezó a sentir miedo. Súbitamente, sin que el testigo supiera de dónde partió, surgió en el aire una pequeña luz, lo que Dionisio definió como un lucerillo; algo similar a la luz de una bicicleta. El misterioso objeto fue a caer directamente a los pies del asombrado anciano. Ávila no lo dudó; se agachó y tomó el pequeño objeto. (4:41)

(4:43) Pero, ¡oh, sorpresa! El lucerillo ya no era una luz. Era una piedra. Una piedra esférica, con la superficie grabada por unos enigmáticos símbolos. Y entre esos signos, algo que Dionisio ya había visto en la cúpula de la nave: Palo-Cero-Palo. Cuando nuestro hombre, atónito, acertó a levantar la vista de la piedra, allí, en la loma, no había nada. Seres y nave se habían esfumado. Y presa de un pánico incontenible, terminó huyendo refugiándose en su casa. (5:21)

El típico relato de ovnis de nunca acabar: terrícola inocente que no mata una mosca, aliens humanoides salidos de Miss Universo con trajes de buzo, silencioso platillo volador, regalo de un objeto misterioso, mascota asustadiza, encuentro del Tercer Tipo en áreas rurales ubicadas en el coño e’ la madre y muchos, muchos efectos especiales.

Desde los primeros minutos del filme, se ve de narices que toda la escena es un montaje televisivo, una actuación para las cámaras. En fin, es un simple y barato libreto ufológico que no merece mayor discusión, porque de eso hay bastantes fraudes explicados racionalmente en blogs como Misterios del Aire, que recomiendo sobremanera.

(6:35) Ese mismo julio de 1996, el destino quiso que me encontrara en Egipto. Pero aquel no fue un viaje normal y corriente. Misteriosamente empujado por una serie de extrañísimas casualidades, me vi obligado a demorar la prevista ascensión al Sinaí, la montaña sagrada. Y mi esposa y yo decidimos relajarnos, buceando en las cristalinas aguas del Mar Rojo. Todo transcurría con normalidad. Recuerdo que me alejé de Blanca y de pronto, al volver a la superficie, la vi gesticular. Al llegar a su altura el corazón me dio un vuelco. Sangraba abundantemente por su pierna izquierda. Al parecer, se había cortado con uno de los afilados corales. Y entre lágrimas fue a mostrarme una de las manos. Había perdido un anillo de oro. (8:00)

(8:04) Al sentirse herida por el coral, instintivamente llevó su mano a la herida. Fue cuestión de segundos. Al sacar la mano del agua, el anillo de oro ya no estaba. No tardé en comprender que la búsqueda del anillo era una labor poco menos que imposible. Y de pronto, sin saber cómo ni de dónde, se presentó ante nosotros un individuo joven. Me pareció egipcio, pero no podría asegurarlo. Y en inglés, con evidentes prisas, apremió a mi mujer para que saliera del agua. Es más: sin interesarse por la abundante sangre que manaba de la pierda, la tomó por la muñeca, arrastrándola hacia la orilla. A mí, sencillamente, me ignoró. Todo su afán era sacar a Blanca de la mar, ¿pero por qué? ¿Quién era aquel extraño personaje? (9:23)

(9:33) Las respuestas a estas interrogantes llegarían poco después. Los vi alejarse e incomprensiblemente, en lugar de seguirlos e interesarme por la salud de Blanca, di media vuelta. Y movido por una fuerza que no he conseguido explicar, me sumergí a la búsqueda del pequeño tesoro. Buceé en círculo. Descendí una y otra vez explorando las agujas de coral y los paños arenosos. Pero tal y como imaginaba, el anillo no apareció. Una hora más tarde, el frío, el cansancio y la lógica decepción me obligaron a desistir. E inicié el regreso hacia la costa. Pero impulsado por un último afán, seguí buceando hasta casi rozar los corales con el pecho. Y en el último instante, cuando estaba a punto de ponerme en pie, un destello me mantuvo en el agua. Me sujeté a los corales y fijé la vista en el reducido fondo arenoso que tenía ante mí. ¿Qué era aquello? Se hallaba casi enterrado, pero brillaba con gran fuerza. ¡Increíble! Buscaba un anillo de oro y acababa de encontrar uno de plata. (11:30)

(11:51) Y extrañamente feliz, coloqué el anillo de plata en el dedo de mi mujer. Curioso: encajó perfectamente. En cuanto al extraño personaje que arrastró a mi esposa hasta la orilla, nadie supo darnos razón. La búsqueda por Sharm El Sheik fue infructuosa. Ni Blanca ni yo pudimos entender su enigmático comportamiento a no ser, claro está, que tuviera mucho que ver con el hallazgo del no menos misterioso anillo de plata. Y otro tanto sucedió con el hipotético propietario del anillo. Todas las gestiones resultaron inútiles. Nadie lo reclamó; nadie lo había extraviado. Parecía como si lo hubieran depositado en el fondo del Mar Rojo para que yo lo encontrara. Algún tiempo después, al descubrir las singulares propiedades del anillo, me ratifiqué en esta cada vez más sólida sospecha. Pero no adelantemos acontecimientos. En esta mágica historia, conviene caminar despacio. Paso a paso. (13:25)

Perdona que le arruine la fiesta, Benítez, pero voy a adelantar los acontecimientos, puesto que no hay que perder el tiempo gastando pólvora en zamuro. Ante todo, porque la única prueba de la veracidad de ese cuento que usted nos está echando es su palabra y la de sus amigos que respaldan su coartada. Fuera de eso, nada tiene a su favor.

Además, hay que ser bien tonto como para hablar de un anillo enviado del espacio exterior sin siquiera haberse molestado en atar los cabos sueltos, con los que queda demostrada su farsa en un parpadeo. En la página 399 de su libro Mis ovnis favoritos (publicado en el 2001), se muestra la siguiente fotografía, con una nota añadida al pie:

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Si miran más de cerca a la foto del anillo mostrada en el libro, observarán que en este hay como una especie de grabado en su cara interna. En joyería y orfebrería se le denomina sello de contraste, que tiene una utilidad concreta. Según el Coleccionista Ecléctico, “el sistema de marcar las piezas es el mecanismo más seguro de control de calidad, ya que demuestra el origen de cada pieza, identifica a su artesano, nos sitúa en el año de fabricación y garantiza el contenido y pureza del metal”.

Ni acercando con la lupa se puede ver nítidamente la figura de ese sello (la resolución no es la mejor), aunque no importa mucho. Lo que queda claro es que ese anillo de plata lo mandaron a hacer en un taller de orfebrería o platería, el cual obviamente está a cargo de un ser humano. Los alienígenas, desde luego, tendrían medios más discretos y evolucionados para marcar sus piezas, sin necesidad de punzones terrícolas.

Sin embargo, Benítez intenta salirse con la suya en su pseudodocumental, pues en una de las tomas cercanas de la cámara, cuando el objeto está en el agua, el sello de contraste aparece tapado con la arena del mar para que el espectador no lo vea.

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En tomas posteriores (ver fotocapturas más adelante, cuando el ufólogo habla de los estudios realizados al anillo), el sello de contraste se ve resaltado por el reflejo del metal con la luz.

De modo que esa “mágica historia”, con sus connotaciones y conexiones con los aliens, es una mentira de la cabeza a los pies.

(13:27) Fue en ese mismo verano, a mi regreso a España, cuando supe del incidente en Los Villares. Estudié muy a fondo el testimonio de Dionisio Ávila y también los grabados de la pequeña piedra esférica. Y sinceramente quedé desconcertado. “Palo-Cero-Palo”, en la cúpula de la nave, en el lucerillo, y también en el anillo encontrado en la mar, al Sur de la península del Sinaí. Y todo en el estrecho margen de nueve días. ¿Casualidad? Lo dudo. (14:00)

(14:38) Como usted puede imaginar, desde que tuve conocimiento de este singular y fascinante encuentro he interrogado a Dionisio en numerosas oportunidades. Y creo en la autenticidad de su experiencia. Pues bien, cada vez que lo he visitado, además de rogarle que relatara una vez más su desconcertante aventura, le he pedido que volviera a dibujar los símbolos que descubrió en la nave. Hoy, abusando de su amabilidad, vuelvo a rogarle que dibuje de nuevo lo que él consideró un emblema. ¿A qué clase de misterio me enfrentaba? ¿Se trataba de un mensaje? Pero la extraña historia no termina aquí. (15:37)

Palos y ceros se dibujan por doquier. En la tierra, en la arena, en la piedra; en fin, en cualquier material. Si uno es lo bastante alucinado, creerá que en los cazas T.I.E. de Star Wars hay palos en sus alas y un cero en la cabina del piloto, o sea IOI, que quiere decir 101 en binario, al trazarse sobre el papel (el dato lo supe en Korriban, tras averiguarlo con los sith). ¡Y listo! ¡Un nuevo misterio por descubrir! ¿Casualidad? ¡Lo dudo!

(15:42) Naturalmente mis primeros movimientos tuvieron como objetivo el análisis de la misteriosa piedra grabada y también del anillo. No hubo grandes sorpresas. Los geólogos coincidieron: el lucerillo era una concreción de barita, un material común en la región de Los Villares. Una piedra con una dureza aproximada de 3 a 3,5 en la escala de Mohs, es decir, un material blando y por tanto fácil de trabajar. Se apreciaron igualmente dos fases bien diferenciadas en la elaboración de los grabados, una reciente y otra mucho más antigua. Por último, uno de los detalles que más sorprendió a los estudiosos fue la extraordinaria circularidad de uno de los grabados; los círculos concéntricos. Las medidas efectuadas con un programa de tratamiento de imagen arrojaron una casi perfecta circularidad, con desviaciones inferiores al 1%. En definitiva, según los científicos, esta piedra es un material habitual en la zona donde fue encontrada. (17:01)

(17:02) En cuanto a los símbolos, podrían haber sido hechos por una mano humana. Sin embargo, sigo creyendo en el testimonio de Dionisio Ávila. ¿Por qué inventar una historia tan absurda? Y sobre todo, ¿cómo explicar la increíble coincidencia con los símbolos del anillo? (17:21)

Haciendo caso a la escala de Mohs, la barita es un mineral que puede tallarse sin problemas con una moneda de cobre. Nada del otro mundo. De hecho, hasta un simio pudo haberle dibujado ceros y palos sin tantas complicaciones.

De momento, la no-evidencia aludida sigue siendo un disparate. Es un sesgo bastante tonto que en este relato no pega ni con engrudo. Y eso es porque el creador de esa fantasía de los símbolos coincidentes no es el Sr. Ávila, sino el propio Benítez. Como busquemos palos y ceros agrupados en diversas partes del globo, acabaremos haciendo esta atolondrada conexión con los extraterrestres hasta en las lentejas.

(17:30) Y como si de un mágico plan se tratase, con el transcurrir de los días fueron surgiendo nuevas y sorprendentes casualidades. ¿O no debería llamarlas así? Una de ellas tuvo como protagonista principal a Francisco Sánchez Viera, experto en termovisión; un sistema especializado en la medición y fotografía de la temperatura de las líneas eléctricas y, en general, de cualquier cuerpo. No podía ser. Al enfocar el anillo de plata con la cámara de termovisión quedamos perplejos. Mientras los dedos de mi mano presentaban las temperaturas lógicas (28º, 35º o 36º C, según las zonas), el anillo ofrecía unas lecturas muy diferentes. A juicio de los expertos, imposibles. Algunas de las secciones del anillo se encontraban a 7º, otras a 10, algunas incluso a 5º C. Imposible. Ningún anillo colocado en un dedo podría descender a temperaturas tan bajas, y mucho menos cuando la temperatura ambiente, en esos momentos, era de 18º. Pero lo más increíble es que a pesar de las lecturas tan bajas, el anillo, al tacto, se presentaba caliente. ¿Qué clase de anillo había encontrado en el Mar Rojo? (19:30)

(19:33) Tratando de racionalizar el aparente absurdo comportamiento del anillo, lo sometí a nuevas pruebas y exploraciones. Más sorpresas. Al retirarlo del dedo, los termogramas arrojaron un espectáculo desconcertante. El anillo aparecía rodeado de una especie de halo blanco, una luz que no es visible a simple vista. ¿De dónde procedía esa energía? ¿Me encontraba ante algún tipo de tecnología no humana? Sólo había un medio para salir de la irritante duda. Y así lo hice. (20:15)

(20:16) El anillo fue depositado esta vez en los laboratorios del Instituto de Ciencia de Materiales, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España. Y fue sometido a nuevas pruebas, explorando sobre todo su naturaleza interna. El microscopio electrónico fue implacable. El anillo se hallaba integrado por un alto pico de plata y otros componentes igualmente normales en este tipo de piezas: cobre, oxígeno y carbono. Tampoco en las radiografías detectaron anormalidad alguna. El anillo, aparentemente, estaba formado por una aleación de lo más normal. (20:58)

¡Ahí está, caray, por eso es que el anillo no tiene nada de extraterrestre! El “alto pico de plata” da razón a lo expuesto sobre el sello de contraste, que ningún platero pondría si la pieza no fuera auténtica.

Por otro lado, y atendiendo a las características físico-químicas de la plata, sucede que este elemento químico es el metal más brillante, que en estado puro tiene una formidable conductividad eléctrica y térmica. No obstante, eso no da validez a las lecturas termográficas de Benítez, que son de lo más irrisorias, pues seguramente omite el obvio hecho de que el anillo se siente frío al tacto porque éste se halla a una temperatura inferior a la de su mano.

Si fuera al revés, el anillo le transmitiría calor a la mano, por lo que éste se sentiría caliente y Benítez tendría que quitárselo, ya que su dedo se estaría quemando. Si el lector no me cree todavía, haga la prueba con una cuchara o un tubo de hierro.

Al ver una foto de una termografía en el que hay una serpiente enrollada a una mano, se confirma lo que acabo de decir. En ésta, el reptil tiene temperaturas mucho menores que esa extremidad corporal. Evidentemente, el ofidio no es metálico, pero los principios científicos son idénticos y sirven para desmentir esas fantasiosas afirmaciones del ufólogo español.

Creo que alguien necesita con urgencia clases de química. Ese alguien no soy yo.

(21:33) Pero las sorpresas no terminaron ahí. Algunos de los especialistas que habían conocido la piedra esférica de Los Villares lo apuntaron en varias ocasiones. Aquellos símbolos guardaban gran semejanza con el alfabeto bereber, una lengua casi desconocida y que todavía se habla en el Sahara. En una de mis pesquisas, mientras interrogaba a toda suerte de expertos en bereber, fui a tropezar con la imagen de una estela de piedra. Y en ella, entre otros signos, descubrí los ya familiares Palo-Cero-Palo. ¿De nuevo la casualidad? No, por supuesto. Y en esos instantes supe que iba por el buen camino. (22:26)

Esto es una estupidez. También hay palos y ceros en otros alfabetos, silabarios y sistemas de numeración: el latino, el griego, el cirílico, el maya, el indoarábigo, el japonés… Cada uno con su propio valor lingüístico y matemático, cuando de verdad lo tiene. Insistir en que tiene que haber una conexión entre esos signos, la piedra ufológica y el anillo de plata es una total pérdida de tiempo, más aún cuando esto último fue fabricado por un ser humano.

La coincidencia entre el bereber y todo lo demás es, por ende, meramente circunstancial; es una prueba que no prueba nada. Cualquier persona sin escrúpulos puede tomar esos palos y ceros fuera de su genuino contexto lingüístico al atribuirle un significado que no tiene. Esto, por cierto, me recuerda la película El planeta de los simios (la del 2001, no las secuelas), cuando Leo descubrió el templo de Calima, cuyo nombre abrevia un letrero que decía Caution Live Animals.

Volvamos a lo anterior. En dicho idioma, la numeración está claramente diferenciada del alfabeto, como el tifinagh y el neo-tifinagh. Eso implica que el “Palo-Cero-Palo”, a secas, no tiene nada que ver con cifras, sino que sería la secuencia de las letras yajyayaj de esta primera lengua (es decir, ⵊⴰⵊ) y yanyaryan del segundo (es decir, ⵏⵔⵏ). En estas, sólo ya es vocal; el resto son consonantes.

Por consiguiente, si IOI tuviera algún significado en bereber, no sería matemático, sino presumiblemente lingüístico, por lo que en esa estela de piedra IOI quizás forme parte de alguna palabra, salvo que sea una de tres letras. Suponer que encierra un enigma numérico es como decir que en el vocablo español hioides hay un código binario escondido (hioides = HIOIDES = IOI = 101. Alien detected).

(23:02) Desde el primer momento, cuantos llegaron a contemplar dicho anillo se mostraron de acuerdo: los símbolos que lo adornan podían ser interpretados como un lenguaje binario, en este caso integrado por nueve unos y nueve ceros. Nueve Palos y nueve Ceros. Y durante meses, expertos en computación se afanaron por desentrañar aquel enésimo enigma. Los esfuerzos fueron inútiles. De la secuencia en cuestión sólo se obtenían largas series de números, sin orden ni sentido, hasta que uno de estos especialistas, oficial de la Armada Española, tuvo una genial intuición. Una de aquellas endiabladas secuencias numéricas podía reducirse a unas coordenadas geográficas. (23:18)

(24:01) La nueva y decisiva sorpresa estaba al caer. Cuando las coordenadas en cuestión fueron trasladadas a las cartas, el punto que apareció en el mapa me dejó perplejo: Tassili, una región al Sur de Argelia. Una región en la que se habla y escribe bereber. ¿Casualidad? Sinceramente lo dudo. (24:24)

Me huele a cretinada, al típico acertijo que uno suele encontrar en novelas y películas de aventura, en las que el protagonista debe descifrar una inscripción rarísima que sólo tiene sentido dentro de la historia y que ha sido inventada por el autor para que la trama tenga mayor enganche. Pero como a veces me pica el mosquito de la curiosidad, me di a la tarea de ver qué rayos pasa con esa sucesión de palos y ceros, no vaya a ser que pueda tener parte de razón.

Lo que intuí al primer olfateo es que esos números debían indicar coordenadas. No tuve que explotarme la cabeza razonando, porque para escribir algo supuestamente en binario y querer decir algo más, está claro que es un lenguaje codificado, con un encriptado sencillo.

En la susodicha numeración bereber NO hay signos para el cero, pero SÍ para el 1, que es “ⵏ”, mientras que el símbolo “ⵔ” tiene el valor de 10 y no de 0. Así, ⵏⵔ significa 11, con lo que la secuencia ⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔ no expresa literalmente la cifra 101010101010101010, sino 111111111111111111, que en decimal es 262143.

Las coordenadas del Tassili ―que Benítez no dio a sus televidentes para que nadie pueda contrastar sus afirmaciones― varían según el lugar que nos interese, aunque puede ubicarse en 25º 40’ 00’’ N y 9º 00’ 00’’ E, equivalente a 25.6667,9 en decimal. Tomando el último número de arriba y haciendo algunos ajustes menores, tenemos 26.2143,9 (26º 12’ 51’’ N 9º 00’ 00’’ E), lo que nos sigue conduciendo a dicha región, aunque un poquito más al Norte. Por tanto, la ubicación del Tassili es correcta. La hallé sin ayuda de oficiales del ejército ni supercomputadoras. Me bastó con saber rudimentos de bereber.

Hasta ahí, todo bien. Pero desde ese punto es cuando el ufólogo español estiró los hechos para que pudieran cuadrar con sus ideas prefijadas de los ovnis en el África de la prehistoria. Considerando la naturaleza humana del anillo, es obvio que este misterio de las coordenadas fue hecho a propósito, pues habría tomado las coordenadas decimales (sin puntuación y sin el 9, que es 262143), las habría convertido a binario (es decir, 111111111111111111) y de ahí a la numeración bereber (el intrigante ⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔ).

Con más razón es que esa coincidencia aducida por Benítez no es sino una quimera creada por él mismo para asombrar a los incautos; todo lo demás es tergiversación, una farsa. La refutación más fácil viene de algo muy básico, y es que hasta donde se tiene conocimiento los bereberes no usaban el sistema binario, por lo que la secuencia ⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔ es ininteligible para ellos.

Sencillamente, ⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔⵏⵔ no es un número, y aunque ⵏⵔ sí lo es, el mensaje codificado no es coherente con la notación matemática bereber. Si un aborigen ―o alienígena― del Tassili hubiera dicho algo en binario, habría puesto el 1 dieciocho veces (es decir, ⵏ, el “palito”; ⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏⵏ) para que se interprete como 111111111111111111 en decimal. Dada la ausencia del 0, la escritura repetida del ⵏⵔ resulta ilógica porque se presta a errores de lectura; habría nueve “onces”, no nueve “unos” ni nueve “ceros”.

(24:28) Y a mi memoria llegaron viejas imágenes. ¿No era éste el desierto en el que el célebre geógrafo, arqueólogo y paleontólogo Henri Lhote había catalogado miles de pinturas rupestres? ¿No era éste el lugar en el que fueron pintados extraños seres con escafandras y trajes espaciales? Y un presentimiento terminó echando raíces en mi aturdido corazón. (24:50)

(24:53) Prudentemente, antes de adentrarme en el desierto argelino, estudié de nuevo las informaciones de Lhote y de otros exploradores franceses. Y al consultar a la Universidad de Argel, me advirtieron: muchas de las 50.000 pinturas existentes en Tassili se hayan destruidas o semidestruidas. Las diferentes expediciones francesas al Sahara, en especial las de Lhote, las habían arruinado. La técnica del calco directo sobre dichas pinturas rupestres fue una catástrofe. Pero quedaba una posibilidad. (25:38)

Ja, ja, ja… ¿Henri Lhote? Vamos, manda huevos, Benítez, ¿es que no se cansa usted de recurrir a falsarios para demostrar sus afirmaciones?

Vale. Para los que no sepan quién fue Henri Lhote (1903-1991), les daré una semblanza de su obra y de lo que se vio en el Tassili, a fin de no ser repetitivo con las refutaciones a las afirmaciones en las que el ufólogo español mencionará a este explorador francés. Lo que sigue está basado en un libro del antropólogo Jeremy Keenan titulado The Lesser Gods of the Sahara (2004, pp. 163-183):

  • Exploró el Tassili entre 1956 y 1957, en búsqueda de pintura rupestre que había sido descubierta en años anteriores. Encontró nuevas obras de arte en esa zona, que aparecieron en 1958 con su publicación más célebre: A la découverte des fresques du Tassili.
  • Fue partidario del colonialismo francés en África del Norte. Esta perspectiva sesgó su análisis de las pinturas en Tassili, en las que él tendió a ligar las escenas dibujadas en la piedra con la Antigüedad Clásica. La evidencia está en las denominaciones que Lhote acuñó para las figuras, tales como el “Gran Dios Marciano” ―en relación al dios Marte―, la “Carrera de maratón”, la “Dama blanca”, el “Bote egipcio”, la “Antinea” y los “Cabezas Redondas”.
  • Emitió comentarios racistas contra los tuareg. El “descubrimiento” de las pinturas en Tassili reforzó su posición, pues se creía que este hecho justificaba la dominación de Argelia por parte de los franceses.
  • La destrucción de las pinturas en Tassili tuvo muchos responsables, como aventureros, turistas, fotógrafos, grafiteros y saqueadores que las arruinaron para siempre. Lhote estuvo entre ellos porque hizo una “limpieza” de las mismas con agua, sin saber que este líquido alteraba el equilibrio químico de los pigmentos, que acabaron por borrarse en escasos años, casi sin dejar rastro de su existencia.
  • Uno podría guiarse de las anotaciones, calcos e ilustraciones de Lhote para compensar dicha pérdida material de las pinturas, pero éstas no son fiables. Los lienzos originales difieren en tamaño, diseño, localización y contexto pictórico de los aducidos por el explorador francés. Para colmo, la mayor parte de sus descripciones plasmadas en A la découverte… son falsas. En sí, el propio libro no tiene rigor científico.
  • Para defenderse de sus acusaciones de fraude, Lhote intentó monopolizar el acceso a las pinturas de Tassili, impidiendo que fueran sometidas al escrutinio de los investigadores extranjeros. Siempre defendió la autenticidad de estos lienzos sobre piedra hasta el final de sus días.
  • Se demostró la falsedad de unas 8 pinturas en Tassili, lo cual induce a pensar que la cantidad de lienzos falsificados puede ser mucho mayor, aunque difícil de determinar. Sin embargo, la antigüedad de las piezas genuinas ―que ronda entre 8.000 y 12.000 años AP― puede servir como referencia para reconocer cuáles son fraudulentas. Por lógica, es evidente que en las auténticas hay escenas típicas de sociedades cazadoras y recolectoras, con los inicios de la agricultura y ganadería primitivas, amén de la maternidad, su mitología y bestiario local; cada una tiene su estilo, que se forjó a través de los siglos. Lo que se salga de este marco cronológico debe ser visto con extrema desconfianza.
  • Una prueba contundente de lo anterior es que los falsificadores de muchísimas de esas pinturas fueron los mismos expedicionarios franceses. Aunque su intención no fue vandalizar el registro arqueológico sino gastar una broma pesada a Lhote, el daño quedó hecho porque se perjudicó permanentemente el patrimonio cultural de Argelia.
  • Otra evidencia que complementa la anterior está en la colección privada de Lhote. En ella sobran objetos muy característicos de la prehistoria del Tassili, como puntas de flechas hechas de piedra; por tanto, el desarrollo tecnológico y cultural de los indígenas africanos fue autóctono. En suma, a nivel arqueológico y paleontológico no se ha encontrado absolutamente nada fuera de lo común que sugiera la visita de extraterrestres hace 9.000 o 12.000 años.
  • Varias de esas pinturas falsificadas tienen leitmotivs que no son de la prehistoria africana, sino de épocas posteriores y culturas nada relacionadas con los nativos del Tassili. Irónicamente, muchas son famosas y circulan en Internet: la “Antinea”, las “Diosas con cabeza de pájaro”, la “Escena de las ofrendas”, los “Danzantes” y “Les Caballins”. Algunas muestran carruajes egipcios o peinados extraños.
  • Las pinturas sobrevivientes de Tassili, o lo que queda de ellas, han sido objeto de reconstrucciones aproximadas de cuanto se pudo haber representado en los muros de piedra (entre el deterioro y el vandalismo, es poco lo que realmente se puede hacer). Hay ciertos irresponsables que las redibujan a su gusto, poniéndole cuanta cosa se les cruza en la mente, a fin de que concuerde con sus atolondradas teorías de aliens ancestrales.

Así que Henri Lhote, ¿eh? Y un cuerno.

Prosigamos. Lo que viene será ahora más fácil de refutar.

(30:21) Al iniciar la marcha hacia la gran meseta, tuve que contenerme. Ardía en deseos de llegar y verificar qué clase de conexión podía existir entre los llamados Cabezas Redondas, el suceso de Los Villares y el desconcertante anillo de plata. ¿Se trataba en verdad de astronautas descendidos en aquellos parajes en plena Edad de Piedra? Y si fuera así, ¿con qué objetivo? Para la mayoría de los científicos, esas imágenes ―los Cabezas Redondas― sólo son una misteriosa manifestación artística de los hombres del Neolítico. Figuras antropomorfas, quizás simples máscaras. (31:03)

Desde un principio pondré a disposición del lector una galería que contiene algunas fotocapturas de las pinturas del Tassili, según salen en el filme de Benítez. Hagan clic en las miniaturas para verlas a un mayor tamaño.

No hace falta ser un experto para entender que en una sociedad africana de la Prehistoria encontraremos lo que normalmente hay en la Prehistoria: cacería, recolección, guerra, ritos religiosos, máscaras ceremoniales, fauna y flora local, etcétera. Algo similar vemos en el arte rupestre europeo, sin que por ello armen un escándalo los ufólogos, pues no es rentable decir que los toros de las cuevas de Altamira fueron criaturas traídas del espacio exterior.

Ya sabemos de antemano que todo lo que sean carrozas, naves espaciales, escafandras y demás elementos extraños al Tassili no corresponde a pinturas auténticas; son falsificaciones. En el mejor de los casos, en estos lienzos puede haber iconografía que ha sido analizada fuera de contexto, como ocurre con los animales fantásticos.

(31:05) Por supuesto, no aceptaron mi hipótesis. La comunidad científica no cree en la visita de seres no humanos, y mucho menos en la Antigüedad. (31:16)

Benítez: usted mintió al hablar del Candelabro de Paracas, las Líneas de Nazca, las Piedras grabadas de Ica, los aliens de los dogones en Mali, los rapanui, la vida de Jesucristo, las expediciones de Cristóbal Colón, el Sudario de Turín y el Arca de la Alianza. ¿Y todavía se pregunta por qué nadie le para bolas cuando teoriza sobre los extraterrestres en el Tassili?

(32:23) Tras unos minutos de obligado descanso reanudamos la marcha por el solitario y abrasador desierto de piedra. Al frente marcha Barka Ayoub, el guía proporcionado por el Parque Nacional de Tassili y nieto de Jebrine, el tuareg que condujo a Henri Lhote por estas mismas tierras; toda una leyenda. Y conforme nos aproximamos a los abrigos rocosos, mi corazón se acelera. Jabbaren, en el idioma bereber, en la lengua de los tuareg, significa “los gigantes”. ¿Por qué? Muy pronto lo averiguaría. (33:05)

El significado de Jabbaren para los bereberes es curioso, aunque no prueba nada de las afirmaciones de Benítez. He encontrado que jabbar, en árabe, quiere decir “gigante” y “todopoderoso”, más aún en las connotaciones del islam para referirse a Alá. No obstante, hay montones de religiones y culturas cuyas lenguas se refieren a sus dioses y héroes con tales adjetivos, por lo que no se debería inferir nada fuera de este contexto.

(34:27) Al examinar las escenas de caza y los animales, es fácil percatarse de algo realmente asombroso. Los artistas dibujaron siempre con una extraordinaria fidelidad. Los detalles son precisos, rigurosos. Las pinturas, en suma, son un fiel reflejo de lo que veían a su alrededor. Y si esto evidentemente es así, ¿qué podemos pensar de esas otras pinturas que la arqueología atribuye a la imaginación de los artistas? Si los hombres de la Edad de Piedra dibujaron individuos con cascos, antenas sobre la cabeza, trajes hinchados o enigmáticos buzos con botellas a la espalda, ¿no será que los pintaron así porque así lo vieron? (35:16)

No. En capítulos anteriores de esta misma serie hemos aprendido que el arte no necesariamente retrata lo que es, sino lo que nos gustaría que hubiese sido. En la poesía de la Grecia Clásica se dice que Hermes era un dios de pies alados, pero eso no quiere decir que en esa civilización había mensajeros con propulsores atómicos en las piernas, al mejor estilo de Iron Man. Asimismo, cuando uno lee que Hera tenía ojos de ternera, no se debe suponer que ella era mitad vaca, mitad mujer (¡Ups, se me salió! ¡Hallé sin querer pruebas de experimentos genéticos aliens en tiempos de Homero!).

Y lo que es a la literatura es a la pintura. No siempre es sencillo discernir con exactitud cuáles de esas pinturas son reales y cuáles fueron vandalizadas, aunque es bastante obvio que una legión de extraterrestres no enseñaría a los indígenas del Tassili a cazar con arcos y flechas, vestidos con taparrabos.

Además, los presuntos alienígenas tienen una vestimenta irrisoria. La desnudez en la mayor parte de su cuerpo es tan notoria que los supuestos tanques de oxígeno más bien lucen como capas de tela (¿o cuero?) atadas a su cuerpo, que por cierto se halla cubierto en la entrepierna por un trapo. A ello se incluye que las cabezas están dibujadas con algo de desproporción y deformidad, lo que nos obliga a pensar que esos “cascos” y esas “antenas” pueden significar cualquier cosa.

Sin embargo, por apego al contexto histórico del Tassili podría decirse que esos cráneos agrandados, que parecen portar “cascos” y “antenas”, tratan de representar el fenotipo de algunos de sus habitantes cuyas cabezas están rapadas, con poco pelo o coronadas con atavíos personales que denotan su estatus social. Tal vez están en alguna festividad.

Cualquier aspecto ulterior es complicado de determinar. El mal estado de las pinturas que aún se conservan obliga muchas veces a conjeturar sobre lo que pudo haberse trazado y su respectivo significado. Por consiguiente, toda disertación que no respete estos criterios es mera especulación, y eso es lo que está haciendo la tergiversación ufológica de Benítez.

(35:26) Hecha esta importantísima precisión, prosigamos con nuestros descubrimientos. ¿Por qué manos de cuatro dedos? Observe la unión de la escafandra con el resto del traje. ¿Por qué el pintor se molestó en dejar perfectamente trazadas las arrugas? ¿Qué tribu en aquel tiempo utilizaba trajes de una pieza, y con botas? ¿Qué significan esos enigmáticos dibujos sobre las escafandras? ¿Se trata de algún tipo de antena? ¿Un sistema de comunicación con las naves o entre los seres que descendieron a Tierra? Yo diría que sí. Así pudieron captarlo los habitantes de Jabbaren, y así lo plasmaron en las paredes. (36:24)

La reconstrucción en papel que hizo Benítez del supuesto alienígena es arbitraria, totalmente artificiosa; la pintura en la roca está demasiado dañada como para dar crédito a sus afirmaciones. En sí, ¿no se detuvo a pensar que esas “arrugas” y líneas raras no denotan, más bien, que la persona dibujada en el lienzo de Tassili usaba brazaletes, collares, cintas decorativas y pinturas rituales en su cuerpo?

(36:26) ¿Y qué decir del objeto representado junto a este nuevo astronauta? ¿Pura imaginación del artista o el vivo retrato de una nave que lo acompaña en su descenso a Tierra? Fíjese en la línea clara y contundente que marca la separación entre el casco y el traje. (36:45)

(36:49) ¿Estamos ahora ante algún tipo de medusa como pretenden los arqueólogos? ¿Una medusa a 1.800 metros sobre el nivel del mar y a casi 2.000 kilómetros de la costa más cercana? No. Mi teoría es otra. Alguien, hace 9.000 años, observó un objeto similar a éste. Una nave no humana en pleno ascenso o descenso. Y el artista la inmortalizó, dibujando incluso el posible sistema de propulsión. (37:23)

(37:26) En cuanto a los objetos con dos patas, abundantísimos entre los miles de pinturas del Tassili, mi hipótesis es la misma: objetos posados en el suelo mostrando los trenes de aterrizaje. (37:40)

Ver refutaciones anteriores. Estas suposiciones son idioteces. La aparente “medusa” está tan deteriorada que de ella puede interpretarse lo que sea; ídem con los objetos bípodes y el “astronauta”.

(37:44) Y entre tantas pinturas, algo que nos llamó poderosamente la atención: unos círculos coloreados en rojo y blanco dispersos aquí y allá, y con un diámetro siempre idéntico; 18 centímetros. (37:59)

Argumento sin sentido. A simple vista se observa que los círculos concéntricos de Tassili tienen una circunferencia inexacta, un poco ovoidea. Esto es así porque fueron dibujados a mano alzada. Que tengan la misma medida puede deberse a que esas pinturas geométricas tal vez fueron realizadas por el mismo autor.

(38:05) ¿Naves no humanas en mitad de escenas de caza? Naves en las que aparecen de nuevo los Cabezas Redondas. ¿A qué se debe el extraordinario parecido de estos cascos o escafandras con los que ya hemos observado? ¿Vigilaban de cerca las actividades del hombre neolítico? (38:22)

Ver refutaciones anteriores. Esto es una imbecilidad.

(38:23) Y un detalle muy significativo: ¿por qué el artista se recreó en uno de los extremos de la media luna dibujando esos pequeños trazos? ¿Quiso dejar constancia de algún tipo de iluminación? (38:39)

Error garrafal. Si estaban cazando ganado cimarrón, lo más seguro es que esa “media luna” sea simplemente una posición elevada en el paisaje, el cual da un ventajoso punto de observación para dirigir la persecución de los animales. Los personajes de abajo, en segundo plano, seguirían las órdenes del que está arriba, en primer plano. Esa, en mi opinión, es una interpretación más cuerda de dicha escena de la vida en el Tassili prehistórico.

(38:40) Hoy lo sabemos. Son miles los casos investigados en los que estos objetos no humanos se aproximan y parecen observar a los testigos. Naves que espían todos nuestros movimientos. ¿Por qué no iban a hacerlo hace 9.000 años? (38:56)

Ver refutaciones anteriores. Esto es falso.

(39:27) Y alcanzamos, al fin, la pintura más célebre de este infierno de piedra y arena. La imagen de 3 metros que Lhote bautizó como el “Gran Dios Marciano”. Nueva decepción. Como tantas otras, ésta también se halla muy deteriorada. Los calcos de Henri Lhote casi la han borrado. Y debemos acudir de nuevo a las copias del Museo del Hombre para mostrarla tal y como la pintaron en la Edad de Piedra. ¿Qué puede pensarse ante una imagen como ésta? ¿Qué vieron en realidad los antiguos habitantes de Jabbaren? ¿Es que el gran casco, la unión con el traje hinchado y las arrugas son consecuencia de la imaginación del hombre primitivo? ¿Y por qué esa considerable talla? ¿No es más lógico pensar que el autor de la pintura llegó a presenciar la realidad física de un ser enfundado en un traje espacial? Un ser quizá gigantesco que, obviamente, tuvo que impresionar y aterrorizar a los naturales del lugar. De ahí probablemente nace el nombre de Jabbaren, “los gigantes”. (40:51)

(40:52) Trajes hinchados, sí, muy parecidos a los de nuestros astronautas. Trajes provistos de cinturones, botas y con un perfecto cerramiento a la altura de las muñecas. Criaturas flotando en aparente estado de ingravidez. ¿Desde cuándo el hombre de la Edad de Piedra podía soñar con unas vestiduras semejantes y con movimientos de esta naturaleza? (41:11)

Mentira. Ver refutaciones anteriores.

(41:13) Otro gigante. El llamado “Dios con orantes”. Otra criatura de difícil comprensión, a no ser que admitamos que el artista pintó lo que en verdad tenía a la vista. ¿Un ser con cuatro brazos y largas orejas o antenas? Yo también dudé hasta que supe del caso registrado en 1955 en Riverside, California. Allí, al menos siete testigos vieron a plena luz del día una criatura prácticamente igual a la que ahora tenía ante mí. ¿Casualidad? No lo creo. (41:56)

Tontería sin sentido. Ver refutaciones anteriores. La criatura californiana reportada en 1955 sólo existe en webs y libros de criptozoología (pseudociencia dedicada al “estudio” de animales ficticios tales como el yeti, el monstruo del lago Ness, etc.).

(43:32) Las extrañas imágenes encontradas en Tassili no tendrían fin. Henri Lhote, como decía, sólo mostró al mundo una pequeña parte de lo que encierra esta fascinante Capilla Sixtina de la Edad de Piedra. Seres monstruosos persiguiendo a humanos. Criaturas de inmensos ojos, similares a los tripulantes reportados en la actualidad. Buzos con botellas a la espalda, cinturones y botas altas. Individuos con enormes pies, o con aletas. (44:09)

(44:11) Pantalones y zapatos hace 9.000 años. Hombres con patas de cabra. Decenas de nuevos objetos posados en tierra. Una nave con su tren de aterrizaje y una treintena de luces pintadas a su alrededor. (44:32)

Mentira. Ver refutaciones anteriores.

(44:39) Y siguen los gigantes. ¿Se trata de un ser humano? (44:46)

Otra tontería carente de lógica. Los gigantes están en el arte y literatura del mundo, como en la mitología nórdica. La interrogante de Benítez por tanto está fuera de lugar.

(44:47) Otra criatura de enorme cráneo se presenta fundida con la imagen de un objeto circular, al que el pintor ha dotado de una serie de largos apéndices. (44:58)

(45:00) Como en escenas anteriores, estos trazos sólo pueden indicar luz o sensación de movimiento. (45:05)

(45:08) Nuevos objetos con idénticos apéndices. En uno, se aprecian los mismos dibujos que lucen las escafandras de los Cabezas Redondas. (45:18)

¿Qué disparate es este? Los “apéndices” pueden ser cualquier cosa. Como he reseñado hasta la saciedad, las pinturas ―las auténticas, quiero decir― sufrieron mucho daño en menos de cincuenta años; por este motivo no es fácil precisar su significado concreto en la cultura aborigen del Tassili, ni si éstas estaban concatenadas con otros dibujos adyacentes. Por ende, hay que ignorar cualquier clase de aseveraciones aventuradas al respecto ―incluyendo las de Benítez― hasta tanto surja evidencia más fiable.

(45:20) Y un capítulo igualmente desconcertante: animales desconocidos. Si los hombres del Neolítico pintaron lo que veían con exquisita fidelidad, ¿qué son estas figuras? ¿Hipopótamos con dientes de carnívoro? ¿Avestruces con cuatro patas? ¿Felinos con ocho dedos en cada mano? ¿Centauros? ¿Unicornios? ¿Pero cómo es posible? Siempre creímos que centauros y unicornios eran pura leyenda. (45:57)

(45:59) ¿Seres con cabeza de insecto? (46:01)

(46:06) ¿Estaríamos ante algún tipo de experimento genético por parte de los gigantes que descendieron en Tassili? (46:12)

Ja, ja, ja, ja, ja… Lo que ya venía diciendo desde hace varios párrafos atrás. Quitando la mitología espuria de los centauros y unicornios, que presumo fue obra del vandalismo perpetrado por la expedición de Lhote, el bestiario del Tassili es sin duda fascinante, pero no hasta el punto de creer que de verdad existió. Menos aún sin evidencia fósil de algún monstruo, que no surge por ningún lado.

Siga, siga, señor Benítez, buscando sus bestias imaginarias. En un ratico me iré a investigar dónde carrizo se metió Cthulhu, porque no lo encuentro.

(46:39) Pero sin duda una de las pinturas que más me impresionó fue la localizada en plena meseta de Jabbaren. Y la he dejado para el final, con toda intención. También la erosión y los desaprensivos han terminado arruinándola. Pero lo que queda de ella resulta muy significativo. No conocemos su antigüedad con exactitud, pero según las modernas técnicas basadas en espectrómetros de aceleración de masas, utilizadas en pinturas de la misma etapa, ésta que usted contempla podría remontarse a 8.000 o 9.000 años. Quizá más. (47:22)

(47:26) Para su mejor y más rápida comprensión, hemos elaborado unos dibujos gemelos a los que aparece en la roca. ¿Y qué vemos? Algo sencillamente asombroso y, por supuesto, imposible para la ciencia. Un ser con escafandra y ligado a un objeto circular por un tubo. Un objeto a su espalda perfectamente trazado con una doble línea y con no menos extrañas llamaradas o luces en su interior. Un ser que porta algo a la espalda, algo similar a lo utilizado por nuestros astronautas. Un ser que parece arrastrar hacia sí, o hacia la nave, a un total de cuatro mujeres desnudas, una de ellas con un niño. Cuatro mujeres de claro perfil negroide. La pintura no precisa muchos comentarios. (47:47)

Como dicen Pen y Teller: bullshit. La clave del engaño de este ufólogo español está en sus propias palabras: “hemos elaborado unos dibujos gemelos”. La tramoya de ese calco efectuado por Benítez es la misma que utilizó para el gigante “astronauta” de Jabbaren; tomar una pintura de la que no queda sino un borrón, poner en el papel los trazos que se le vinieron en gana y decir que allí hubo extraterrestres. ¡Qué manguangua!

De esta manera, no hace falta ahondar en ese relato inventado del alienígena que abdujo a las negras para utilizarlas como esclavas sexuales. Es un absurdo cuento chino.

(47:49) ¿Qué sucedió en este lugar hace 8.000 o 9.000 años? ¿Se mezclaron los gigantes con las hijas de los hombres? ¿Se llevaron a cabo experimentos genéticos? Como decía el Maestro: “quien tenga oídos, que oiga”. (48:07)

(48:08) Una mano mágica parecía habernos llevado hasta el corazón de Argelia. Las coordenadas marcadas por el anillo de plata habían acertado de pleno. Ahora estaba seguro. En aquel bello y abrasador desierto, en plena Edad de Piedra, unos seres no humanos descendieron y actuaron. ¿Se trataba de los mismos que fueron vistos en España y que arrojaron la piedra esférica a los pies del testigo? No me di por satisfecho; aún quedaban algunos enigmas por despejar. (48:38)

(48:48) ¿Qué mensaje encerraban los símbolos grabados en el lucerillo? ¿Qué relación guardaban con el Sahara? ¿Qué había detrás de aquella fascinante historia? (48:59)

Las respuestas a estas preguntas se escriben con mayúsculas negaciones, más aún si se cita la Biblia como argumento de autoridad. Ver refutaciones anteriores para más detalles.

(49:01) La aventura, en efecto, apenas había comenzado. (49:04)

Al contrario: el recorrido acabará más pronto de lo que espera, señor Benítez.

En vista de lo que se acaba de analizar, nos consta que las “casualidades” aludidas por el ufólogo español son conexiones inconexas. El anillo de plata, que es de genuina manufactura humana, tuvo un acertijo que no es adjudicable a la mentalidad bereber, en la que no hubo contacto alguno con civilizaciones exoplanetarias. Más bien, las evidencias apuntan a que este pueblo, al igual que los demás nativos de la era precolonial, tuvo un intelecto desarrollado con el sudor de su frente, sin asistencia externa. Los exploradores europeos se dieron cuenta de ello e hicieron su mejor esfuerzo para preservar la memoria colectiva de los aborígenes africanos, aunque personas inescrupulosas como Henri Lhote se empeñaron en divulgar una falsa imagen del Tassili, la cual ha sido alimento de los vendedores de misterios.

Nos vemos próximamente, cuando toque discutir la historia geológica del Sahara.

Volver al prólogo e índice de artículos

Capítulo 1 – ¿Cuál huella?

Capítulo 2 – La isla bonita

Capítulo 3 – Hache dos o

Capítulo 4 – Yisus Craist

Capítulo 5 – Secreto de uno, de ninguno

Capítulo 6 – Dios es tracalero

Capítulo 7 – Una “cajita feliz”

Capítulo 9 – Sahara vivo

Capítulo 10 – Sahara muerto

Capítulo 11 – Locademia de arqueología

Capítulo 12 – Mirlo fantasma

Capítulo 13 – Las metras alienígenas

Capítulo 14 – ¿De dónde vino el fraude?

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