Simón Bolívar: una visión escéptica. Capítulo 4 – ¿Moral y luces?


Describir los aspectos de las perspectivas socioculturales del Libertador no es para nada una labor sencilla, puesto que implica una doble dificultad: la primera, con la que hemos venido lidiando desde hace varias páginas, es la de desmantelar las fantasías del culto de cara a los hechos, y la segunda, que consiste en tratar un tema tan extenso que ni siquiera este libro bastaría para darle la adecuada cobertura. Súmese a esto una tercera, en la que la investigación documental en el tema no siempre fija su debida atención en los datos cuantitativos, que deberían leerse con el frío detenimiento del método científico y no con los sesgos ideológicos del pensamiento político moderno a través del cual el prócer venezolano ha sido etiquetado ―pintarrajeado, diría yo― con más error que acierto de reformador social, indigenista, unificador del pueblo, abolicionista, feminista y moralista, unter anderem.

Queda por tanto la tarea de desmentir y esclarecer algunas de estas erradas concepciones e interpretaciones que aún se sostienen acerca de las ideas sociales de Bolívar, las cuales pueden agruparse en cinco bloques fundamentales, es decir, en cinco contextos: histórico, político, étnico-racial, de género y jurídico. Este quinteto será abordado con el cuidado requerido en una de las facetas más propensas a la controversia, pues toca temas sensibles que hasta la fecha no son fáciles de entender ni de explicar. Dada la complejidad que por naturaleza posee el fenómeno sociológico y su influencia directa en la mentalidad del Libertador, es preciso que de ésta haya un sesudo estudio que con evidencias desafíe y supere las lecturas clásicas a las que ha sido sometido el héroe mantuano a lo largo de los años. Por consiguiente, conviene romper una cuarta y última barrera, que es la del escolasticismo todavía persistente en los académicos más hagiográficos.

1. El mantuano y el antiguo régimen

Bolívar dedicó su tiempo a la reflexión durante su exilio en el Caribe inglés. No pudo hacer más; desde la seguridad isleña no había nada que hacer para salvar la colapsada república neogranadina, como tampoco tenía medios para contener la incursión de Morillo. Sin mando político-militar, Bolívar se quedó como espectador de los acontecimientos que estaban desangrando la América Española incendiada en sus campañas de 1812, 1813 y 1814. Para él, el año de 1815 estuvo seco de actividad castrense, aunque se mantuvo húmeda su pluma para dialogar con sus potenciales aliados. La prensa angloparlante le dio un modesto espacio para que se comunicara íntimamente con uno de sus personajes más relevantes, a quien le explicó el tipo de continente en el que vivía:

De quince a veinte millones de habitantes que se hallan espar­cidos en este gran continente de naciones indígenas, africanas, españolas y razas cruzadas, la menor parte es ciertamente de blan­cos; pero también es cierto que ésta posee cualidades intelectuales que le dan una igualdad relativa y una influencia que parecerá su­puesta a cuantos no hayan podido juzgar, por sí mismos, del ca­rácter moral y de las circunstancias físicas, cuyo compuesto produce una opinión lo más favorable a la unión y armonía entre todos los habitantes; no obstante la desproporción numérica entre un color y otro. (Kingston, Jamaica. Después del 28/09/1815. Comunicación al Redactor o Editor de la Gaceta Real de Jamaica. Doc. 1304 A.D.L. Las negritas son mías)

El planteamiento de esta misiva fue común a inicios del siglo XIX a razón de que se nutrió de conceptos racistas del siglo XVIII, los cuales asociaban la fisonomía con la moralidad y la inteligencia. En este sentido, el blanco era como una suerte de “superhombre” que, a pesar de su inferioridad numérica, tenía un estatus superior a las demás castas. La Carta de Jamaica, escrita ese mismo año de 1815 y de la que se hará una relectura mucho más adelante, expresó ideas idénticas que compaginaron con la cosmovisión eurocentrista, en la cual el blanco era un ser bendecido por la naturaleza que debía conducir el destino del pueblo. Para hacerlo había que posarse en las costillas de las razas inferiores.

La descripción del Libertador se hizo eco de la opinión predominante por bastantes años: que el blanco tenía un rol paternalista con los negros y los indios. La prueba que se aducía de ello estaba en que el primero tenía una moral y un intelecto del que carecían tanto los hombres de color como los aborígenes, razón por la que se solía creer que sólo el europeo tenía cultura, pues era él quien le traía su “progreso” a las razas “atrasadas”. En otras palabras, si Bolívar dijo eso es porque estuvo convencido, al igual que sus correligionarios del Nuevo Mundo, que el blanco representaba la civilización, mientras que todo lo demás era la encarnación de la barbarie.

Tal paradigma fue lo que predominó en la España imperial. Esa es la América narrada por el Libertador, como un recuento sucinto del semáforo racial que había en el continente, y por esa razón es apropiado cuidarnos de señalar al prócer mantuano como un sociólogo consagrado. Si esta razón no parece ser un argumento serio, sírvase de uno que es más contundente: en ningún momento la carta al distinguido hombre de la Gaceta jamaiquina da información precisa o cuantificable. Todo es somero, apreciativo. La explicación más sensata es que esos datos demográficos de Bolívar no procedieron de un riguroso estudio de la América Española sino de sus lecturas.

O bien, de la experiencia directa. Si bien es cierto que las estadísticas demuestran el acierto del Libertador (por ejemplo, la Venezuela de 1810 registró en su población un 61% de negros, un 21% de blancos y un 18% de indios; v. Apéndice), no debemos olvidar que él tuvo la facultad de percibir que Caracas, sitio donde vivió por años, fue una provincia atestada de esclavos debido a su importancia económica; lo más habitual era que los blancos peninsulares y los mantuanos vieran a la vuelta de la esquina negros, pardos y uno que otro aborigen. Por consiguiente, los lectores del siglo XXI han tomado por “revelación profética” lo que en 1815 era una realidad tan obvia para los españoles americanos y, por supuesto, para Bolívar, que no hacía falta citar cifras oficiales de la Corona para probarlo.

El statu quo de los españoles americanos no había cambiado en 1810, aunque en 1815 fue evolucionando. El Bolívar de aquellos años riñó con una sociedad que todavía sentía recelo por el cambio, pues estaba viciada de prejuicios raciales como los señalados en la carta del prócer mantuano. Sin embargo, las reformas en la estructura de las masas conllevó posteriormente a una revolución, la cual tuvo por epicentro las instituciones del Estado, sus leyes y, por último, aquellos que debían obedecerlas. Se esperaba, por ende, que la transformación de la liberada América Española se haría desde arriba hacia abajo.

¿Qué tipo de sociedad tenía la América Española próxima a modificarse con la independencia? Los análisis hechos en Venezuela, Colombia y las demás naciones latinoamericanas señalan varios aspectos interesantes (Pino Iturrieta, 2000, pp. 3-36; Beroes, 1981, 1982; Sæther, 2005, pp. 53-140), los cuales giran en torno a sus crisis internas durante el siglo XVIII. Más específicamente, debería decirse que la revolución emancipadora le quitó a la Colonia su tesoro más preciado, es decir el sistema de castas con el que la población fue segmentada en sectores raciales directamente relacionados con la división del trabajo y, por extensión, con los privilegios sociales, económicos y políticos.

La América Española fue en síntesis clasista, racista y también sexista. Sus normas sociales fueron muy rígidas, pero no estuvieron exentas de contradicciones y excepciones, verbigracia la esclavitud de los africanos. Sobre este flagelo escribió Alexander von Humboldt cuando viajó a Cuba entre 1800 y 1804, dejando como resultado un extenso tratado con información abundante de los siervos que estaban en esa isla (1826, pp. 37-44, 97-99, 103, 106-111, 127, 131-132, 218-235). En su detallado y sistemático análisis, Humboldt habló de negros y pardos libres que fueron emancipados por sus dueños españoles. Asimismo, el explorador germánico apuntó que aunque el esclavismo hispánico tenía una crueldad inferior al de otros países del mundo, seguía siendo malo y por ello debía abolirse.

Por extrapolación, se deduce (y se prueba, porque de ello hay cifras) que hubo libertad para negros y pardos tanto en Venezuela como en Colombia. La discriminación, empero, no se fue con esas manumisiones, sino que se quedó anquilosada en los europeos y en sus descendientes. La paradoja estriba en que los blancos pensaban en la inferioridad racial de los hombres de color, a la vez que necesitaban su mano de obra para poner a producir sus tierras y negocios. Por si esto no fuera poco, su racismo contrastaba con la labor de las negras que les cocinaban su comida, hacían las labores domésticas, satisfacían a hurtadillas sus deseos carnales, parían a los mulatos que salían de esas uniones extramaritales, criaban a sus hijos (tanto legítimos como “bastardos”) y los amamantaban.

Si se revisa el caso de los indios, se verá que ocurrió algo similar. Hubo una época en que los aborígenes confrontaron a los españoles, hasta que muchos de ellos se dieron cuenta que era mejor trabar alianzas estratégicas, a fin de mantener el dominio de sus tierras y acabar con etnias enemigas (así fue, de hecho, como de verdad fueron liquidados los aztecas). Hubo indios “hispanizados” que se convirtieron a la fe cristiana, pagaron tributos a la Corona y prestaron servicios a los colonizadores. No obstante, los denominados “indios marginales” se refugiaron en sus aldeas nativas, muy alejados de los asentamientos urbanos, por lo que no fueron conquistados y muy probablemente tampoco se involucraron con la causa independentista, aunque eso no los hizo invulnerables a las epidemias y hambrunas que (casi) exterminaron su población.

Después tenemos, al fin, el grupo de los blancos. Antes de los pleitos entre independentistas y realistas, los blancos peninsulares y los blancos criollos eran considerados, respectivamente, como españoles europeos y españoles americanos (el segundo término fue más usado a la entrada del siglo XIX. Anteriormente se hablaba de “indianos” y “novohispanos”. No había “latinos”). Ambos grupos se consideraron como caras de una misma moneda, por lo que se les nombró como españoles a secas (América, de hecho, era un ente geográfico, no social). Con el objetivo de permanecer en esta categoría, había que demostrar la pureza de sangre de la familia; no se admitían moros atravesados, ni hijos segundones. Las mezclas con castas inferiores no siempre eran bien vistas, aunque la iglesia de vez en cuando permitía matrimonios interraciales.

El papeleo para que los blancos evidenciaran su linaje era engorroso. Los que tuvieron éxito gozaron de privilegios que eran privados a los que no pudieron hacerlo. En la mejor de las circunstancias, ser un blanco de “inferior” categoría daba paso a una vida decente pero con menores opciones de crecimiento, puesto que no podía reclamar un abolengo que legalmente no le pertenecía. Un caso notable de esto se vio en la familia Bolívar, ya que una sola mujer en la ascendencia del Libertador bastó para que el apellido fuera cuestionado por la aristocracia caraqueña.

Afortunadamente, ser mantuano, americano o presunto impuro no era el acabose, siempre que se tuviera una gota de sangre azul en las venas. En España hubo apertura para ellos. Los habitantes de las posesiones hispánicas podían comprar títulos nobiliarios, estudiar en la metrópoli peninsular, casarse con españoles, publicar sus libros, ostentar cargos públicos, acumular fortunas e incluso luchar en sus guerras. Para muestra, un botón: Bolívar contrajo nupcias con una española europea; Miranda tuvo su primera batalla en Melilla; José Rizal se formó intelectualmente en Madrid; la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz fue leída en España siendo ella novohispana; y el presidente de la Regencia en 1812, que sancionó la Constitución de Cádiz, fue el neogranadino Joaquín de Mosquera y Figueroa.

Y aquí es donde el sistema de segregación racial fue cayendo por su propio peso. Teóricamente debía haber una cantidad aproximada de dieciséis combinaciones de castas, pero la carne es débil y la genética nos ha enseñado que estas etiquetas son, a fin de cuentas, arbitrarias y subjetivas, por lo que éstas no corresponden con la realidad. La tediosa burocracia para limpiarse la sangre empañada por gente de dudosa procedencia podía burlarse en América con testigos falsos, funcionarios corruptos y unas cuantas monedas. En los años postrimeros de la Corona hispánica en el Nuevo Mundo, hubo criollos que denunciaron la compra ilegal de hidalguías por parte de razas “espurias”, como los pardos.

La referida anarquía racial denota, incuestionablemente, que el mestizaje fue la fuerza que penetró más hondo en el corazón del sistema de castas. La continua hibridación entre europeos, indios y negros produjo un sinnúmero de individuos nuevos que no pudieron determinar con certeza sus raíces. En consecuencia, la purificación del linaje se tornó inviable porque los hijos de estos cruces no encajaban en ninguna de las categorías establecidas. La identidad racial diseñada por la España imperial, que antes había sido la solución para agrupar por colores las masas populares, se había convertido en un problema.

En mitad de este enredo fue apareciendo la conciencia americana, la cual a imagen y semejanza de la española hizo lo posible por meter en su ideario emancipador a indios y negros. Los esfuerzos legales de España por dignificar a indígenas y esclavos tuvieron su continuación con las políticas de los próceres criollos, las cuales pecaron de tener más palabras que hechos. Véanse no más el discurso de Gual y España en 1797, la proclama mirandina de Coro en 1806 y la Constitución venezolana de 1811 (Arts. 200-203); en estos tres documentos la discriminación racial sólo se eliminó en el papel.

Un fracaso independentista como el mencionado se debió a que la sociedad americana aún era fiel a la monarquía; hasta los indios y negros simpatizaban con la Corona. Entre 1810 y 1820, el pueblo aún quería a su rey, por lo que se ha documentado que por esos años sacaban a pasear los retratos de Fernando VII. El español, apegado a su monarquía, no iba a cambiar de parecer de la noche a la mañana, por lo que no aceptaría una ley que le hablara de igualdad, libertad y fraternidad, menos aún al enterarse que estas bonitas premisas abrieron las puertas del caos en Norteamérica, Europa y Haití. En esta perspectiva, los riesgos eran mayores a los beneficios.

Desde cierto punto de vista, el régimen social español no estaba muerto. El Libertador hizo lo que pudo para reformar, eliminar o modificar la idiosincrasia de los países que emancipó en sus campañas, pero sabía que la revolución tenía sus límites. Por muy dictatorial que hubiera sido, Bolívar necesitaba la sumisión del pueblo y de los optimates, quienes todavía tenían activado en sus mentes el chip del racismo, el esclavismo y las diferencias de género. Simple y llanamente, había cosas que no debía alterar (como la concepción de la supremacía racial de los blancos sobre los negros e indios), aunque la situación hubiera pedido a gritos lo contrario.

Con la independencia de la América Española, empero, se sacudieron varias ramas del árbol social del Nuevo Mundo, motivo por el que ésta sí fue una revolución. Aunque pueblos como el venezolano y el neogranadino no se sintieron listos para cambios radicales, toleraron la desaparición de los privilegios sociales. El pluralismo tomó más fuerza legal cuando hombres como Bolívar suprimieron castas, clases, títulos nobiliarios, mayorazgos y cargos afines que dependían del abolengo familiar y del color de piel, los cuales se fueron a pique con los fueros, que hicieron del poder político un patrimonio elitista. Sin embargo, los verdaderos cambios ya habían comenzado con años de antelación desde abajo, desde los cimientos mismos del sistema de segregación racial: sus individuos.

Puede decirse, además, que la independencia incorporó a los nuevos Estados sudamericanos el elemento de la ciudadanía, la cual amplió la participación popular mediante los mecanismos de la democracia. A esto se sumó la separación de poderes, el concepto de soberanía y la declaración de los derechos del hombre. Con la emancipación de la gesta bolivariana vino esto y mucho más, pero no sin que interfirieran los tétricos vendavales de la guerra, cuyos tambores redoblaron con facciones incapaces de entenderse entre sí. Al Libertador le tocaría litigar con los de su bando, a la vez que tomaría ventaja de las bifurcaciones del enemigo.

2. Americanos divididos

El obstáculo más apremiante de Bolívar no se encontró estrictamente en su contacto con los negros y los indios, sino con los de su mismo sector racial, es decir, los blancos. Siguiendo los planteamientos desarrollados por Berbesí de Salazar (2009) y Ríos de Hernández (1981; 1982), tenemos que la independencia venezolana presenciada por el Libertador fue una pugna endorracista de legitimidad sociopolítica, la cual enfrentó a los blancos criollos con los blancos peninsulares. En 1810, el contraste demográfico previo a la guerra resulta singular; mientras la población criolla alcanzó el 19% de la población total del país con una cuota pequeña de representación en el Estado, los peninsulares tuvieron más poder bajo su mando al representar apenas el 1% de sus habitantes.

Con los neogranadinos sucedió un fenómeno similar (Palacios y Safford, 2002, pp. 196-198). El paralelismo con Venezuela se ve en las protestas preindependentistas próximas a la Patria Boba, en la que los criollos exigieron beneficios y atención de la Corona española. El mantuanaje, a menudo, tuvo por individuos a personas ilustres, con reputación familiar de antaño, que tuvieron oficios con los cuales se enriquecieron a partir de los recursos del Nuevo Mundo. Su abolengo se mantuvo mediante matrimonios arreglados que se rigieron por el sistema de castas y trató de hacerse notar al pedir un pedazo más grande del pastel político que estuvo por repartirse.

Sin embargo, la blancura y la riqueza no eran sinónimos. Los “blancos de orilla” y los “isleños” o canarios se hallaron en condiciones económicas menos pudientes, las cuales incluso rozaron el umbral de la pobreza; estos fueron discriminados tanto por los españoles peninsulares como por los mantuanos. De esta forma, la distinción entre los blancos “de primera” y “de segunda” clase tomó en cuenta varios elementos tales como su poder adquisitivo, sus rentas anuales, el valor de sus propiedades, sus esclavos y, no menos importante, su pureza de sangre. Subir en la pirámide social española dependía de cuántos de estos requisitos se cumplían a cabalidad.

A una mayor escala, la sociedad neogranadina acentuó las diferencias entre los blancos a través de las divergencias regionalistas, ya que cada departamento tuvo un carácter provinciano. Dos casos representativos los tenemos en la Nueva Granada; Santa Marta y Riohacha confrontaron la marea emancipadora de sitios leales al republicanismo como Cartagena. Al igual que en Venezuela, los Cabildos neogranadinos tuvieron forcejeos de autoridad política que acabaron resolviéndose con intercambios de balazos (Sæther, 2005, pp. 143-168, 169-181) tanto entre realistas e independentistas como entre los independentistas, que estuvieron rivalizados en centralistas y federalistas. Los perros de guerra mordieron sin ladrar tras diálogos y negociaciones que no fueron a ninguna parte. Al agotarse los recursos diplomáticos que no fueron capaces de conciliar las partes en conflicto, el odio escaló peldaños hasta devenir en eventos bélicos.

El Libertador, al estrenarse militarmente en la Nueva Granada, fue testigo de estas divergencias políticas, pero miraríamos el árbol sin el bosque si nos conformáramos con reducir la lucha a un desencuentro entre independentistas centralistas contra federalistas, o entre independentistas y realistas. Los monarquistas españoles, de hecho, parecieron tener unicidad de criterios hasta que llegaron las Guerras Napoleónicas, las cuales dividieron sus opiniones en parcelas: los “afrancesados” que quisieron la tutela bonapartista ―facción desaparecida con la derrota del imperialismo galo―, los absolutistas borbónicos que siguieron fieles a Fernando VII y los liberales que buscaron reformas constitucionales. Por su parte, los monarquistas americanos contemplaron dos corrientes: los que confiaron en la autoridad de la Regencia y los autonomistas que dudaron de ella.

La tempestad que separó la flota del dictamen monarquista fue muy fuerte durante la invasión francesa, y ésta arreció con la violencia de la emancipación américo-española. Al observar la guerra desde la perspectiva de los realistas, se puede notar que sus cabecillas fueron los artífices de la impopularidad del rey en las tierras que pisó Bolívar. Por ejemplo, los oficiales que pelearon de 1812 a 1819 contra la independencia venezolana dilapidaron el mayoritario apoyo popular con el que contaron al comienzo de la guerra (Lombardi Boscán, 2006). Esto se debió a su violencia desmedida y al irrespeto hacia sus propios súbditos, autoridades, instituciones y legislaciones reales que dijeron defender.

De este modo, caudillos como Boves, Monteverde y Morillo arruinaron su prestigio porque hicieron más esfuerzos en matar gente que en ganarse su simpatía, atender sus necesidades, obedecer las leyes y rendir cuentas a los funcionarios legítimos de la Corona; en fin, porque actuaron con crueldad extrema sin medir las consecuencias. Por consiguiente, con el avance del conflicto se fue cayendo su credibilidad y no hubo argumentos con qué limpiar esa mancha en la bandera española. La desmoralización militar y civil de los realistas se acrecentó hasta generar deserciones, lo que dio puntos a favor de los independentistas.

Para la posguerra, empero, se hizo un último intento de retomar la iniciativa. En este sentido, se ha documentado que la prensa realista recogió algo más que artículos contra la independencia conseguida por Bolívar: se escribieron ideas distintas sobre cómo restaurar en América la monarquía española al aprovecharse de las políticas fallidas que agrietaron la Gran Colombia (Barrera y Navarro, 2010). Las opiniones estuvieron dispares; unos abogaron por la intervención militar directa y otros por la provocación de insurrecciones internas. Al respecto no hubo consenso, razón por la cual nunca se concretaron los planes propuestos para que el pueblo sudamericano volviera a tener fe en la Corona.

Aunado a las diferencias internas de cada bando, tanto realistas como independentistas tuvieron rasgos en común que, contradictoriamente, también implicaron más brechas en la población, las cuales juntaron a la sociedad américo-española, indistintamente de su raza, sexo, credo, estatus e ideología política. Los más resaltantes en Venezuela ―país que menciono con frecuencia porque es el que conozco mejor y del que tengo mayor información― fueron:

  • Distribución demográfica: en 1810, el 67% de los venezolanos vivía en el campo y el 33% en las ciudades. La población urbana y la rural se concentraba más en dirección Noroeste, con urbes densas en las zonas del Litoral Central y el Occidente de la antigua Capitanía General; Caracas y Barinas, respectivamente, acaparaban el 40% y el 17% de sus habitantes. En cambio, Coro, Margarita y Guayana no superaban el 10%, lo cual indica que el país se encontraba más despoblado en la costa falconiana, la región insular y el Sureste. Las proporciones no cambiaron mucho en años posteriores.
  • Población dispersa: los habitantes de Venezuela se diseminaban más al alejarse de las ciudades, aunque hubo algunas excepciones. Los pueblos del campo se desperdigaban en el mapa, con distancias largas entre sí, motivo por el que sus provincias adquirían cierta autonomía y por ende tenían una predisposición a adoptar el sistema federal de gobierno en la inauguración de la Primera República. Por ello es que se respetaban las máximas autoridades, pero se estimaban aún más los líderes locales y provinciales.
  • Control territorial: como la mayor parte de la población venezolana era campesina y además estaba repartida principalmente en el entorno rural, el sólo hecho de controlarla era un serio problema en todos los aspectos. En el plano sociopolítico el lío estaba en gobernarla, y en lo militar las dificultades eran todavía mayores. El reclutamiento era por tanto una auténtica odisea, ya que muchas veces se “peinaban” provincias enteras cuyos hombres aptos para la guerra no eran suficientes para engrosar el tamaño del ejército, como tampoco para atacar, defender o vigilar un frente sin descuidar otro. De hecho, esta es una de las quejas recurrentes que tenían los caudillos de la emancipación: que había más territorio que habitantes y más habitantes que reclutas.
  • Profesiones: al estallar la independencia, el venezolano promedio desempeñaba cualquier oficio, menos el de soldado. Cuando los caudillos criollos entraron en campaña, solían toparse con reclutas que habían sido juristas, seminaristas, estudiantes, zapateros, comerciantes, peleteros, campesinos, panaderos, artesanos, pescadores, músicos y un etcétera de ocupaciones sin vínculo con el ejército. Las tropas profesionales eran por ende escasas, por lo que sus bajas debían reponerse con civiles armados que se alistaban por la fuerza, a sabiendas que a duras penas podrían soportar la vida militar. Estos milicianos improvisados y con entrenamiento express obtenían victorias, pero eran un paliativo muy proclive a la indisciplina y las deserciones. Por ello, fue necesario compensar sus debilidades con efectivos importados del Viejo Mundo; Morillo trajo los veteranos de España y Bolívar a los europeos de la Legión Extranjera.

Retornemos la pregunta del millón: ¿por qué la lucha por la emancipación de la América Española fue una guerra civil que tomó las dimensiones de un conflicto internacional? La solución a este enigma viene en dos fases. En la primera, los américo-españoles tuvieron semejanzas en su identidad cultural, las cuales se fueron rompiendo conforme cada persona se forjaba una opinión de lo que debía ser su tierra ante la invasión napoleónica. La sociedad, como la venezolana, tuvo diferencias doctrinales respecto a la monarquía y se polarizó aún más con la influencia de las ideas republicanas, lo cual trajo como consecuencia que familiares, amigos y colegas se enemistaran por discusiones políticas.

Cuando empezó la independencia, la ciudadanía había firmado su acta de divorcio. Ni la Constitución de Cádiz promulgada en 1812 (Arts. 1, 5, 10 y 18) pudo recoger la leche derramada. A lo dicho se puede demostrar que la politizada fisión de la sociedad tuvo una “americanidad” a flor de piel en entrambos beligerantes, por lo que hubo americanos que apoyaron la Corona, como José Domingo Díaz, y españoles que lucharon por la independencia, como Vicente Campo Elías. Observen también varios hechos singulares: las huestes de Boves estuvieron conformadas nada más y nada menos que por los llaneros venezolanos; después de los realistas, los acérrimos enemigos de Bolívar en la campaña de Colombia fueron los federalistas neogranadinos; y la república venezolana instaurada en 1811 fue atacada por las provincias de Coro, Maracaibo y Guayana, que colindaban con su territorio. Y esa es apenas la punta del iceberg.

Luego de este fratricidio social vino el cambio definitivo, la segunda fase. En esta, el exterminio genocida de la guerra a muerte había hecho de las suyas y apareció en el discurso oficial una terminología que distinguió sin eufemismos quién era quién. Se acabaron los españoles peninsulares y los españoles americanos: los españoles salieron por un lado y los americanos por el otro, de ahí que el conflicto no fue más entre hermanos sino entre dos gentilicios radicalmente opuestos. Después, las nacionalidades se fueron multiplicando hasta desterrar sus vínculos onomásticos con España; colombiano, venezolano, peruano, ecuatoriano, boliviano. Las comunidades imaginadas de Sudamérica, es decir, las que fueron liberadas en la gesta de Bolívar, designaron en sus leyes cómo se llamarían sus habitantes.

Mediante este paso fue que la identidad americana dejó de ser una mera postura intelectual contestataria de la eurocéntrica Ilustración; ahora sí quedó como un hecho concretado. El incipiente nacionalismo, en esas décadas iniciales del siglo XIX, se hizo oficial con la política revolucionaria. Nada de esto habría sido posible sin que Bolívar hubiera sabido explotar las flaquezas de los realistas, cuyas opiniones fueron muy disparejas en ambos lados del Atlántico. Sin embargo, la meta de vencer a la Corona española tampoco se habría conseguido, si él no hubiera integrado los intereses de los independentistas, que también fueron afectados por esta borrasca de desigualdades.

En este orden de ideas, vale la pena mencionar el rol de los llaneros venezolanos en esta guerra (Acosta Saignes, 1977, pp. 214-222), porque es una muestra muy ilustrativa de que en la unión está la fuerza. Aparentemente salvajes y primitivos, los llaneros de la época independentista eran bravos cazadores, lanceros, campesinos, ganaderos y jinetes que sabían combatir con fiereza; además, su anatomía a menudo toleraba bien el inclemente clima de la sabana. Cabe destacar que ellos tenían un vasto conocimiento geográfico de la región llanera con sus laberínticos paisajes, razón por la que se les facilitaba esconderse en su tierra, a fin de acechar al enemigo como si fuera cualquier animal de campo.

Con los llaneros venezolanos (valga lo mismo para los colombianos) se erigía una especie de cultura guerrera equiparable a los gauchos argentinos. En su código ético se encontraban virtudes como el honor, la obediencia a la autoridad (el taita, como se le decía), el valor en el campo de batalla y el respeto a la “palabra empeñada” (pacto entre las partes interesadas que se hacía oralmente, no por escrito). Este carácter, tan recio como rústico, hizo que ellos fueran huesos duros de roer, pues no se les podía intimidar fácilmente y no eran de los que emprendían la retirada a la primera descarga de fusilería.

Los llaneros fueron prueba viva de la adaptación biológica y el aislamiento geográfico. Su cultura, sus costumbres, su música, sus habilidades de supervivencia y sus atípicos métodos de guerra estaban en consonancia con el entorno con el que coexistían; un joropo de la naturaleza que los españoles no sabían bailar con defensas efectivas. Pese a ser inferiores en número y a no haber tenido instrucción militar formal, su valentía, su disciplina y su superioridad estratégica golpearon el ego de los realistas tras aplastar su avance en Apure, motivo por el cual impresionaron a los oficiales británicos de la Legión Extranjera e inclusive al Libertador. Hubo un tiempo en que lucharon por la Corona bajo la seducción de Boves, pero con Páez al mando militaron en la independencia.

Por eso es que para Bolívar fue de suma importancia tener una alianza con los llaneros; porque poner sus brazos al servicio de la independencia tenía un alto valor estratégico en su campaña del Occidente venezolano. En lo social, la incorporación de esta gente debió haber subido la moral de la emancipación, que antes de 1819 sólo había conocido la derrota; en cuanto uno más se sumaba a la causa, los demás que resistían contra la Corona española no tardarían en seguir la corriente. Asimismo, pactos como este sirvieron para dar aliento a quien todavía esperaba quitarse el yugo realista, aumentar los recursos disponibles de los insurgentes, conocer mejor el terreno en litigio, acorralar a los realistas en todos los frentes posibles y expandir el poder político de la futura nación que se estaba edificando.

Nada de esto podría haberse consolidado sin diálogos, negociaciones y, la verdad sea dicha, represión. Bolívar recorrió gran parte de Venezuela para limar las asperezas de los independentistas que iban a luchar con él. A tal efecto, se entrevistó en persona con muchos caudillos que podrían ayudarle; si necesitaba su cooperación y la de su pueblo, tendría que ceder ante su autoridad centralista, aunque a cambio podría recibir beneficios en su señorío. Por tanto, el Libertador tuvo que hacer valer su liderazgo persuadiendo a los jefes locales y asesinando, arrestando o expatriando a los disidentes de su gobierno.

Estas alianzas fueron perdiendo solidez en el período de posguerra y probaron, como se dijo en los capítulos 2 y 3, que la unidad por la independencia fue de intereses caudillistas, no de pueblos. Sin embargo, la Gran Colombia de Bolívar intentó conducir, sin éxito, a naciones heterogéneas que no tenían la intención de ir en la misma dirección. Por consiguiente, que próceres como Páez y Santander hayan desmontado este enorme país habría sido el fruto de una decisión estudiada que se ajustó a las sociedades que estaban representando, pues en su criterio no hubo forma de meter a venezolanos y neogranadinos en el mismo saco sin que ardiera Troya.

Habría que incluir a este panorama de tensiones sociopolíticas algo no menos alarmante: entre 1812 y 1825, Venezuela perdió alrededor del 40% de su población. El costo social de la guerra librada por Bolívar fue alto y los daños debían subsanarse pronto, pues en menos de quince años el país había sepultado o condenado al exilio a los cerebros que podían rescatarla de su recesión. ¿Con qué recursos humanos se podía sostener la utopía de la Gran Colombia, si Venezuela acabó a plomo limpio con casi la mitad de los suyos, entre ellos los que sabían cómo guiar el país por buen camino?

Toda esta mescolanza americana hace que la guerra de independencia encabezada por Bolívar sea tan compleja como caótica. Los ciudadanos blancos se discriminaron entre sí y estuvieron hermanados por la tragedia. Las heridas endorracistas de Bolívar cicatrizaron con lentitud (se había apaciguado el odio que sintió en 1813 por españoles y canarios) a medida que fue canalizando su segregación de razas en un conglomerado que, a su juicio, era más preocupante, es decir, en las masas de castas inferiores que en su mayoría no entraron en el proceso emancipador.

3. Cuestiones raciales

Del Libertador se ha dicho que fue un defensor de los negros y los indios, los cuales fueron, por cierto, los grupos étnicos más desposeídos de la América Española. No obstante, las evidencias a favor de esta afirmación son circunstanciales y, además, omiten datos y documentos que le parecen incómodos a su postura. Pero la verdad es la verdad y debe decirse sin más pelos en la lengua ni eufemismos baratos: Bolívar, el “Padre de la Patria”, fue racista y supremacista blanco. Para saber el por qué, hay que hacer un análisis de las pruebas que irán desfilando y un contraste de documentos que nos conducirán en esta travesía racial.

Comencemos el recorrido con los negros. De manera fantasiosa se ha creído que Bolívar se inclinó por el afrocentrismo desde niño y que eso se demuestra con la pataleta que tuvo en su temprana juventud, por su descontento con la patria potestad que se le había impuesto. No obstante, Elías Pino Iturrieta (2009, p. 21) apunta que este afán por los esclavos “puede ser solamente la reacción de un infante desesperado, apresurado y orgulloso que vincula su suerte con la de los oprimidos para conmover a la autoridad”. En otras palabras, el acierto de este historiador radica en que Simoncito no tuvo la edad ni la madurez para pensar en ideales revolucionarios de los que no estuvo consciente, por lo que él no pidió que los siervos tuvieran un trato digno ni igualitario, sino que se comparó con ellos para intentar zafarse de una paternidad sustituta que no quería.

En su etapa adulta, el Libertador no tuvo ideas tan diferentes, incluso a sabiendas del rol que tuvieron los esclavos en la guerra de emancipación venezolana, el cual fue muy bien descrito por Miguel Acosta Saignes en sus aspectos demográficos (1977, pp. 155-163). Al respecto se ha dicho que su movilización fue reducida principalmente por razones económicas, ya que un esclavo muerto, reclutado o emancipado por compra era un brazo menos para la mano de obra tan necesaria en el campo y en la ciudad; la abolición, por tanto, era un error. Bolívar hizo su mejor esfuerzo para contradecir estas convenciones socioeconómicas, por lo que decretó su “libertad” (pp. 278-281) y, al percatarse que estas medidas no tuvieron los efectos deseados, se conformó con darles la potestad de cambiar de amo (p. 311). Todo aquello pasó durante su estadía en Perú, y en años posteriores el prócer mantuano enfatizó su preocupación por la “pardocracia”: un nuevo enemigo conformado por un grupo de mulatos que, por su posición acomodada en la sociedad, trató de acceder a los derechos políticos ocupados por los blancos (pp. 432-436).

La idea del blanqueamiento político queda corroborada con la Carta de Jamaica que revela detalles hasta ahora menospreciados, siempre y cuando se relea con fundamento (Pino Iturrieta, 1997). La revisión detallada de este documento permite no ya sólo suponer, sino sostener, que el Bolívar de 1815 juzgó que la condición natural de negros e indios era la de ser esclavos sujetos a la voluntad de los blancos, quienes son lo que son por gracia de sus ancestros, los cuales no vinieron de Guinea ni del Cuzco sino de España. De este modo, para el Libertador la raza privilegiada era caucásica, europea, hispanohablante y católica: el criollo era el legítimo heredero de las tierras del Nuevo Mundo, quien había decidido romper lazos con el peninsular debido a un pacto político que fue violentado por el absolutismo de la monarquía.

Bajo esta refrescante óptica de análisis, la opinión de Bolívar fue que el hombre americano procedió del europeo y que a éste se debía. Cuando en la Carta de Jamaica el Libertador se refirió al espécimen intermedio que no era blanco, ni indio ni negro, no lo hizo para elogiar el mestizaje; se valió de su retórica para recordar que ese tipo de ciudadano, en todas las provincias sujetas a España, compartía rasgos traídos del Viejo Mundo que lo hacía idéntico desde México hasta Argentina. En este sentido, la única civilización que encaja con tal descripción es la española, pues fue por ella que en casi toda América se habla castellano, se rinde pleitesía a la Corona hispánica ―bueno, ya no― y se cree en los preceptos del catolicismo apostólico romano. Ningún idioma, religión, gobierno o cultura de origen indígena o africano cuadra con estas características.

Pueden encontrarse pruebas más terminantes en algunos de los documentos presentados en los dos capítulos anteriores. Cuando se habló del Bolívar estadista, se dijo que él excluyó a Haití de su América por su carácter extranjero. Y aunque en su momento no se le citó por no estar relacionado a las campañas militares, una de las cartas del Libertador a Santander, en la que mencionó el ataque a los pastusos durante la ofensiva de 1822 (Doc. 7108 A.D.L., op. cit.), se refirió a los paisanos de Pétion como “los africanos de Haití”. Este estilo de discurso se mantuvo en Bolívar, cuyo dictamen de la América Española era el de un continente de blancos que sería gobernado por y para los blancos, específicamente los criollos que, como vimos arriba, era un grupo demográfico presionado por los pardos.

Estas señales se dejaron entrever en el transcurso de la Guerra a muerte proclamada por Bolívar, cuando la Segunda República de Venezuela iba rumbo a su inminente caída. Para 1814, los realistas proclamaron la libertad a los esclavos que lucharon contra los independentistas. Los resultados fueron positivos para los fieles a la Corona y hubo episodios sangrientos, en los cuales los negros y los indios se mantuvieron leales a Fernando VII con un alto saldo de vidas humanas y daños materiales. Por tanto, los hacendados temieron por sus propiedades y los políticos adeptos a la emancipación creyeron que la revolución iría por las vengativas sendas de los haitianos antiblancos. En este punto, el Libertador comunicó así su estado de alarma:

Han dado la libertad a nuestros pacíficos esclavos y puesto en fermentación las clases menos cultas de nuestros pueblos para que asesinen indistintamente a nuestras mujeres y a nuestros tiernos hijos, al ancia­no respetable y al niño que aún no sabe hablar. Tantas desgracias que afligen la humanidad en estos países deben llamar por su propia conveniencia la atención del Gobierno de S.M.B. El ejemplo fatal de los esclavos y el odio del hombre de color contra el blanco, promovido y fomentado por nuestros enemi­gos, van a contagiar todas las Colonias Inglesas, si con tiempo no toma la parte que corresponde para atajar semejantes desórdenes. (Caracas, Venezuela. 19/06/1814. Comunicación al comandante en jefe de las Fuerzas de Tierra de S.M.B. en Barbados. Doc. 864 A.D.L. Las negritas son mías)

No tenía el Libertador un buen concepto de los negros en 1814; según él, eran poco cultos, resentidos y por ende fáciles de caer en las tentaciones de los realistas, y a tal efecto fue que escribió a un representante del Reino Unido para que protegiera a las colonias británicas de esa potencial insurrección racial (cuando veas las barbas de tu vecino arder…). Sin embargo, será cosa de dos años en los cuales Bolívar hizo más flexible su postura, porque se dio cuenta que la libertad de los esclavos podía serle favorable si jugaba sus cartas con inteligencia. Esa fue la lección que el prócer mantuano aprendió de Pétion, el singular personaje histórico que le explicó la cuestión con base en su propia experiencia en Haití.

A Bolívar le preocupó más conseguir la ayuda de Pétion para su campaña de 1816 que ayudar a unos negros venezolanos posiblemente sedientos de sangre blanca, por lo que era necesario salvar las apariencias con su lenguaje de enredos legales diciendo que mandó “proclamar la libertad absoluta de todos los esclavos inmediatamente después de nuestra llegada” (Carúpano, Venezuela. 10/06/1816. Carta a Alexandre Pétion. Doc. 1543 A.D.L.). No obstante, el Libertador expresó en público algo completamente distinto ocho días antes de esa misiva a Pétion (Carúpano, Venezuela. 2/06/1816. Decreto. Doc. 1541 A.D.L.); ahí sostuvo ciertamente que se concedió “la libertad absoluta de los esclavos que han gemido bajo el yugo español en los tres siglos pasados”, pero luego afirmó que las urgencias bélicas de la república lo obligaban a “imponer a los nuevos Ciudadanos las condiciones siguientes” para ser definitivamente libres. Una de ellas establecía que todo esclavo que se negase a alistarse con sus tropas independentistas quedaría “sujeto a la servidumbre” con “sus hijos menores de catorce años, su mujer, y sus padres ancianos”.

Por lo que se ve, la abolición de la esclavitud que Bolívar prometió a Pétion fue un camelo, pues la “libertad absoluta” era una vida de servicio militar obligatorio que de no ser acatada incurriría en una pena infamante de cadenas tanto para el negro infractor como para su familia. Esta norma de 1816 también se puede observar en 1820, cuando el Libertador dictaminó que “estos esclavos abajo firmados quedan declarados hombres libres, y agréguense al servicio de las armas en el Ejército del Sur” (Bogotá, Colombia. 15-17/03/1820. Resolución oficial. Doc. 4118 A.D.L.). Dicho de otra manera, esos esclavos cambiaron de amo porque les tocó obedecer al Estado, con el fin de luchar contra los realistas, y no a los hacendados en el campo.

La incorporación de los negros a la causa independentista también pudo haber tenido un componente supremacista en el que Bolívar pensó en la limpieza étnica. En 1814, las revueltas raciales contra la república hicieron que muchos blancos, dueños de los medios de producción, fueran acosados y asesinados por sus esclavos. Si estos negros fueron carne de cañón para los realistas, no habría sido descabellado para Bolívar el hecho de mover las mismas fichas; si los hombres de color querían su libertad, que pelearan por ella tanto como los mantuanos lo hacían por la suya. Total, la población de esclavos podría tener un Efecto Frankenstein, es decir, una potencial rebelión del emancipado que atentaría contra el emancipador. En este orden de ideas, el Libertador se preguntó:

¿Qué medio más adecuado ni más legítimo para obtener la libertad que pelear por ella? ¿Será justo que mueran solamen­te los hombres libres por emancipar a los esclavos? ¿No será útil que éstos adquieran sus derechos en el campo de batalla y que se disminuya su peligroso número por un medio nece­sario y legítimo? (San Cristóbal, ¿Venezuela? 18/04/1820. Oficio al Vicepresidente de Cundinamarca. Doc. 4182 A.D.L. Las negritas son mías)

A las puertas de la independencia venezolana y habiendo logrado la neogranadina, Bolívar tuvo presente que la esclavitud podía abolirse con decretos y proclamas ―más adelante se evaluará la cuestionable efectividad de estas medidas legales―, pero que esto también se podía hacer con la eliminación física de los esclavos. Según aquella carta de 1820 (en la que él no hizo una afirmación tajante pero sí barajó una posibilidad que pone los pelos de punta), un método astuto de conseguir este propósito consistiría en inocular a los siervos el concepto de pelear por algo noble que va en su beneficio, mas sin decirles que iban directo al matadero. Por inferencia, el resto del trabajo sucio sería completado por los realistas, las enfermedades y el clima.

Prosigamos ahora la aventura racial, esta vez con los indígenas. Ellos recibieron del Libertador un trato algo mejor que los negros, pero eso no es para alegrarse: en su momento el prócer mantuano habló de “la reducción y pacificación de los indios prófugos” (Angostura, Venezuela. 14/10/1817. Comunicación al Comisionado general de las Misiones. Doc. 2193 A.D.L.). A ver, ¿por qué “prófugos”? ¿De qué huyeron como para ser recapturados y ejecutados si oponían resistencia? ¿No dizque la Corona española explotaba y humillaba a los aborígenes, y que por este motivo es que debieron haberse unido a la gesta independentista? ¿Por qué Bolívar despertó más animadversión, enemistad y sentimientos de indiferencia entre los pueblos ancestrales sudamericanos, cuando teóricamente se supone que debió haber sido al revés? Contestemos estas dudas por partes.

Primero, el rechazo de los aborígenes a la independencia fue un fenómeno que está documentado (Sæther, 2005, pp. 217-222, 240; Zuluaga Gómez, 2010). Por ejemplo, en Colombia las células de indios y negros realistas se concentraron en Pasto (en donde Bolívar hizo con Sucre la masacre navideña de 1822), Santa Marta y Riohacha. Aparte de defender al rey español, los nativos quisieron resguardar sus tierras de los independentistas porque sospecharon que ellos no tenían buenas intenciones con ellas en la posguerra. Lastimosamente acertaron; al acabar la campaña de emancipación, los terratenientes criollos se las quitaron progresivamente con el argumento de la igualdad ante la ley, en la que su casta no tendría más privilegios socioeconómicos.

Segundo, las pérdidas territoriales fueron acompañadas de forzadas “contribuciones” económicas. Con la implantación de la república cambiaron las instituciones y con ellas debió desaparecer el estatus del indio tributario. En un principio Bolívar se adhirió a esta transformación, pero no tardó mucho en pasarla por alto, dado que reinstauró el sistema, o mejor dicho, le hizo algunas modificaciones adaptadas al nuevo orden independentista. Obsérvese al respecto este documento, en el que el Libertador suprimió el dinero que los indios de Coyaima debían dar a la Corona española y revirtió una medida de similar naturaleza que fue establecida por el vicepresidente neogranadino, pero al mismo tiempo les dijo que ellos debían aportar el capital pedido por la nación.

[…] no siendo jus­to que los que pagan la odiosa contribución del tributo sufran tam­bién las extraordinarias que se impongan, no se exigirá a los tributarios de Coyaima sino el tributo solo como a los demás de igual clase, o las contribuciones todas, y no el tributo, según hubiese resuelto el Vicepresidente. (Barinas, Venezuela. 16/04/1821. Comunicación a los indígenas de Coyaima. Doc. 5529 A.D.L.)

Tercero, los indígenas no solamente pagaron impuestos a la república en condiciones legales y económicas desventajosas para ellos, sino que vieron cómo les cercenaron sus derechos políticos y les despojaron de la única voz que podía hablar en su nombre: la de sus jefes tribales. En uno de sus documentos públicos (Cuzco, Perú. 4/07/1825. Decreto. Doc. 10548 A.D.L.), el Libertador dijo que “la Constitución de la República no conoce desigualdad entre los ciudadanos”, razón por la que “se hallan extinguidos los títulos hereditarios”; en consecuencia, Bolívar estableció que “la Constitución no señala ninguna autoridad a los caciques” y que por ello se procede a eliminar su “título y autoridad”. Acto seguido, Bolívar dictaminó que “las autoridades locales ejercerán las funciones de los extinguidos caciques”, a lo cual añadió que “los antiguos caciques deberán ser tratados por las autoridades de la República como ciudadanos dignos de consideración en todo lo que no perjudique a los derechos e intereses de los demás ciudadanos”.

Medidas políticas como la llevada a cabo por Bolívar son indudablemente radicales, aunque coherentes con el republicanismo; sin títulos hereditarios no hay nobleza, y esto es válido para todas las extintas castas de la España imperial. Si los blancos se debían atener a este principio, que también lo hicieran los indios y los negros, con sus derivaciones raciales. Esto, desde luego, haría que América Latina fuera a largo plazo un continente con mayor equidad social, aunque en ese tiempo también se pudo idear como una maniobra política para atajar la masa de pardos que Bolívar vio como metecos raciales que, disconformes por no poder reclamar nada de valor en África, pretendían adueñarse de los países liberados en sus campañas sólo por tener un ascendiente europeo.

En esta etapa de su vida como mandatario, se puede decir que Bolívar nunca dejó de considerar que los criollos eran seres superiores a las demás razas, las cuales a su juicio carecían de cualquier legitimidad, dignidad y sapiencia para regir el destino de la nación colombiana. Para el Libertador, las castas inferiores no debían subir de posición ni tener líderes que pudieran entorpecer o desplomar la utopía americana que estaba creando, por lo que aprovechó la normativa constitucional y privó a los indios de sus representantes; sin caciques, los aborígenes sólo podrían organizarse según las reglas de la república, no las de su etnia. Este sombrío pensamiento fue manifestado por Bolívar en su correspondencia privada con los británicos, como la que se puede leer en esta carta:

De todos los países, es tal vez Sud-América el menos a propósito para los gobiernos republicanos, porque su población la forman indios y negros, más ignorantes que la raza vil de los españoles, de la que acabamos de emanciparnos. Un país que se encuentra representado y gobernado por pueblos semejantes, no puede ir sino a la ruina. Nosotros no tenemos otro recurso que recurrir a la Inglaterra para pedirla [sic] socorro, y usted, no sólo tiene mi permiso, sino mi súplica de llevar esta conversación al gobierno de S. M. Británica y someter la materia a su consideración. (Chorrillos, Perú. 18-20/03/1825. Comunicación al capitán Malling; es copia fechada el 1/08/1825, en carta de lord Melville a Mr. Canning. Véase en Rojas, 1905, pp. 5-11. Las negritas son mías)

Meses después, Bolívar cambió el tono con fines políticos y lo endulzó diciendo que “los pobres indígenas se hallan en un estado de abatimiento verdaderamente lamentable. Yo pienso hacerles todo el bien posible: primero, por el bien de la humanidad, y segundo, porque tienen derecho a ello, y últimamente, porque hacer bien no cuesta nada y vale mucho” (Cuzco, Perú. 28/06/1825. Decreto. Doc. 10509 A.D.L.). Este lenguaje melifluo guardó para sus adentros esos odios y prejuicios que no reveló sino a contactos de confianza. Aunque a estas alturas, lo que Bolívar no pudo ocultar fue la legislación con la que los indios serían representados por autoridades de mantuanos que no velaron por los intereses de las etnias, así como tampoco pudo él esconder las “contribuciones” que los aborígenes pagaron con sus tierras, que fueron cada vez más depredadas por las élites de criollos latifundistas.

Cuarto y último, pero no menos importante, una causa bien concreta por la que los indígenas tuvieron poca participación en la guerra de independencia protagonizada por Bolívar obedece a un factor geodemográfico. En tiempos del Libertador, muchas etnias habían dejado de existir y las que sobrevivieron estaban dispersas en diversas zonas que a menudo eran de muy difícil acceso, no habían sido exploradas o se sabía poquísimo de ellas, por lo que estas no tenían valor militar ni económico. Esto prácticamente aisló a varias etnias, cuyo contacto con el mundo exterior se redujo a encuentros con misioneros y aventureros. Nativos como los de las sociedades selvícolas se sentían a salvo en la espesura de la selva amazónica, en la que si bien la vida no era perfecta, al menos había una relativa paz, lejos de la carnicería entre realistas e independentistas. No tenía sentido abandonar su hogar para luchar en una guerra que no era suya o de la que no sabían nada.

Por consiguiente, hubo indios que fueron indiferentes a la independencia abanderada por el Libertador, bien porque vivieron muy lejos como para enterarse de ella o porque se percataron de que con la emancipación tenían mucho que perder y nada que ganar. Los que tomaron las armas solían hacerlo por la monarquía española; échese una ojeada a los nativos o hijos de nativos que combatieron por la Corona y surgen nombres destacados. Por ejemplo está el cacique Antonio Núñez, aliado de los realistas en 1815 y condecorado por Pablo Morillo. También tenemos al mestizo Agustín Agualongo, coronel que fue fusilado en 1824 al grito de “¡viva el rey!” por rebelarse contra el gobierno republicano.

En contraste, son escasos los papeles del prócer mantuano que exaltaron la acción de los aborígenes, como uno en el que mencionó brevemente a los “valientes caribes” que “se presen­tan en partidas de 100 y 200 con sus flechas” (Barcelona, Venezuela. 29/01/1817. Carta a Luis Brión. Doc. 1815 A.D.L.). Según se lee en Bolívar, estos indios se unieron voluntariamente a su ejército, aunque se deduce que su principal motivación fue, seguramente, el deseo inmediato de librarse de los realistas. No obstante, los partes militares del Libertador no nos dicen nada más de ellos, ni de su paradero después del alistamiento, ni de sus combates; o el prócer mantuano no los metió en el ejército regular porque su atraso tecnológico era ineficaz para contrarrestar las armas del enemigo, o prefirió que ellos se involucraran en escaramuzas de guerrilla.

Sea como fuere, lo cierto es que los cientos de indios del bando independentista no aparecieron en las grandes batallas referidas en la historiografía. En la correspondencia de Bolívar, su heroísmo quedó en un anonimato casi absoluto, sin condecoraciones, sin medallas, sin ascensos. Por su parte, los hombres de color corrieron con mejor suerte, ya que tiene algunos nombres, como Manuel Piar y Pedro Camejo; sobre éste último consta que en 1818 conoció al prócer mantuano y mantuvo una breve charla con él. Lo que intriga, empero, es que en el Archivo del Libertador no hay un solo documento en el que Bolívar mencione o elogie al celebérrimo negro que murió en la Batalla de Carabobo.

Ahora bien, todas estas referencias documentales que hemos leído no refutan por sí mismas el pretendido abolicionismo de Bolívar, y por eso es que éstas se deben cotejar con las estadísticas para saber si sus palabras tienen alguna verdad. Los números al respecto no mienten: en la Venezuela de 1825 hubo 49.664 esclavos, lo que es un 57% menos que en 1810, año que registró 87.800 negros en las cadenas de la servidumbre. Sin embargo, esa reducción no es para cantar victoria. La vertiginosa reducción de esclavos pudo deberse a múltiples causas que no necesariamente tienen relación directa con los decretos, proclamas y cartas del Libertador.

Entre 1810 y 1825 hubo un margen de 15 años, en los cuales los negros sometidos pudieron ser manumitidos, sí, pero también pudieron morir durante la guerra, ser vendidos por sus dueños a los hacendados extranjeros para pagar deudas, huir a una recóndita rochela (que en otras partes de Latinoamérica se conoce como cumbe, palenque o quilombo) o emigrar a países vecinos donde eventualmente rehicieron sus vidas, tal vez como siervos al servicio de amos foráneos. La cantidad de esclavos también pudo disminuir aún más con la legislación de la emancipada América Española; con la ley de libertad de partos nacieron más negros libres y con la prohibición de su tráfico se impidió el aumento de su población por inmigración.

De esta manera, los 49.664 esclavos de 1825 no demuestran que Bolívar suprimió la esclavitud ni que sus medidas fueron eficaces para erradicarla; como mucho que hubo 38.136 esclavos menos que en 1810. Además, un hecho que resulta desconcertante es que la provincia de Caracas tuvo 30.534 esclavos en 1825; la mayor cifra de almas subyugadas en Venezuela que, justamente, están concentradas en el lugar donde Bolívar tuvo su hacienda de San Mateo (ubicada en el actual estado Aragua) junto a sus propiedades más valiosas. Esto induce a pensar que el abolicionismo predicado por el Libertador no se cumplió del todo, ni siquiera en el terruño que lo vio nacer.

Si a esto se suma que en 1810 hubo 33.362 negros manumisos y 24.000 cimarrones refugiados en rochelas, la sola idea de abolir la esclavitud de un soplo habría sido tomada como una burla a la inteligencia. ¿Cómo declarar la libertad a alguien que ya era libre por un documento o por fuga? ¿Cómo convencer a un esclavo que podía tener una libertad gratuita, cuando estaba acostumbrado a comprarla, recibirla por bondad de su amo o huir por ella? Ese fue el desafío que Bolívar afrontó en 1816, sin mucho éxito. El contexto socioeconómico se decantó por desaparecer gradualmente la esclavitud mediante los engranajes de las instituciones, no del reclutamiento militar.

La abolición de la esclavitud promovida por el Libertador fue, por tanto, papel chorreado de tinta, incluso el expresado en su Discurso de Angostura de 1819, pues no se tomó al toro por los cuernos. La manumisión de los esclavos en sus dominios caraqueños no puede considerarse como una iniciativa al respecto y tampoco es un argumento convincente de su aprecio por los negros por tres razones. Uno, en sus cartas Bolívar expresó su desprecio, desconfianza y temor por ellos, más aún por los pardos. Dos, porque las estadísticas demuestran una realidad muy diferente a la aducida por los cultores del Libertador. Y tres, porque la liberación de los esclavos por parte del amo era una práctica antigua que fue común tanto en la época de la Colonia como en el siglo XIX.

Quiero hacer hincapié en el tercer punto porque brinda contraejemplos que ponen a Bolívar frente al espejo. El famoso pintor español Diego Velázquez emancipó a su esclavo Juan de Pareja en 1654; Santiago Mariño emancipó a los suyos luego de la independencia y, si investigamos más atrás en el curso de los siglos, sabremos que Aristóteles hizo este caritativo gesto al final de sus días. Sin embargo, que un amo haya dado libertad a sus esclavos no significa que éste haya dejado de creer en la existencia de castas dominantes y castas dominadas. En este contexto tampoco valen las argucias de la Negra Matea, las criadas y las amantes de color, porque en los supremacistas blancos américo-españoles también hubo historias de encariñamiento con las nanas y aventuras sexuales con las negras.

Asimismo, puede deducirse que dicha costumbre acabó reforzando la creencia de la superioridad del hombre blanco; si éste se creyó superior a los negros y a los indios, se debió a que fue la única casta portadora del poder para romper sus cadenas y, más aún, para decirles cómo vivir su libertad en sociedad. Por tanto, a inicios del siglo XIX la equidad racial fue un formalismo jurídico de las primeras constituciones latinoamericanas, detrás de las cuales hubo, en la práctica, un marcado irrespeto a las razas desfavorecidas. El drama bélico y posbélico de las campañas del Libertador mostró las paradojas del abolicionismo y de la justicia social, las cuales se sintetizaron en un legado de tutelaje y paternalismo racial hacia los hombres de color y los aborígenes, a quienes se les debió enseñar la identidad americana diseñada por los descendientes directos de los europeos.

Observado lo anterior, se puede decir sin vacilación que la emancipación de la América Española no se hizo para los indígenas ni para los negros, fueran libres o esclavos. Tras la independencia, los blancos se las ingeniaron para mantener sus privilegios a pesar de que por ley no se podía clasificar a la población de acuerdo al antiguo sistema de castas, que por aquel entonces estaba cayendo en desuso. La marginación, los estereotipos, los prejuicios y la discriminación racial tardaron muchos años en erosionarse, si bien perviven en nuestros días manifestaciones de racismo que contaminan países donde presuntamente no existe, como Venezuela, en los que el discurso supremacista es bastante sutil y no ha llegado a los excesos que sí son característicos del apartheid anglosajón.

En Bolívar, la equidad racial se escribió en términos orwellianos: todas las razas son iguales, pero unas razas son más iguales que otras. En la cima de la pirámide estuvieron los mantuanos como él, que ocuparon el lugar de los españoles, es decir los blancos peninsulares. Por debajo de ellos se hallaron las castas mezcladas por el mestizaje, ya desaparecidas por ley ante el triunfo de los independentistas y sus reformas sociales que disolvieron las instituciones segregacionistas de la monarquía española, mas no el recelo del Libertador por los negros y los indios, grupos raciales por los que no tuvo los más excelsos sentimientos. El prócer criollo hizo lo posible por mantener a raya estas razas que podrían ocasionar problemas al futuro de su América, de ahí que ellos fueron objeto de su discriminación. De las mujeres no se puede relatar algo mejor.

4. Independencia sin faldas

Mirla Alcibíades (2013) llevó a cabo una investigación exploratoria que sacó a la luz muchos testimonios olvidados de la participación femenina en la independencia venezolana, en un período comprendido de 1810 a 1821; allí sobran las citas documentales y se agradece sobremanera su esfuerzo por rescatar la parte más desconocida de la historia criolla. Sin embargo, la autora se estanca en especulaciones, hace afirmaciones un tanto extraordinarias sin evidencias extraordinarias, se aferra a las anécdotas, no usa datos cuantitativos e incluso se hace eco de las falacias historiográficas sobre las heroínas merideñas que refuté en el capítulo anterior. Eso sí, concuerdo con ella en algo: en que el Libertador quiso que su lucha se peleara con los pantalones bien puestos.

El epicentro de este análisis se desviaría si criticara con detalle su libro, pero lo que interesa de éste es un par de eventos relatados sobre el Libertador. En el primero de ellos, Bolívar forzó a su hermana mayor María Antonia a salir del país por medios coercitivos. En el otro, Bolívar prohibió en 1821 cualquier forma de alistamiento militar femenino, por lo que decretó que no se toleraría a ninguna mujer dentro de las filas de soldados independentistas. En ambas circunstancias, queda claro que el prócer caraqueño no amó al “bello sexo” más allá del placer carnal que éste le ofreció en su lecho y del aprecio cortés que debía mostrarle en la esfera pública de la alta sociedad. No obstante, se me podrá tratar de contraargumentar esta aseveración con citas, tales como la siguiente:

Heroicas socorreñas: Las madres de Esparta no preguntaban por la vida de sus hijos, sino por la victoria de su patria; las de Roma contemplaron con placer las gloriosas heridas de sus deudos; los estimulaban a alcanzar el honor de expirar en los combates. Más sublimes vosotras en vuestro generoso patriotismo, habéis empuñado la lanza; os habéis colocado en las filas, y pedís morir por la patria. Madres, esposas, hermanas, ¿quién podrá seguir vuestras huellas en la carrera del heroísmo?: [sic] ¿habrá hombres dignos de vosotras? ¡No, no, no! Pero vosotras sois dignas de la admiración del Universo y de la ado­ración de los libertadores de Colombia. (El Socorro, Venezuela. 24/02/1820. Proclama. Doc. 4092 A.D.L.)

Parecen geniales estas palabras, pero no necesariamente lo son. Declaraciones como ésta deben leerse asépticamente, puesto que la política bolivariana está repleta de jugarretas verbales, contrasentidos y promesas vacías. Seamos cautos y preguntémonos qué motivo real llevaría al elogio de las socorreñas hasta el punto de compararlas con las espartanas. La explicación más lógica apunta a la infrecuencia, ya que las mujeres independentistas no solían luchar contra los realistas, salir victoriosas y vivir para contarlo. Por tanto, un hombre que haya resaltado sus hazañas lo habría hecho por la sorpresa que ello le habría causado, sin dejar de lado su verdadera opinión personal acerca de la sexualidad del ejército.

Atiéndase a esto que la mencionada proclama se halló en el año del acuerdo firmado por Morillo y el Libertador; un año de constantes trajines bélicos que relegaron la proeza de las socorreñas a un segundo plano. Por consiguiente, la preocupación póstuma de Bolívar por mantener a estas amazonas patriotas en la memoria colectiva tuvo que haber sido mínima. Además, los decretos de Bolívar en los que se estableció el reclutamiento obligatorio (v.g., Doc. 2472 A.D.L., op. cit.) fueron explícitos al decir que sólo los hombres, dentro de cierto rango de edad, podían ser llamados a las armas. Repito, resalto e insisto: hombres. Nada de mujeres. La estricta disciplina militar de la época así lo exigía.

Queda clarísimo que las socorreñas fueron valientes, pero su acción estuvo fuera de las costumbres bélicas de su tiempo. En el siglo XIX no hubo alistamiento militar femenino, por lo que ésta no fue una idea atribuible a los independentistas y mucho menos a Bolívar. En suma, lo habitual era que el Estado venezolano no consintiera legalmente su participación (salvo en urgencias defensivas, como un emplazamiento que desesperadamente necesitaba milicianos para repeler el enemigo), aunque eso no impidió que alguna mujer intrépida se colara entre los soldados que iban al frente, arreglada como hombre en vestimenta y corte de cabello. Pero esas eran excepciones minimales, no la regla.

Habría que añadir un elemento que prueba el androcentrismo de Bolívar, aparte del ya explicado contexto histórico-militar. Ante todo, se puede leer un revelador documento que data de la posguerra, tras los triunfos independentistas de las campañas en tierras incas, que tocaron su fin por allá en 1824. En él (Cuzco, Perú. 8/07/1825. Decreto. Doc. 10605 A.D.L.), la opinión del Libertador fue que “la educación de las niñas es la base de la moral de las fami­lias” y que por ende “se admitirán las niñas de cualquiera clase (…) que estén en aptitud de recibir la educación”. A primera vista, Bolívar se habría inclinado por una educación igualitaria con el que se emanciparía la mujer a través del sistema escolar, aunque un examen más profundo indica que él quiso conservar las diferencias de género.

Para sustentar dicho argumento es preciso recurrir a la realidad cultural que Bolívar tuvo enfrente, en el momento de pronunciarse el decreto. La clave está en el documento mismo, cuando el Libertador hizo un correlato entre la instrucción femenina y la moral familiar. Por tanto, si había que abrir un colegio de educandas era para adecentarlas y enseñarles que su lugar en la sociedad peruana era el hogar, no que ellas eran dueñas de sus cuerpos y de sus vidas, ni que tenían libertad sexual y reproductiva. De esta manera, las féminas aprendían a leer, escribir, sacar cuentas sencillas, ser fieles cristianas y hablar en correcto castellano, pero también a ocuparse de las labores de su sexo, como las tareas domésticas o el bordado de manteles. No iban a la universidad ni a las altas academias militares.

En aquellas circunstancias, a la mujer de la América Española se le instruyó para pensar en la estabilidad económica, la cual se obtenía casándose con un buen partido, un marido responsable por su riqueza que se involucraba directamente en los asuntos del Estado. Y como ella no recibía educación superior, su acceso a las cátedras universitarias o a los cuarteles era una utopía, puesto que no podían ser abogadas ni capitanas con opciones de recibir ascensos, nombramientos, condecoraciones, feudos y lo que era más importante: la independencia financiera que les abriera las puertas a la carrera política, en la que sus rentas les habrían dado voz y voto para ejercer los derechos ciudadanos, comenzando con el de votar en las elecciones.

Durante la independencia sudamericana, los derechos sociopolíticos estuvieron emparentados con los derechos socioeconómicos; de ambos partía el principio de ciudadanía con el que se asistían a los comicios que decidían la suerte de la nación. Por tanto, la peruana no podía votar o ser elegible para algún cargo público. Esto fue así en 1811, en 1821, en 1825, en 1830 y en todo el siglo XIX, pues por norma constitucional las elecciones eran censitarias y privilegiaban a los hombres. Por consiguiente, la segregación sexual tenía un marco legal al que estaba adscrito el sistema educativo del que formaban parte los colegios de señoritas. Este fue un régimen discriminatorio que no cambió hasta el siglo XX y Bolívar no mostró interés alguno en reformarlo o abolirlo.

A grandes rasgos, la feminidad de la emancipación américo-española tuvo voz, pero no voto, por lo que su palabra no trascendió en los hechos que transformaron el continente. En el ejército, su currículo militar fue escaso y no influyó en la derrota definitiva de los realistas. En la política, la mujer se limitó a opinar tanto de la revolución como de los ideales que la inspiraron; claro está, siempre y cuando ella tuviera un formidable nivel socioeconómico que le permitiera costear su educación e instruirse sobre esos intrincados temas. Al hacerlo, las féminas podían tener autonomía, aunque cualquier hombre que tuviera autoridad sobre ella podía tutelarla o reprenderla, como hizo Bolívar con su hermana María Antonia:

Te aconsejo que no te mezcles en los negocios políticos ni te adhieras ni opongas a ningún partido. Deja marchar la opinión y las cosas aunque las creas contrarias a tu modo de pensar. Una mujer debe ser neutral en los negocios públicos. Su familia y sus deberes domésticos son sus primeras obligaciones. (Lima, Perú. 10/08/1826. Carta a María Antonia Bolívar. Doc. 1176 A.D.L.)

La idea expresada por el Libertador en esas frases es aquella en la que se manda a la mujer directo a la cocina. Si una mantuana como María Antonia Bolívar fue callada de esta manera tan cortante por su propio hermano, la situación de las mujeres pertenecientes a las castas inferiores pudo haber sido peor. La gestión de la nueva nación aún tenía rastros de las desigualdades socioeconómicas y raciales que coartaban, a indias y negras, las oportunidades de ingresar a oficios que no fueran el de la servidumbre.

Inclúyase a lo anterior que la emancipación bolivariana hizo importantes cambios sociales, menos el de romper los esquemas étnico-raciales que afectaron por igual a los dos sexos. En la independencia sudamericana del Libertador hubo camaradería entre las féminas que simpatizaron con su causa, pero también se respetaron los lazos jerárquicos en los cuales las negras se subordinaron a las blancas, dado que la esclavitud aún no había sido abolida. Por tanto, las mujeres también se discriminaron entre ellas por su clase social y su color de piel, eso sin contar que debieron soportar la marginación, el acoso y el maltrato doméstico del hombre. Hasta ahora no se tienen noticias de ningún documento del prócer mantuano en el que se haya preocupado por poner coto a estos flagelos.

Este ambiente segregacionista tiene por colofón el cuestionable heroísmo de las independentistas, las cuales son exaltadas por la historiografía poco seria mediante tergiversaciones y exageraciones. Cuando uno hace un catálogo de las más célebres mujeres de la emancipación sudamericana (lo que sigue abajo es tan sólo una pequeña muestra), se puede observar que sus proezas brillaron por su ausencia o, en su defecto, no tuvieron un alcance estratégico a la par de los próceres masculinos que las segregaron, verbigracia Bolívar. Apelo por pruebas los hechos, la bibliografía consultada y las biografías de las “guerreras” américo-españolas que pueden encontrarse por doquier.

  • Luisa Cáceres de Arismendi: la toñeca de las heroínas criollas. En la guerra independentista venezolana no estuvo en escaramuzas ni batallas; tampoco sabía utilizar armas. No tuvo experiencia militar, pero sí experiencia penitenciaria, pues parte de su vida la pasó en la cárcel por negarse a delatar los secretos de Estado de su esposo. En este viacrucis quedó comprometida su bebé, aunque sus condiciones de reo fueron “humanitarias” en comparación con las reclusas de las clases sociales más bajas. Doña Luisa tuvo dinero y seguramente esclavas, mas no usó su posición de dama burguesa para fomentar el sufragio femenino ni la liberación de la mujer.
  • Pepita Machado: una de las tantísimas amantes del Libertador. No hizo nada por la independencia venezolana, salvo retozar con Bolívar y hacer que él retrasara las operaciones de la Expedición de Los Cayos en 1816, la cual fue un fiasco superlativo. Por ende, Pepita significó para la emancipación una piedra en el zapato que puso en peligro la campaña emancipadora de aquel año.
  • Juana la Avanzadora: se cuenta que en 1813 estuvo en una batalla con resultado victorioso para los independentistas, aunque hasta ahí le llegó su actuación en el ejército venezolano. Lo que ella hizo no tuvo relación con la Campaña Admirable ni con la Campaña de Oriente, por lo que no recibió premios de Bolívar ni de Mariño. Después de 1814 se perdió su rastro, por lo que no hay evidencias de su lucha por la liberación de Venezuela en años posteriores.
  • Josefa Camejo: la única mujer que sí merece el título de heroína, ma non troppo. En 1811 redactó y firmó con varias compañeras una carta al gobernador de Barinas pidiéndole su aceptación en el ejército, aunque en esa misiva reconoció la debilidad del sexo femenino y que dicha autoridad provincial la excluyó por decreto del servicio militar obligatorio. Además, ella sólo tuvo actividad castrense destacada en 1821 con triunfos para los independentistas, pero de ahí en adelante vivió en el retiro familiar, totalmente apartada del ejército y de la política.
  • Manuela Sáenz: la más conocida de las compañeras sentimentales de Bolívar después de María Teresa del Toro. La “Libertadora del Libertador” salvó de un atentado al prócer mantuano en la Noche Septembrina, aunque nunca libertó nada ni a nadie, ni siquiera a sus dos esclavas negras que estuvieron con ella hasta el día de su muerte. No contribuyó a la independencia américo-española y tampoco peleó ninguna batalla. Fue una mujer problemática debido a las enemistades que azuzó entre los colombianos. Falleció en el exilio.

La lista de pseudoheroínas y de heroínas a medias suma y sigue. Unos tras otros, los nombres indican que ellas fueron próceres fugaces que no siempre brillaron con luz propia, sino que fue por causa de circunstancias extraordinarias o por el auspicio de hombres poderosos que les dieron un puesto en la América independiente, pero a cambio de tener en mente que el varón es el que manda. En el pensamiento político-militar de personajes como Bolívar, la emancipación necesitaba a un hombre fuerte, con guáramo, que no cediera a la impulsividad emocional y pasional que en aquel entonces se asociaba con la psicología femenina.

Contrario a lo que se pueda creer, la emancipación de Venezuela y del resto de la América Española no fue una revolución de género, si bien fue la piedra fundacional de la concientización de sus roles, los cuales tardaron mucho tiempo en alterarse con seriedad. No hubo entonces atisbos de reivindicación femenina en Bolívar, quien fue enteramente machista, ni en las damas que son consideradas como heroínas, puesto que ellas lucharon contra los realistas pero también quisieron construir un hogar, una familia tradicional que acabó por arrinconar su efímero protagonismo bélico a las sombras de la historia. Como dice Svetlana Alexiévich, “la guerra no tiene rostro de mujer”.

5. Poder inmoral

El denominado Poder Moral inventado por el Libertador en 1819 es, a mi juicio (y ojalá me equivoque), el peor estudiado y divulgado en toda la historiografía relacionada con el prócer mantuano. Hago esta afirmación algo atrevida porque he leído montones de referencias sobre Bolívar y no he visto análisis detallados sobre el mismo, quizás con la excepción de Gerhard Masur. Los hagiógrafos se inclinan por decirnos que éste se concibió como un medio de traer paz a la sociedad sudamericana, mientras que los más críticos hablan de estructuras aristocráticas y dictatoriales debajo del esquema democrático. En ambos lados he visto pocas citas de fuentes primarias y muchas descripciones someras del asunto, como si les costara decirnos una dura realidad que debería reconocerse de una vez por todas.

Veamos, sin tapujos ni rodeos, de qué iba el Poder Moral. Este poder público apareció en 1819 y tuvo una no-vigencia inferior a los diez años; con este se intentó implantar un único sistema ético que rompiera las barreras entre la religión y la filosofía. Sonaba bien la idea en un principio hasta que este paradigma fue acusado de tiránico, como una versión remasterizada de la institución monárquica española que perseguía la herejía y el republicanismo, es decir, la Inquisición. Los alegatos de Bolívar son estos:

Ha dicho muy bien El Fósforo, número 16, que no hay inquisición en aquel establecimiento porque es el escándalo el que acusa, y el escándalo es la voz pública horrorizada del crimen y, por lo mismo, no hay tal inquisición. Defienda Vd., mi querido amigo, mi poder moral: yo mismo que soy su autor no espero para ser bueno sino que haya un tribunal que condene lo que las leyes no pueden impedir; quiero decir, que mis propias flaquezas no esperan para corregirse sino un tribunal que me avergüence. (…) La religión ha perdido mucho su imperio, y quizás no lo recobrará en mucho tiempo, porque las costumbres están en oposición con las doctrinas sagradas. De suerte, que si un nuevo sistema de penas y castigos, de culpas y delitos, no se establece en la sociedad para mejorar nuestra moral, probablemente marcharemos al galope hacia la disolución universal. (…) Todo el mundo sabe que la religión y la filosofía contienen a los hombres, la primera por la pena, la segunda por la esperanza y la persuasión. La religión tiene mil indulgencias con el malvado, la filosofía ofrece muchos sistemas encontrados que favorecen alternativamente los vicios: la una tiene leyes y tribunales estables; pero la otra no tiene más que profesores sin códigos y sin establecimientos fijos y autorizados por ninguna institución política. De aquí deduzco yo que debemos buscar un medio entre estos dos extremos creando un instituto autorizado por las leyes fundamentales y por la fuerza irresistible de la opinión. (Guayaquil, Ecuador. 15/06/1823. Carta a José Rafael Arboleda. Doc. 7506 A.D.L. Las negritas son mías)

Como tendré ocasión de demostrar en el capítulo 5, la filosofía masónica tuvo las mejores cartas, pero el catolicismo ganó la partida de tresillo, pues el cristianismo tenía mucha importancia en la América Española. No se admitiría, de esta manera, un régimen laico, con una moral secular volteriana que suprimiera la religión institucionalizada. El sueño jacobino al estilo de Robespierre se perdió en la nada y en 1823 estuvo sentenciada a desintegrarse en el olvido. Pero vayamos más atrás; ¿a qué aplicaba el Poder Moral? En esencia, al Senado hereditario que propuso el Libertador en el Discurso de Angostura.

Este Senado, según leímos al abordar el Bolívar estadista, sería una institución cuyas funciones se transmitirían de una generación a la de sus descendientes, los cuales se criarían para desempeñar este cargo público, a la usanza de romanos y británicos. Un año después de ese Discurso, el Libertador todavía argumentaba en su defensa (San Cristóbal, ¿Venezuela? 26/05/1820. Carta a Guillermo White. Doc. 4361 A.D.L.) que esa no era “una aristocracia, ni una nobleza”, ya que su meta sería la de “temperar la demo­cracia absoluta” y “mezclar la forma de un gobierno absoluto, con una institución moderada”, aunque luego se contradijo al interrogarse esto: “¿Cómo quiere V. que yo tempere esta democracia, sino con una institución aristocrática?”

Más adelante, en dicha misiva, el Libertador justificó el carácter férreo de su Poder Moral, y también el de su Senado, al decir que tenía “muy poca confianza en la moral de nuestros ciudadanos” y que “los establecimien­tos de los antiguos nos prueban que los hombres pueden ser regidos por los preceptos más severos”. Bolívar complementó a estos argumentos que “si hay alguna violencia justa, es aquella que se emplea en hacer a los hombres buenos y por consiguiente, felices”. Con estas ideas expuestas sin los adornos retóricos del Discurso, el prócer mantuano manifestó así su escasa fe en el pueblo venezolano y lo mucho que quiso hacer que la letra de la ley entrara con sangre.

Retrocedamos un año más y veamos el conjunto, puesto que acabamos de contemplar sólo uno de sus elementos. En 1819, la guerra independentista aún no había terminado; el Libertador todavía se encontraba en Angostura, es decir, en Venezuela. En el conflicto con los realistas hubo estancamiento de los frentes, división en los américo-españoles, pérdida de valores y reducción del nivel educativo (tanto escuelas como universidades tuvieron merma de estudiantes, profesores e infraestructura). La sociedad, por tanto, estuvo presa de cierta anarquía y constantes amenazas de pleitos internos que, de no mantenerse a raya, harían morir a la Gran Colombia mucho antes de nacer. Y a Bolívar se le ocurrió que la mejor forma de prevenir el desastre era con medidas represivas, lo que era costumbre desde 1813.

La diferencia entre las políticas sociales de 1819 y las de 1813 era que en esta ocasión se contaría con el aval de la ley. Por consiguiente, el objetivo era constitucionalizar las nuevas instituciones aristocráticas y dictatoriales que se acaban de señalar: el Senado hereditario y el Poder Moral. Ninguna de las dos tuvo cabida en el orden político republicano de su tiempo, aunque se ha discutido mucho el por qué. Normalmente se ha sugerido que éstas formaban parte de un pensamiento tan visionario que sólo Bolívar las entendía, de ahí que las desecharon por su carácter utópico. El Libertador, por ende, habría lucido como un genio incomprendido.

Un análisis más lógico, empero, nos obliga a echar por tierra el susodicho argumento, puesto que es demasiado simplón y subestima a los políticos de aquella época. En cuanto al Senado, es evidente que su conformación violaba la tradición constitucional republicana; en esta, la nación no era patrimonio de personas ni familias, por lo que la prohibición de los cargos hereditarios quedaba fuera de discusión. Ante la duda, léase por ejemplo el Artículo 148 de la Carta Magna venezolana de 1811, el cual dice que “la idea de un hombre nacido magistrado, legislador, juez, militar o empleado de cualquiera suerte, es absurda y contraria a la naturaleza”.

El rechazo de la intelligentsia al Senado bolivariano se basó, por ende, en razonamientos legales que son muy válidos, no en la falta de cerebro jurídico. Argumentos similares en contra también se oyeron con relación al Poder Moral; los historiadores suelen decir que el Congreso venezolano vetó la propuesta porque para unos era impracticable, mientras que para otros era la imposición de una institución que en nada se diferenciaría de la Inquisición española. Estos dos motivos son de hecho correctos, pero los apologistas del Libertador se han empeñado en desestimarlos al pronunciar de memoria, como si fuera un mantra, que “moral y luces son nuestras primeras necesidades”. ¡Bravo, qué refutación!

La cruda verdad del Poder Moral reside en el texto mismo (Angostura, Venezuela. Febrero de 1819. Proyecto de ley. Véase en Mijares, Pérez Vila y García Riera, 1979, pp. 148-155). Pasaré a citar textualmente, desglosar y desnudar en pocas palabras aquellos artículos susceptibles a polémica, con el objetivo de revelar al lector la clase de institución que quiso crear el prócer mantuano. A fin de mejorar el entendimiento de lo que voy a explicar, haré analogías oportunas con otras leyes, gobiernos y la radiografía de la tiranía que hizo George Orwell en 1984 (si Ud. no ha leído la novela, hágalo, se la recomiendo, no se arrepentirá).

Art. 3º El Congreso nombra a pluralidad de votos por esta primera vez, los miembros que deben componer el Areópago, escogiéndolos entre los padres de familia que más se hayan distinguido en la educación de sus hijos, y muy particularmente en el ejercicio de las virtudes públicas. constituido una vez el Areópago, provee él mismo las plazas que vaquen.

Eso era ilegal en 1819, lo fue en años anteriores y lo sigue siendo en muchas naciones, de conformidad con los argumentos jurídicos expuestos para rebatir el Senado hereditario. Véanse las constituciones venezolanas de 1811 (Art. 147) y 1999 (Art. 21, numeral 4), así como la Constitución colombiana de 1821 (Arts. 1 y 181); en éstas es común que los empleos públicos no pueden reposar en el regazo de familias, personas o élites. ¿Y Bolívar todavía tenía las agallas de decir que esta no era una aristocracia? ¿A quién quería engañar?

Art. 7º Los miembros del Areópago se titularán Padres de la Patria, sus personas son sagradas, y todas las autoridades de la República, los tribunales y corporaciones les tributarán un respeto filial.

Art. 12º Siendo el Areópago un tribunal esencialmente irreprensible y santo, todo buen ciudadano debe manifestarle los defectos que se notaren en sus miembros, y el Areópago deberá destituirlos por cualquiera causa que les haga desmerecer la veneración pública.

Uno de los aportes sociopolíticos más trascendentales de las revoluciones independentistas de América fue la desacralización de los poderes públicos, es decir, que tanto el jefe de Estado como los magistrados y los diputados dejaron de ser semidioses, pues su autoridad se la deben a la soberanía del pueblo, no a la elección divina ni a la dinastía ancestral de sus antepasados. Por eso es que el presidente de la república no es invulnerable, y hay constituciones, como la de los Estados Unidos (Arts. 1, secciones 2 y 3; Art. 2, secciones 2 y 4), que permiten juzgarlo mediante Impeachment.

Debo acotar que eso es característico de los regímenes republicanos; que yo sepa, las monarquías no están sujetas a esta normativa. En la Constitución Meiji de 1890 (Art. 3), el emperador japonés era “sagrado e inviolable”; este rasgo también existe, con sus variantes, en las constituciones españolas de 1812 (Art. 168) y 1978 (Art. 56, numeral 3). El Areópago del Libertador tiene precisamente estas connotaciones, en las que uno no puede determinar bien si él no tuvo idea de lo que estaba escribiendo, si mezcló instituciones a lo loco o si quiso sumergir a Venezuela en el pantano del atraso político.

Art. 14º Cuando el Areópago destituyere a alguno de sus miembros, se vestirá de luto por tres días, y el asiento que ocupaba el destituido permanecerá cincuenta años cubierto de un paño negro, con su nombre escrito en grandes caracteres blancos.

Art. 15º Si en un período de doce años diese motivo el Areópago para que el Senado intervenga tres veces en la destitución de sus miembros, procederá el Congreso, de oficio, a la renovación del cuerpo como en su primera instalación, y la República entera se vestirá de luto por un mes. Pero en este caso, el Congreso examinará las actas y reelegirá necesariamente a aquellos miembros que todas tres veces se hubieren opuesto a la depravación del Areópago.

Toda esa pompa ridícula por esos nombramientos y destituciones en el Areópago es digna de un post en El Chigüire Bipolar, no de una ley que quiere ser tomada en serio.

Art. 1º La Cámara de Moral dirige la opinión moral de toda la República, castiga los vicios con el oprobio y la infamia, y premia las virtudes públicas con los honores y la gloria. La imprenta es el órgano de sus decisiones.

Art. 2º Los actos singulares no son de su inspección, a menos que sean tan extraordinarios que puedan influir en bien o en mal sobre la moral pública. Los actos repetidos, que constituyen hábito o costumbre, son los que inmediatamente le competen.

Art. 3º Su autoridad es independiente y absoluta. No hay apelación de sus juicios sino a la opinión y a la posteridad: no admite en sus juicios otro acusador que el escándalo, ni otro abogado que el buen crédito.

Art. 4º Su jurisdicción se extiende no solamente a los individuos sino a las familias, a los departamentos, a las provincias, a las corporaciones, a los tribunales, a todas las autoridades y aun a la República en cuerpo. Si llegan a desmoralizarse debe delatarlas al mundo entero. El Gobierno mismo le está sujeto, y ella pondrá sobre él una marca de infamia, y lo declarará indigno de la República, si quebranta los tratados o los tergiversa, si viola alguna capitulación o falta a algún empeño o promesa.

Las atribuciones de la Cámara de Moral me recuerdan el Ministerio del Amor, el cual enseñaba la diferencia tanto entre el bien y el mal como entre los chicos buenos y los chicos malos. Para que estas funciones sean medianamente factibles, habría que combinar la Gestapo con el NKVD, suprimir cualquier corte de apelaciones y derogar el derecho a la privacidad, lo que conllevaría a que el gobierno deba espiar constantemente a la población. Ya saben, “el Gran Hermano te vigila”.

Art. 5º Las obras morales y políticas, los papeles periódicos y cualesquiera otros escritos están sujetos a su censura, que no será sino posterior a su publicación. La política no le concierne sino en sus relaciones con la moral. Su juicio recaerá sobre el aprecio o desprecio que merecen las obras, y se extenderá a declarar si el autor es buen ciudadano, benemérito de la moral o enemigo de ella, y como tal, digno o indigno de pertenecer a una República virtuosa.

Art. 6º Su jurisdicción abraza no solamente lo que se escribe sobre moral o concerniente a ella, sino también lo que se habla, se declama o se canta en público, siempre para censurarlo y castigarlo con penas morales, jamás para impedirlo.

Art. 7º En sus censuras y amonestaciones se dirige siempre al público, y sólo se entiende con él. No habla ni contesta jamás a los individuos ni corporaciones.

Ante nosotros está el Ministerio de la Verdad, pero decimonónico. Esto podría llamarse “censura póstuma” en contraposición a la “censura previa”, puesto que el silenciamiento se efectúa después de expresada la opinión. Para que lo entiendan mejor: tienes derecho a decir lo que quieras, pero la Cámara de Moral puede castigarte si no le gusta lo que dices. Y esta no se conforma con hacerlo en los medios escritos, sino que pisa más a fondo para reprender la oralidad. Técnicamente, gritar en la calle consignas contra Bolívar y entonar canciones de protesta contra su gobierno serían delitos.

Estas atribuciones de la Cámara de Moral son gravísimas violaciones a la libertad de expresión. Comparada con la Constitución venezolana de 1811 (Art. 181) y la Constitución iraní de 1979 (Art. 24), la propuesta de Bolívar posee ideas ultraconservadoras. En contraste, la Constitución de Cádiz de 1812 (Art. 371) nos dice que los liberales españoles tenían políticas de imprenta más flexibles que las sugeridas por el Libertador.

Art. 8º La gratitud pública, la deuda nacional, los tratados, las capitulaciones, la fe del comercio, no sólo en sus relaciones, sino en cuanto a la calidad y legitimidad de las mercancías, son objetos especiales sobre que la Cámara debe ejercer la más activa y escrupulosa vigilancia. En estos ramos cualquiera falta u omisión debe castigarse con un rigor inexorable.

Lo dicho arriba: “el Gran Hermano te vigila”. Oficialmente, la Cámara de Moral protege los intereses del Ingsoc.

Art. 9º La ingratitud, el desacato a los padres, a los maridos, a los ancianos, a los institutores, a los magistrados y a los ciudadanos reconocidos y declarados virtuosos, la falta de palabra en cualquiera materia, la insensibilidad en las desgracias públicas o de los amigos y parientes inmediatos, se recomiendan especialmente a la vigilancia de la Cámara, que podrá castigarlos hasta por un solo acto.

Paternalismo, estatismo, centralismo, cesarismo y, para más inri, machismo. Este artículo del Poder Moral nos confirma que la mujer, en el ideario de Bolívar, no tenía más derecho sociopolítico que el de vivir atada a su esposo.

Art. 10º La Cámara organizará la policía moral, nombrando al efecto cuantos censores juzgue convenientes. Como una recompensa de su celo y trabajo recibirá el honroso título de Catón el censor que por sus servicios y virtudes se hiciese digno de él.

Querrá decir Policía del Pensamiento, cuyo equivalente venezolano es el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), sólo que sin telepantallas y con la particularidad de otorgar una distinción que toma su nombre de Catón el Viejo (234-149 a. C.). Los que sepan historia de la Antigua Roma me darán la razón al decir que Catón fue un político déspota, fanático, ambicioso, tradicionalista, militarista y xenófobo, a quien se le atribuye la frase Carthago delenda est (“Cartago debe ser destruida”) con la que promovió el exterminio de los cartagineses.

Art. 11º Cada año publicará la Cámara tablas estadísticas de las virtudes y de los vicios, para lo cual todos los tribunales superiores e inferiores le presentarán cuentas exactas y prolijas de todos los pleitos y causas criminales. También publicará cada año listas comparativas de los hombres que se distinguen en el ejercicio de las virtudes públicas o en la práctica de los vicios públicos.

Tengo entendido que esa era la función de los censores romanos: efectuar un censo demográfico del pueblo para determinar quién podía ser ciudadano y quién no. En las constituciones del siglo XIX se debió hacer algo similar para precisar los votantes en las elecciones, los cuales debían reunir ciertas condiciones de las que dependía el ejercicio del sufragio (por algo es que eran censitarias).

Objeciones sobrarían para este artículo del Poder Moral. Por un lado, la revisión estadística de los crímenes puede hacerse desde el Poder Judicial sin necesidad de malabares legales. Por otra parte, llevar ese control tan riguroso es imposible sin la intervención de la “policía moral”, lo cual atenta contra la democracia. Añádase que un sistema electoral guiado por estos censos morales mantendría el régimen censitario a perpetuidad, puesto que sólo los ciudadanos “virtuosos” podrían participar en las elecciones. De implementarse en el siglo XXI, habría que decirle adiós al voto universal.

Art. 13º Las mujeres, igualmente que los hombres, están sujetas a la jurisdicción de la Cámara y reciben de ella premios o castigos, según su mérito.

Bajo esta premisa, la Cámara de Moral está en el deber de controlar la vida conyugal, en la que debe asegurarse el buen comportamiento de la esposa. Esto refuerza la visión machista del ya citado Artículo 9, que penaliza la desobediencia al marido.

Art. 1º La Cámara de Educación está encargada de la educación física y moral de los niños, desde su nacimiento hasta la edad de doce años cumplidos.

Adoctrinamiento infantil, damas y caballeros. La Cámara de Educación obra en consonancia con la Cámara de Moral, por lo que no tiene intención de promover una educación librepensadora, sino ultraconservadora. En términos pinkfloydianos, All in all you’re just another brick in the wall.

Art. 2º Siendo absolutamente indispensable la cooperación de las madres para la educación de los niños en sus primeros años, y siendo estos los más preciosos para infundirles las primeras ideas y los más expuestos por la delicadeza de sus órganos, la Cámara cuidará muy particularmente de publicar y hacer comunes y vulgares en toda la República algunas instrucciones breves y sencillas, acomodadas a la inteligencia de todas las madres de familia sobre uno y otro objeto. Los curas y los agentes departamentales serán los instrumentos de que se valdrá para esparcir estas instrucciones, de modo que no haya una madre que las ignore, debiendo cada una presentar la que haya recibido y manifestar que la sabe el día que se bautice su hijo o se inscriba en el registro de nacimiento.

La participación del clero tanto en la vida social como en la educación del pueblo se anticipa al nacionalcatolicismo español de la dictadura franquista. Véase, además, cómo la mujer se reduce a un mero títere en la crianza de sus hijos, puesto que debe seguir el currículo establecido por la Cámara de Educación, la cual, evidentemente, elaborará programas de estudio que no entren en conflicto con la Cámara de Moral. En el Japón del Período Meiji se instauró una política paternalista de este tipo, la cual tuvo este lema: “Buena esposa, madre sabia”.

Art. 3º Además de estas instrucciones, la Cámara cuidará de publicar en nuestro idioma las obras extranjeras más propias para ilustrar la nación sobre este asunto, haciendo juicio de ellas, y las observaciones o correcciones que convengan.

Obviamente, se refiere al español. No hay educación bilingüe ni traducciones a lenguas indígenas. La política de la Cámara de Educación es hispanohablante.

Art. 4º Estimulará a los sabios y a todos a que escriban y publiquen obras originales sobre lo mismo, conforme a nuestros usos, costumbres y gobierno.

Los escritores e intelectuales no tienen libertad de expresión y pensamiento con este artículo. Si la tuvieran, ¿cómo es que sólo pueden producir ideas en función de lo que el Estado les diga, a fin de no ser sancionados por la Cámara de Moral?

Art. 5º Como la Cámara misma recogerá dentro de poco tiempo mejor que nadie todos los datos y conocimientos necesarios para semejantes obras, compondrá y publicará alguna que sirva a la vez de estímulo para que se ocupen otros de este trabajo, y de ilustración para todos.

Eso nunca sucedió. Uno, porque el Poder Moral no se aprobó, y dos, porque con la guerra de independencia murieron y se fugaron muchos cerebros disponibles que pudieron haber hecho ese compendio de saberes. Por ejemplo, el reconocido abogado Miguel José Sanz pereció en 1814 tras la Batalla de Urica; el científico Francisco José de Caldas fue fusilado por Morillo en 1816 y el destacado político Juan Germán Roscio pasó a mejor vida en 1821. Andrés Bello no regresó a Sudamérica hasta 1829, pero su residencia la fijó en Chile, no en Venezuela. Uno de los pocos sobrevivientes que se quedaron para aportar a la nación grancolombiana fue José Manuel Restrepo.

Art. 7º Pertenece exclusivamente a la Cámara establecer, organizar y dirigir las escuelas primarias, así de niños como de niñas, cuidando de que se les enseñe a pronunciar, leer y escribir correctamente, las reglas más usuales de la aritmética y los principios de la gramática, que se les inspire ideas y sentimientos de honor y probidad, amor a la patria, a las leyes y al trabajo, respeto a los padres, a los ancianos, a los magistrados, y adhesión al Gobierno.

Véase lo anterior sobre las ideas ultraconservadoras reflejadas por Bolívar en la Cámara de Moral, la cual tiene peso sobre el pénsum de estudios diseñado por la Cámara de Educación. De acuerdo con lo dicho en este artículo, el adoctrinamiento infunde preceptos nacionalistas que entran en conjunto con la instrucción de conocimiento general, como la lengua castellana.

Art. 8º Siendo nuestros colegios actuales incapaces de servir para un gran plan de educación, será un cuidado muy especial de la Cámara delinear y hacer construir los que se necesitan en toda la República, tanto para niños como para niñas, que deben estar separados por lo menos desde que la razón empieza a obrar en ambos. La forma, proporción y situación de estos establecimientos será la más conveniente con su objeto, y se consultará en ellos no solamente la solidez y extensión, sino la elegancia, el aseo, la comodidad y el recreo de la juventud.

Otra evidencia de la segregación sexual en la época de la independencia; los nenes se educaban con los nenes, y las nenas con las nenas. Como vimos en el Artículo 2 de las atribuciones conferidas a la Cámara de Educación, a la madre se le encarga la crianza de sus hijos, los cuales debían asumir sus roles de género desde muy temprana edad. En la pedagogía bolivariana, cada sexo tiene responsabilidades muy bien diferenciadas que no podían intercambiarse, por lo que una mujer no egresaría de la escuela para trabajar en ambiente de oficina.

Art. 10º Cada colegio estará bajo la dirección inmediata de un institutor que será nombrado por la Cámara, escogiéndolo entre los hombres más virtuosos y sabios, cualquiera que sea el lugar de su nacimiento. La mujer del institutor será la institutriz inmediata de las niñas, aunque bajo la dirección de su marido. Este empleo será el más considerado, y los que lo ejerzan serán honrados, respetados y amados como los primeros y más preciosos ciudadanos de la República.

Leí “institutriz” y me vino a la mente el nombre de Nanny McPhee, pero no divaguemos menudencias cinematográficas. Lo que importa aquí es que la segregación sexual no solamente afectaba la vida pública y privada de la mujer, sino también su vida profesional, cuando la tenía. En las maestras, este párrafo habla clarísimo: ellas podían enseñar, mas no tenían libertad de cátedra. Su esposo, el institutor, era quien la apadrinaba en el ejercicio de la docencia.

Art. 11º La Cámara formará el reglamento de organización y policía general de estos establecimientos, según sus clases, especificando la educación que respectivamente conviene a los niños para que adquieran desde su niñez ideas útiles y exactas nociones fundamentales, las más adaptadas a su estado y fortuna, sentimientos nobles y morales, principios de sociabilidad y patriotismo. Este plan se presentará al Congreso, para que siendo examinado y aprobado se convierta en Ley de la República.

Art. 12º Todos los años publicará la Cámara tablas o estados exactos y circunstancias de los niños nacidos y muertos, de su constitución física, de su salud y enfermedades, de sus adelantamientos, inclinaciones, cualidades y talentos particulares. Para hacer todas estas observaciones se servirá de los institutores, de los curas, de los médicos, de los agentes departamentales, de los ciudadanos ilustrados y de todas las autoridades, que empezando por el mismo Presidente, le obedecen todas en materia de educación.

En sí, no está mal que haya un currículo único para la educación infantil, que el gobierno vele por el derecho a la misma, ni que ésta se someta a un proceso regular de supervisión, puesto que un Estado bien organizado debe tener instituciones transparentes que le rindan cuentas a la nación. Lo denunciable es que dicho ente busque combatir la corrupción de las casas de estudio mediante la imposición de doctrinas que no pueden salirse del casillero ideológico dictaminado por la Cámara de Moral.

Art. 13º Además de estas atribuciones, la Cámara de Educación dirigirá la opinión pública en las materias literarias, mientras se establece el instituto filosófico. Ella examinará o hará examinar y analizar las obras que se publicaren sobre cualquiera asunto, formando juicio de ellas en el Monitor del Areópago.

Refrescamos, con este último Artículo del Poder Moral, la historia de la Antigua Grecia. En efecto, la Cámara de Educación, para entrar en sintonía con la Cámara de Moral, decidiría lo que se iba a enseñar y los libros que se podrían leer. Si alguno de ellos tenía una tónica que no le cuadraba, la Cámara de Educación lo enviaría a ese Monitor del Areópago bolivariano que, al ser un tribunal y consejo de sabios como el de los helenos, juzgaría si sus ideas eran “venenosas” para la república.

La propuesta es explícita. Para que funcione la Policía del Pensamiento (perdón, Bolívar: “policía moral”), no sólo es preciso decirle al pueblo qué es moral y qué es inmoral, sino también protegerlo de cosmovisiones que choquen con su cultura. La manera ideada por el Libertador para conseguir este objetivo sería a través de la Cámara de Educación, la cual podría condenar a cualquiera que se hiciera el Sócrates al cuestionar el sistema establecido.

Tras haber desglosado la propuesta del Poder Moral, nos queda internalizar por qué fue rechazada por el Congreso en 1819. En aquel año, el proyecto del Libertador era un compendio de preceptos que le harían un flaco favor a la república, pues hacían una infumable mezcolanza de estructuras que son propias de monarquías, tiranías, imperios, aristocracias y teocracias. En la historia contemporánea, este planteamiento tiene rasgos que han sido típicos de los gobiernos fascistas del siglo XX, con algunos toques puntuales de los regímenes totalitarios comunistas del siglo XXI.

Aparte de su carácter abiertamente despótico, el Poder Moral de Bolívar es, en suma, un complemento innecesario a los poderes públicos existentes. Esto se debe a que las atribuciones de la Cámara de Moral pueden ser perfectamente ejercidas por el Poder Judicial, por lo que el castigo del crimen se puede hacer desde los tribunales competentes sin menester de un artificioso Areópago que lo ayude. Un razonamiento similar es aplicable a la Cámara de Educación, cuyas funciones no ameritan soliloquios legales, sino un ministerio que forme parte del gabinete ejecutivo.

Ibídem con las políticas bolivarianas que aparecen en el texto del Poder Moral. Por ejemplo, si lo que se busca es coartar la propagación de ideas contrarias a la independencia o la república, no hace falta un tremebundo Areópago que dependa de la Cámara de Educación; con enumerar en la Carta Magna aquellas doctrinas “tóxicas” para el país bastaría. Eso es, por cierto, lo que se hizo durante el gobierno de Eleazar López Contreras, en el que la Constitución venezolana de 1936 (Título II, Art. 32, inciso 6) prohibió el comunismo y el anarquismo (ergo, quien profesaba alguna de estas filosofías era procesado penalmente por traición a la patria sin derecho a reclamo ni debate).

Por lo demás, la sociedad de Bolívar está demasiado idealizada con este proyecto de ley, pero esta es también la representación de lo que fue su estructura antes, durante y después de la independencia. Esta legislación, más allá de hacernos creer en pajaritos preñados, nos expone la idiosincrasia venezolana y el por qué fue necesaria su preservación, pues la Iglesia fue por centurias la guía espiritual de los ciudadanos, cuyos hombres hacían la nación desde el Estado y el ejército, en compañía de mujeres que hacían esta labor desde el hogar. El Libertador quiso mantener este trasfondo cultural criollo porque él mismo creyó en esos principios ultraconservadores, pero esta justificación es histórica y para nada aborda una duda que toca resolver brevemente: ¿hay algo rescatable del Poder Moral?

A la lumbre de este análisis, de las evidencias presentadas, de los argumentos expuestos y de los acontecimientos estudiados, ni un solo artículo es aprovechable, menos aún en el transcurso del Tercer Milenio, en el que se han tenido sobrados avances en la salvaguarda de la democracia y de los derechos humanos. De implementarse en la actualidad, el Poder Moral propuesto por Bolívar redundaría en el retroceso sociopolítico de la nación que la acogiese, pues se instauraría no ya un régimen autoritario, sino una dictadura totalitaria que no querrá la transición. Cualquier gobierno instaurado con instituciones perniciosas de este calibre debe ser depuesto por la razón y, si no queda más remedio, por la fuerza.

Conclusiones

La sociedad bajo el poder de Bolívar era tradicionalista, y tradicionalistas fueron las leyes que la rigieron. El mismo Libertador fue partidario de estas medidas sencillamente porque él se crió con principios conservadores. Hasta un jacobino como él tuvo en cuenta que tres siglos de colonización no pasan en vano, pues sus valores humanos se forjaron con bases culturales hispanocéntricas que le dieron educación, idioma, cultura, creencias y religión. La involuntaria reafirmación del legado español está en que el término Colombia ―mencionado en la Carta de Jamaica y anteriormente en los documentos mirandinos― se inventó en honor a Colón, quien descubrió América con la autorización de la Corona.

Hubo, empero, muchos cambios que sí pudieron hacerse, los cuales trajeron a su vez una miríada de consecuencias irreversibles tanto para la América emancipada como para la España monárquica. Al romperse las cadenas entre ambos continentes, los eslabones se convirtieron en esquirlas que perforaron el cuerpo social hispánico y lo dividieron por el dolor de la guerra. Por consiguiente, la metralla revolucionaria separó a independentistas y realistas en facciones políticas cuyos matices compusieron el espectro ideológico del conflicto bélico, en el que Bolívar ideó estrategias para sortear las pugnas intestinas que enfrentaron, inicialmente, a blancos criollos con blancos peninsulares.

En este período de transformación del continente americano hubo una lucha por la reivindicación de derechos que beneficiaron más a los blancos que a los negros y los indios. Las conquistas sociales de esclavos y aborígenes no fueron posibles con las políticas de Bolívar, quien garantizó los privilegios de las élites dominantes criollas y de una minoría peninsular sumada a la independencia. A pesar de sus pleitos endorracistas y de los importantes cambios impuestos con la república, la alta burguesía, compuesta esencialmente por mantuanos como el Libertador, conservó la estigmatización racista de facto hacia los sectores étnicos subordinados a los españoles. De la sociedad de castas se pasó a la sociedad de clases.

Con relación a lo precedente, se puede añadir que la revolución de Bolívar no concedió atención a las cuestiones de género más que para el mantenimiento del orden establecido. En las poquísimas ocasiones que elogió a las mujeres en batalla, se observa que lo hizo para exaltar el patriotismo de sus combatientes mediante estrambóticas comparaciones con el mítico clasicismo griego, no para pedir un trato igualitario para ellas. De hecho, la legislación del Libertador indica con claridad que en su gesta independentista no había espacio para la feminidad, y que ésta debía quedar relegada a la construcción de la sociedad americana desde los predios domésticos.

Junto a las diversas facetas de segregación social que imperaron durante la emancipación, tenemos el Poder Moral. En virtud de lo ya planteado, hemos observado la auténtica naturaleza de la política bolivariana próxima a la posguerra, en la que el Libertador quiso gobernar la Gran Colombia con guantelete, no con guante de seda. Si bien tuvo el motivo de impedir la eclosión del desorden en las naciones américo-españolas, el Poder Moral es, en el fondo, el antecedente doctrinal del fascismo en América Latina. Si en 1819 su implantación fue altamente improbable, en el 2017 es literalmente imposible.

Y dañina. Porque un Poder Moral en pleno siglo XXI implica perder lo que creíamos haber ganado con la emancipación: la libertad, la equidad, la fraternidad. En Venezuela, el decimonónico proyecto del Libertador significaría la fundación de una república que podría autorizar, legalmente, los crímenes ya perpetrados por la tiranía roja de Miraflores, la cual enmascara su miserable ineptitud con elecciones, demagogia y propaganda oficial. Las políticas despóticas desprendidas del autocrático pensamiento bolivariano son, por ende, perjudiciales en la teoría y en la práctica. La resistencia contra estas es un legítimo deber cívico e intelectual del que dependerá la honra de la independencia y la restauración de la democracia en este país.

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Apéndice

Nota preliminar

Como hice en el capítulo 3, los mapas que se presentan aquí utilizan los límites actuales de la República Bolivariana de Venezuela para facilitar la comprensión de la información provista a los lectores. Este trabajo de cartografía está sujeto a modificaciones que toman en cuenta la bibliografía consultada. En particular, los datos de la población venezolana a inicios del siglo XIX proceden en su mayoría de Acosta Saignes (1977, pp. 36, 38-42, 419), cuyas cifras son traídas de autores diversos como Dauxion Lavaysse y Federico Brito Figueroa, y una menor parte de Uslar Pietri (1953), quien contó con el archivo documental del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia.

La observación anterior también vale para los gráficos, los cuales son de mi completa autoría, al igual que los mapas y el esquema racial de la América Española. Esto último, desde luego, no lo hice partiendo de los autores ya mencionados, sino de Las Castas, una obra pictórica de autor anónimo que está alojada en el Museo Nacional del Virreinato, en la localidad mexicana de Tepotzotlán. La ilustración es, por tanto, una adaptación de lo que se muestra en dicha pintura que data del siglo XVIII, aunque contiene algunas añadiduras menores que consideré pertinentes.

Debo advertir también que las cifras presentadas en los mencionados autores son inexactas, puesto que algunos de sus totales están mal sumados y de paso faltan datos sobre la población indígena (tal vez no los hay por la falta de censos, de ahí que no aparecen listados). Por consiguiente, me vi en la obligación de transcribirlas y realizar los cálculos yo mismo, a fin de tener números matemáticamente más congruentes. Por esta razón, tanto las estadísticas como los porcentajes que traigo a colación tienen un carácter orientativo, por lo que no deben tomarse como datos absolutos ni incontestables.

A. Esquema y gráficos

B. Mapas demográficos

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Capítulo 1- Ideales

Capítulo 2 – El mandatario

Capítulo 3 – La espada de oro

Capítulo 5 – Religión mantuana

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