Planeta desencantado. Capítulo 5 – Secreto de uno, de ninguno


Captura de pantalla de 2016-01-06 18:12:23

¡Eh, holis, amigos lectores! ¿Alguno de ustedes extrañaba las palizas verbales que le he dado a los filmes de J.J. Benítez? ¿Sí? ¿No? Vale, pues yo sí, y mucho. He desmentido los alienígenas ancestrales de Perú, el misticismo en la Isla de Pascua, los platillos voladores del Mali preislámico y el Jesucristo urantista, así que no me conformaré con menos; al contrario, he venido por más. De esta manera es como voy a darle con todo a la quinta entrega de Planeta encantado, titulada El secreto de Colón, en la que el ufólogo hispano nos dará más lecciones de cultura general que supuestamente nadie sabía salvo él o su secta de “iluminados” magufos.

Como por cosas de la vida, aquí pasé menos trabajo que de costumbre a la hora de realizar la transcripción de este seudodocumental. Incluso no hubo mucho material para las fotocapturas del mismo. No sé si esto se debe a que Benítez no le echó pichón o si estaba demasiado ladillado como para explicarnos las cosas como Dios manda (aunque lo dudo), pero esta vez sus afirmaciones son un poco más compactas, por lo que podré lidiar con ellas en bloques más grandes y no tanto por segmentos como he hecho anteriormente.

Además, sus argumentos, en esta ocasión, son tan poco elaborados que me será sencillo contrastarlos, sin tantos rodeos ni detalles como me tocó hacer con el asuntico ese de la estrellita de Sirio (¡ufff, ahí sí pasé trabajo!). Por tanto, dejemos la cháchara para otro día y veamos si Benítez por fin hizo algo bien por primera vez en su vida como periodista del misterio.

(1:08) Como decía, siempre me intrigó la tozudez del Almirante. Peleó con sabios y con reyes, y terminó venciendo. Nunca comprendí esa seguridad. Hasta que el destino puso en mis manos una información confidencial. Entonces entendí. Y la imagen de Cristóbal Colón apareció ante mí en su auténtica dimensión. Un Colón frío, calculador, ambicioso, sin escrúpulos y en posesión de un secreto que no era suyo. La historia, una vez más, fue manipulada. (1:49)

(1:50) Todo empezó en estas costas de las islas portuguesas de Porto Santo y Madeira hacia el año del Señor de 1476. Mejor dicho, la historia arranca mucho antes y en otros parajes muy distintos. (2:09)

Nos lo dice alguien que es experto en manipulaciones. Here we go again…

(2:10) Quinientos años antes, hacia el 990, los vikingos ya habían mantenido un tráfico regular entre Groenlandia y las costas del Norte de América. Los relatos de los audaces normandos se propagaron rápidamente. Y de Noruega, patria de los vikingos, saltaron a toda Europa, siendo consignados en el 1070 por el sabio alemán Adam von Bremen. (2:34)

(2:36) Aquel descubrimiento, según los expertos, se debió a la precipitada fuga de Erik el Rojo. Tras una sangrienta venganza, los islandeses desterraron a Erik por tres años. Y el Rojo se embarcó rumbo al Oeste con su familia y un puñado de seguidores. (2:58)

(3:26) Así fue muy probablemente como llegaron a Groenlandia. Y de allí a las costas de Massachusetts, entre Boston y Nueva York. (3:35)

Cierto es que los vikingos llegaron a América a finales del siglo X (ca. 990-1000) por razones de fuerza mayor (Erik el Rojo sí fue expulsado de Noruega por un trienio debido a que enfrentó cargos por homicidio, por lo que de ahí se fue a Islandia y después se dirigió a lo que se llamaría Groenlandia), pero de ahí en adelante hay aserciones que están mal precisadas o son erróneas.

Las pruebas documentales están reunidas en las sagas, tanto en las nórdicas como en las islandesas, no en los “relatos” de los normandos. En ellas está también la descripción dada por Adam von Bremen en su Gesta Hammaburgensis ecclesiae pontificum (que por cierto pudo haberse escrito entre los años 1073 y 1076, no exactamente en el año 1070), la cual pasó desapercibida hasta el siglo XVI.

Asimismo, no fue sino hasta 1960 cuando se encontraron evidencias inequívocas de los asentamientos nórdicos en Norteamérica que no estaban en las costas de los Estados Unidos, sino en las de Canadá; es decir, que Vinland, lejos de estar en Massachusetts, se ubicaba mucho más al Norte, es decir en L’Anse aux Meadows (provincia de Terranova y Labrador). Si hubiera estado en Massachusetts, Leif Erikson (el hijo de Erik el Rojo) habría navegado desde Groenlandia más al Sur y no tanto al Suroeste, que fue su ruta real.

Hay que tomar en cuenta, de hecho, que los vínculos mercantiles entre Groenlandia y Norteamérica no fueron “regulares”; mas bien fueron irregulares, que no inestables. Las relaciones diplomáticas entre los escandinavos y los indígenas ―o skraelings, como fueron denominados por los vikingos― no eran precisamente las más armoniosas, de modo que la colonización nórdica fue un sueño frustrado.

En fin, que el contacto entre ambos pueblos apenas duró, aproximadamente, unos 400 años, y sólo mediante viajes esporádicos de los nórdicos en los que no se pudieron crear asentamientos duraderos. Esto, sumado a la llamarada de las Cruzadas y a la mala reputación de los vikingos (tenían fama de sanguinarios por la forma en que arrasaban los pueblos invadidos), hizo que dicho hallazgo fuera desconocido para la mayor parte de Europa durante largo tiempo.

(3:37) En 1311 otro audaz pueblo, el mandinga, ubicado en las costas del África occidental, se aventuró igualmente en el océano. Y el rey Abubakari II al frente de dos mil piraguas tocó tierras americanas. La expedición descubriría Recife, en Brasil, pero nunca regresaron. (3:59)

Aunque hay académicos que lo sostienen, como Gaoussou Diawara, se ha especulado que esto probablemente nunca sucedió, o al menos no en los términos en que esta tesis es defendida. Esto se debe principalmente a que las pruebas más sólidas que existen son los registros escritos del Imperio de Mali (el cual por cierto era multiétnico, por lo que no estaba compuesto exclusivamente por los mandingas); sin embargo, se necesita de algo más que unos manuscritos para demostrarlo.

Buscando en la historia pre-cabralina de Brasil, noté que hay rastros por montones de las tribus aborígenes, pero no hay siquiera un indicio de la permanencia de extranjeros antes de los siglos XV y XVI. Ni restos de piraguas hundidas, ni un esqueleto de algún malí ahogado en las aguas de Recife, ni restos de algún edificio construido por órdenes del emperador. Tampoco hay algún préstamo lingüístico que sugiera esta presencia foránea previa a la Conquista de los portugueses; la palabra Pernambuco no viene de la voz africana Boure Bambouk, sino del tupí antiguo paranabuka o paranambuco, que significa algo así como “hendidura del mar”. Nada que ver con las áureas riquezas de Mali.

Tenemos, por ende, que Amubakari II pudo haberse ido de su imperio en el África occidental, y que a lo mejor pudo haber tenido la intención de encontrar nuevas tierras, pero no poseemos un solo indicio que nos indique su estancia en América, si es que alguna vez estuvo ahí ―una presunta convivencia entre su pueblo y los indígenas es probable al 0,1%, dado que muchas etnias eran tan territoriales como violentas… ¡y caníbales!―. La única certeza que parece haber es que el soberano de Mali se fue de su terruño para no volver jamás. De acuerdo a la información que acabamos de ver, es posible que su expedición haya fracasado antes de tocar las costas brasileñas por causas desconocidas. A lo mejor su flota naufragó en medio del Atlántico por alguna tormenta.

(4:10) Mucho antes que vikingos y mandingas, otros pueblos supieron también de la existencia de América. Fenicios, griegos, romanos, bereberes y árabes, entre otros, tocaron al parecer las costas orientales americanas. Colón, en efecto, fue el último. (4:28)

Salvo los vikingos (los africanos de Mali no cuentan porque probablemente nunca estuvieron en América), no hay pruebas contundentes ―o no hay pruebas en lo absoluto― que demuestren la llegada al Nuevo Mundo de las demás civilizaciones mencionadas por Benítez. He realizado una búsqueda al respecto y los resultados que salen se vinculan a webs de fringe science, pseudohistoria, pseudociencia y teorías conspirativas. Ninguna de ellas discute con seriedad las evidencias sino que se limitan a decir que las hay o que Fulano, Zutano, Mengano o Perengano lo afirma, y que por ende debe ser verdad porque desafía la “zienzia hofisial”.

La única salvedad que se puede hacer es con los fenicios, y con reservas. Los fenicios eran excelentes navegantes, tanto así que según Heródoto le dieron una vuelta entera a África; pero eso no quiere decir que hayan arribado a sitios más distantes. Hay quienes postulan que los fenicios sí tenían con qué cruzar el Atlántico, pero no ofrecen demasiados detalles sobre las evidencias que dicen haber encontrado a favor de esta tesis, la cual puede quedar en entredicho porque en sus rutas marítimas habituales se puede observar que estaban muy acostumbrados a bordear las regiones costeras e insulares del Mediterráneo para establecer allí sus colonias.

Por tanto, los fenicios no solían adentrarse en zonas de ultramar ni en territorios continentales ubicados más allá de sus asentamientos portuarios. Aún suponiendo que mi contraargumento fuera un error, esta cultura de la Edad Antigua habría tenido un destino análogo al de la nórdica en los siglos X y XI; en que su importancia para los americanos y los europeos fue minúscula, que no nula.

Ahora toca averiguar enseguida si en este sentido se puede dar crédito alguno a lo de los “bereberes y árabes”.

(5:30) ¿Árabes en América? A principios del siglo XVI, Fernández de Oviedo, gobernador de la Castilla del Oro, escribe sobre algo realmente insólito. Oviedo afirma que los naturales llamaban kebi al cacique (kebi en árabe significa “grande”). Y asegura también que aquellas gentes rezaban en mezquitas. Así consta en sus crónicas. ¿Cómo entender esta presencia árabe en América antes de 1492? (6:06)

¿Cuáles naturales, cuál etnia en particular? Y además, ¿indígenas musulmanes? ¿Mezquitas, dónde? Díganos más, señor Benítez, porque hay algo que no me cuadra, por lo cual todo eso huele a mentira.

Y lo es. Al 100%.

Para empezar, porque no encaja ese cuento vaquero de la llegada de los árabes a la América precolombina. Eso nunca pasó. No se ha encontrado ni una prueba de la expansión musulmana en el Nuevo Mundo. Ese disparate nos hace pensar que los aborígenes “islamizados” se mataban con cimitarras, recitaban el Corán ―no en su lengua nativa, desde luego―, comían halal, conocían el alifato, practicaban la yihad contra otras etnias, ayunaban en ramadán y cabalgaban en camellos traídos, qué sé yo, desde Marruecos.

Además, ¿cómo se dice “grande” en árabe? Consultando un diccionario bilingüe, resulta que no se dice kebi, sino kabīr (se pronuncia “quebír”, con la “r” al final, Benítez, no omita las consonantes). Para designar a una persona muy importante que tiene autoridad política (por tener títulos de nobleza) e incluso religiosa (por tratarse de los descendientes del profeta Mahoma), se usa la palabra sayyid y sus variantes (como sidi, del que emergió El Cid) sin necesidad de ese adjetivo. No hay vínculo alguno entre estos dos vocablos y los idiomas de los indígenas americanos que, por ser muchos, no poseen una palabra específica para nombrar al cacique.

Ya para culminar esta parte de mi refutación, investigué un poco y hallé que Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) fue un político y militar español cuyo cargo se desempeñó en América con muy poco amor por los aborígenes; él siempre estuvo a favor de la Conquista española y veía a los indígenas como animales salvajes. No sería, pues, motivo de sorpresa, que en su Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del mar océano describiera sus creencias como fruto de las abominaciones del diablo, por lo que había establecido una afinidad entre la idolatría nativa y la barbarie del islam, que en ese entonces era el enemigo acérrimo de la cristiandad.

En la Historia general, el símil de Oviedo se repite en todo el libro, por lo que la palabra mezquita es usada con mucha frecuencia para realizar esta obsesiva comparación. Lean con atención lo siguiente (Tercera parte, tomo IV, XLVI, xv, p. 211):

Esta mezquita es tan temida de todos los indios, que piensan que si alguno de aquellos servidores del diablo le pidiesse quanto tuviesse é no lo diesse, avia de morir luego. Y segund paresçe los indios no adoran á este diablo por devoçion sino por temor: que á mí me deçian los caçiques que hasta entonçes avian servido aquella mezquita porque le avian miedo, que ya no avia miedo sino á nosotros, que á nosotros querian servir.

Después de ese párrafo, Oviedo dice que

La cueva donde estaba el ydolo era muy escura, que no se podia entrar á ella sin candela, é de dentro muy suçia. Hiçe a todos los caçiques de la comarca que me vinieron á ver entrar dentro para que perdiessen el miedo; é á falta de predicador, les hiçe mi sermon diçiendo el engaño en que vivian.

Queda clarísimo que la mezquita de Oviedo no tiene relación con el monoteísmo islámico sino con la adoración de imágenes en la religión nativa, por lo cual dice que ese recinto era “la cueva donde estaba el ydolo”; una figurilla de barro, arcilla, madera o piedra que los musulmanes no pueden poseer porque eso está prohibido en sus Sagradas Escrituras. Si a esto le añadimos que en el glosario de la Historia general (p. 604) la palabra correcta es queví (con acento agudo, no grave como lo pronunció Benítez), que significa “príncipe, rey más poderoso y rico que otro alguno […] como si quisiera decirse el Magno”, tenemos que ese término no era un indigenismo, sino un americanismo del español usado por Oviedo que fue importado del árabe kabīr. Tan sencillo como eso. Simple etimología.

(6:09) ¿Y cómo entender el escrito entregado por el papa Inocencio VIII a Martín Alonso Pinzón antes del descubrimiento? El documento, procedente al parecer de la corte de Salomón, decía así: “Navegarás por el Mar Mediterráneo hasta el fin de España… y allí, al poniente del Sol, entre el Norte y el Mediodía, por la vía temperada hasta 95º del camino hallarás una tierra de Cipango, la cual es tan fértil y abundosa que, con su grandeza, sojuzgarás África y Europa”. (6:42)

(6:45) Aunque el origen salomónico del documento resulta más que dudoso (Europa no existía como tal en el 900 a.C.), la verdad es que si la historia fue cierta Alonso Pinzón habría recibido antes de embarcarse con el Almirante una información secreta que apuntaba directamente a México. Como he sabido, este país se encuentra a 95º de Guadalquivir. (7:12)

La cita del documento “dudoso” proviene de la página web de Benítez. La versión original de la misma es tomada letra por letra ―a lo mejor plagiada, diría yo, porque no mencionó la fuente, Benítez finge que leyó el manuscrito que no se consigue por ningún lado― del historiador español Martín Fernández de Navarrete en el volumen III de su libro Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV: con varios documentos inéditos concernientes á la historia de la marina castellana y de los establecimientos españoles en Indias (1829, p. 560).

Tiempo después, el historiador italiano Cesare Cantù desmintió esa carta ―que en realidad era un cántico― en el volumen IV de su Historia universal (1866, p. 637), pues éstas fueron las evidencias falsas que se otorgaron contra Diego Colón (uno de los hijos de Cristóbal Colón) para despojarlo de su herencia material en América. Estas pruebas procedían de testimonios secundarios posteriores a la muerte de este navegante que no pudieron ser demostradas ante los tribunales, aunque sirvieron para manchar el apellido de su familia.

En suma, los argumentos sobre el misterio de la tumba del papa Inocencio VIII (1432-1492) sólo son defendidos por el periodista italiano Ruggero Martino (no, él no es historiador como muchos dicen por ahí), no por especialistas serios ni por publicaciones acreditadas. Eché una ojeada a ver si había opinión profesional sobre este Sumo Pontífice, el descubrimiento de América y el señor Pinzón, pero me topé con una cantidad anormal de páginas de ufología, vendehumos misteriológicos, pseudohistoria y opiniones de entusiastas que están basadas en conjeturas.

Para remate, Benítez habla de grados aquí y allá (¿95º de qué; de rumbo o de azimut? ¿Medidos a partir dónde? ¿Hacia cuál punto cardinal? ¿Cuál “camino”? De eso no hay la más mínima referencia cartográfica en el ficticio documento de Salomón, puras vaguedades) a la ligera mediante una mención a Guadalquivir de manera engañosa, como si fuera una ciudad, a sabiendas que el Guadalquivir es un río. Creo que alguien necesita con urgencia clases de geografía.

He de apuntar también que la carta de Salomón es fraudulenta no solamente por el motivo dado por Cantù sino porque a 95º O se tocan las costas mexicanas siempre que se parta a menos de 25º N, entre las Canarias y Cabo Verde. Un barco que zarpe desde el Guadalquivir, al Sur de España, como en Cádiz, navegaría cerca de los 40º N si gira para hacer escala en Lisboa, aunque desembarcaría en Nueva Jersey, a unos 75º O, o sea 20º de longitud y latitud más lejos del objetivo. Eso si el navío mantiene su rumbo al Oeste.

En palabras para el profano, la información del dichoso “documento” está mal explicada, es errónea y de paso es anacrónica. En la época de Salomón no había un país llamado España, no se conocía el sistema de coordenadas que utilizamos hoy en día, Cipango es un topónimo que se difundió con Marco Polo y no hay forma de apuntar directamente a México desde el Guadalquivir sin pasarse por el forro las islas del Caribe. Si esto es una confidencia de Inocencio VIII a Pinzón, está plagada de equivocaciones, y con seguridad digo que este documento empleado por Benítez como argumento es una falsificación.

(7:21) Pero más intrigante aún es la existencia de maíz en tierras del Sur de España antes de 1492. Todo el mundo sabe que esta planta es oriunda de América. ¿Cómo explicar entonces lo escrito por Alfonso de Palencia, con motivo de los ataques de Enrique IV a la ciudad de Granada en 1456? Según Palencia, el rey preparó la conquista de la ciudad morisca quemándoles en verano las mieses y en otoño las cosechas de mijo y maíz. (7:52)

(8:08) ¿Y cómo explicar los aranceles de descarga registrados en los puertos de Barbate, Vejer, Conil y Chiclana, al Sur de España, en los que años antes del descubrimiento se hace expresa mención de la manegueta, la guindilla que se cultivaba en Chiapas, en la actual Guayana Francesa y en Jamaica? Unos comprometedores aranceles de descarga en los que también se pasa lista a otras mercancías típicamente americanas. Aranceles, insisto, redactados antes de 1492. ¿Quién transportaba esa mercadería? (8:49)

Argumento interesante, casi formidable, pero problemático. Me temo que lo tendré que denegar por dos razones de peso.

En primer lugar, la palabra maíz proviene del taíno mahis, por lo que vino al idioma de Cervantes después de las expediciones colombinas, no antes. Para los que aún tengan dudas con lo que digo, las obras del cronista Alfonso de Palencia (1423-1492) fueron escritas principalmente en latín (aunque también en español, pero luego el autor pasaba todo a la lengua de Virgilio). Una de ellas fue la Crónica de Enrique IV, que fue utilizada por Benítez como fuente sin decírnoslo porque a él no le gusta que le destapen su olla de patrañas.

Dicho libro tiene de peculiar la mención al maíz, como dice Benítez. Sin embargo, hay dos detalles que él pasó por alto. Uno, la Crónica que él leyó es una traducción al español (véase por ejemplo la edición de D.A. Paz y Melia, de 1904. Tomo I, década I, III, vii, p. 179), por lo que ese término no está en la versión original (de por sí, “maíz” no figura en ningún diccionario de latín). Esto queda corroborado en el Universal vocabulario en latín y en romance (1490) del mismo Palencia, en el que esta palabra no aparece indexada en sus folios.

En segundo lugar, lo de la manegueta no cuela. La manegueta dicha por Benítez es el ají picante (Capsicum L.), cuyas variedades americanas eran desconocidas en el Viejo Continente hasta las exploraciones de Colón. El ají no comenzó su difusión hasta finales del siglo XV con la ayuda de los portugueses. Se ha sugerido, en una investigación arqueobotánica de Hakon Hjelmqvist, que esta planta pudo haber estado en Europa en tiempos precolombinos, pero las pruebas apuntan a una confusión en la lectura de los datos obtenidos con los análisis científicos, pues puede ser en realidad el pimiento alargado que era usado por los romanos o alguna subespecie parecida.

Adicionalmente, busqué en la red sobre esos dizque “aranceles de descarga” que podrían datar del siglo XV, pero no hay nada concreto. Puede ser cualquier documento suelto que Benítez no nos quiere mostrar para que nadie se dé cuenta que está mintiendo. Todo lo que he encontrado me remite a más páginas magufas, “revisionistas” y hasta una web musulmana en la que se afirma que “el Islam estaba en América desde el siglo XI” (¡¿?!). Pero eso último ya lo probé como falso, como una burrada sin pies ni cabeza.

Por cierto, antes de proseguir, una observación interrogativa. Si antes de Colón los europeos y los árabes comerciaban productos que eran traídos del Nuevo Mundo, ¿qué recibían los indígenas americanos a cambio? ¿Armas de hierro? ¿Espejos? ¿Monedas de oro español o portugués? ¿Animales de granja? ¿Ejemplares de la Biblia? ¿La rueda? Ninguna de las anteriores. No ha habido evidencia arqueológica que lo respalde. Ni una.

(9:11) Es probable que el joven Cristóbal Colón llegase a tierras portuguesas hacia 1476, cuando contaba unos 25 años de edad. Procedía de una familia humilde. No poseía otra ilustración que las primeras letras. Fue a raíz de su estancia en Portugal cuando empezó a leer y a cultivarse. (9:34)

(9:47) Y fue en Madeira donde entró en los negocios de compra de azúcar. En 1477 se casa con Felipa Moniz, instalándose en la isla de Porto Santo, muy próxima a Madeira. Aquí vive en la casa de su suegra. Aquí, según mis informaciones, arrancó la muy particular e ignorada del que llegaría a ser almirante de la Mar Océana. Una historia que Colón mantuvo en secreto. (10:17)

(10:20) Aquí, Colón escucha de boca de marineros y pescadores una serie de extrañas y enigmáticas leyendas. Unos relatos que encienden la mecha de su pasión por la mar. (10:31)

Benítez, yava, no pise el acelerador que va a chocar el automóvil, usted va demasiado rápido. Cuando usted dice “mis informaciones”, ya sé de una que eso quiere decir “según la única fuente que revisé porque es la que me interesa”. Además, así de bestia es usted que no solamente nos habla apresuradamente sobre las expediciones precolombinas en América según sus endebles especulaciones (a excepción del viaje de los nórdicos, porque de eso sí hay pruebas irrebatibles), sino que está a punto de describirnos las peripecias de Cristóbal Colón sin explicarnos por qué un hombre como él pudo realizar su travesía pese a las dificultades habidas en su tiempo.

Mejor dicho: Benítez, en vez de hablar tantas fantochadas, debió decirnos antes cuáles fueron los eventos que posibilitaron y condicionaron el cruce del Atlántico efectuado por Colón. Ergo, si vamos a narrar una historia, vamos a hacerlo más despacio y bien, porque no tiene caso estudiar a Colón si no entendemos dos contextos históricos: el que le precedió y el que vivió. Iré con uno a la vez para no enredar la cuestión e iré también al grano para no encadenarme, pues yo sé que a más de uno le aburre que le den largas al asunto.

A tal efecto, cimentaré de ahora en adelante mis afirmaciones con las biografías de Colón (recomiendo con los ojos cerrados la escrita por la Enciclopedia Británica y más aún la redactada en la página web de Cervantes Virtual por ser completas, críticas y actualizadas) y el undécimo volumen de la Historia Universal (Asia medieval. La era de los descubrimientos, caps. 1-6, pp. 1-135) a cargo de Salvat Editores (1999), aparte de otras fuentes que iré poniendo más adelante a modo de links.

Observemos lo primero. ¿Qué había, en términos de gestas marítimas, antes de Colón? No mucho. El mundo conocido del Medioevo era demasiado caótico como para fomentar la exploración a territorios de los que nada se sabía salvo vagas referencias contenidas en un puñado de leyendas sostenidas más con la tradición oral que con los hechos. No obstante, eso no impidió que alguien tuviera la idea de salir por ahí a revelar las zonas oscuras ubicadas más allá de lo que estaba demarcado en los mapas debido a razones claramente objetivas, como los vikingos cuando tocaron Groenlandia y Canadá a razón de un exilio. Ibn Battuta (1304-1369) había hecho algo similar en África, Oriente Medio y Asia.

Las tierras ignotas, desde luego, se tomaron por lugares míticos, paradisíacos e incluso inhóspitos, los cuales habían sido comentados por escritores renombrados. Ese concepto viene de la Antigüedad y retoma su impulso con el periplo de los hermanos Polo, quienes desde Venecia se dirigieron a China para residir en la corte del mismísimo Kublai Kan (1215-1294). El más célebre de ellos fue Marco (1254-1324), quien con la ayuda de un compañero de celda recogió en el Libro de las maravillas lo que había visto. No voy a averiguar la veracidad de los relatos del Libro, pero sí haré énfasis en que éste causó sensación a lo largo de los siglos XIV, XV y XVI por la mención a un trío de tierras singulares: Cathay, Mangi y Cipango.

Por ser insólitas para los oídos europeos, las descripciones de Marco Polo fueron consideradas por sus paisanos como tomaduras de pelo, aunque para sus adentros más de un occidental pensó que podría haber algo de juicio en sus locuras; a lo mejor había algo de verdad en Cathay, Mangi y Cipango. Y vaya que sí la hubo; el lejano Oriente era un río de recursos muy cotizados en el Viejo Continente, como finísimos productos textiles, drogas, oro, sirvientes y, sobre todo, las especias. Por aquella época, las vías comerciales pasaban obligatoriamente por los territorios árabes, la Ruta de la Seda todavía era muy transitada y Constantinopla, que era la ciudad de enlace entre las áreas de la cristiandad y las del islam, seguía en manos de los bizantinos. En suma, los mongoles tuvieron un crecimiento político-económico que fue facilitado por sus campañas expansionistas, las cuales le dieron al imperio de Kublai Kan un poderío comparable, que no superior, al de su ancestro Gengis Kan.

Y lamentablemente acaecieron las desgracias para Occidente, una seguida de la otra. Después de morir Kublai Kan, la unidad del Estado mongol se fue resquebrajando hasta que fue sustituido por la dinastía Ming de los chinos en 1368; por ende, no tardó en menguar el tráfico en la Ruta de la Seda hasta su definitiva clausura. Los árabes acrecentaron su presencia en el Mediterráneo con piratas y filtraron con más fiereza el acceso al Mar Rojo que sirve de pórtico al Océano Índico, y de ahí al sudeste asiático; además, los otomanos se apoderaron de Constantinopla en 1453, por lo que el Imperio Bizantino fue borrado de la faz de la Tierra. Para colmo, el solo hecho de sufragar los gastos del transporte de mercancía oriental era un calvario. Los genoveses y los venecianos, por ser los amos de las aguas italianas, implicaban con su talasocracia un recorte en los beneficios financieros de cualquier país ajeno al suyo, el cual debía pagar los costos por fletes que de por sí eran altos en siglos anteriores.

A mediados del siglo XV, la navegación en el Mediterráneo con fines comerciales se convirtió, para buena parte de Europa, en una actividad que aparte de ser peligrosa no era nada rentable. Sin Constantinopla, sin la Ruta de la Seda y sin el Mar Rojo, las comunicaciones de Occidente con Oriente estaban interrumpidas en sus caminos de antaño. Los portugueses, empero, se adelantaron a este problema e idearon un modo de restaurar los negocios con Asia por una vía naval más segura que adicionalmente le generara dividendos sin el estorbo de la competencia genovesa-veneciana, la cual le ocasionaba pérdidas. Por consiguiente, las expediciones de los lusitanos tuvieron su apogeo desde fines del siglo XIV a un ritmo casi ininterrumpido gracias a la tutela de hombres como Enrique el Navegante (1394-1460), en las que pudieron surcar el Atlántico africano hacia el Sur para después girar al Este en el Cabo de Buena Esperanza.

La monarquía lusa se enriquecía con los productos de las tierras descubiertas para su provecho, entre ellos los recursos humanos reducidos a la más miserable esclavitud. En el Atlántico había conseguido el dominio de muchas de sus áreas insulares salvo las Islas Canarias, que estaban en posesión de los castellanos. El momento del arribo de los portugueses a la India se acercaba más, mientras la Corona española debía resignarse a esperar el fin de una casi interminable guerra por la reconquista de su patria que no cesaría hasta la toma de Granada en enero de 1492. No había tiempo ni recursos para lanzarse a la cacería de tesoros en altamar, ni hombres que pudieran enfrentar este reto. Vencer a los moros era una prioridad ineludible.

Con el auge del Renacimiento vinieron los cambios esperados. La construcción de los barcos en los astilleros, los instrumentos de navegación y el trazado de los mapas mejoraron en relación a los de épocas pasadas, por lo cual las naves europeas, comparadas con los juncos chinos y las embarcaciones polinesias, tenían superioridad tecnológica, así que eran las más adecuadas para atravesar el océano de acuerdo a las pretensiones de los exploradores lusitanos e hispánicos. Sin embargo, no todo era perfecto; el cálculo de la longitud aún se hacía con estimaciones dependientes de la velocidad percibida a ojo desnudo, la cartografía era todavía muy imprecisa (y un tanto escolástica, pues aunque se revalorizaron los autores clásicos, las ideas centrales se sujetaban a interpretaciones bíblicas) y los conocimientos de meteorología no eran muy óptimos que digamos. Los errores, por ende, eran frecuentes; ni siquiera Paolo dal Pozzo Toscanelli (1397-1482) se libró de ellos cuando midió la circunferencia terrestre. Al menos los intelectuales no dudaban de la redondez de nuestro planeta ni de la unicidad de los océanos.

Portugal pudo haberle prestado más atención que España a estos avances científicos y humanísticos; eso explicaría por qué los lusitanos, en menos de cien años, tuvieron más conquistas, más riquezas y más hallazgos geográficos que el resto de las naciones europeas en el siglo XV. Los españoles, empero, nunca vieron con indiferencia estos progresos de sus vecinos de la península ibérica, al contrario; querían lograr algo mejor para establecer su supremacía internacional a fin de no quedarse a la zaga en la edificación de su imperio. La victoria sobre los musulmanes en Granada les había dado estatus, pero eso no era suficiente, de modo que hacía falta algo más contundente que pudiera incrementar su prestigio. Ese “algo” era el desplazamiento del poder de la Corona hispánica por fuera de las Canarias.

La consecución de este objetivo no estuvo exenta de litigios. A causa de sus exitosas exploraciones en África, la posición geopolítica de los lusos era ventajosa porque al tener consigo lugares estratégicamente importantes como Cabo Verde, Madeira y las Azores, se confinaba a los hispánicos a su solitaria parcela insular en el Atlántico. Para España no fue nada cómodo el reconocimiento, a regañadientes, del dominio portugués sobre sus islas y el monopolio comercial inherente a ellas. Por mediación del papado, las negociaciones fueron favorables a los lusitanos. Entre bulas y tratados, los acuerdos inicialmente sellados determinaron que España no tendría beneficios mercantiles y que sus barcos no podrían estar en más mar que aquel ubicado en los paralelos de las Canarias.

Ahora veamos lo segundo. ¿Cómo estaba el panorama naval durante la época de Colón? Considerando lo antedicho, la cena estaba servida y el hallazgo de nuevas tierras era inminente. Los españoles navegan al Oeste no precisamente por haber comprendido la osadía de Colón, sino porque no tenían otro sitio a dónde ir, pues el monopolio del Mediterráneo y del Atlántico europeo no eran suyos; por tanto, si iban a irse a las Indias, no iba a ser por las rutas del Este, ni por las del Sur, ni por las del Norte. Colón, quien no era un superdotado pero tampoco era un bobo (puesto que era autodidacta, había estudiado por su cuenta a los renacentistas, como a Toscanelli), estaba consciente que las rivalidades hispano-lusitanas podían serle útiles si martillaba el clavo apropiado. Sin embargo, para saber cuál era debía tocar puerta por puerta. Sólo la nobleza europea podía concederle los medios necesarios para su aventura.

Simplicidades aparte en las que ha incurrido Benítez ―y que tuve que explicar para que el lector entienda mejor los por qués del viaje colombino―, las afirmaciones de este segmento son en general correctas, pues Colón vino de una familia sencilla, estuvo casado con Felipa Moniz de Perestrello, vivió con su suegra, se dedicó al comercio y aprendió los saberes marítimos de los portugueses, quienes eran experimentados, no tenían líos para orientarse en el océano y estaban familiarizados con los vientos.

Los portugueses conocían en particular los vientos alisios porque los utilizaban para navegar desde las costas africanas hasta las islas lusitanas en el Atlántico Norte y de ahí a los dominios de Juan II en tierra firme. Lo que ellos sabían no dista demasiado de los conocimientos que tenemos hoy: que en las Canarias, a 20-30º N, están las células subtropicales de altas presiones y que éstas ascienden a 40º-45º N en verano con los vientos del Oeste, en las Azores.

Prosigamos.

(10:46) Las gentes de las Azores le contaron cómo los vientos de Poniente arrojaban con frecuencia a las playas restos de árboles desconocidos en aquellas islas. En una ocasión, la mar depositó en la Isla de las Flores los cadáveres de dos hombres de caras muy anchas y aspecto distinto al de los europeos y africanos. En esas fechas, hacia 1477, en un viaje de negocios a la ciudad irlandesa de Galway, el propio Colón fue testigo de la presencia de un hombre y una mujer que habían llegado por mar y que en nada se parecían a los europeos. El genovés los tomó por chinos o hindúes, arribados a Irlanda por el Occidente. (11:31)

(11:36) Estos avisos (decisivos, diría yo) siguieron llegando a oídos de Colón. Los pescadores del cabo de La Vela le pusieron al tanto de otra singular visión. No hacía mucho se cruzaron con varias y enormes almadías. Todas disponían de casas de madera y eran gobernadas por gentes extrañas. Pedro Correa, su cuñado, multiplicaría el entusiasmo de Colón por el misterioso Occidente con otra noticia de parecido corte. Él mismo había sido testigo de la aparición en las playas de Porto Santo de otro madero labrado y de unas cañas tan gruesas que de nudo a nudo podía cargar nueve garrafas de vino. Unas cañas nunca vistas en Europa y África. (12:30)

Todo eso pasó según Bartolomé de Las Casas en Vida de Cristóbal Colón (edición de la Biblioteca Ayacucho, 1992, pp. 4, 12-14), aunque el fraile dice que el Almirante estuvo en Islandia, no en Irlanda; no menciona a la pareja de indígenas ni da detalles ulteriores sobre este viaje. Una versión alterna, que es la de Fernando Colón en Historia del almirante Don Cristóbal Colón (edición de Tomás Minuesa, 1892, I, iv, pp. 18-19; viii, pp. 42-48), dice más o menos lo mismo, pero con una variante en la que el Almirante, quien navegó a Islandia en 1477 sin notar nada inusual, escuchó relatos de hombres que dijeron haber ido a las proximidades de Irlanda y que vieron tierras que no estaban en ningún mapa. Al respecto, cada uno de estos marineros sacó sus propias conclusiones.

En sí, es muy probable que no hayan existido los presuntos aborígenes en Galway, pero eso no quita que de algún modo Colón se haya enterado del encontronazo entre los vikingos y los skraelings, y que luego haya extrapolado ese suceso creyendo que Vinland era Cathay. De todas formas, no encuentro nada en la historia de Irlanda, ni de Islandia, ni de Inglaterra que registre un hecho de este tipo. La presencia de gentes “raras” habría suscitado el interés de algún cronista o clérigo que en aquel año habría apuntado ese insólito acontecimiento en alguna parte.

La sorpresa de los portugueses al ver objetos que no eran de manufactura europea es, sin embargo, plausible. Las corrientes océanicas y los vientos hacen de las suyas para transportar de todo, sin importar su peso (aunque por regla general las cosas se hunden, son tapiadas con sedimento, se descomponen por putrefacción o son devoradas por la fauna marina). Lo que sí no me cuadra es lo de las almadías, pues que yo sepa los aborígenes americanos no poseían esa clase de embarcaciones.

(12:47) Paso a paso, Cristóbal Colón se vio envuelto en la apasionante idea de navegar hacia aquel horizonte por el que se ponía el Sol. Y fue este creciente entusiasmo lo que muy probablemente decidió a su suegra a entregarle las cartas y escritos de Bartolomeo Perestrello, su marido ya fallecido. Nada se sabe con certeza de estos papeles del que fuera navegante italiano y gobernador de Porto Santo. Lo que sí parece claro es que aquella información debió coincidir con las narraciones de marinos y pescadores lusitanos y castellanos. (13:23)

Correcto.

(13:26) Fue en esas fechas, alrededor de 1478 o 1479, cuando al fin el destino llamó con fuerza al corazón del inquieto Cristóbal Colón, y sucedió algo que cambiaría bruscamente el rumbo de su vida. Algo que muy pocos conocieron y conocen. Algo que se convertiría en su gran secreto. Y finalmente, en su gran tragedia. (13:57)

(14:01) En esos años, la mermada tripulación de una carabela casi desguazada arriba casualmente a las costas de Porto Santo. Son hombres enfermos y maltrechos; un piloto y cuatro o cinco tripulantes. Son castellanos, quizá portugueses, y uno tras otro van muriendo. Colón, compasivo, se hace cargo del piloto y lo aloja en su casa. Y así, el increíble destino pone en sus manos una historia fascinante que cierra el círculo. (14:26)

(14:27) Quizá por agradecimiento, quizá porque sabe que la muerte le ronda, este piloto anónimo termina por narrar a Colón los detalles de su peripecia. Navegando desde las costas africanas, probablemente en la región del Golfo de Guinea, la carabela que transporta madera y alimentos se ve sorprendida por una furiosa tormenta, y los poderosos vientos alisios la desvían de su inicial derrota, presumiblemente hacia la península ibérica o Inglaterra. Finalmente la tripulación escapa del temporal y descubre con asombro que se encuentra en mitad de unas islas completamente desconocidas. Ellos no lo saben, pero los vientos los han empujado hasta el Caribe. (15:07)

(15:08) Y durante uno o dos años (1476 y 1477) estos hombres blancos navegan de isla en isla. Son bien acogidos por los naturales. Se mezclan y conviven con ellos. Llegan a construir un pequeño fortín. Descubren oro, y el piloto va tomando notas de cuanto ve. Registra perfiles, ensenadas y montes, calcula leguas y distancias, reseña marcas y referencias, hasta que un día aquel paraíso se convierte en un infierno. La tripulación, carente de defensas, contrae una dolencia tan peligrosa como desconocida. Ellos no pueden saberlo, pero las bellezas taínas les han contagiado la Spirochaeta palida, la temible sífilis. (16:02)

(16:06) El mal alcanza su fase secundaria y los hombres blancos ven con impotencia cómo sus cuerpos se cubren de pústulas. Y la fiebre y los dolores terminan postrándolos. Al ver cómo sus compañeros van muriendo inexorablemente, el piloto anónimo decide regresar. Y allí, cosas del destino, está Cristóbal Colón. (16:34)

Eso lo dice Bartolomé de Las Casas en Historia de las Indias (edición de Miguel Ginesta, 1875, Tomo I, I, xiv, pp. 103-106. Cfr. Vida…, op. cit., pp. 14-15), pero con sustanciales diferencias en relación a lo dicho por Benítez. Antes de señalarlas, he de resaltar que el clérigo español dijo que ese relato es “una vulgar opinion que hobo en los tiempos pasados […] la cual yo no afirmo”, y se refiere a éste como “lo que comunmente en aquellos tiempos se decia y creia”. Es decir, Las Casas nos advierte de una que lo que está a punto de contarnos procede de rumores que mucha gente dio por ciertos y que ni él mismo se los tragó.

De acuerdo a Las Casas, el encuentro de Colón con el marino desconocido tuvo unas dos versiones que se registraron simultáneamente. Para este monje, la embarcación perdida pudo haber sido una carabela u otro navío que, habiendo zarpado de algún puerto español o portugués (¿Cuándo?), tuvo por ruta inicial las costas de Flandes o Inglaterra por motivos comerciales, hasta que una tormenta la desvió hasta una isla (¿Cuba? ¿La Española?) en la que ningún europeo había estado. La nave regresó a Madeira hecha jirones, con su tripulación moribunda a causa de “trabajos y hambres y enfermedades” (¿Trabajos? ¿Enfermedades? ¿Cuáles?). Todos perecieron, salvo el piloto, quien por presunta amistad con el Almirante o “porque como andaba solícito y curioso con ese negocio” le dijo a Colón lo que pasó. Colón cobijó al piloto en su vivienda por piedad o porque esperaba que él le retribuyera su ayuda con información del lugar donde había estado (¿Por cuánto tiempo?). Agradecido por este acto de caridad, el anónimo de los mares le dio a Colón lo que él quería con lujo de detalles, ya que aparte de su testimonio oral trajo consigo documentos, bitácoras y cartas náuticas, pues todo estaba por escrito. Acto seguido, el héroe sin nombre falleció (¿De qué?).

Comparen la versión de Las Casas con la de Benítez y se darán cuenta que no coinciden sino en muy pocos aspectos. El fraile dominico, en sí, no da muchos detalles ―o simplemente no los da, porque en su descripción no hay fechas, ni años, ni estaciones― sobre esta entrevista entre Colón y el piloto anónimo, aunque eso basta para percatarnos que esta historia no cuadra con lo que dice este filme magufo y ni siquiera con la historiografía “oficial”. Que haya al menos un par de vertientes sobre este acontecimiento y sobre este personaje incógnito, y que dichas vertientes difieran entre ellas, es una razón de peso para sospechar que el cuento ese del navegante ignoto tiene más pinta de leyenda marinera (recogida post Columbum a partir de hablillas de terceros) que de hecho documentado.

Más tarde haré una crítica de mayor profundidad a la tesis del “predescubridor” de América.

Por cierto, señor Benítez, una cosa más. El verdadero nombre científico de la espiroqueta que causa la sífilis es Treponema pallidum.

(16:37) Es posible que este retorno del piloto anónimo ocurriera hacia 1477 o 1478. El navegante muere y Colón hace suya toda la información suministrada por el desdichado prenauta. Dueño y señor de la oportunísima revelación, Colón se entusiasma definitivamente con la idea de alcanzar esas tierras ignoradas utilizando para ello el camino de Occidente. Esta asombrosa y secreta historia, guardada celosamente por el Almirante, me fue facilitada hace ya veinticinco años por el entonces prior de los franciscanos de La Rábida Francisco de Asís Oterino. Y fue él quien me aconsejó que consultase con los más destacados americanistas del momento. Un suceso que según los cronistas de la época terminaría filtrándose y propagándose. (17:30)

(17:31) Y en 1535 apareció por primera vez en letra impresa. (17:37)

(17:39) Todo cuanto me reveló el prior de los franciscanos se vio ratificado con creces. Uno de los expertos que profundizó con mayor ahínco y rigor en el secreto de Colón fue el catedrático español Juan Manzano y Manzano. Él, en definitiva, me lanzó al ojo del huracán de este decisivo suceso. (18:02)

¿Revelación? Ja… ja… ja… Benítez, por favor, no me tome por idiota que tengo olfato para detectar engaños. El libro del que usted habla, que salió en “letra impresa” en 1535, fue la Historia general… del señor Gonzalo Fernández de Oviedo, que cité antes, pero en su primera parte.

Allí, Oviedo da su versión de la leyenda del prenauta (II, ii, p. 13), la cual es así: una carabela que iba de España a Inglaterra con mercancía llegó, debido a una tempestad y tras “tantos dias” (¿Cuántos?) de navegación al Oeste, a “una ó mas delas islas destas partes é Indias” (¿Cuál/cuáles?). Los marinos desembarcaron, vieron mucha gente desnuda y se reabastecieron de “agua y leña” para luego partir rumbo a Portugal tan pronto mejorara el clima (¿Dentro de cuánto tiempo?). En lo que esto pasó (¿Cuándo?), el barco zarpó en dirección a su tierra natal; pero como había una abundancia de provisiones ―las que iban a ser vendidas a los ingleses― nadie se molestó en llenar sus almacenes, por lo que se atravesó el océano sin preocupaciones. El viaje, sin embargo, fue “largo y enojoso”.

No se vio costa alguna sino en unos cuatro o cinco meses, a lo mejor un poco más. Al llegar a Portugal, el piloto anónimo era el único sobreviviente, puesto que los demás tripulantes fallecieron o estaban a punto de fallecer (presuntamente eran tres, cuatro o más). Este hombre, supuesto amigo íntimo de Colón, estuvo en casa del Almirante para ser atendido por él debido a su enfermedad mortal (¿Cuál?) que también había sido padecida por sus camaradas. En su malestar, el piloto desconocido (quien era andaluz, portugués o vizcaíno) le dijo a Colón que había marcado el sitio en el que estuvo y “le rogó que le fiçiesse una carta y assentase en ella aquella tierra que habia visto”. Algunos dicen que este suceso ocurrió cuando Colón estaba en Madeira o en Cabo Verde.

Oviedo termina de echar el cuento con estas contundentes palabras: “Que esto passase assi ó no, ninguno con verdad lo puede afirmar; pero aquesta novela assi anda por el mundo entre la vulgar gente de la manera que es dicho. Para mí yo lo tengo por falso, […]”. En otras palabras, Oviedo concluye prácticamente lo mismo que Bartolomé de Las Casas, sólo que él tuvo una versión diferente de la leyenda en sus rasgos textuales, los cuales todavía carecen de muchos detalles.

Ninguna de las dos versiones que hasta ahora hemos leído (la de Las Casas y la de Oviedo) refrenda por completo la de Benítez. Ya hemos visto de sobra el poco respeto que tiene el ufólogo español por sus fuentes, incluso si piensan igual a él. Apenas llego al minuto 18 y observo que Benítez está repitiendo la estrategia aplicada en episodios anteriores de Planeta encantado; la de tomar las fuentes, cortar de ellas los pedazos que a él le gusta, añadir otros más de su imaginación y pegarlos para conformar la suya propia a fin de dar la impresión que sus “revelaciones” no se contradicen.

En suma, por mí, tanto Francisco de Asís Oterino como Juan Manzano y Manzano pueden pensar lo que quieran; los hechos cuentan, las especulaciones no, menos aún si están sustentadas con las divergencias de una leyenda que en su época no gozó de mucha credibilidad.

(18:04) Por más que indagué no fue posible averiguar la identidad o la nacionalidad de este piloto anónimo. Los cronistas de aquel tiempo hablan de un portugués o castellano, quizá vizcaíno. Antonio de Fuentes y Guzmán arriesga un nombre: Alonso Sánchez de Huelva, que dice fue el piloto que dio los papeles a Colón. Lo que sí es seguro es que a partir de 1478, unos dieciséis años antes del descubrimiento oficial, Colón se convierte en un obstinado defensor de la vía occidental hacia las Indias. Una tozudez enraizada en la apropiación de algo que no era suyo. (18:52)

(19:22) A partir de esa información privilegiada Colón se convierte en otro hombre. Ya no son sospechas, ahora lo sabe. Navegando por el Mar Tenebroso siempre al Oeste encontrará nuevas y ricas tierras. ¿Pero qué tierras eran esas? (19:42)

Aunque acá las opiniones de los especialistas están divididas, eso a menudo es tenido por dudoso, principalmente porque no se ha encontrado registro alguno de ese hombre en los años de Colón. Las referencias al piloto desconocido salen siempre de fuentes posteriores al siglo XV, como la Recordación Florida del historiador hispanoamericano Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán (1643-1700). En la Recordación (edición de Luis Navarro, 1882, tomo I, III, v, p. 96), Fuentes y Guzmán lo menciona y da por prueba a su hijo, llamado Juan Sánchez de Huelva, de quien no se sabe absolutamente nada.

Fuentes y Guzmán era un hombre bien documentado, por lo que seguramente conocía la obra del Inca Garcilaso y de Las Casas, quienes le habrían servido de referencias. Sin embargo, he ahí el enredo; Fuentes y Guzmán le da historicidad a un marino cuya evidencia de su existencia es lo que dijeron personajes del siglo XVI, quienes cuentan lo que fue contado por sus padres, los cuales narran lo que fue narrado por los suyos, y así sucesivamente. Cada relato de este piloto anónimo varió con cada generación y con cada figura que lo describió.

Tradición oral, señores. Y nos la pretende colar Benítez como si fuera un hecho histórico comprobado fuera de toda duda razonable, cuando en realidad brotan más preguntas que respuestas al indagar los orígenes del fulán Alonso Sánchez de Huelva.

Unos detalles más antes que se me olviden. En el primero, no debemos dejar de lado que los portugueses eran buenos en navegación, pero también en la invención de leyendas, oficio del ocio y de la literatura que fue continuado por todas las potencias navales a lo largo de varios siglos más, dado su temor a lo desconocido y a los mitos que se contaban por doquier, como la perpetuación de la historia del kraken.

En el segundo, que está estrechamente ligado a lo anterior, el “Mar Tenebroso” era una denominación dada por los árabes al Atlántico. En sus supersticiones, que también eran las de la cultura europea medieval, fue muy difundida la creencia en criaturas malignas y en fuerzas sobrenaturales que infestaban las aguas ubicadas más allá de las que bañan el África noroccidental y la península ibérica. Este elemento del folclore náutico, que prevenía a los navegantes de no buscar lo que no se les había perdido, reduce aún más las posibilidades de una islamización de los aborígenes en América antes de los viajes colombinos.

(19:44) Y Colón emprendió una febril búsqueda consultando los textos clásicos y los escritos de sus contemporáneos. Se sumergió impaciente en el Imago Mundi y en las páginas de la Historia Rerum. Estudió la Biblia, el Libro de los Reyes, la Glossa Ordinaria de Nicolás de Lira, Aristóteles, Isidoro, Marco Polo y un largo etcétera. Y en los márgenes de estos libros fue anotando reflexiones, dudas y certezas. Fueron tiempos difíciles y angustiosos. (20:18)

Correcto. Sobre todo la Biblia, Aristóteles y Marco Polo.

(20:22) Hasta que un día el caprichoso pero sabio destino puso en sus manos una carta geográfica y unos documentos. Eran obra del célebre físico, matemático y astrónomo Paolo Pozzo Toscanelli. El 24 de junio de 1474, dos años antes de la llegada de Colón a Portugal, el canónigo lisboeta Fernão Martins recibía una carta desde Florencia; era una misiva de su amigo Toscanelli. Meses atrás, durante la estancia de Martins en Italia, el canónigo tuvo oportunidad de cambiar impresiones con el sabio florentino sobre las navegaciones de sus compatriotas (los portugueses) por las costas africanas. Los lusitanos llevaban tiempo intentando alcanzar las regiones orientales de las Indias donde al parecer se hallaban las famosas islas de la especiería. (21:26)

(21:27) Y Toscanelli le anunció algo insólito: a las Indias se podía llegar por un rumbo distinto al que pretendían los portugueses. Bastaba cruzar el Mar Tenebroso, siempre hacia el Oeste. Martins quedó impresionado; expuso las revolucionarias ideas de Toscanelli al rey de Portugal, y sin demora Alfonso V solicitó más detalles. Y ese 24 de junio de 1474 llegaba a Lisboa la mencionada carta de navegación y los documentos de Toscanelli en los que aseguraba que navegando derecho, por poniente, está pintado el comienzo de las Indias. Unos reinos opulentos llamados Cathay y Mangi señoreados por un poderosísimo monarca llamado Gran Kan. (22:21)

(22:27) No es difícil imaginar la sorpresa y alegría de Colón al leer y repasar estos documentos de Toscanelli. Allí estaba la confirmación a lo proporcionado en secreto por el piloto anónimo. Las ideas de Toscanelli, y las pistas halladas en las restantes lecturas, redondearon finalmente el gran proyecto colombino. Al otro lado del Mar Tenebroso se encontraban las Indias. Sólo había que navegar hacia el Oeste, siempre hacia el Oeste. Colón, en definitiva, fue víctima del mismo error de Toscanelli; confundió La Española con Cipango (el Japón actual) y América con Asia. Y esta idea le acompañaría hasta la muerte. (23:08)

(23:11) Confirmadas las noticias del prenauta, nuestro hombre, eufórico, volvió a repasar una y otra vez las claves secretas de su gran sueño. Unas claves más próximas a la locura que a la realidad. Para Colón, en esos años previos a 1492, Cipango, la isla del oro, se hallaba a 750 leguas de Canarias. Para Colón, las míticas Minas del Rey Salomón no podían ser otras que las descubiertas por el piloto anónimo al Sur de la gran isla del oro. (23:48)

(23:52) Para Colón, las tierras firmes del Gran Kan, el Cathay de Toscanelli, se alzaban al Oeste del Cipango, es decir a poco más de 1.100 leguas de las Canarias. (24:04)

Todavía se discute cómo fue que Colón obtuvo la información de Toscanelli, pero lo más probable es que la recibió por correspondencia privada u otros medios más “avispados”, si bien lo que interesa es que el Almirante sostuvo la misma tesis del sabio florentino: que se podía llegar a las Indias por el Oeste.

Afirmar esta aventurada idea era el menor de los problemas. El lío real giraba en torno a la viabilidad de la travesía, para lo cual era necesario hacer unos cálculos sobre la Tierra y las distancias geográficas de los lugares de interés. Toscanelli los hizo y estuvo convencidísimo que el viaje era posible (pues para él la distancia entre Europa y Asia era menor a la sostenida por sus colegas) y que además se podía arribar a las costas orientales haciendo escalas. Las instrucciones de Toscanelli eran sencillas: de las Canarias se hacía una parada en la legendaria ―pero ficticia― Antilia (registrada por vez primera en un mapa veneciano de 1424) y de ahí se partía a Cipango. Después, se navegaría a Cathay sorteando las numerosas islas que separan ambos países.

Por tanto, la ruta era Canarias-Antilia-Cipango-islas desconocidas-Cathay, manteniendo su rumbo de navegación al Oeste con latitud de 25º-30º N y longitud de 55º-50º O.

Los cálculos de Toscanelli fueron lastimosamente errados. De las Canarias a Cipango hay 19.600 km de distancia, no 4.450 km, y de dichas islas a Cathay no hay una separación de 6.575 km sino de 21.800 km. Asia, en consecuencia, quedaba muy lejos, pero el erudito de Florencia pensaba que estaba mucho más cerca. Colón, que conocía sus planteamientos, los modificó un pelo creyendo que facilitaría de alguna forma su viaje sin pensar que estaba calcando un error gigantesco, pues las coordenadas de Toscanelli (25º-30º N, 55º-50º O) lo iban a dejar en una isla que no existía sino en su cabeza.

Aquella isla fantasma de Antilia estaba como a unos 1.000 km al Este de las Bermudas.

¿Sigue sin creer lo que digo? Descuide, que estoy aquí para poner claridad en el asunto. A tal efecto le voy a pedir que tome un mapamundi (preferiblemente uno que tenga la cuadrícula de paralelos y meridianos) y le dibuje un círculo a las Canarias, nuestro punto de partida. Después, use una regla y trace una línea recta horizontal que se separe lo menos posible de los 30º N; hágalo tanto al Oeste como al Este. Al Oeste, usted va a marcar con un círculo el primer sitio más cercano que se le atraviese a ese trayecto recién marcado; verá que son las Bermudas. Cuando realice este procedimiento al Este, olvide por un instante el territorio americano, hágase la idea que está navegando a Cipango, señale las zonas encontradas y observe algo impresionante.

Japón, ¿verdad? Al Norte nos topamos con Kyushu y al Sur tenemos las islas de Ryukyu. Más adelante, al occidente, están las costas de China.

Toscanelli de verdad que era un genio. Colón no pudo haber tenido mejor maestro de geografía que él. Y para demostrar esto no tuve que leerme un paginero de documentos, ni revisé montonononones de libros con argumentos creíbles pero forzosos; tan sólo hice una apelación al sentido común, a la lógica, porque eso es lo que habría hecho yo si hubiera estado en los zapatos de Toscanelli y Colón. Francamente, considero que ese es el tipo de razonamiento que se habría utilizado debido a su simplicidad, pues la manera más eficiente de viajar de un punto a otro del mapa es yendo en una senda rectilínea.

(24:08) Dominado por la fiebre descubridora y por aquellas lecturas, adelantándose al Quijote, Colón confunde Jamaica con el Reino de Saba y cree que uno de los Reyes Magos partió justamente de esta isla. Para Colón, de acuerdo a lo narrado por el prenauta, el Golfo de Paria en las actuales costas de Venezuela, era el lugar en el que se había levantado el paraíso terrenal. Y murió con el convencimiento de que Cuba formaba parte de las tierras firmes de Asia. (24:38)

Correcto, a excepción de lo dicho por el prenauta porque no consta en ninguna de las versiones consultadas.

(24:44) Y con el ambicioso proyecto descubridor perfectamente armado, Colón pasó a la acción. Sus primeros movimientos prudentemente lo llevaron hasta la región de Guinea. Pudo ser en 1482 o 1483. Quizá con la excusa de un viaje de negocios se embarca y recorre las aguas del golfo africano, pero su objetivo era otro. Colón, siempre minucioso, trata de verificar las informaciones del prenauta. Intenta comprobar in situ la dirección de los alisios y de las corrientes dominantes. El piloto anónimo estaba en lo cierto. Vientos y corrientes marinos empujan a los navíos hacia poniente. (25:26)

Cristóbal Colón conoció esa información por el contacto que tuvo con los marinos lusitanos, no con una persona en especial, salvo su hermano Bartolomé quien fue, aparte de especialista en elaboración de mapas y en cosmografía, su fiel colaborador. Añádase que el Almirante vivió y recorrió varias partes del territorio de Portugal desde 1476 hasta 1485.

(25:27) Y sin demora Cristóbal Colón ofrece su sueño al rey portugués. Corría el año de 1484. De haber aceptado su propuesta, el futuro almirante de la Mar Océana habría partido desde Cabo Verde en el mencionado Golfo de Guinea. (25:41)

(25:51) Pero Juan II lo despacha con cajas destempladas. (25:54)

(26:02) Colón desaparece y se traga la rabia. (26:05)

(26:06) Lo que Colón no supo en esos momentos es que el rey, a sus espaldas, aconsejado por Ortiz de Calzadilla, obispo de Ceuta, de quien mucho se fiaba, resolvió mandar en secreto una carabela. Así lo cuenta Hernando, hijo de Cristóbal Colón. (26:22)

(26:24) Pero la carabela enviada con brevedad a las islas de Cabo Verde no halló lo que dijera Colón. Y el proyecto colombino, como el de Toscanelli, fue olvidado por Juan II. (26:35)

De acuerdo a Bartolomé de las Casas (Vida…, op. cit., pp. 15-18). En el contexto histórico de Portugal, la Corona lusitana ya tenía bajo su dominio una ruta comercial que estaba funcionando a las mil maravillas, la cual años más tarde llegaría a la India. Dado que las vías marítimas africanas eran seguras, los lusos no tenían interés en abandonarlas para lanzarse a la conquista de algo que les hiciera perder tiempo o recursos. Además, Colón pedía demasiadas compensaciones económicas y los expertos al servicio de la corte desecharon el proyecto del Almirante por dos causas: por fantasioso y por estar equivocado en sus cálculos de la distancia a las Indias. Además, Juan II desestimó los planes colombinos porque éstos no respetaban el Tratado de Alcaçovas firmado en 1480, por lo que el rey pidió que su expedición no partiera de las Canarias.

(26:40) Y el destino siguió tejiendo y destejiendo. Colón supo de la turbia maniobra del rey portugués, y a esta decepción se sumó la muerte de su mujer y la pésima marcha de los negocios. Colón entonces tomó la decisión de abandonar Portugal. Corría la primavera de 1485, y decidió probar fortuna en la corte de la vecina Castilla. Pero antes, apremiado por la escasa bolsa, viajó a Huelva, encomendando a su joven hijo Diego a los cuidados de Briolanja Moniz, su cuñada, y el destino atento le obligó a pasar por el monasterio franciscano de La Rábida. Allí Colón recibiría una bocanada de oxígeno. Uno de los frailes, Antonio de Marchena, se entusiasmó con la idea. Y Colón, nuevamente eufórico, fue al encuentro de Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. Nueva decepción. Nadie le cree. (27:38)

(27:39) La llamada Junta de Salamanca rechaza el proyecto. El testimonio del doctor Rodrigo Maldonado de Talavera, miembro de esta junta de sabios y expertos, resume el sentir general: “Este testigo, con el prior de Prado, y con otros sabios y letrados y marineros, platicaron con el dicho Almirante sobre su ida a las dichas islas, y todos ellos concordaban que era imposible ser verdad lo que el dicho Almirante decía”. (28:05)

(28:13) El segundo jarro de agua fría llegó en 1487. Y cuentan las crónicas que el futuro Almirante no se rindió. Aquella vieja tozudez lo mantuvo alerta y firme. Pero las cosas no mejoraron. Y cuando todo parecía perdido, cuando el genovés pensaba ya en trasladar su proyecto al rey de Francia, algo cambió. Y estoy de acuerdo con la hipótesis de Juan Manzano y Manzano; Colón, forzado por las adversas circunstancias, no tuvo más remedio que desvelar parte de su secreto. (28:52)

Otra vez, según Bartolomé de las Casas (Vida…, op. cit., pp. 19-28), con diferencias menores respecto a lo afirmado por Benítez. Añádase que Beatriz Enríquez de Arana fue la compañera sentimental del Almirante después de enviudar y que la Corona española no quiso saber nada de exploraciones en el mar porque debía atender con carácter de urgencia la fase final de la guerra contra los moros. En suma, la Junta engavetó los planes de Colón por los mismos motivos que lo hicieron los expertos portugueses: inviabilidad del viaje, cálculos erróneos y demasiada distancia acuática entre Europa y Asia.

Colón tuvo que aguantar hasta abril de 1492. Y contrario a lo que dicen Benítez y Manzano, los Reyes Católicos no aceptaron la propuesta colombina por la revelación de ningún “secreto”, sino porque a los ojos de la corte española el Almirante no era más que un fanfarrón… a menos que el clero le dijera que él no lo era. Colón tuvo la simpatía de algunos monjes de La Rábida, quienes con sus influencias verbales persuadieron a Fernando de Aragón e Isabel de Castilla que la expedición valía la pena y que él no era un pobre diablo.

Es decir; mientras los clérigos hablaban con los monarcas y con otros sacerdotes cercanos a la corte para que no reprobaran el planteamiento del Almirante, Colón se estaba marchando a Francia, y si la Corona de los galos no le hacía caso, probaría suerte con la realeza de Inglaterra (anteriormente, él había enviado a su hermano Bartolomé a ambos países para adelantar las diligencias respectivas a esta expedición descubridora). En esta lejanía geográfica, es muy difícil que Colón hubiera podido soltar la lengua a los Reyes Católicos en persona a sabiendas que sus reservadas ideas podían ser más valoradas por los enemigos y rivales de España.

(29:03) Y en abril de 1492, finalmente, Cristóbal Colón triunfa. Concluida la conquista de Granada por los Reyes Católicos, los monarcas firman las llamadas Capitulaciones de Santa Fe; un documento insólito. Una aprobación del proyecto colombino con un encabezamiento muy elocuente: “Las cosas suplicadas eque vuesas Altezas dan y otorgan a don Cristóbal de Colón en alguna satisfacción de lo que ha descubierto en las Mares Oceanas…” (29:35)

(29:42) ¿De lo que ha descubierto? ¡Estábamos en abril de 1492! La increíble confesión sólo puede explicarse por lo ya mencionado. Colón tuvo que confesar parte de lo transmitido por el desdichado piloto anónimo. Pero obviamente silenció la fuente, y mantuvo como suyo lo que era de otro. (30:09)

Argh… Lo veía venir. Las Capitulaciones conforman el argumento preferido de los que pregonan la tesis del prenauta. Es la más pelúa de atacar, pero también es la más jodía de defender, porque esta contradicción textual en particular es la que ha generado una polémica tal que parece no tener una solución. Lo que empeora la situación es que del documento, el cual está en la “Memoria del Mundo” de la Unesco, no tenemos sino copias, pues el original está perdido.

Los teóricos del “predescubrimiento” gustan de ese espinoso “ha descubierto” para sustentar sus argumentos, pero como estoy acostumbrado a toparme con frases o palabras sacadas de contexto para arrimar la brasa a su sardina, me inclino a no dar por cierto ese enfoque de lectura histórica a menos que haya algo que lo demuestre. Tuve la curiosidad de leer el documento entero (que es lo que debe hacerse en estos casos enredadizos) y pensé que una vez más se puede invocar la lógica y el sentido común con el objeto de dar una explicación a esta anomalía documental.

Pero, antes de hacer nada, vamos a leer las Capitulaciones. La versión que veremos aquí está adaptada a la ortografía española moderna para facilitar su comprensión.

Las cosas suplicadas y que vuestras altezas dan y otorgan a don Cristóbal de Colón, en alguna satisfacción de lo que [ha descubierto] en las mares Océanas y del viaje que ahora, con la ayuda de Dios, ha de hacer por ellas en servicio de vuestras altezas, son las que se siguen.

Primeramente, que vuestras altezas como señores que son de las dichas mares Océanas hacen desde ahora al dicho don Cristóbal Colón, su Almirante, en todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubrirán o ganarán en las dichas mares Océanas para durante su vida, y después de él muerto, a sus herederos y sucesores de uno en otro perpetuamente con todas aquellas preeminencias y prerrogativas pertenecientes al tal oficio, y según que don Alfonso Enríquez, quondam, Almirante Mayor de Castilla, y los otros sus predecesores en el dicho oficio, lo tenían en sus distritos. Place a sus altezas. Juan de Coloma.

Otrosí, que vuestras altezas hacen al dicho don Cristóbal su visorrey y gobernador general en todas las dichas tierras firmes e islas que como dicho es él descubriere o ganare en las dichas mares, y que para el regimiento de cada una y cualquiera de ellas, haga él elección de tres personas para cada oficio, y que vuestras altezas tomen y escojan uno, el que más fuere su servicio, y así serán mejor regidas las tierras que Nuestro Señor le dejará hallar y ganar al servicio de vuestras altezas. Place a sus altezas. Juan de Coloma.

Item, que de todas y cualesquiera mercaderías, siquiera sean perlas, piedras preciosas, oro, plata, especiería y otras cualesquiera cosas y mercaderías de cualquier especie, nombre y manera que sean, que se compraren, trocaren, hallaren, ganaren y hubieren dentro de los límites de dicho almirantazgo, que desde ahora vuestras altezas hacen merced al dicho don Cristóbal, y quieren que haya y lleve para sí la decena parte de todo ello, quitadas las costas todas que se hicieren en ello, por manera que de lo que quedare limpio y libre haya y tome la dicha décima parte para sí mismo, y haga de ello a su voluntad, quedando las otras nueve partes para vuestras altezas. Place a sus altezas. Juan de Coloma.

Otrosí, que si a causa de las mercaderías que él trajera de las islas y tierras, que así como dicho es se ganaren o se descubrieren, o de las que en trueque de aquéllas se tomaran aqua de otros mercaderes naciere pleito alguno en el lugar donde el dicho comercio y trato se terná y hará, que si por la preeminencia de su oficio de Almirante le perteneciera conocer de tal pleito, plega a vuestras altezas que él o su teniente y no otro juez conozcan de tal pleito, y así lo provean desde ahora. Place a sus altezas si pertenece al dicho oficio de Almirante, según lo tenía el dicho Almirante don Alonso Enríquez, quondam, y los otros sus antecesores en sus distritos y siendo justo. Juan de Coloma.

Item, que en todos los navíos que se armaren para el dicho trato y negociación, cada y cuando, y cuantas veces se armaren, que pueda el dicho don Cristóbal Colón si quisiere contribuir y pagar la ochena parte de todo lo que se gastare en el armazón, y que también haya y lleve del provecho la ochena parte de lo que resultare de la tal armada. Place a sus altezas. Juan de Coloma.

Son otorgadas y despachadas con las respuestas de vuestras altezas en fin de cada un capítulo, en la villa de Santa Fe de la Vega de Granada, a XVII de abril del año del Nacimiento de Nuestro Señor de mil CCCCLXXXXII.

Yo el rey. Yo la reina.

Por mandado del rey y de la reina: Juan de Coloma.

Registrada Calçena.

Al leer con cuidado las Capitulaciones, me di a la tarea de encerrar entre corchetes el “ha descubierto” para aislarlo del resto del documento. Después puse en cursiva los verbos cuyo tiempo verbal es el presente, el gerundio o el pretérito del modo indicativo. Simultáneamente, fui marcando en negritas los verbos cuyo tiempo verbal es el futuro del indicativo y todos los que están en subjuntivo. En el conteo se incluyen tanto los tiempos simples como los compuestos; de él se omiten las oraciones con fórmulas legales al final de cada párrafo (e.g., “Place a sus altezas”) y el colofón.

Mi afán por esta revisión lingüística me ha arrojado resultados que me impiden estar de acuerdo con Benítez. De un total de 55 verbos (si me equivoco en la cuenta me dicen para corregir), uno solo está en antepresente (“ha descubierto”), uno en copretérito (“tenían”), uno en gerundio (“quedando”), siete en presente y siete en futuro; los 17 están en el modo indicativo. De los 38 verbos restantes, 37 de ellos están en modo subjuntivo (e.g., “hallaren”, “trocaren”) y el que resta (“ha de hacer”) es, en sí, una construcción gramatical compuesta que indica una acción que no ha sucedido todavía.

Al sumar esos 38 verbos con los 7 del futuro, nos da un total de 45 verbos que trazan una meta a corto, mediano y largo plazo, siempre en el plano de lo hipotético y siempre con acciones concretas que sólo tendrán lugar si se dan las condiciones establecidas en el documento. Por consiguiente, el 75% de los verbos en las Capitulaciones sugiere que los integrantes de este pacto estaban tomando previsiones para el viaje a fin de estar preparados ante cualquier eventualidad, por lo que no se podía dejar nada al azar; había que afrontar las emergencias como si en realidad hubieran estado ahí. Por su parte, el otro 25% está hecho de estructuras verbales aisladas cuyo sentido, aunque varía con las oraciones, no altera para nada el significado de las demás ni el propósito del escrito. El “ha descubierto” representa apenas el 2% de todos los verbos contabilizados en el documento.

Dicho en otras palabras, las probabilidades de acertar con el argumento del “ha descubierto”, que antes eran del 100% para Benítez (puesto que él lo afirma categóricamente como si fuera un hecho irrefutable), ahora se reducen a la chirriquitica cifra de 2%.

Con esto que acabo de exponer, quiero decir que el “ha descubierto”, por estar en ese 2%, está fuera de los patrones de conjugación verbal que son predominantes en la mayor porción del documento. Por tanto, esta palabra desencajada de su entorno no implicaría una conspiración ni un secretismo macabro entre Colón y los Reyes Católicos, sino un hecho más cotidiano que muchos pasan por alto: un error ortográfico. Es difícil saber de quién habría sido la culpa, si del amanuense (el escritor del original) o del copista (el que realizó la copia del original), pero esta afirmación no es descabellada.

Como en el siglo XV no existían computadoras, ni borradores, ni correctores líquidos, ni manuales de la lengua castellana (la Gramática de Nebrija no se publicó hasta 1492, mucho después de las Capitulaciones y mucho antes del primer viaje de Colón), lo habitual era pasar de largo ante las equivocaciones cuando se veían ―claro, si es que se veían― y se continuaba redactando el documento como si nada hubiera pasado. En el mejor de los casos se podía enmendar una letra; en el peor, no había nada que se pudiera hacer. En una época donde el papel aún era caro, no era lógico botar un pliego completo sólo por una torpeza con la pluma.

¿Se percató alguien, empero, de ello? Podría ser que sí, aunque no hay manera segura de saberlo. Los únicos candidatos posibles son el amanuense y el copista, quienes tenían conocimientos de leyes. Descartaría al primero porque era Juan de Coloma, secretario de la Corona, un hombre docto que por su gran dominio del español no habría permitido que este documento oficial tuviera tremenda errata, la cual habría hecho que fray Juan Pérez y los Reyes Católicos se hubieran rehusado a plantar sus rúbricas allí debido a esta irregularidad. Así, mis sospechas se decantan por el segundo, pues es bien sabido por filólogos, lingüistas e historiadores de la lengua que los talleres caligráficos son los lugares donde más se han torcido las palabras genuinas contenidas en los manuscritos que les sirven de fuente.

Bien, continuemos. Si la Corona española nos hubiera querido meter un fraude de este tamaño, habría hecho un mejor trabajo.

(30:10) Pero hay más. En esos sospechosos documentos previos al gran viaje descubridor, los Reyes Católicos, al entrar en detalles, cometen tres indiscreciones que confirman cuanto sostengo: conceden a Colón los títulos de Virrey y Almirante, y le otorgan un décimo de cuanto se consiga en esas tierras incógnitas. En buena ley todo esto debería de haber llegado después. (30:43)

No… Bueno, sí, pero no es como lo dice Benítez. Colón no obtendría esos títulos nobiliarios a menos que su misión tuviera resultados po-si-ti-vos. O, como dicen las mismas Capitulaciones, los Reyes Católicos nombrarían Almirante a Colón “en todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubrirán o ganarán en las dichas mares Océanas para durante su vida”; asimismo, la Corona lo haría virrey y gobernador “en todas las dichas tierras firmes e islas que como dicho es él descubriere o ganare en las dichas mares”.

Ídem cuando el documento dice que “haya y lleve para sí la decena parte de todo ello”, es decir, que Colón tendrá el 10% de los bienes que se deriven del comercio con las tierras descubiertas. Eso puede parecernos una cantidad enorme (vale, lo era, por la importancia de lo que se halló en América), si bien muchos olvidan por conveniencia que el 90% de las ganancias irían a las arcas de la Corona española. Sin embargo, ni los Reyes Católicos ni Colón recibirían un clavo hasta que el viaje de este navegante se reportara como un éxito; si el Almirante fracasaba, lo mandarían a tomar por culo.

Las negociaciones, por tanto, estaban hechas a modo de contrato, como ha señalado Ángel de Altolaguirre y Duvale en su Estudio jurídico de las capitulaciones y privilegios de Cristóbal Colón (1901), porque primero se realizaba un acuerdo, después se hacía el encargo y por último se recibían los beneficios, no al revés. En este documento, aparte de otras medidas legales dictadas en abril de 1492, la Corona hispánica daba a Colón el permiso para realizar su viaje y la autorización a los ciudadanos españoles para auxiliarlo en sus preparativos, pero era el Almirante quien debía arreglárselas para financiar la expedición, comunicar las órdenes reales a las autoridades de los puertos andaluces, conseguir los barcos y reclutar su tripulación.

Por ende, es falso que a Colón le hayan pagado por adelantado por un trabajo que no había hecho todavía. También aprovecho para decir que sus viajes no salieron del bolsillo de la Corona, pues las joyas de la reina nunca fueron empeñadas; de hecho, el altísimo costo de la expedición (¡estimado en dos millones de maravedíes más el sueldo del Almirante!) fue sufragado por Luis de Santángel, el propio Colón y los banqueros y mercaderes italianos que vivían en Andalucía.

Los fondos para la travesía a las Indias eran prestados. Colón, por tanto, no podía darse el lujo de fallar, pues los Reyes Católicos sólo le concedieron una oportunidad que bajo ninguna circunstancia debía ser desperdiciada. Un error y chao pescao.

(30:45) Y al proceder a la requisa de las necesarias naves, ordenan lo siguiente: “Para ir a ciertas partes de la Mar Océana”. Evidentemente los Reyes Católicos tenían una información privilegiada. (31:01)

Tampoco. Eso no lo dicen las Capitulaciones. En sí, el destino geográfico es omitido adrede en ellas para que los portugueses no se den cuenta que la Corona española ha tramado una expedición marítima que tiene por objetivo arrebatarle a los lusos su querida supremacía en el océano. No obstante, los documentos privados sí mencionan hacia dónde iba Colón: a Cipango y a Cathay, en fin, a las Indias, por la ruta de Toscanelli. Ese era el secreto que se debía guardar.

(31:03) El tercer desliz es mucho más elocuente. Al designar a Diego Rodríguez Prieto como el hombre que debía facilitar las carabelas, la ordenanza real fija su sueldo en cuatro meses. Y me pregunto, ¿cómo sabían los Reyes Católicos la duración del viaje en aquel abril de 1492? Resulta muy sospechoso que sólo se equivocaran en dos semanas. (31:33)

Menos. Diego Rodríguez Prieto, en aquel entonces alcalde de Palos de la Frontera, se enteró que la providencia real del 30 de abril de 1492 lo obligaba a colaborar con Colón si quería que se levantara de su pueblo la penalidad impuesta por la Corona debido a que éste faltó a su deber en la reconquista de España. En esa misiva, los Reyes Católicos dijeron lo siguiente a dicho funcionario público (las negritas son mías):

[…] Nos vos mandamos, que del día que con esta nuestra carta fuéredes requeridos fasta diez días primeros seguientes, syn nos más requerir ni consultar ni esperar ni aver otra nuestra carta sobre ello, tengais aderesçadas e prestas a punto las dichas dos carabelas armadas como soys obligados por vertud de la dicha sentencia, para partir con el dicho Christóval Colón donde nos le mandamos yr, e partireys con él del dicho término en adelante, cada e quando por él vos fuere dicho e mandado de nuestra parte, que nos le mandamos que vos pague luego sueldo por quatro meses por la gente que fuere con las dichas carabelas al prescio que pagare a las otras gentes que fueren en las dichas dos carabelas e en la otra carabela que nos le mandamos levar, que es el que comúnmente se acostumbra pagar en esta costa a la gente que va de armada por la mar, e asy partidos sigays la vía donde él de nuestra parte vos mandare, […]

El monto exigido por los Reyes Católicos a Rodríguez Prieto fue una manera de imponer el castigo a Palos de la Frontera para que se uniera a la flotilla de Colón a expensas de sus propios recursos y navíos, a fin que la Corona se viera libre de gastos. En suma, el “sueldo” fijado fue, según este documento, el que solía pagarse a los expedicionarios navales, por lo que esto de sospechoso no tiene nada. A esto hay que añadirle que el primer viaje colombino no tardó cuatro meses en tocar suelo americano (del 3 de agosto al 12 de octubre de 1492 hay dos meses con una semana y dos días).

(31:36) Y llegó el gran viaje. Y con él, y con las siguientes singladuras, Cristóbal Colón terminaría descubriendo sus cartas. Unas cartas marcadas. (31:47)

Absolutamente no. ¿Cuáles cartas, Benítez, las que marcó el Almirante en la versión de Las Casas o en aquella de Oviedo? ¿No serán en realidad aquellos mapas que Colón modificó a partir de los realizados por Toscanelli?

(32:06) Primer viaje. Fiel a lo consignado por el prenauta, Colón, en lugar de navegar directamente hacia Occidente siguiendo los paralelos de España, alarga la ruta y pone proa al Sur. Desciende hasta Hierro en las Canarias, situándose entre los paralelos 27 y 28. Modifica las velas de La Pinta, cambia el aparejo latino por el redondo (más útil para beneficiarse de los vientos de popa). Y fiel a esas instrucciones del prenauta, antes de partir de las Canarias avisa a los capitanes de las otras naves sobre el peligro de un rosario de islas y roqueos ubicados a 700 leguas de Hierro. No es difícil imaginar las caras de los Pinzones ante semejante advertencia. (32:58)

Cónchale… y dale con el prenauta, ¿eh? Benítez, cuente la historia como es: si Colón estuvo en las Canarias, no fue sino por las ideas de Toscanelli en las que él recomendaba que el itinerario del viaje debía comenzar desde allí. Además, La Pinta tuvo una avería en el timón, por lo que se usó la escala en estas islas para efectuar las reparaciones y a la vez para cambiarle las velas a La Niña. En eso, el Almirante tardó hasta el 6 de septiembre en irse definitivamente de las costas españolas, siendo su despedida de Europa en La Gomera.

A 700 leguas (3.379,62 km, 45º-50º O) de las Canarias hay agua, pero en la concepción colombina del mundo se supone que estaba Cipango (la mítica Antilia para su mentor florentino) y que entre este país y Cathay se verían las “islas y roqueos” de los que habla Benítez. El estupor de los hermanos Pinzón fue mas bien un chasco, porque no vieron lo que Colón les había jurado que verían.

(33:00) Pero el secreto del piloto anónimo no se vio libre de algunos graves errores. El informante de Colón se equivocó al situar la gran isla del oro; el Almirante, al seguir el paralelo 27, dejó esa isla ―Cipango― mucho más al Sur. Por eso, en este primer viaje, no encuentra el peligroso laberinto de arrecife. Lo que Colón llamaba “la entrada a las Indias”. Y el 9 de octubre de 1492 la marinería se rebela por segunda vez. Y tiene razón. Los hombres se sienten engañados. La cuenta real del Almirante en esa fecha suma 1.000 leguas. Él había prometido arribar a los arrecifes mucho antes. Y aseguró igualmente que Cipango se hallaba a 750 leguas del punto de partida. (33:49)

Excluyendo la chorrada del prenauta y los arrecifes (¿no dijo Colón que se trataba de una isla que era separada de Cathay por otras más?), lo que dice aquí es cierto, aunque tiene imprecisiones; el Almirante siguió el paralelo 28 (i.e., 28º N) para no violar el tratado de España con Portugal, y el 6 de octubre ocurrió el motín que fue sofocado duramente por la autoridad de Martín Alonso Pinzón.

(33:51) La situación en la Santa María, la nave capitana, se hace tan violenta que Colón reúne a los hermanos Pinzón y se ve obligado por segunda vez a desvelar parte de su secreto. (34:03)

(34:26) Colón consigue calmar los ánimos y recibe un último plazo de tres días. Si para entonces no han hallado tierra, regresarán. (34:36)

Incorrecto. Ni secreto del piloto anónimo, ni negociaciones, ni liderazgo carismático del Almirante. Nada de eso. El 10 de octubre, de hecho, hubo más tensión en la tripulación y Martín Alonso Pinzón sugirió que se utilizara un rumbo distinto, aunque Colón no quiso hacerlo, pues él prefirió seguir por donde iba porque eso es lo que estaba en su mente. Lo que hizo cambiar de parecer a Colón fue la observación de unas bandadas de pájaros que le hicieron intuir la presencia de tierra, de ahí que en vez de seguir su curso planificado viró al Suroeste, aunque luego se mantuvo en su línea recta de navegación. Menos mal que Colón tomó esta decisión, porque de lo contrario habría acabado en Florida o habría continuado vagando por el Atlántico, muy mar adentro.

(34:38) El 12 de octubre descubre Guanahaní, una pequeña isla del grupo de las Lucayas que Colón bautiza como San Salvador. El Almirante, perplejo, no comprende. ¿Dónde ha estado el error? ¿Por qué no han desembarcado en Cipango? Y sigue de isla en isla buscándola. En esos días angustiosos, uno de los ocultos objetivos de Colón se destapa con violencia; al Almirante sólo le interesa el oro. (35:07)

Fíjense en las tergiversaciones cronológicas de Benítez. Si él hubiera usado la fecha correcta del motín (6 de octubre de 1492), el ufólogo español se habría visto en la necesidad de decir que Colón descubrió América el día 9, no el día 12. Para que las cuentas le pudieran cuadrar, Benítez mintió en este dato para dar la impresión que hubo una especie de milagro, como una casualidad demasiado buena como para ser verdad.

¿Cuál fue el error de Colón? Ya lo dije. Cuando él estuvo en San Salvador debió creer que estuvo en una de las islas situadas entre Cathay y Cipango, lo cual le habría hecho pensar que se había desviado de su curso. Para retomarlo, Colón serpenteó un poco más en las Bahamas y navegó más al Suroeste hasta que llegó a la costa nororiental cubana. Por asociación, el Almirante al principio pensó que era Cipango, aunque los demás tripulantes no estaban convencidos porque los indígenas tenían unas costumbres que no eran las de los asiáticos descritos por Marco Polo.

Además, los aborígenes no tenían las riquezas que ellos estaban buscando. Querían oro. Colón no era la única persona interesada en este preciado metal.

(35:14) Colón deja atrás la costa Norte de Cuba y siguiendo las orientaciones de los indios navega hacia el Este, obsesionado por las minas de oro de Cipango, y el 12 de diciembre tiene lugar otro suceso que llena de admiración a los marinos de La Niña y de la Santa María. Al desembarcar, en una ensenada que Colón denominó “de la Concepción”, en la actual Haití, varios de los exploradores aciertan establecer contacto con un nutrido grupo de indios. Y entre ellos, varios hombres blancos. Hombres y mujeres jóvenes tan blancos, dicen, como los de España. ¿Hombres y mujeres blancos entre los naturales caribeños? (35:51)

(36:05) Los conquistadores quedaron asombrados, sí, pero no Colón. El sabía, por el piloto anónimo, que la tripulación de aquella carabela había permanecido uno o dos años con los indios de la región. Y sabía igualmente que los predescubridores se mezclaron con las indias. Ésta sencillamente era la explicación de la insólita presencia de hombres y mujeres blancos. (36:27)

No hay pruebas científicas del mestizaje en América antes de las expediciones colombinas.

(36:41) Y Colón, por fin, avista su gran objetivo. Era el 4 de enero de 1493. Allí estaba la señal que le proporcionara el piloto anónimo. Un cerro inconfundible, con un perfil muy particular, y prácticamente asomado a la mar. Monte Christi. (37:03)

Quitando el prenauta de en medio, el descubrimiento de Monte Christi puede darse por cierto, aunque he de señalar que en esa fecha Colón, quien veía oro hasta en las lentejas, decidió volver a Europa. El 6 de enero de 1493, su nave La Niña (la Santa María se hundió la Navidad de 1492) se reencontró con La Pinta, de la que se había separado por roces con Martín Alonso Pinzón, y el 16 de ese mes comenzaron el tortuoso retorno a España. Para el 15 de marzo ya estaban en Puerto de Palos, luego de haber pasado 32 semanas de peripecias.

(37:17) Y sin desembarcar, el almirante anuncia que allí está su ansiado Cipango. Allí a escasas 20 leguas de la costa se encuentran las ricas minas de oro. Y la marinería, perpleja, se rinde ante las supuestas dotes proféticas del Almirante. ¿Dotes proféticas? Por supuesto que no. Y en marzo de 1494, en el segundo viaje, al descender a tierra y explorar el Valle del Cibao, Colón vuelve a cubrirse de gloria ante sus atónitos hombres. (37:50)

(37:53) Después de fundar Isabela, marcha decidido hacia el Sur, y a 18 leguas exactas de la costa, tal y como había advertido, localiza las minas. (37:58)

Las “dotes proféticas” de Colón se debían a su temperamento mesiánico que no gustó a sus compañeros de viaje; lo que medio alivió las cosas fue el hallazgo de recursos naturales que podían explotarse. No obstante, la existencia de oro en La Isabela, que fue fundada en enero de 1494 (Colón efectuó la exploración al Valle del Cibao dos meses después), pudo ser deducida porque en febrero de ese año Antonio de Torres lo tuvo en el cargamento de su barco que iba de vuelta a España y porque el Almirante ordenó la exploración exhaustiva de las islas caribeñas.

De esta manera, a Colón no le costó mucho trabajo saber dónde estaba el oro. Si no se lo dijeron los capitanes a su mando, se lo dijeron los aborígenes por las buenas o por las malas.

(38:54) Y tal y como le anunciara el prenauta, aquí mismo, los expedicionarios encuentran un nido de paja con tres balas de bombarda. Otra de las señales clave. La viva y aplastante demostración del paso del piloto anónimo por La Española. Por supuesto, nadie se explica cómo han llegado las balas de piedra hasta el corazón del Cipango. Y Colón, satisfecho,  guarda silencio. (39:26)

Captura de pantalla de 2016-01-06 18:48:51

Ah vaina… ¡qué prenauta ni qué ocho cuartos! Las balas de piedra pueden ser de cualquier año posterior a 1492. Una investigación arqueológica nos sacaría de dudas, pero como Benítez no nos dice que él la haya hecho o que sometió esos objetos a algún procedimiento científico de datación, lo que nos queda es su palabra, de la cual no me voy a fiar.

En sí, las bombardas de una carabela, como la tripulada por Colón y mucho antes por el supuesto piloto anónimo, servían para los enfrentamientos contra los barcos en los que se podía reventar una puerta de madera o un mástil; fuera de eso, había que emplear otro tipo de munición para matar al enemigo o asediar sus fortificaciones. Las balas de piedra, por tanto, podían ser disparadas contra los navíos portugueses, pero como ese no era el caso (en América los lusos no eran un peligro; simplemente no estaban ahí) su uso fue recreativo.

De acuerdo a Alphonse de Lamartine (Cristóbal Colón. Descubrimiento de las Américas, 1868, tomo II, XV, xv, p. 194), lo fue, para impresionar al cacique Guacanajari y sus indios en una exhibición del poderío armamentístico europeo. A los aborígenes les encantó tanto la fanfarria con la artillería que vieron a los españoles como los protectores de su pueblo.

Vale, creo que con eso queda resuelto el falso misterio de las balas de piedra.

(40:09) Y fue tan bien en ese segundo viaje cuando Colón, al aproximarse a la actual Jamaica, reclama la atención de la marinería, y dijo: “Señores míos, os quiero llevar al lugar de donde salió uno de los tres magos que vinieron a adorar a Cristo, el cual lugar se llama Saba”. Y cuando los españoles desembarcaron y preguntaron a los nativos, éstos replicaron que la isla se llamaba Sobo. Entonces, el Almirante explicó que Saba y Sobo eran la misma palabra, pero que los indios no la pronunciaban bien. El Reino de Saba, otra de las obsesiones de Colón. Y todos, una vez más, se preguntaron, ¿cómo sabía el Almirante el nombre de aquella isla sin haber puesto el pie en ella? La respuesta es elemental. Lo sabía por el piloto anónimo. (40:52)

Mentira de cabo a rabo. Los taínos llamaban a su isla Xamayca (se escribe también Jamayca), que significa “lugar grande con agua”. En su lengua, que es de la familia arawak, se denominó Saba a otra isla del Caribe oriental ubicada en las actuales Antillas Neerlandesas, pero este nombre geográfico deriva de siba, que quiere decir “roca”.

(40:53) Y conforme siguieron los viajes de exploración, las supuestas dotes proféticas del Almirante dejaron sin aliento a cuantos le acompañaron. Así sucedió también en el segundo viaje. Durante esa larga travesía, Colón se sacó una molesta espina. En el primero, como se recordará, no pudo dar con el peligroso laberinto de arrecife. En noviembre de 1493, en cambio, consiguió avistar la ansiada “entrada a las Indias” tal y como le había referido el piloto anónimo. Allí encontró Matininó y Carib, las islas de las amazonas y de los caníbales. Y las bautizó con los nombres de Guadalupe y Dominica, respectivamente. (41:40)

Cierto es que Colón encontró ambas islas en su segundo viaje, pero lo demás es engañoso.

Los especialistas consideran que el paso del Almirante por Guadalupe y Dominica obedece a un cambio de ruta que pudo deberse a la necesidad de lograr un mejor aprovechamiento de los alisios (una lección que aprendió duramente en su primera expedición), al disipado temor de la Corona española de un enfrentamiento marítimo con Portugal (en caso de una disputa fronteriza, la bula Inter caetera podía ser usada por los Reyes Católicos en su defensa) y a que Colón buscaba arribar a las costas sureñas de Cipango, llenas de islas (las que aparecen en el mapa de Toscanelli en 100º-110º O, 0º-10º N).

No pudo entonces Colón quitarse una piedra en el zapato que ya se la había quitado desde 1492. Los españoles tenían tierras con recursos y esclavos en enormes cantidades. El Almirante tenía su Cathay, su Cipango y su Saba (aunque en eso se equivocó). Lo que faltaba era seguir navegando para aumentar sus ganancias y las de España.

(41:41) Y fue en Guadalupe donde se registró otro desconcertante suceso que supongo hizo sonreír maliciosamente a Colón. Los españoles, al penetrar en una de las aldeas, fueron a topar con dos objetos imposibles. Un codaste y un cazuelo de hierro. El primero, la pieza vertical que remata la nave por popa, nada tenía que ver con las canoas utilizadas por los indios. En cuanto al cazuelo, ¿qué pudieron pensar los españoles? Los naturales no conocían el uso del hierro. Y el Almirante, como digo, sonrió para sus adentros. Aquellas piezas sólo podían tener un origen: el que usted y yo estamos pensando. El prenauta. (42:24)

Con dos cojones… ¿en realidad tengo que refutar esta mentepollada? Si Colón no vio en América mestizos, balas de piedra, vocablos taínos traídos del etíope ni ninguna otra cosa proveniente de Europa o África antes de 1492, ¿por qué debería creer que el Almirante encontró en Guadalupe un codaste y una olla de hierro? Pffffffffff…

(42:28) Colón, prisionero de la vanidad, debió disfrutar lo suyo con estos hallazgos y profecías. En ese segundo viaje, después del alargue desplegado frente a las supuestas costas del Reino de Saba, el Almirante repetiría la hazaña. Ocurrió cuando navegaba al Sur de La Española. A cosa de 7 u 8 leguas de tierra, fueron a divisar un montículo. Y Colón, con una seguridad que desarmó a su gente, afirmó que aquel era el lugar llamado Ofir, “los montes todos de oro”. Las célebres Minas del Rey Salomón. (43:11)

(43:31) Después, las imaginarias Minas del Rey Salomón serían explotadas por los conquistadores, y el lugar fue bautizado como San Cristóbal. (43:41)

Enhorabuena, eso es correcto. Es Ofir, sí señor; la inexistente tierra mencionada en la Biblia (1 R 9:28) que por siglos ha causado fantasías eróticas a muchos apologistas cristianos.

(44:13) Pero la locura del Almirante no se detuvo ahí. El piloto anónimo le había informado también de un increíble lugar en el que los ríos procedentes de una montaña desembocaban en un enorme lago, produciendo un gran estrépito al chocar con la mar. En el tercer viaje a las Indias, en 1498, Colón busca ese territorio situado a cosa de 50 o 70 leguas al Sur de Cipango, según el prenauta. Y lo encuentra. Es el Golfo de Paria, al Norte de la actual Venezuela. Descubre el lago, los ríos, y queda maravillado al escuchar el fortísimo ruido provocado por la reunión de las aguas dulces y saladas. Y la imaginación, basada en las lecturas del Imago Mundi, le lleva a identificar aquel lugar con el Paraíso Terrenal. De hecho lo bautiza con el nombre de Los Jardines, en recuerdo del Jardín del Edén. Y murió creyendo que había pisado la sagrada patria de Adán y Eva. (45:17)

Mmmmm… No exactamente. En agosto de 1498, Colón estuvo en la desembocadura del Orinoco, sí, como también en el Golfo y en la Península de Paria, donde plantó su bandera, específicamente en Macuro. Pero no tuvo en mente el hallazgo de nada relacionado al Edén porque él buscaba las minas de Salomón y algún estrecho que pudiera cruzar para ir a la India. Que el Almirante se haya quedado boquiabierto con tremendo río y con mamarro de paisajes es otra cosa (no en vano llamó “Tierra de Gracia” a lo que más adelante sería Venezuela).

Adicionalmente, no sé qué lago ni qué ríos son los referidos por Benítez porque no nos dice cuáles son. Si es por lo primero, debe ser el Guanoco, pero no es de agua sino de asfalto. Si es por lo segundo, quizás son los ríos Macuro, Yacua, Río Oscuro, Río Grande, El Mapire y La Ceiba, que son afluentes del Golfo de Paria, ubicados en el parque nacional Península de Paria.

Lo más extraño de todo es que la Península de Paria es un macizo montañoso con elevaciones que van de los 500 m a los 1.000 m, por lo que no es una montaña en sí misma. Es improbable, por tanto, que Colón haya corroborado el relato del piloto anónimo porque si lo hubiera hecho habría tenido que adentrarse en tierra firme más allá de Macuro, pero se sabe que por motivos ajenos a su voluntad tuvo que reembarcarse y partir para La Española.

No me detengo a comentar lo del prenauta porque me da náuseas el sólo hecho de escucharlo.

(45:19) Colón, en efecto, disponía de una información secreta y privilegiada. Y la utilizó sin escrúpulos incluso para programar los viajes de vuelta a España. El primero sirve de claro ejemplo de lo que afirmo. Aquel 16 de enero de 1493, cuando toma la decisión de retornar, pone rumbo Nordeste 4ª al Este, busca el paralelo 38 frente a las costas de Virginia y desde allí, sorteando los alisios, se dirige al Este. Los fuertes vientos del Oeste y la corriente del Golfo lo desplazan hacia Europa. Y Colón termina desembarcando en Lisboa. ¿Cómo pudo saber que debía navegar hacia el Norte? ¿Por qué evita el rumbo que había mantenido con tanta tozudez a su salida de Hierro? Colón no conocía la zona. Nada sabía de la corriente del Golfo, y sin embargo acertó. (46:26)

Ah mundo, Barquisimeto… ¿Es que acaso los descubrimientos no pueden ocurrir por accidente o por intuición? Por si ustedes no lo han notado, la meta de Colón en su primera expedición era regresar a España tal como se fue; con una vía lo más directa posible a Puerto de Palos, navegando en línea recta tanto como podía o se lo permitía el clima. Cuando Colón partió de América (como entre 65º y 60º O, véase el mapa de Toscanelli), se fue al Noreste, sí, pero con la mentalidad de alcanzar Puerto de Palos a una latitud aproximada de 38º N sin hacer escalas.

En enero de 1493, el Almirante creyó por esta razón que sería más provechoso el retorno a Europa con la ruta La Española-Puerto de Palos y no La Española-La Gomera-Puerto de Palos, pues esta última lo haría demorarse más. Esta idea era muy ingeniosa, pero no estaba exenta de riesgos porque al estar en mar abierto no tendría más puntos de referencia y por ende no podía precisar bien su posición; por consiguiente, si Colón acertaba llegaría a España sin ser visto por la flota lusitana, pero si él se equivocaba entraría a las aguas de Portugal y tendría que darle explicaciones a Juan II para que lo dejara quieto.

Sucede que Colón desembarcó en las Azores y luego en Lisboa. Eso no estaba en sus planes. Lo menos que quería el Almirante era encontrarse con Juan II, pero no tuvo elección porque una tempestad lo obligó a estar en las costas de Portugal. Esto nos dice por qué La Niña y La Pinta se separaron de nuevo en el Atlántico, por qué Martín Alonso Pinzón llegó antes que Colón a Puerto de Palos y también por qué Colón despertó el recelo de las malas lenguas en la corte española, las cuales creyeron que el rey lusitano lo tuvo por compinche.

(46:48) Pero Colón cometió un gran error. Hizo suyo un secreto que no le pertenecía. Ignoró al piloto anónimo y se quedó con toda la gloria. Y el destino implacable pasó factura. En la primavera de 1499, el Virrey-Almirante es encadenado y devuelto a la corte de Castilla. Y sus privilegios desaparecen. Poco después, el 20 de mayo de 1506, muere en Valladolid. Y muere olvidado y en la ruina. (47:29)

¡Oiga, alto ahí Benítez! ¿Y qué hay del cuarto viaje de Colón desde 1502 hasta 1504, en el que pasó por Centroamérica? ¡Usted se lo saltó olímpicamente, al igual que las razones por las cuales él fue apresado por Francisco de Bobadilla!

Benítez, Benítez, Benítez… qué pésimo cuentacuentos es usted. A Colón no lo fregó el karma, sino las acusaciones que se hicieron en su contra por maltrato a los indígenas y por haber sido incapaz de mantener la disciplina en los colonizadores españoles, quienes desde el segundo viaje del Almirante se habían quejado continuamente de las penurias que estaban atravesando en el Nuevo Mundo sin que él hubiera tenido la gentileza de atenderlas.

En consecuencia, a Colón se lo tomó por tirano. Como los expedicionarios españoles no tuvieron progresos negociando con él sin que surgiera una bronca, decidieron ir a instancias superiores; si la autoridad virreinal de las Indias no los escuchaba, lo haría la Corona en Castilla. Con estas gestiones, Bobadilla fue nombrado juez pesquisidor por los Reyes Católicos, un cargo que le duró poco pero que le sirvió lo suficiente para poner las cosas patas arriba, pues al Almirante le quitaron los grilletes que le habían puesto, aunque también la mayoría de sus prerrogativas.

Nuestro “amado” Colón, por ende, estaba en una situación delicada cuando hizo su cuarto viaje, si a eso le añadimos que él estaba cada vez más enfermo, sin signos de mejoría. Con la reputación minada, necesitaba hacer un recorrido más por el mar para recuperarse de ese bastonazo dado por la monarquía hispánica. No obstante, su travesía fue tan penosa que volvió a España como fuete de arrear pavos. Esto, aunado a la pérdida de su poder político y de su monopolio comercial (en 1499 la Corona española otorgó contratos de exploración a marinos andaluces, aparte que en mayo de 1498 el portugués Vasco da Gama llegó a Calicut, en la India, por la ruta africana), hizo que el depauperado Almirante pasara sus últimos días viviendo de recuerdos.

Si Colón murió pobre, no fue por las jugarretas del “destino”, sino porque hay algo en economía que se llama competencia, la cual lleva a la quiebra a los que no se ponen las pilas. No creo que haya habido diferencia alguna si el presunto piloto anónimo hubiera hecho los mismos viajes del Almirante en las mismas condiciones.

(47:50) Ni siquiera sus restos descansan en paz. En realidad, nadie conoce su paradero con exactitud. Para muchos americanos, Colón descansa en este lugar, en la capital de la República Dominicana, su querida Española. Como reza el viejo adagio, “no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague”. (48:18)

Investigaciones genéticas de laboratorio han probado, por tests forenses de ADN mitocondrial, que los restos de Colón están en Sevilla. Sin embargo, los resultados requieren de una última confirmación, pues deben ser contrastados con la osamenta que está en su mausoleo, el Faro a Colón. Aún se espera que las autoridades dominicanas abran su burocracia para que este asunto sea zanjado de un soplo, ya que el misterio ha perdurado a causa de las múltiples ocasiones en que fueron movidos los huesos del Almirante.

Bien, hora de cumplir lo prometido. Les dije que haría una crítica a la tesis del prenauta, y eso es exactamente lo que voy a hacer. Me centraré en la de Benítez para no irnos por las ramas.

Ante todo, el relato del prenauta tiene varias versiones que no concuerdan sino en detalles puntuales, siendo las más utilizadas la de Las Casas y la de Oviedo. Ninguna de ellas respalda completamente la de Benítez, porque como hemos visto el ufólogo español los usó como fuentes sin decirnos que éstas son las primeras que la desacreditan por ser una historia contada por gente “vulgar”. Además, Benítez no nos dice que Las Casas y Oviedo juntan a la vez dos o más variantes del mismo sujeto desconocido y él le atribuye a ambos autores una certeza que ellos no tenían, con el objeto de hacer que los espectadores de su seudodocumental crean que su bibliografía cimenta sus afirmaciones, cuando esto es al revés.

Que haya más de una versión es, como dije anteriormente, una razón más que contundente para no tomar esta leyenda como un hecho histórico. Las narraciones que se encuentran en La Casas y Oviedo tienen la redacción de una anécdota recogida a partir de personas que reprodujeron el mito sin haberlo cuestionado, pues lo dieron por cierto sin interrogarse sobre su veracidad, lo que apunta a que el origen de estos rumores es oral, no escrito. Esto explica la falta de documentación española del siglo XV que demuestre al prenauta, el cual no se comienza a registrar sino en el siglo XVI con autores muy posteriores a las exploraciones colombinas.

Sólo Fuentes y Guzmán nos dice quién era el piloto anónimo, aunque para probarlo usa cuatro escasas líneas. La genealogía de Alonso Sánchez de Huelva y de su hijo Juan es tan escueta que incluso puede ser producto de una confusión porque los nombres Alonso y Juan, como también el apellido Sánchez, son muy comunes en España. Por ende, es fácil perderse en este laberinto; en un descuido se le puede atribuir a un Alonso Sánchez de por ahí un descubrimiento que no hizo. En sí, tampoco es raro que alguien tenga la misma combinación onomástica, como ocurre con un Juan Sánchez de Huelva, quien fue alguacil mayor de Córdoba en 1575; así, cualquiera puede inventarse un linaje Sánchez de la nada, sin más respaldo documental que la palabra de quien lo dice.

Lo peor es que Benítez usa a estos mencionados escritores como argumentos de autoridad. Si ellos lo dicen, es cierto y listo. Nada de revisar si algo anda mal con sus afirmaciones, no; vamos a creerles sin más. Vamos a usar fuentes viejísimas sin examinar con pinzas sus declaraciones y sin pensar que éstas tienen sesgos inevitables hacia el Almirante, quien a finales del siglo XV era el hombre más despreciado de Europa. Vamos a dar por certero todito lo que le salía por la boca a Bartolomé de Las Casas ignorando que la crítica historiográfica, como la realizada por el célebre Ramón Menéndez Pidal, lo ha echado por tierra debido a que el fraile estaba más loco que una cabra, pues él fue uno de los promotores en América de la Leyenda Negra contra España.

Más allá de los datos geográficos y cronológicos, entre otros más que se han podido demostrar, los testimonios de los cronistas que hablan del piloto anónimo son para tomarlos con cautela extrema. Hay múltiples detalles de ese relato que no encajan con la realidad, ni con la lógica, ni con la historia, ni con los trabajos científicos más recientes.

Observemos, por ejemplo, el de la sífilis. Pese a las divergencias teóricas, no queda duda que los indígenas americanos ya la padecían antes de la Conquista y que en Europa los brotes más tempranos de este mal aparecieron en 1495, es decir, después de las expediciones colombinas. En la actualidad, esta enfermedad puede tardar hasta quince años en alcanzar la fase terciaria, que es la de mayor gravedad, pero entre fines del siglo XV y mediados del siglo XVI los pacientes se deformaban por las pústulas y morían en cuestión de pocos meses, por lo que la esperanza de vida de un sifilítico no pasaba de un año. Ergo, el piloto anónimo no pudo haberle dicho nada al Almirante en 1478 o 1479 si estaba falleciendo entre 1476 y 1477, que es cuando él dizque exploró América.

Considerando que por aquella época las defensas inmunológicas de los europeos no podían atacar la enfermedad y a que ésta era mucho más contagiosa que ahora, las posibilidades de portar e infectarse con la bacteria eran máximas y las de salir ileso de ella eran mínimas, o mejor dicho, nulas. Por tanto, Colón no habría podido atender al piloto anónimo sin exponerse (o exponer a los demás) a esa pestilencia; más aún, el Almirante no habría transportado a un hombre amorfo por la sífilis desde una playa en Porto Santo hasta su casa ―que era la de su suegra― sin que nadie lo hubiera notado. Mantener en secreto un evento de esta naturaleza de acuerdo a las condiciones que describe Benítez es casi imposible.

Otro aspecto a tomar en cuenta está en las enfermedades que habrían sido traídas desde el Viejo Mundo “gracias” al prenauta. Si el forastero europeo se llevó de “regalo” la sífilis, ¿qué recibieron los indígenas a cambio? ¿Me va a decir el ufólogo español que nada, que a los aborígenes americanos no les pegaba ni el coco? Nojoda, Benítez, no parece que usted estudia historia. Los dos años que supuestamente estuvo el piloto anónimo con sus muchachos retozando con las indias ―quién sabe si también con los indios, ¿por qué no? El desfogue no conoce orientación sexual― bastan y sobran para esparcir millones de cepas de microorganismos patógenos en sus tierras.

De ser así habríamos podido detectar la presencia en América de enfermedades endémicas en Europa antes de 1492. Sin embargo, no hay un solo indicio que lo demuestre. La evidencia dice que estas epidemias importadas son posteriores a los viajes colombinos, como la viruela que llegó a La Española en 1509 y el sarampión que en 1529 hizo estragos en los nativos de Cuba. Se ha estimado que al menos el 80% de la población indígena americana pereció a causa de estas plagas en los 100-150 años siguientes a las exploraciones de Colón.

Las estadísticas de la fatalidad concuerdan con los hallazgos arqueológicos. No hay tumba o fosa común donde esté enterrado un niño, un joven o un viejo de ninguna etnia indígena que muestre rasgos de dichos males europeos. Y como señalé con anterioridad, tampoco hay evidencias genéticas del mestizaje precolombino con el “hombre blanco”, razón por la cual no voy a refutar eso de nuevo, como tampoco lo concerniente a las Capitulaciones de Santa Fe ni lo de las balas de piedra. De eso hablé bastante, por lo que voy ya con los dos argumentos favoritos de Benítez para defender al prenauta: los vientos alisios y las rutas usadas por Colón.

En los vientos alisios no hay mucho que decir. Lo que hizo el Almirante fue tener presente esos datos, atar cabos con los mapas de Toscanelli y suponer que los vientos situados en las Canarias lo llevarían a Cipango y que los ubicados en las Azores lo devolverían a la península ibérica. Ese habría sido un motivo más para irse mar adentro al Noreste, y no directamente a La Gomera, en enero de 1493. De este modo, el Almirante tomó decisiones que se basaban en conocimientos aprendidos de los portugueses o de su experiencia propia. Nada de esto está fuera de lugar ni parece haber surgido como por arte de magia; mas bien prueba cómo Colón utilizó el razonamiento inductivo y deductivo para resolver el problema del siglo.

Con las rutas de Colón no será preciso enredarnos la vida. Cuando usted vea un mapa con los viajes del Almirante (los dos primeros de abajo están tomados de la Historia Universal de Salvat, op.cit., el tercero lo saqué de la Wikipedia), observe que el camino de ida en la primera expedición es la única que sigue casi al pelo la propuesta del susodicho intelectual florentino, pues en el resto se va por los alisios. Las vías de vuelta, en cambio, se apegan lo más que pueden a los vientos del Oeste; si Colón se hubiera regresado por las Canarias o por aguas más meridionales habría tenido que navegar de bolina con agotadoras maniobras para la tripulación.

La travesía de Colón por el Nuevo Mundo no tiene patrones definidos porque éste se hizo por tanteo del terreno costero e insular que en parte se vio facilitado por la colaboración de los indígenas. En el segundo mapa de los que puse arriba pueden contemplar que el recorrido del Almirante por América es irregular; lo es porque sus misiones eran de exploración, primero en el Caribe (viajes 1º y 2º) y después a la búsqueda de tierra firme por el Suroeste (viajes 3º y 4º). No hay por tanto un punto de llegada (salvo las escalas en Juana, Jamaica o La Española) sino varias paradas continuas en las cuales los navíos se guían por los perfiles geográficos dibujados por el relieve. Hay además un perfeccionamiento progresivo de la navegación a medida que el Almirante hace más expediciones, puesto que refina sus cálculos y le coloca más lugares a sus mapas a medida que los consigue.

Es decir, Colón navega por ensayo y error. He ahí por qué estuvo cerca de pagar la novatada con su primer viaje. Si el Almirante hubiera zarpado de España con las instrucciones del prenauta, ¿no habría hecho él un expreso desconocimiento de las teorías de Toscanelli? ¿No habría evitado en suma los peligros inherentes de esas áreas, como las tormentas que lo azotaron cuantiosas veces? Sí, lo habría hecho y los habría evitado, pero no hizo ni lo uno ni lo otro. Colón mantuvo su fe en el Cipango de Toscanelli hasta el fin de sus días y no pudo prever las calamidades que pasó en el Nuevo Mundo porque no tenía idea de cuáles eran. En 1479 no hubo quien le dijera al Almirante que se cuidara de la malaria o la sífilis. ¡Es que en la Europa de ese año NADIE sabía qué enfermedades eran esas!

Como he dicho e insistiré en decirlo, la leyenda del prenauta suena fascinante pero está llena de flaquezas, más aún si es la versión de Benítez que contiene afirmaciones gratuitas, equivocaciones, imprecisiones, vaguedades, falacias, mentiras, tergiversaciones, especulaciones y anacronismos; miren no más la patochada esa del mestizaje precolombino que el ufólogo español sostiene SIN evidencia biológica y díganme si no es una chifladura. Todo lo demás cae por su peso. En lo que a mí respecta, este mito histórico es de por sí cuestionable porque surgió justico DURANTE Y DESPUÉS de los llamados “pleitos colombinos”, a inicios del siglo XVI, cuando se quiso que el botín americano de Colón fuera repartido entre cuatro vivos y no dado en herencia a Diego Colón de acuerdo a las Capitulaciones de Santa Fe.

No vale la pena entrar en polémica para ver quién tenía el legítimo derecho a esas tierras. Personalmente no me interesa saberlo. Lo que quiero dejar claro es que los demandantes ganaron el litigio legal contra Colón valiéndose de pruebas trucadas, como el documento falsificado de Salomón que desmentí hace largo rato. Si el fulán Alonso Sánchez de Huelva merecía la gloria por haber descubierto América y no el Almirante, ¿por qué nadie abogó por él en esos juicios candentes? ¿Por qué Juan Sánchez de Huelva, su supuesto hijo, no lo defendió y jamás elevó una voz de protesta ante la Corona española por esta injusticia, cosa que sí hizo Diego Colón con su padre Cristóbal?

Porque no hubo evidencia. Porque la nobleza, el clero y los navegantes españoles más respetados del siglo XV probablemente nunca habían oído hablar de ese maromo. Con estas coyunturas jurídicas y con el pueblo a su favor (recuerden, el vulgo entero dizque creía en esos rumores del prenauta, un millón de moscas no podían estar equivocadas), los Sánchez de Huelva habrían cogido la rebanada de América que les tocaba (¿La Española, quizás?), aunque nadie hizo nada cuando se tuvo la oportunidad perfecta para reivindicar al héroe genuino. Por tanto, no sé qué credibilidad puede tener alguien que canta “¡bingo!” sin enseñar el cartón y ”¡fraude!” sin reclamar el premio.

Total, para lo indemostrable que es su visita al Nuevo Mundo, ¿pa’ qué?

Ahora bien, supongamos que me equivoco en todo lo que dije, que sí hubo un piloto anónimo y que Colón era un analfabestia de los mares que no sabía navegar ni con barquitos de papel. Supongamos también que pueblos anteriores o contemporáneos al español sí estuvieron en América, según las afirmaciones de Benítez. Reconocería entonces mi error ―aunque no creo que lo sea, el equivocado es otro―, pero recalcaré que eso no cambiará algo que a muchos les va a doler hondo en el pecho, especialmente si son indigenistas o multicultis como Benítez, quienes se tapan la boca y las orejas para ignorar estos hechos trascendentales.

Es en relación a las consecuencias de los viajes de Colón. Sin más preámbulos, éstas fueron:

  • Declive de la Liga Hanseática. En la Edad Media, la Deutsche Hansa fue un duro rival de Génova y Venecia porque hizo negocios con los mares del Norte. Tras el descubrimiento de América, España se apoderó de rutas comerciales con productos más atractivos y de mayores beneficios monetarios que los ofrecidos por esta federación mercantil germánica. La Hansa, por tanto, se hizo menos competitiva y entró en debacle.
  • Variación demográfica. Los asentamientos permanentes de los españoles aumentaron la población europea en América. Hubo mestizaje entre colonizadores e indígenas, aunque en estos últimos hubo una drástica reducción de su gente principalmente a causa de las enfermedades transmitidas desde el Viejo Mundo y más tarde desde África, con el tráfico de esclavos negros que se incorporaron a la mezcla racial.
  • Reordenamiento territorial. También debería decirse “conflicto”. Los territorios descubiertos daban derechos comerciales y políticos, aunque también emplazamientos militares útiles para aquel país que los poseyera. Fueron necesarias varias negociaciones entre las partes implicadas, como ocurrió con el Tratado de Tordesillas suscrito por España y Portugal en 1494. Esto nos dice que las pugnas por el control geopolítico de América se dieron incluso cuando Colón exploraba América.
  • Impulso comercial. Entre Europa y América hubo importación y exportación de recursos materiales y humanos. No hace falta decir más.
  • Auge de una era. La de los descubrimientos. Han transcurrido cinco siglos desde que Colón pisó América y todavía seguimos explorando este planeta, aunque no contentos con ella rebasamos las fronteras de la atmósfera para navegar en el espacio exterior.
  • Mitos de exploración. Como la leyenda de El Dorado. Esto se explica por sí mismo.
  • Intercambio idiomático. Creo que esto también se explica solito.
  • Té político para dos. La monarquía española debió organizar las instituciones políticas de sus dominios en sus dos lados: en las colonias americanas y en el epicentro peninsular europeo.
  • Cartografía y marina. La declinación magnética, las observaciones de calmas tropicales y ciclones, y las descripciones de las diferencias de las mareas en aguas americanas en contraste con las europeas son hallazgos que fue haciendo Colón desde su primer viaje. Éstos mejoraron muchísimo con el paso de los años.

Nadie va a negar que estas repercusiones son estudiadas en la historia universal por algo, mas no por banalidad ni por sentimientos chauvinistas proeuropeos sino por sobradas razones que cambiaron para siempre el mundo y la manera en que lo concebimos. En eso no hubo expedición de ninguna cultura o civilización que se le pudiera comparar a Colón en relevancia y envergadura, de ahí que el proyecto marítimo del Almirante tuvo irreversibles consecuencias sociales, religiosas, culturales, lingüísticas, geopolíticas, científicas y económicas como las que acabamos de ver, ya ni se diga de sus aportes a los conocimientos navales.

Puede que se me haya escapado algo de las expediciones colombinas, pero vamos a dejar el asunto hasta aquí. Si Cristóbal Colón fue un hombre importante no es porque haya sido un santo (cosa que no fue, aunque hubo exploradores con menos ética que él) sino porque él hizo en catorce años de viajes (1492-1506) lo que no hicieron africanos, bereberes, árabes, griegos, romanos, fenicios y vikingos en siglos: convertir el descubrimiento de un continente (aunque el Almirante murió creyendo lo contrario) en el Alef con el cual se redescubriría el pensamiento del mundo conocido.

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Capítulo 1 – ¿Cuál huella?

Capítulo 2 – La isla bonita

Capítulo 3 – Hache dos o

Capítulo 4 – Yisus Craist

Capítulo 6 – Dios es tracalero

Capítulo 7 – Una “cajita feliz”

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