Ciencias y pseudociencias


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Imagen tomada de La pulga snob.

De una manera concisa, pero no por ello menos clara, hay que explicar las características que distinguen las ciencias de las pseudociencias, las cuales se han descrito con más detalle, por ejemplo, en la Wikipedia angloparlante y en El mundo y sus demonios, libro de Carl Sagan del que hice una reseña. Así, no me detendré a repetir lo que ya se ha dicho ni a examinar ninguna pseudociencia en particular porque tengo una sección exclusiva en este blog para hacer eso, por lo que he de hablar sobre cuatro puntos clave que siempre considero al momento de criticar y refutar los aspectos más llamativos que identifican el falso conocimiento del verdadero.

El primer punto junta la metodología y el rigor. Las ciencias usan el método científico para analizar su objeto de estudio. El objetivo de éste es garantizar la fiabilidad y veracidad en lo estudiado, además de obtener los resultados que correspondan a las teorías vigentes. Si se postulan nuevas teorías, éstas se revisan con cuidado para comprobar si están en lo correcto; de lo contrario, se descartan. Las ciencias vigilan que no haya manipulación de los resultados, que no se saquen conclusiones forzadas de hechos no comprendidos en su totalidad, que no haya dogmatismo o que se generalicen realidades científicas de diferentes naturalezas. El rigor y la objetividad en la aplicación de los métodos es fundamental para poder analizar las realidades enfrentadas como son, y no como queremos que sean.

Las pseudociencias, por su parte, hacen lo contrario. Sus dogmas, basados en afirmaciones tajantes, testimonios dudosos, errores, especulaciones, tergiversaciones y manipulaciones, justifican la increíble capacidad de la falsa sapiencia para evadir el uso del método científico con todos sus rigores. A menudo alteran los resultados cuando éstos no son como los pseudocientíficos quieren, hacen conclusiones forzadas cuando hay algo que aparenta ir más allá de lo “normal”, agrupan hechos científicos que van por separado y casi nunca postulan nuevas teorías que amplíen satisfactoriamente los conocimientos existentes. Aparte de eso, cuando se ven en dificultades por su falta de evidencias se escaquean con pretextos filosóficos y epistemológicos, como el posmodernismo o el relativismo cultural.

Como los elementos del saber tienen un funcionamiento y una relación dentro de la ciencia, eso conforma el segundo punto, que es el de la estructura, la organización y la solidez. El conocimiento de la ciencia le debe su validez a su estructura, la cual organiza sus principios en ramas que delimitan los objetos de estudio y los mantienen en un corpus homogéneo que les garantiza estabilidad porque porque se basan tanto en hechos comprobados como en teorías que tienen lógica. Aunque los especialistas tienen opiniones encontradas, la ciencia tiene un consenso general en sus aspectos más fundamentales. Por eso dos biólogos podrán diferir en sus pareceres sobre el “equilibrio puntuado” de S.J. Gould, pero no acerca del proceso evolutivo en sí mismo.

A pesar de tener un conjunto complejo de ideas, las pseudociencias no solamente se caracterizan por la antedicha falta de rigor y la utilización mediocre de la metodología (si es que alguna vez la usan), sino por tener un esqueleto argumental muy rocambolesco, y éste consiste en comprobar sus afirmaciones por tener fe en ellas. En consecuencia, los pseudocientíficos nunca se ponen de acuerdo sobre los conceptos más simples de sus estudios porque cada uno de ellos tiene su propia “escuela”, la cual es sistematizada según el pensamiento de cada quien o de los preceptos personalistas creados por algún gurú. De este modo, el raciocinio pasa a un plano secundario porque es suplantado por realidades que se dan por ciertas sin haberlas contrastado o por disparatadas teorías conspirativas utilizadas para quejarse ante el público cuando sus farsas no son tomadas en serio por el gremio científico.

Observemos el tercer punto, que es el de los objetivos, los logros y la ética profesional. Si las ciencias analizan lo que conocemos, no es sólo para saciar nuestra sed de develar lo que no sabemos, sino también para darle un uso práctico en beneficio de todos. Es cierto que muchos descubrimientos científicos fueron empleados para el mal, pero esa no es una razón para coartar su avance. Gracias a las ciencias se han eliminado épocas de oscurantismo, se ha mejorado la calidad de vida de los seres vivos y se han aprovechado sanamente los recursos del ecosistema. Para alcanzar estas loables metas, las ciencias han condenado el uso del conocimiento como un arma y como una herramienta de sensacionalismo mediático basado en engaños popularizados mediante tergiversaciones idiomáticas acerca de su significado.

Típicamente, las pseudociencias usan sus falsedades para llamar la atención, controlar a las masas y obtener ingresos económicos a costa de los demás. El bienestar del mundo no es para ellas trascendental, como tampoco defienden los hechos porque están dedicados a proteger “su verdad”; la que lejos de ayudar a la humanidad, la hacen más supersticiosa, ignorante y desinteresada por el conocimiento. De esta manera, las pseudociencias le temen al progreso, motivo por el cual hacen lo posible para hacer que éste sea percibido como un utensilio de dominación al servicio de los poderosos. Para vender sus engaños, las pseudociencias también se hacen eco de rumores alarmistas y se valen de terminología tramposa que tuerce lo que hemos sabido con las ciencias.

Ya, para cerrar, tenemos el cuarto y último aspecto, que es el espíritu cooperativo. Aunque cada ciencia tiene sus propias áreas de trabajo, eso no impide a ninguna colaborar con otra en caso de ser necesaria la ampliación de los conocimientos de una realidad determinada. En numerosas ocasiones hace falta que un mismo objeto estudiado se analice desde diversas perspectivas científicas que sean pertinentes al caso, pues los hechos que tenemos enfrente pueden ser más complejos de lo que creemos; de ahí la aparición de especialidades como la neurolingüística y la gineco-obstetricia, entre otras más. Para las ciencias, la solución a nuestras dudas requiere un nivel de conocimiento elevado cuyas partes del mismo, relacionadas entre sí, se puedan desentrañar a través de la apertura de las ideas. Las ciencias, por tanto, no tienen una mentalidad cerrada.

No se puede desear algo similar de las pseudociencias. Dada su falta de solidez, es inútil que puedan relacionarse ideas de tan poca fiabilidad. No hay nada parecido a la “astrologufología”; no se ha visto eso porque las pseudociencias no son compatibles entre ellas, y por ende no conocen lo que es la labor interdisciplinaria. Si éstas hicieran el intento, la mezcolanza conceptual sería tan ininteligible que daría lugar a insolubles contradicciones. Eso nos dice por qué las pseudociencias tienen el vicio de tomar prestada cualquier cosa de la ciencia para luego desacreditarla mientras dice, al mismo tiempo, que de no ser por ésta sus tonterías no tendrían sustento (la verdad, nunca lo han tenido). Mayor discordancia que ésta, imposible.

Discernir las ciencias de las pseudociencias aparenta ser algo difícil, pero mas bien eso es muy sencillo, y por cuatro motivos básicos. Uno, las pseudociencias, además de no ser rigurosas, rechazan o pasan por alto la metodología científica; dos, las pseudociencias son estructuralmente débiles y se despegan de la realidad; tres, las pseudociencias no generan adelantos tecnológicos o académicos, ni incrementan nuestro entendimiento ni están en una posición moral superior a las ciencias; y cuatro, las pseudociencias tienen tendencias al sectarismo. Todo esto es preciso tenerlo en cuenta para estar pendientes con la aparición de estas doctrinas de la mentira y con el surgimiento de otras nuevas en el futuro. Lidiar con ellas desde las ciencias, sin embargo, es un cometido más complicado que no se puede cumplir de la noche a la mañana.

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