¿Por qué critico las religiones?

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Sin importar si son o no son institucionalizadas, las religiones son las cosas que menos estimo en la Tierra. Motivos me sobran para decirlo, y muchas veces me ha preguntado por ellos, pero son pocas las oportunidades que he tenido para agrupar mis respuestas en un solo bloque. Ergo, a fin de lidiar con este controversial tema, he de explicar muy brevemente, desde mi propia perspectiva, lo que pienso de estos sistemas de creencias que sistematizan la superstición de los dioses para que millones de personas les rindan culto día y noche, por los siglos de los siglos, amén, con tal de no ser devorados por las fuerzas del mal. Haré esto tomando en cuenta el papel que tiene la fe en la actualidad.

El dogmatismo de las religiones siempre ha estado presente, desde las más primitivas hasta las más modernas. Esta característica, que también se manifiesta en los gobiernos autoritarios, impide a sus practicantes cuestionar cualquier aspecto de su sistema de fe, corregirlo o reformarlo, so pena de sufrir las consecuencias o castigos por parte de las autoridades religiosas; en el mejor de los casos se recibe una reprimenda verbal para volver al corral, pero en el peor se ha llegado a la violencia física. Si las religiones fueran de mentalidad abierta, modificarían sus creencias en pro de sí mismas y de la humanidad; pero no, eso difícilmente sucede, porque para ellas es más sencillo tildar a sus detractores de impíos herejes que dar su brazo a torcer. Así, las religiones son un sistema robespierreano de pensamiento en el que afirmar lo contrario equivale a ser un contrarrevolucionario que se niega a nadar con la corriente. Sigue leyendo

Carl Sagan – El mundo y sus demonios. Análisis, crítica y opinión del libro

carlsagan_thedemonhauntedworld_coverLa fría mañana transcurría al paso de sus últimas horas, cercanas ya al mediodía, cuando se me ocurrió, en un acto improvisado del pensamiento, entrar a la Librería Temas ubicada en Mérida (Venezuela). Era viernes, y como todos los viernes, solía preguntar si había alguna novedad publicada. La respuesta: nada. Entonces me dirigí a la parte de atrás, en la sección de filosofía, a ver qué encontraba. Ya tenía conmigo varios títulos de la Colección Austral, como un par de libros de Aristóteles, uno de Platón y la Divina Comedia, en conjunto con una compilación de textos de Hesíodo de la Editorial Gredos. ¿Pero qué me faltaba ahora?

“Un libro de Carl Sagan”, fue el primer pensamiento que se pasó por mi cabeza. Decidí hacerle caso a mi cerebro, y en ese instante pregunté si de casualidad tenían algún libro de este divulgador científico. La respuesta era afirmativa: dos libros, El mundo y sus demonios y Un punto azul pálido, se encontraban en un área recóndita de la librería. En medio de un dilema que duró unos pocos minutos, me decidí por el primero, el cual compré por 75 Bs. (barato en aquellos años de estudiante universitario), siendo ese el último ejemplar restante en la estantería. Sigue leyendo

Microdisertaciones (II)

Codex_Manesse_Reinmar_von_ZweterPreludio

Ser un seudocientífico es más fácil que pelar mandarina, pues no hay que estudiar; todo está dicho y todo está hecho en una serie de postulados inmutables que fueron proclamados por algún sabiondo que en alguna época remota o reciente creyó haber descubierto la quintaesencia del universo cuando en realidad no había descubierto ni el agua tibia. Con frecuencia, los postulados de este ente de la sinrazón se reducen a un manojo de aforismos precocinados que al ser enunciados guardan cierta similitud con las respuestas pregrabadas de una contestadora telefónica (sí, de esas que uno escucha cuando se llama al número de atención al cliente). No hay manera de abordarlos sin que éste dé sus patadas de ahogado con la cantinela de las conspiraciones, la tramoya del establishment científico y el “negacionismo” de los escépticos acerca de su “verdad”.

A un magufo le viene bien el llantén de la ciencia “inquisidora” que lo persigue o pasa de largo cuando le toca oír sus alocadas aserciones, puesto que tiene un complejo de Galileo, de Newton o de Einstein digno de un análisis psiquiátrico. Y no es para menos, porque a un don nadie que se adjudica un estatus de superioridad intelectual mediante el empleo de esta burda comparación se le debería dar un jalón de orejas para dejarle claro que jamás va a compartir el podio de los sabios salvo que su aporte valga la pena; es decir, el seudocientífico, quien se cree un escéptico “auténtico” y no un poser, no estará a la par de ese Galileo, de ese Newton y de ese Einstein si no nos ofrece algo que le dé un vuelco fenomenal a nuestro entendimiento. Sigue leyendo