La macroestafa de las tiranías

ejecucionderobespierre

[…] cuando el protector del pueblo, encontrando a éste completamente sumiso a su voluntad, empapa sus manos en la sangre de sus conciudadanos; cuando en virtud de acusaciones calumniosas, que son demasiado frecuentes, arrastra a sus adversarios ante los tribunales y hace que expiren en los suplicios, bañando su lengua y su boca impía en la sangre de sus hermanos, valiéndose del destierro y de las cadenas, y propone la abolición de las deudas y una nueva división de tierras, ¿no es para él una necesidad el perecer a manos de sus enemigos o hacerse tirano del Estado y convertirse en lobo? ― Platón, República, VIII, 566a.

Mucho se ha dilucidado sobre las diferentes formas de gobierno, sus virtudes y sus defectos, desde hace largo tiempo, desde los clásicos grecorromanos hasta los modernos estudios en ciencias políticas, y desde cuantiosas perspectivas en las que unos son más optimistas que otros. Todos han querido, a su manera, demostrar su preocupación por el bienestar popular, pero también por incrementar el poderío de las naciones a las que apoyan o de la facción con la que se han aliado, aunque hay quienes aspiran la recuperación de las glorias del pasado a raíz de su desilusión con el presente. Esto, pues, es motivación para muchas personas a su movilización hacia el activismo destinado a fomentar pretenciosos sistemas que buscan solventar nuestros problemas actuales con pensamientos que son de vieja ―o viejísima― data; es decir, que mucha gente, hastiada de la ineficiencia de los mandatarios de estos días, propone como solución a su desidia su sustitución por paradigmas autoritarios que supuestamente sí servían.

Los que abogan por esta propuesta tan descabellada como retrógrada son en general comunistas, (filo)fascistas, neoestalinistas, neonazis, (ultra)nacionalistas, (ultra)conservadores, reaccionarios e inclusive simples gaznápiros que no saben ni jota de política. Estos singulares personajes, además de estar equivocados, promueven sistemas gubernamentales que, indistintamente de si fueron fracasados o exitosos, no podrían implementarse en nuestra época sin causar estragos con “e” mayúscula. En suma, la argumentación para su defensa, la cual se divide en dos categorías principales (i.e., los que copian servilmente al régimen de su interés y los que lo modifican según su conveniencia para que nadie note sus costuras), está muy mal elaborada pero a su vez parte de premisas engañosas que en resumen nos dicen que en el pasado se vivía mejor, aunque sus acólitos están al tanto que en realidad se vivía peor. Conviene, por tanto, combatir con amenidad este mito que endiosa el sacrificio de la democracia a través de cuestionamientos sencillos que quizás estos apologistas de las dictaduras no se han hecho todavía.

El primer grupo de estos neodéspotas es el más fácil de rebatir porque no ofrecen nada nuevo, pues se pegan como disco rayado en los mismos mantras de siempre, como “en el régimen de Fuckencio esto jamás habría ocurrido”, “sigamos el legado de Fuckencio”, “sólo Fuckencio mejoraría el país” y “ni socialismo ni capitalismo; esto es el nacionalismo de Fuckencio”. Reemplace a Fuckencio por el dictador de su preferencia, pero no olvide interrogar a sus partidarios si le cambiarían una coma a su plan gubernamental, aún si éste hubiera sido diseñado en la Edad Media. Vea sus reacciones negativas y su actitud de desconfianza a la adopción de algo distinto a la doctrina fuckenciana. Mire el modo en que se ponen tozudos hasta tal extremo que no reconocen un error en el señor Fuckencio, porque para ellos él es infalible, o en su lugar él es el menos malo de entre los malos; al fin y al cabo, cualquier presidente se queda pequeño comparado a su magnánima efigie.

¿Hagiográficos? Sí. Y también son chupamedias (en mi tierra les decimos jalabolas) de los conceptos de alguien que está muerto, pues no producen ideas sino que beben aquellas que son las desprendidas de un culto al líder, quien es para ellos la representación del pueblo, la encarnación de la nación y el símbolo por excelencia de su identidad. Esta noción cesarista, aunque ha estado en boga desde la Antigua Roma, ha sido reimpulsada por autores como Rousseau y luego por los próceres de la independencia latinoamericana, quienes inspirados por las revoluciones estadounidense y francesa creían que la “voluntad general” era una suprema necesidad ―yo diría mas bien necedad― que debía ser cubierta por un hombre con autoridad para afrontar la crisis, es decir, un hombre con pantalones. En este siglo XXI todavía encontramos gente que piensa de esta manera, o con la variante en la cual no se requiere la dictadura del líder, sino la del pueblo o de las instituciones que deben darle un correazo a las adversidades. Pablo Iglesias, por ejemplo, es un fiel entusiasta de la guillotina, que según él fue un instrumento “vinculado a la democracia”.

Cuando hay un momento calamitoso, como el que está atravesando España, los politiqueros demagogos como Pablo Iglesias hacen su agosto para obtener votos a favor mediante la manipulación emocional y, desde luego, la tergiversación de la historia. En apenas un minuto con trece segundos, Iglesias no se dirige a los hispanos con la imponente energía de Franco ni con la soberbia de la realeza borbónica, pero sí lo hace con un tono amigable, educativo y juvenil, mientras pronuncia frente a las cámaras de una televisora iraní una frase célebre del infame asesino de Robespierre al que llama, sin ruborizarse siquiera, “gran revolucionario”. Al igual que el susodicho Fuckencio, Robespierre es el sueño erótico de Iglesias; es lo que en el fondo le encantaría ser y hacer si las leyes se lo permitieran, o si tuviera forma de restaurar las condiciones que posibilitaron la degollina que nunca pone bajo la lupa de la crítica, ya que la Revolución francesa es, para Iglesias, lo máximo. En sí, las circunstancias no favorecen en nada planes jacobinos como el suyo, aún si ganara las elecciones, y esto es porque su país no se parece en lo más mínimo a la Francia de Luis XVI.

Afirmar, sin embargo, que un Luis XVI sería una opción mejor a la turba de jacobinos peleados con los girondinos o a Robespierre también es falaz porque se le da un aire de santidad a una monarquía absolutista que, por supuesto, no la tuvo; fue un gobierno donde no hubo separación de poderes, ni igualdad social, ni una gestión inteligente de la riqueza, ni tolerancia religiosa (Francia fue uno de los focos de persecución de hugonotes, protestantes, cátaros y valdenses). Sostener lo contrario es mentir e idealizar algo que merece ser condenado; es más, eso equivale a considerar que la estabilidad política del Egipto de hoy aumentaría al restituir la figura del faraón, como si las naciones fueran procesadores de texto cuyos errores de transcripción pueden deshacerse con una combinación de teclas.

La política no funciona así. No hay una máquina del tiempo, y aunque la hubiera sería contraproducente utilizarla para retroceder a la era de, digamos, Porfirio Díaz. ¿Le gustaría ser fusilado por la Gestapo, apaleado por un pogromo bolchevique, sentenciado a ir al cadalso por la Terreur, sin el debido proceso, por actividad contrarrevolucionaria, enviado al exilio por comulgar con la oposición o espiado por sospechas de ser desleal a su patria? No, ¿verdad? Pues bien, ahí se ponen a prueba los delirios de los prodictaduras, quienes no se dan cuenta que incurren en aquella falacia en la que deberíamos invocar un régimen antiguo presuntamente porque si fue efectivo hace sopotocientos años entonces lo será ahora; basta con tomar el fuckencianismo, ponerlo en marcha sin vacilación y listo, nuestros males habrán llegado a su fin. El solo planteamiento de esta apelación a la tradición política equivale a curar una enfermedad con los “remedios ancestrales” de un curandero.

El hecho de aplicar al caletre la ideología de una añorada dictadura, y más aún, la de una dictadura con puño de hierro, es, a decir verdad, como gastar pólvora en zamuro, y por un quinteto de motivos de peso. Uno, porque como ya se dijo ésta sólo sería factible si se recreara con pelos y señales el contexto sociopolítico que otrora la hizo surgir; dos, porque la obra gubernativa, dependiente del jefe de Estado, se descontinúa cuando él fallece o es derrocado, por lo que sus sucesores no tendrán nunca el mismo tacto que el caudillo depuesto; tres, porque obedecer los lineamientos del dictador, aunque estén equivocados, es un acto de dogmatismo; cuatro, porque una dictadura, aún con las mejores intenciones, hace que la nación se personifique a cuentagotas de acuerdo a la imagen del líder, lo cual nos encauza al totalitarismo; y cinco, porque arreglar un país maltrecho a punta de fusiles es equiparable a reparar los desperfectos de una computadora a puñetazos.

Como pudimos observar a lo largo de todo este hilo analítico, esta postura prodictatorial puede calificarse como “dura” por su carácter reacio a la contraargumentación, su deificación sin reservas de personajes históricos, su menester de erigir lo que ha sido abolido, su desconocimiento intencional de los hechos históricos, su tendencia a reivindicar fósiles ideológicos que no se modifican y su afán de propiciar los próximos pasos gubernamentales de la nación con medidas tan apresuradas como drásticas. Normalmente, quienes encajan aquí son muy abiertos a la recepción de nuevos militantes, pero muy cerrados de mente para la recepción de nuevas evidencias que echan por tierra sus valores políticos, que de por sí son obsoletísimos, si bien hacen su mejor esfuerzo por lucir vanguardistas con un lenguaje calmado que no había en la severidad de hombres como “El Incorruptible”.

Opuesto a lo anterior, el segundo grupo de los neodéspotas es más difícil para rebatir, aunque no por ello son menos irracionales al darle a sus dictaduras un rodeo dialéctico con frases como “este país necesita de un Trollencio, pero que no mate”, “si hubieran más dirigentes como Trollencio, otro gallo cantaría”, “en el trollencianato se pagó la deuda externa”, “Trollencio libertó Derpinalandia” y “el régimen militar de Trollencio tuvo cosas malas, pero también tuvo muchas cosas buenas”. En otras palabras, los partidarios de esta “corriente” dictatorial no son tan descarados como para no agachar la cabeza a la hora de admitir sus gravísimos errores, pero agitan sus políticas acertadas como si fueran cascabeles ideológicos. Su objetivo es, desde luego, que le perdonemos a Trollencio sus violaciones a los más básicos principios de la ética en los asuntos del Estado y le concedamos el beneficio de la duda.

Siento decirlo ―vale, en realidad no lo siento―, pero las dictaduras, sean las más abusivas o las más “progresistas”, no merecen tener más oportunidades. En su momento las tuvieron pero las tiraron por la borda tratando a sus respectivos países como paño de coleto, a su gente como hormigas obreras y a sus adversarios como un enjambre de insectos rastreros. No han sido pocas las ocasiones en las que el “desarrollo” fue una excusa para conducirnos hacia abismos de los que no hubo una escapatoria inmediata; los dictadores han llevado sus afanes de grandeza hasta sus últimas consecuencias, desde rencillas con naciones vecinas hasta crueles genocidios. ¿De verdad es necesaria, en nombre de esa “grandeza”, tanta destrucción y tanto desprecio por el prójimo que no sea como nosotros? ¿De verdad es necesario que el fin justifique los medios? No. La historia contemporánea nos dice que hay muchos lugares del mundo como Noruega donde se pueden alcanzar formidables estándares de bienestar socioeconómico sin tocarle una pestaña a las garantías que todo ciudadano libre debe tener por la ley.

Argumentar que los problemas recientes de Japón ameritan un Hirohito pero sin cargas banzai no es muy distinto a sugerir que haya un nuevo Robespierre para España; las formas difieren, pero el fondo es el mismo. En sí, esta es una argucia de doble rasero porque sólo juzga como malas las dictaduras que les conviene cuando les conviene, dependiendo de su tinte político; esto es muy común en los mamertos/ñángaras/chairos que se la pasan diciendo que el fascismo no puede volver debido a las vejaciones del “fiúrer”, pero si uno les dice las que hizo Pol Pot se hacen los locos o relinchan como caballos desbocados diciendo que el comunismo no debe ser desechado por los crímenes del camboyano, de sus Jemeres Rojos o de cualquiera que se le haya asemejado en obra, palabra y pensamiento. Hay quienes van un paso más allá y creen que señores como Rafael Leónidas Trujillo deberían mandar en la República Dominicana, aunque se lo pensarían dos veces si la silla presidencial fuera ocupada, en vez de Trujillo, por Calígula, Nerón o Iván el Terrible.

Evidentes son los motivos por los cuales nadie, en su sano juicio, reconocería ni una cosa buena a estos tres últimos jefes de Estado que he mencionado: porque en nuestra cultura popular hemos sido educados a verlos como el epítome de la maldad, tanto que de ellos no pudo haber surgido nada a lo que podamos exprimirle el jugo, y porque esa cultura desconoce, quizás conscientemente, que hasta las personas más malas del planeta eran como relojes parados que daban la hora correcta dos veces al día. Si no hay “neronistas”, “caligulistas” ni “ivanistas”, y si nadie defiende a Nerón diciendo que construyó el Domus Aurea, ni a Calígula por darle continuidad a la arquitectura romana ni a Iván IV Vasilyevich por darle soporte a la poesía y al arte, es porque en su enorme rabo de paja ven que su condescendencia a Trujillo debería aplicarse, por extensión, a líderes que fueron peores que él, y a la millonésima potencia. Lo que es bueno para el pavo es bueno para la pava, dice el refrán.

De las dictaduras no hay que olvidar ni banalizar lo fallido al sostener que eso no es para tanto, que pasemos la página, que tomemos el lado positivo de sus regímenes. Decirle eso a los represaliados de esos gobiernos o a sus descendientes es sumamente inapropiado, pero también lo es juzgar a un gobierno de ese calibre resaltando sus aciertos como si de manera alguna compensaran los daños de sus malas acciones. Argüir de este modo es caer en lo superficial y lo acrítico, y además revela en quien emplea estos ardides verbales que los rasgos de su postura prodictatorial, aunque se pueda calificar como “blanda”, visten de “reformismo” lo que en realidad siempre ha tenido como divisa su incapacidad para deshacerse de esos dinosaurios ideológicos; es decir, que esta posición no es más liberal que el prodespotismo “duro” porque en esencia posee sus rasgos, aunque con mayor suavidad: dogmatismo, percepción hagiográfica del líder, necesidad imperiosa de reunir militantes, ignorancia de la historia, restitución de algo que ya no existe y la intención de apresurar las sucesiones de los gobiernos.

Las refutaciones que cabrían aquí con Trujillo son las mismas que he utilizado con Robespierre, así que en este sentido no hay nada más que pueda agregar, salvo un pequeño pero relevante detalle. Una investigación veloz de las biografías de estos personajes nada democráticos nos muestran que hay patrones de conducta habituales en ellos, como su carácter dominante, su agresividad, su paranoia, su carisma y, sobre todo, su terquedad, pues sabemos de sobra que nada le da más urticaria a un dictador que la desobediencia y que alguien cuestione sus dotes o sus ideas. Por tanto, el que crea que va a recomponer la economía brasileña trayendo al 2015 a Getúlio Vargas vive en una fantasía, piensa con onanismo que hombres con su temple se van a redimir de sus pecados para regir a su país como en los cuentos de hadas y se ilusiona en vano con alguien que nunca dio ni dará su brazo a torcer. Si Vargas saliera de su tumba y se topara con un grupito de fans que le piden mano dura a la nación pero sin disparar un tiro, se enfadaría y ordenaría a sus guardias que aprieten el gatillo contra esos aduladores por contrariar su autoridad.

Por añadidura, tenemos que si ya es perjudicial el hipotético pero imposible retorno del despotismo como aconteció en el ayer, entonces sería igual de contraproducente que éste releve a un mal gobierno o a otro despotismo. Este ciclo de perdición del “quítate tú para ponerme yo” es el de la traición y del golpe de Estado, como sucedió con Salvador Allende, cuyo gobierno decrépito fue derribado por Augusto Pinochet, y con Cipriano Castro al ser desbancado por su compadre Juan Vicente Gómez. La depredación política, en efecto, se torna en cuentos de revanchismo pasmoso que reflejan lo endebles que son los organismos estatales y su poca fe en la legislación que los ha hecho posibles. Una legislación que, por cierto, está al servicio del dictador de turno y de su partido, los cuales pueden darle un revestimiento de libertad a su opresión con mecanismos electorales que perpetúan la hegemonía de su tolda, de sus fundadores o de sus cabecillas, tal como pasa en la tanatocracia norcoreana.

Seguramente usted querrá saber si hay una alternativa a las tiranías, en las cuales he englobado tanto a las dictaduras como a las monarquías absolutistas y demás gobiernos de esa especie política chamuscada por el oprobio del despotismo que aún recibe apoyo popular. Le diré que sí la hay, y es la que le va a dar una fuerte indigestión porque es la más lenta, pero a su vez es la más integradora y la que da mejores resultados a corto, mediano y largo plazo: la democracia. Como los argumentos en pro de la democracia han sido expuestos hasta la saciedad en cuanto a los derechos humanos y la soberanía de las naciones, no voy por ende a explayarme con esa retahíla de silogismos que conocemos desde hace eones, como la justicia y la igualdad social, sino que vendré con algo más contundente, lo cual tiene que ver con algo mucho más objetivo, es decir, con la resolución de los problemas.

Como han estudiado Henry Farrell, de la George Washington University, y Cosma Shalizy, de la Carnegie Mellon University y del Santa Fe Institute, en un artículo titulado An Outline of Cognitive Democracy, la democracia es útil porque la política, al hacerse más diversificada, genera espacios de debate, de enriquecimiento de ideas y más aún, de andanzas en caminos consensuados que incluyen a las partes interesadas y que redundan en su beneficio. Efectivamente, el reconocimiento de esta pluralidad no es estrictamente por ser “buena onda” con los demás, sino porque un país, teniendo esta pluralidad, es inevitablemente compleja en su sociedad; por tanto, sería atropellado pretender que las situaciones enmarañadas se pueden resolver a decretazos, cambiando ministros a dedo o deportando a los inmigrantes. En consecuencia, para superar los obstáculos de un país hay que examinar muy bien sus causas reales y después tomar una decisión informada que conteste las necesidades de la población. Y cuando digo “población” me refiero a ésta como la mancomunidad de varios ingredientes disímiles, no a la “mayoría” ni a la “minoría”, porque el jefe de Estado y el Congreso trabajan para un país, no para una élite ni para un sector demográfico en particular.

Farrell y Shalizy, además, señalan que mientras las democracias abren las puertas para que los líos se disuelvan contemplando lo observado desde distintas perspectivas en un ámbito multilateral, sus opuestos no tienen esta cualidad por ser unilaterales, pues se atienen a lo que el líder dice. Las instrucciones del dictador son por consiguiente jerárquicas con todas las letras, dictadas de arriba hacia abajo, sin la expectación de ser corregidas porque sus acólitos suponen que si él lo ordena es porque tiene la razón. A partir de esto se deduce que un gobierno dictatorial es más ineficiente para destrabarnos de los problemas no solamente por ser muy poco dado a recibir consejos, sino porque su núcleo racional se engancha al dictamen de un individuo que por muy perspicaz que sea no es probablemente el más indicado para sacarnos de aprietos, puesto que si no es un conocedor absoluto de las artes y las ciencias, mucho menos lo va a ser en materias del Estado. Un político que habla de lo que no sabe da risa, pero un político que obra sin medir el alcance de sus actos da miedo.

Es indiscutible que la democracia no está exenta de meter la pata, pero en contraste con la dictadura es lo mejor que tenemos, sea en su vertiente republicana, como la alemana, o en su vertiente monárquica, como la holandesa. Aunque hay mucho trecho por recorrer, la democracia es un bien preciado que nos ha costado conseguir con el sudor de la frente, por lo que es muy conveniente estar alerta ante aquellos que persiguen la suplantación de la libertad con las engañifas de las tiranías que, en sus versiones mutantes, nos han legado vergonzosas vivencias que no se deben repetir, si bien se nos presentan como los ofrecimientos cariñosos de un marido que maltrata física y psicológicamente a su mujer pero dice que la ama. Nadie que ose admirar a un déspota merece ser llamado demócrata; ni siquiera Aristóteles y su maestro Platón, quienes no se desprendieron del contexto en que les tocó vivir, en la Antigüedad, cuando la democracia era más un boceto en las páginas de la filosofía que una realidad tangible. Leídos con atención, ambos eruditos helénicos tenían el supremacismo y el militarismo entre sus taras mentales; taras con las que aún debemos lidiar para que nuestros líderes no nos devoren como lo ha hecho el “protector del pueblo” en sus lapsus de frenética licantropía.

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