La elección de la senda al sepulcro

latido_corazónEl cerebro humano es un órgano importantísimo del cuerpo humano debido a que es la síntesis de la red neuronal que, de por sí muy compleja, transmite y recibe la información de los diferentes órganos en cualquier momento y en cualquier lugar, sean de los procesos fisiológicos que allí se gestan o más aún, de las funciones cognitivas. Paradójicamente, los órganos de vital relevancia como el cerebro son vulnerables porque pueden ser fácilmente debilitados por dos causas: los accidentes y las enfermedades. En cuestión de breves instantes, estas causas son responsables de la muerte de millones de personas en el mundo.

Sin embargo, un problema secundario es aún peor: el estado vegetativo (EV, o EVP para estado vegetativo persistente), el cual mantiene a las personas que lo sufren en una condición donde no sabemos a ciencia cierta si están, por decirlo con el lenguaje del vulgo, muertos en vida, o si están viviendo en la muerte. Debido a esta incertidumbre, la elección de la senda al sepulcro es una decisión muy difícil que ha sido tomada por muy pocas personas, en general, porque el hecho de seleccionar la manera de morir es una razón de polémica para la sociedad. De hecho, la muerte voluntaria puede sonar estupenda o simple, pero cuando analizamos casos como el de Terri Schiavo decidimos esperar y pensarlo dos veces. La eutanasia, por tanto, viene al debate que se ha de abordar brevemente.

En 1990 Terri Schiavo padeció las consecuencias de una dieta para adelgazar que pudo haberse salido de control: un trastorno metabólico de potasio le produjo a Schiavo un ataque cardíaco que luego disminuyó drásticamente la cantidad de oxígeno en la sangre, causando anoxia y por lo tanto, un daño severo en el cerebro que afectó la mayor parte de su funcionamiento, principalmente la cognición y la locomoción. Después de muchos intentos fallidos para revertir ese daño, juicios para determinar el futuro de la vida de Terri Schiavo y la controversia generada a lo largo y ancho del globo, el tubo de alimentación que la mantenía con vida se removió definitivamente en el 2005 después de dos remociones previas. El mismo destino tuvieron Karen Ann Quinlan y Nancy Cruzan quienes estuvieron igualmente en medio de la polémica: la eutanasia. Muchas personas creen que la eutanasia es un método para matar, pero en el otro lado de esta discusión se asegura que este procedimiento evita que los pacientes sufran más de lo debido. No obstante, ¿cuál lado está en lo correcto? ¿Son ambas posturas erróneas? ¿Es posible encontrar una respuesta más objetiva?

Ante todo, veamos la postura en contra de la eutanasia, la cual sostiene que ésta es un asesinato y una violación absoluta de las leyes divinas y los preceptos religiosos que sólo aceptan a los dioses como los entes competentes por excelencia para quitarle la vida a alguien. El problema con su argumentación reside, aparte de su fallo garrafal en invocar una autoridad, en el hecho de ignorar que si los dioses deciden la muerte de los humanos es porque en vista de su omnipotencia, omnisapiencia y omnipresencia están plenamente asociados al fin de la vida. La contradicción se hace evidente: si tal aseveración fuera cierta, y si las deidades realmente existieran, el fallecimiento por eutanasia no sería sino un modo en que la intervención divina ha decidido manifestarse para guiar a los humanos con el objeto de hacer que Terri Schiavo pasara al “más allá” por medios materiales.

Muchos fundamentalistas religiosos querrán refutar esto diciendo que Dios dejó en EVP a Terri Schiavo por una incognoscible razón o porque “era el destino asignado por el Señor”, pero esta evasión a la carga de la prueba y esas piruetas de maromeros retóricos no clarifican en ningún sentido las verdaderas razones que motivaron la remoción de su tubo alimenticio, las cuales están estrechamente relacionadas a una extenuante querella jurídica en la que el marido/viudo y los padres de Terri se disputaron los derechos legales sobre ella. En contraste con esta debilidad argumentativa “provida”, hay razón y evidencia de soporte para la postura a favor de la eutanasia ―postura con la que congenio, de hecho― que, prescindiendo de galimatías teológicos, se expondrá enseguida.

Usualmente, las personas diagnosticadas con EV/EVP tienen seriamente afectadas sus facultades neurológicas, como su interacción con el entorno y su conciencia. En algunos casos las posibilidades de rehabilitación se incrementan con el tiempo y los medicamentos aunque pudiese quedar con lesiones permanentes, pero en otros, como los ya mencionados, el daño cerebral es tan severo que éstas son reducidas hasta el punto en que la integridad del paciente está relegada a una sonda y a un aparato de ventilación mecánica. Así, en la controversia que acá se genera los que se oponen a la eutanasia proponen que alguien en EV/EVP debería continuar vivo hasta el acaecimiento de la muerte natural, aún cuando sufra y sienta dolor, pero aquellos que abogan por su legalización sugieren que su desconexión pueda ser autorizada sin cortapisas en los tribunales cuando se quiera evitar la prolongación de un deceso que involucra un proceso de lenta agonía, como en los cuadros clínicos terminales.

En lo segundo se arguye bajo la premisa en la que si una persona merece vivir con dignidad, entonces también debería morir con dignidad, en condiciones humanitarias, con acompañamiento de familiares en un ambiente de respeto a su condición y a su credo. Sin embargo, esto para nada significa que la eutanasia sería obligatoria, aplicada de inmediato a cualquiera con un mal incurable que lo lleve a la tumba y atropellando los pensamientos de la gente, lo cual es una medida draconiana homicida con la que jamás estaré de acuerdo, sino que le daría paso a libertades individuales que librarían de dilemas a las legislaciones cuando determinan quién o quiénes podrían dar luz verde o luz roja a este procedimiento.

¿A quién le pertenece, entonces, la autoridad? Esta es una interrogante difícil que de haberse resuelto en el 2005 habría hecho que la desaparición física de Terri Schiavo hubiese acaecido en circunstancias más transparentes, pero las investigaciones más recientes podrían ayudar a responderla. Según reseñó la BBC en el 2010, científicos del Medical Research Council, el Wolfson Brain Imaging Centre en Cambridge y un equipo belga de la Universidad de Lieja demostraron que hay pacientes en EVP que pueden contestar preguntas, reaccionar efectivamente a los estímulos y comunicarse con los pensamientos; estudios anteriores reportados en el 2009 y en el 2006 señalan que varios de ellos todavía tienen capacidades de aprendizaje y de expresión de ideas. Estos datos se pueden obtener con lecturas de una tomografía axial computarizada, las cuales prueban sin lugar a dudas que el EVP no siempre es un impedimento para decir si se quiere seguir con vida o no. Con estos deslumbrantes descubrimientos, el conflicto por la autoridad va un paso adelante a su solución, pues las personas en EVP sí pueden decidir por sí mismas, así que la orden final de la eutanasia debe darles prioridad, especialmente si lo han dejado por escrito.

Lo que debe imperar, desde luego, es el examen cuidadoso de los pacientes, por separado, sea que tengan enfermedades (en fases) terminales o estén en EVP. La eutanasia, al realizarse, es algo que no tiene marcha atrás, por lo que debe conversarse previamente con el paciente y con su familia. Se debería tener sobre ella una posición más racional y más pragmática sobre este tema tomando en cuenta la ciencia, las leyes, la ética y las alternativas médicas que se crean pertinentes. A mi juicio, tratar de impedir que alguien fallezca al asumir un pensamiento contrario a la “buena muerte” ―si unimos las palabras griegas eu (εὖ), “bueno”, y thanatos (θάνατος), “muerte”, de la que deriva euthanasia (εὐθανασία)―, entonces no preservaríamos su vida sino que simplemente pospondremos un hecho inevitable al acompañarlo con un sufrimiento innecesario. La discusión al respecto, empero, sigue abierta.

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