Cazando farsantes con Cristian Perfumo

cazadordefarsantes_coverMi experiencia con la literatura policial es, lo admito, aún pobre, pero no porque no sea mi género predilecto sino porque he estado habituado a textos más clásicos provenientes de autores renombrados; a saber, exempli gratia, La muerte y la brújula de Jorge Luis Borges, A ciascuno il suo de Leonardo Sciascia y algunos cuentos detectivescos de la ciencia ficción de Isaac Asimov, por mencionarles algunas obras que he leído. He tenido, sin embargo, el placer de toparme con algo más moderno que renueva mi biblioteca y que me ha hecho devorar sus páginas con fruición: la novela Cazador de farsantes, del argentino Cristian Perfumo.

Sin menester de entrar con spoilers, Cazador de farsantes describe las peripecias de Ricardo Varela, un hombre que además de ser profesor universitario se dedica, mediante el camuflaje de su identidad, a desenmascarar charlatanes que depredan a sus clientes con espiritismo, brujería, astrología, nigromancia y cualquier truco adicional propio de supuestos videntes o “expertos” en lo paranormal, hasta que el Cacique de San Julián se le presenta como un hueso duro de roer. Con la ayuda de Ariana Lorenzo, Ricardo se irá dando cuenta que el crimen del Cacique va más allá de la estafa sobrenatural y que en sus fechorías hay más personas involucradas de lo que pensaba, por lo que nuestro protagonista se atreverá a enfrentársele a pesar de los grandes riesgos que esto implica.

Detrás de la trama argumental y del resumen que he hecho de él, la novela de Perfumo destaca por su sencillez narrativa. En sus 72 capítulos, la estructura de la historia transcurre en segmentos cortos que en un principio están separados según las perspectivas de los personajes que, aparentemente inconexos entre sí, convergen cuando las verdades aparecen debido a que se desentrelazan los hilos de las evidencias. En otras palabras, Ricardo, el pastor Maximiliano Velázquez y el Cacique de San Julián, aparte de unos pocos roles secundarios como Calaca, están en sus respectivos microcosmos, sin salirse de las secuencias que les han tocado, hasta el instante en que por insistencia de Ariana se juntan por pasos cuando se realizan los descubrimientos más trascendentales, los cuales parten de un niño secuestrado en una casa abandonada.

La noción de la termporalidad, es decir, la cronología de los eventos, es también una virtud que se puede señalar. En Cazador de farsantes, la sucesión de los hechos es mayoritariamente lineal, pero no dejan de lado su paralelismo con la participación individual de los personajes que viven en el presente mientras rememoran el pasado o parte de él. Esto se ve con mucha nitidez en Ricardo y Ariana porque lo que dicen y lo que hacen es en el Comodoro Rivadavia de “ahora”, aunque para entender ese “ahora” es preciso escarbar en las profundidades de años de investigación criminal que se creían perdidos; es necesario acabar lo que alguien más comenzó a través de la recuperación de indicios de pruebas empolvadas por el olvido institucional de los organismos de seguridad representado en el comisario Altuna.

Una cuestión que evidencia la anterior es la construcción de los personajes principales, más concretamente, su personalidad bifurcada en dos planos del tiempo que marcan en ellos un “antes” y un “después”, es decir, que traza la línea divisoria entre lo que fueron y lo que son. De esta manera, Ricardo y Ariana han experimentado transiciones que los han convertido en versiones de sí mismos que desearían no haber sido nunca a raíz de un factor en común: la fatalidad; la de Ricardo fue la muerte de su amada Marina Carrillo y el asesinato de su amigo Javier Gondar, y la de Ariana fue su ruina profesional en la policía cuando indagaba el revoltijo en el que Javier estaba metido y que le costó la vida. En este orden de ideas, hay un dualismo en el que su actual búsqueda de justicia objetiva contrasta con los deseos subjetivos de cambiar un pretérito injusto que pudo haber sido mejor. Para Ricardo y Ariana, encarar al Cacique de San Julián es lidiar con sus propios demonios internos.

Perfumo se anota un tanto al elaborar la relación entre los personajes y el ambiente cronológico en el que se desenvuelven, aunque además él lo logra con la interacción de esos personajes que, teniendo una naturaleza distinta, dan su empujón a la resolución del misterio en mayor o menor grado. En su novela, Perfumo hace que los diálogos expongan realidades que hasta entonces estaban ocultas o que preferían ser escondidas, y que los monólogos, contenidos usualmente fuera de los guiones conversacionales, expresen las observaciones de Ricardo cuando está analizando las pistas. El contrapeso, ejercido por las fuerzas del orden a las que pertenecía Ariana, hace que Ricardo revise sus razonamientos, como si fuera un filtro que le da a sus contrapartes la inocencia salvo que se hallen pruebas inequívocas de su culpabilidad. Los antagonistas (e.g., Calaca, Cacique de San Julián, el pastor Maximiliano) se irán haciendo cargo de confirmar o matizar las conclusiones de Ricardo a medida que vayan apareciendo frente a él progresivamente.

No se podría hablar de Cazador de farsantes únicamente en cuanto a su trama, argumento, personajes y entorno, puesto que una narración literaria policial es, como toda narración (y, por qué no, también un poema), un árbol sin hojas sin su lenguaje, sin sus recursos idiomáticos. Hay verdad en señalar que aquí no hay trazas de lirismo ni de las complejidades semánticas que bien podría haberlas en el Ulises de James Joyce, pero la escogencia de las palabras es típica de muchas novelas de este género en las que se sacrifica la estética para otorgarnos un relato cuyo arte reside en cómo se nos transmite el constante suspenso de la expectación. Por supuesto, no pudieron faltar los episodios en que Ricardo, imitando con finura la técnica de la ciencia ficción dura de emplear términos técnicos con fines divulgativos, nos obsequia unas lecciones amenas de lógica con varios pasajes que, como el entresacado más abajo, nos instruyen lo que es el alcantarillado de falacias, sesgos cognitivos y demás truculencias irracionales.

En la página principal había un video titulado Los milagros del pastor. Duraba cuatro minutos, y en él se veía a Velázquez alargándole la pierna a un niño que tenía una más corta que la otra, curando cánceres y adivinando nombres, direcciones y hasta números de teléfono de gente del público. Según él, información que le había pasado Jesucristo la noche anterior.

Ni siquiera es original para engañar a la gente, pensé. El pastor Maximiliano estaba haciendo en Argentina lo que Michael Poppof y Uri Geller habían hecho en Estados Unidos y Europa treinta años atrás.

Como se refleja en la cita, Perfumo utiliza un lenguaje que va al grano para decirnos en qué consiste la farsa del pastor Maximiliano con una comparación puntual, rápida, contundente, sin rebuscamientos superfluos que nublen el entendimiento tanto de la historia de la novela como del mecanismo del fraude milagrero. Por tanto, la escogencia del vocabulario, aunque quizás no sea la más adornada para los entusiastas de las figuras retóricas, es meticulosa, delicada, con la gracia del acento rioplatense que a ojos vistas se habla allí con sobrada naturalidad. Eso sí, tuve que parar varias veces la lectura para consultar el diccionario por los modismos del Cono Sur ―los cuales, dicho sea de paso, no restan calidad al relato― a los que no estoy muy acostumbrado. Tal vez una edición crítica del libro, en el futuro, pueda incluir un glosario.

Ya que estamos en el plano de la lengua como herramienta para la didáctica del librepensamiento, ha de resaltarse que el discurso escéptico del autor es directo, pero no por ello menos metódico, pues consigue atraparnos en las incógnitas de Ricardo y Ariana mediante el seguimiento del rastro de las pistas que se van uniendo hasta formar una afirmación falsable, aunque la única certeza inicial es aquella en la que el Cacique de San Julián es un engañabobos. Ricardo y Ariana nos muestran cómo se develan esas incógnitas al decirnos, a través de sus acciones, que toda pieza de información, por pequeña que sea, no se debe descartar porque puede apalancar la investigación. De ahí sus ganas incansables de recolectar evidencia a como dé lugar.

Ahora bien, la problemática de Ricardo y Ariana está en la calidad, mas no en la cantidad, de las pruebas. Cazador de farsantes insta a mirarlas más de cerca y a estar conscientes de la inutilidad de una ruma de datos acerca de, digamos, un presunto criminal si no tenemos la capacidad o la habilidad para extraer de ellas un conjunto de hechos deducibles y demostrables; es decir, que carece de sentido tener información si no se sabe cómo procesarla. Esto lo observamos más claramente luego de la muerte de Ariana, cuando Ricardo prosigue la indagación, pero no sin antes consultar al inspector Orlandi en la comisaría, quien debido a esta circunstancia se transforma en una especie de peer reviewer que lo aconseja pero que también le pide explicaciones de sus conjeturas (algo similar ocurre en secuencias anteriores, cuando Ricardo tiene sus charlas con su primo Gabriel). La inteligencia, intrepidez y creatividad de Ricardo le han permitido quitarle el disfraz a los dos mercaderes de fraudes más prominentes de su país; sin embargo, de no ser por la terquedad de Orlandi sus pesquisas habrían quedado atrapadas en un callejón sin salida, amontonadas en la montaña de papeles que Ariana le heredó.

Tenemos, como hemos visto, un dueto de esquemas del escepticismo aplicados en la novela. En el primero hay una metodología para andar en el sendero escabroso que desmiente las seudociencias al “oler” sus huellas, y en el segundo hay un ordenamiento lógico de las pisadas que de par en par se rastrean magnificadas con la lupa mental de Ricardo y Ariana. El tercero sería un extra; sería la introspección argumentativa que juzga la distinción entre la casualidad y la causalidad en relación a las forzosas desapariciones de albinos con las pomposas jornadas de evangelización del pastor Maximiliano. Con el inspector Orlandi aprendemos a ser precavidos con estos correlatos que, detectados por Ricardo, podrían ser espejismos de patrones que parecen ser relevantes pero que en realidad podrían no existir.

De los planteamientos puestos sobre la mesa en torno a los protocolos de la razón para echar abajo la superchería, se puede sumar a éstos la táctica del contraataque, es decir, la de darle al misticista una cucharada de su propia medicina al hacer que muerda el anzuelo basado en las premisas de sus creencias con el objeto de quitarle el velo a sus patrañas. Como está ilustrado excepcionalmente en el capítulo 1, la seudociencia es tan crédula que es incapaz de reconocer lo verdadero de lo falso; por tanto, cualquiera con una chispa de ingenio se las arreglaría para burlar los presumidos poderes de un psíquico con tan sólo enmascarar de certeza una mentira que éste considerará como una manifestación genuina de sus dotes espirituales.

Para discernir en la veracidad científica de los detalles particulares de esta narración en prosa haría falta una revisión que los examine detenidamente. Pero como confío en que otros harán esa labor, y como ese no es el objetivo principal de estas líneas, me he limitado a realizar una apreciación más superficial de éstos. A mi parecer, los simbolismos y los hechos del mundo físico plasmados por Perfumo son, para efectos de la ficción literaria, un entramado verosímil de ideas que están sujetas a las facetas de los personajes, del argumento, de la ambientación espacio-temporal y de las concepciones librepensadoras que mediante un peculiar lenguaje los une cuidadosamente, como si fueran filigranas de locuaz coherencia.

Solamente hubo, empero, una cosa con la que no pude estar de acuerdo. La escena en la que Ricardo está casi en peligro de ser víctima fatal de Calaca expone una visión empañada del ateísmo y del agnosticismo, en la cual generalmente se tiene el concepto falso y prejuicioso de que uno es un irredento no creyente hasta el momento en que el avión cae en picada. No obstante, espero que esto sea un malentendido porque a lo mejor a Ricardo se le habrían cruzado esas taras mentales por el estrés de tener cerca una pistola que estuvo a una pestaña de cegarle su vida. Tomando en cuenta que Ricardo no es un protagonista infalible ni perfecto, estos lapsus psicológicos no están exentos de acaecer. Por lo menos no en él.

Esto que acabo de decir no le sustrae un ápice a la aportación global de la novela, cuya importancia está en que nos da una introducción al pensamiento crítico, nos exhorta a desengañarnos sin temor de lo mágico y nos advierte que todo intento de retar la charlatanería, tanto seudocientífica como religiosa, puede devenir en las reacciones airadas de sus promotores, quienes se lucran con la ignorancia ajena. No desestimaría, por tanto, la trascendencia del libro a la hora de sembrar las semillas del escepticismo sino que la exaltaría e invitaría a echarle una ojeada a Cristian Perfumo y su Cazador de farsantes.

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2 comentarios en “Cazando farsantes con Cristian Perfumo

  1. Genial y explícito análisis, hace que den ganas de leer como sea.

    Por cierto para meterse en lo policíaco, detectivesco y mordaz recomiendo a Dashiell Hammett, textos que se pueden encontrar en la red de Black Mask (mina que inspiró el género negro), el cuento de Asimov El crimen supremo, y El valle del terror de Conan Doyle, dicen que tiene anticipos del género negro.

    Pero si quiere ver una paradoja de un autor supersticiosos y un personaje ficticio escéptico y cazador de charlatanes, le dejo mi entrada:
    http://melancolicanetropia.blogspot.com/2015/01/el-escepticismo-ficticio-de-arthur.html

    Saludos.

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    • Hola Gladwin, gracias por comentar y por tus recomendaciones adicionales de lectura. Eché una ojeada a tu post y es sorprendente (bueno, no tan sorprendente para los que estamos acostumbrados) que muchos escritores de este tipo estaban atraídos por lo sobrenatural mientras hablaban del método científico. Lo importante con Doyle es diferenciar la persona del personaje, es decir, lo que él creía como humano supersticioso que era de su aporte a la literatura. Seguramente Sherlock sería la antítesis de su creador.

      Saludos para ti también :)

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