Ufología: una seudociencia acerca de nada


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El universo es enorme; sus dimensiones son tan grandes como la cantidad de variables necesarias para la aparición de la vida en éste. La interrogante sobre la posibilidad de vida extraterrestre no es nueva: Christiaan Huygens discutió este complejo problema en su obra Cosmotheoros, escrita en el año 1698, la cual nació de su firme creencia en la existencia de la vida en otros rincones del cosmos. Por supuesto, en años posteriores el debate seguiría a través de teorías formuladas por científicos como Carl Sagan, cuyos proyectos como el SETI han hecho que la discusión aún esté en vigor. Sin embargo, es en pleno siglo XX cuando muchas ideas acerca de la posibilidad de vida en otros planetas fuera de la Tierra se salieron del plano de la ciencia.

Para empeorar el panorama, la aparición patológica de la conspiranoia, en conjunto con una preparación pobre de diversas personas que se autoproclamaron especialistas en el tema, reforzaron las tesis seudocientíficas. En pocas décadas aparecieron numerosas publicaciones donde se hacían afirmaciones sobre el hallazgo de seres vivos en mundos distantes del nuestro, aunque carecían de evidencias sólidas. El hecho de señalar como ciertos un conjunto de argumentos no demostrados hizo que naciera la ufología (llamada también ovnilogía, aunque usaré el primer nombre): una seudociencia que tiene una cuantiosa suma de partidarios, pero una credibilidad nula. Esto puede explicarse a través de siete puntos básicos que nos dicen por qué la ufología es un fraude al cien por ciento.

Veamos el primero de ellos, de carácter etimológico. El OVNI, que proviene del inglés Unidentified Flying ObjectUFO―, es un Objeto Volador No Identificado. Si ese no es el acrónimo ideal para hablar sobre la posible existencia de extraterrestres es porque no toca en lo más mínimo el tema; son cuatro letras que designan un objeto sin identificar que surca los aires. El OVNI es, en sí mismo, una forma de darle un nombre a lo desconocido, como lo fue el famoso Hic sunt dracones escrito en el globo terráqueo de Hunt-Lenox (ca. 1510); es una manera implícita de reconocer que la “cosa” en cuestión es absolutamente ignota, por lo cual hablar de visitantes alienígenas con tecnologías aeronáuticas superdesarrolladas apelando a esta palabra es una contradicción, una falacia ad ignorantiam que no cuenta como prueba.

Presten especial atención a cuando se dice no identificado. Cuando el OVNI hace referencia a esto es precisamente porque el objeto en cuestión NO ha sido identificado, lo cual significa que no hay forma de saber si hay presencia de aliens hasta tanto se disponga de mayor información que pueda confirmarla o desmentirla. He aquí está el error épico de la ufología: como se desconoce la naturaleza de aquello que se ha visto, entonces se concluye que hay extraterrestres visitándonos. Este errado razonamiento suele partir de la suposición disparatada en la que unas borrosas fotos o videos nos dicen que los ETs están en el cielo; que si observamos algo allá arriba y no sabemos lo que es, entonces ellos seguramente han aterrizado en este rincón del Sistema Solar. Por eso no es de extrañar que muchas páginas web seudocientíficas nunca aportan pruebas concretas de la llegada de los alienígenas al planeta Tierra.

A tal circunstancia debe sumarse que la mayoría de los casos de OVNIs avistados son resueltos debidamente. Cuando esto ocurre, las palabras no identificado desaparecen para dar paso al nombre correspondiente al objeto que ha sido identificado: un pájaro visto en la lejanía, un reflejo luminoso, una exposición prolongada de la cámara fotográfica, un fenómeno atmosférico, una nube lenticular, un globo sonda, un cuerpo celeste, un avión o incluso un trucaje fotográfico. Sin embargo, ¿qué pasa con la minoría de objetos que aún NO han sido identificados? Simple: se quedarán hasta nuevo aviso como los OVNIs que son.

Con la división entre lo identificado y lo no identificado es como entramos en el segundo punto, en el cual la ufología tiene pruebas que no prueban nada. La ufología ha insistido en depender exclusivamente de evidencias centradas en materiales como fotos y videos, en archivos y en testigos que por sí mismos no tienen el peso suficiente para demostrar la existencia de ETs ni de naves espaciales de otras civilizaciones exoplanetarias, puesto que una idea en la ciencia necesita ir más allá; necesita el respaldo de diferentes áreas del conocimiento. Esas presuntas evidencias esgrimidas por la ufología pueden clasificarse en tres grandes grupos: las testimoniales, las documentales y las audiovisuales.

Las evidencias testimoniales son las más comunes en la ufología, pero son también las menos sólidas debido a sus contradicciones, las cuales pueden ser retóricas o empíricas. Las contradicciones retóricas a menudo ocurren cuando varias personas aseguran haber visto un OVNI o sus accesorios (i.e., alienígenas, robots extraterrestres), aunque sus declaraciones no concuerdan entre sí o con lo conocido a través de la ciencia, incluso si una sola persona dijo haber tenido contacto con los alienígenas, como ocurre en los relatos de abducciones. Un avistamiento sonado que posee estas incongruencias ocurrió el 13 de febrero de 1981, en la localidad española de Fuentecén; pese a que pareció un gran “descubrimiento”, el encuentro humano-ET no lo era ni por asomo porque las versiones de los hechos, que habían sido inventadas, no encajaban al ser narradas separadamente por los tres testigos.

En las contradicciones empíricas los testimonios no son corroborados por la ciencia, pese a que pueden gozar de verosimilitud. Lo peculiar de éstas es su incapacidad de aguantar los rigores científicos, como también su carencia de pruebas sólidas que la ufología, en efecto, no puede otorgar salvo a través de vagas dizque evidencias físicas, desde supuestos jeroglíficos y datos astronómicos hasta argucias retóricas que explotan las hipotetizaciones y las mentiras conspiranoicas de ocultamiento gubernamental del Pentágono. El ejemplo más práctico lo tenemos en el incidente más famoso de todos los tiempos: el de Roswell, que ha sido analizado innumerables veces por innumerables autores, como Brian Dunning.

Aunadas a los falibles relatos de los testigos, las evidencias documentales están entre las favoritas de los ufólogos, quienes hacen mención a una una serie de informes generalmente procedentes de fuentes oficiales que supuestamente son pruebas fidedignas de los alienígenas en la Tierra con sus eventos asociados, como el robo de animales de granja por los OVNIs. Estas son las más abundantes, pero curiosamente también son las menos leídas por los amantes de esta seudociencia, ya que si lo hicieran sabrían que reportes como los del Proyecto Libro Azul demuestran que la proporción de aterrizajes extraterrestres es, grosso modo, de un 90% para los objetos identificados vs. un 10% para los no identificados, no al revés. A los seudocientíficos les encanta invertir esos porcentajes o agarrar ese 10% para el placer de su sesgo de confirmación.

Las fotografías y videos componen, por último, las evidencias audiovisuales, las cuales pueden ir acompañadas de testimonios, archivos y teorías no demostradas que supuestamente explican el fenómeno. Casi todos estos materiales, empero, son fraudes, mientras que otros registran objetos fácilmente identificables que no tienen relación con extraterrestres. En otras ocasiones es lo opuesto, pues hay fotos y clips de video cuya calidad es tan deplorable que ni siquiera sirven para sostener las teorías ufológicas acerca de OVNIs o extraterrestres porque los objetos registrados son irreconocibles. Por tanto, las imágenes de la cámara no sirven al no tener información de valor que se pueda extraer o reconstruir de éstas, y menos aún si lo que ésta capta normalmente lo hace desde un solo ángulo, a una distancia descomunal del platillo volador y con un único testigo que resulta ser el ufólogo o un cazaovnis aficionado con una filmadora casera.

De hecho, es bastante frecuente que las personas más ignorantes son las que consideran de antemano las fotos o los videos como evidencias sin percatarse que sobre las mismas hay, con frecuencia, personas que divulgan falsos análisis realizados por farsantes en las que se observan vacas abducidas donde podría haber, quizás, un insecto pasando a toda velocidad por delante del lente. Tal es la falta de crítica de la ufología que siempre se escabulle cuando surge el escrutinio científico para restregarle en la cara que los avistamientos de OVNIs, al ser contrastados con escepticismo por, digamos, tomas hechas desde diferentes perspectivas, disuelven el enigma extraterrestre mediante el descubrimiento del fraude o de la identificación del objeto que tiene incontables explicaciones tan realistas como sencillas.

Para evitar el uso de hipótesis innecesarias que entorpezcan la investigación, la Navaja de Occam es una cerca de la lógica en la que la explicación más simple suele ser la correcta, aunque no necesariamente sea la verdadera. Este es el tercer punto en el cual las teorías postuladas por los ufólogos, además de no aceptar refutaciones, se saltan este filtro fundamental porque siempre se complica con esclarecimientos fallidos que dejan más misterios de los que pretenden descifrar. Mientras la ciencia diría que un objeto con forma de platillo volador aparecido en una foto podría ser un reflejo lumínico producido por la cámara fotográfica, la sugerencia de la ufología sería que éste es un transbordador tripulado por “cabezas redondas” provenientes de las Pléyades.

Al ver la propuesta científica no tardaremos en despejar la incógnita: si no es un reflejo de luz, puede ser un pajarovni, o algo que entre en la lógica, pero al observar la de la seudociencia ufológica empezarán los quebraderos de cabeza, pues será necesario preguntarse por qué es una nave espacial y no otra cosa, qué son exactamente los “cabezas redondas”, aparte de si una civilización alienígena puede proceder de las Pléyades o si ese platillo volador está tripulado. De todas formas, una foto a secas de un OVNI no nos dice nada sobre sus ocupantes, ni sobre su lugar de procedencia ni los motivos que los trajeron a la Tierra, y aunque no haya nada de malo en proponer explicaciones alternativas a lo que no se sabe (en la ciencia esto es común), lo más adecuado es proponer respuestas que no omitan la Navaja de Occam ni la sustituyan con disparates de presuntuosa profundidad intelectual al estilo de “ese es un OVNI adamskiano”.

Tampoco es útil valerse del argumento de autoridad o de la falacia de falsa autoridad para forzar la autenticidad de los presuntos “encuentros cercanos del tercer tipo”, lo cual es el cuarto punto que es una maña de la ufología en la cual suelen escucharse cantinelas como “lo dijo el almirante del ejército estadounidense Fulano de Tal”, “un científico famoso cree en aliens, por eso yo creo en ellos”, “son ciertos los avistamientos de ETs y OVNIs porque hubo científicos que pudieron demostrarlos” y “mi abuela vio un OVNI, ella no mentiría sobre algo tan delicado, lo juro”. Pero sobra todo comentario acerca de quienes dicen haber avistado platillos voladores, puesto que los testigos pueden equivocarse, alucinar, mentir o hablar en concordancia con lo que le se les sonsaca engañosamente en las dudosas terapias de recuperación de recuerdos.

Frases como las mencionadas se usan para evitar naufragios dialécticos que se dan por evidencias que brillan por su ausencia. Algunas de ellas son clásicas, como las apelaciones a miembros del ejército en las que si el almirante Fulano de Tal dice haber sido testigo de un OVNI, entonces el “descubrimiento” ufológico es confirmado, pero si ese almirante se niega a proporcionar información el ufólogo igualmente hace su hallazgo alegando que los Marines encubren la verdad. No obstante, los militares sí han podido identificar los OVNIs que han avistado salvo en una mínima cantidad y muchas fuentes documentales primarias de encuentros con ETs están disponibles para su consulta pública en la red. Leídos con fundamento, los acuartelados archivos de platillos voladores tienen datos más útiles y tienen más crítica de lo que cualquier ufólogo o conspiranoico pueden ofrecer.

Igualmente, los argumentos de autoridad utilizan a instituciones científicas como la NASA. Muchos ufólogos tienen el descaro de decir que sus indagaciones son respaldadas por éstas o por observatorios astronómicos de fama mundial, como es lo es el ALMA (Atacama Large Millimeter/submillimeter Array, en el desierto chileno de Atacama), aunque al revisar la información contenida en estos centros de estudio se demuestra que la ufología se equivoca, miente o tergiversa al momento de darles uso. Hay inclusive quienes irrespetan el conocimiento científico al cimentar sus aseveraciones con planteamientos teóricos complejos que nunca les cuadran, como la Ecuación de Drake o la Paradoja de Fermi, con el objetivo de fingir coherencia en su discurso aunque no sepan ni jota de matemáticas o física.

Hay, asimismo, quienes se aprovechan de declaraciones polémicas como las del celebérrimo Stephen Hawking acerca de los extraterrestres que podrían conquistarnos a la vieja usanza europea si vinieran a nuestro planeta. Los partidarios de la ufología están muy mal ubicados si creen que su seudociencia tendrá mayor validez sólo porque Hawking habló sobre alienígenas, ya que sus ideas expuestas en realidad son especulaciones fácilmente objetables, pero no tanto desde el ámbito ético o político, sino desde el económico. Como se puede desprender de un artículo de Michael Shermer y de uno redactado por José Elías, la colonización de la Tierra por parte de los ETs no es una inversión sino un gasto de recursos que podrían obtenerse en un santiamén con la supertecnología existente tanto en en su hiperavanzado planeta de origen como en sus inmediaciones.

Los impresionantes contrasentidos de la ufología son, de esta manera conjunta, el quinto punto, en el que se vislumbran sus incoherencias alocadas. Para estos especialistas en vender misterios, los extraterrestres que nos visitan ―supuestamente lo han hecho incluso desde épocas remotísimas― nos llevan millones de años de adelanto científico-tecnológico, sin incluir sus sopotocientos años de evolución previos a los del Homo sapiens. Esto tiene cierto sentido retórico hasta que se sacan a la luz varias afirmaciones traídas de los cabellos que nos hacen pensarlo dos veces antes de ser atrapados por la carnada ideológica de los alienígenas superdesarrollados, la cual se pilla solita porque se muerde la cola mientras la persigue. De acuerdo a esta seudociencia, los astronautas intergalácticos extraterrestres viajan distancias interestelares con el objeto de:

  1. Mejorar su decadente ADN al combinarlo con los genes de nuestra especie o de algún otro ser vivo, como el de un bóvido, pero para recolectar ese material genético los ETs tienen que abducir periódicamente. Hecho esto, los alienígenas realizan experimentos en los individuos, como inserciones de implantes, fecundaciones forzosas a las mujeres, revisiones genitales-rectales o cirugías. A veces los obligan a tener relaciones sexuales con algún ET o híbrido ET-humano. Al terminar los experimentos, devuelven el abducido a su hogar con su memoria completamente borrada.
  2. Entablar lazos de fraternidad con gobiernos como el de los Estados Unidos o con organizaciones maquiavélicas como los Illuminati para consumar su sed de conquista sideral o para frenarla, por lo que es esencial el mantenimiento del comercio de la tecnología extraterrestre con estos entes políticos y/o filantrópicos. Como cada raza alienígena tiene sus propios intereses, es obvio que cada una viene desde zonas del universo que o son sumamente lejanas o han sido “ignoradas” adrede por la ciencia, como las Pléyades, Orión, Zeta Reticuli, Procyon, Nibiru, Tau Ceti, Sirio B, Lira, Andrómeda e inclusive la Tierra.
  3. Contactarse con nosotros a través de los círculos en las cosechas o la telepatía. Las “señales” dejadas sólo pueden entenderse si son interpretadas por un médium, quien también es capaz de conversar mentalmente con cualquiera de sus hermanos extraterrestres. El supuesto ET contactado desea hablar con nosotros y advertirnos, digamos, del calentamiento global o de la bomba atómica. No obstante, el ET sólo responde preguntas sencillas; si no son de ciencia, mejor, para no exprimirse el cerebro con esas odiosas ecuaciones.
  4. Asistir la construcción de civilizaciones antiguas, las cuales carecían del conocimiento necesario para erigir estructuras como las líneas de Nazca o las pirámides de Egipto. Los alienígenas utilizaron ingeniería genética para ayudar el proceso evolutivo; también enseñaron actividades como la pesca, la agricultura y la ganadería a los humanos durante la Prehistoria. Tiempo después los aliens se ocultaron y hasta el sol de hoy tutelan a la humanidad.
  5. Teletransportar objetos o personas desde colosales distancias a sus ciudades situadas en otras partes del universo para que vean cómo a los ETs, pese a tener una tecnología tan asombrosa como la de Star Trek, envían personas al quirófano sin su consentimiento con el fin de extirparle sus órganos para comérselos, sea para fines eugenésicos o para esclavizar la nuestra. O bien, los alienígenas lo hacen para hacer experimentos con ellos.
  6. Crear y ampliar los dominios territoriales de su propia especie extraterrestre en otras áreas de nuestro Sistema Solar, como en la Luna, Ganímedes, Pan, Venus, Marte o Júpiter. Los objetivos pueden ser variados, pero uno de ellos es el de colonizar la Tierra luego de haber sido destruida por los humanos, quienes deben ser reeducados por estos seres “superiores”.

A decir verdad, estas ideas, por interesantes que sean, no son veraces, ya que reflejan la ignorancia absoluta en la que está sumergida esta seudociencia. Además de no atenerse a los hechos, la ufología cae en incoherencias que se anulan mutuamente y que de paso dejan lagunas racionales con las que la ciencia sí puede lidiar. Los alienígenas descritos por los magufos tienen una inteligencia que los sitúa por debajo del ser humano al ser ésta contraproducente a los criterios científicos y morales más sustanciales; por ejemplo, ninguna civilización ET con semejante nivel de tecnología viajaría tan lejos solamente para secuestrar, someter y torturar humanos, enseñarles a hacer lo que ya sabían como cultura, utilizar estafadores para difundir mensajes nada novedosos, librar guerras en nuestro planeta e intervenir innecesariamente el proceso evolutivo. Por ende, los antedichos seis objetivos de los extraterrestres son rebatibles con una buena dosis de ciencia y una pizca de sentido común.

  1. Biológicamente, es prácticamente imposible que dos especies diametralmente diferentes puedan tener hijos; es por esta razón que no puede haber un híbrido extraterrestre como Spock. En suma, los alienígenas utilizan medios demasiado rudimentarios para realizar sus estudios científicos, lo cual es contrario a sus supuestos millones de años de avances. Los humanos somos capaces de clonar células, aumentar la salud de su especie y la de otras, investigar sobre genética, obtener muestras de tejidos, inseminar artificialmente y realizar cirugías sin necesidad de hacer sufrir a la gente, por lo que los ETs ufológicos son versiones exoplanetarias del infame Josef Mengele, a juzgar por sus procedimientos antiéticos. Es más; si la eliminación de la memoria de los abducidos fuera tan efectiva, los terapistas de recuperación de recuerdos no podrían sacarle una palabra de sus vivencias por el hecho de no acordarse de lo sucedido.
  2. La astronomía hace lo mejor por no pasar por alto ningún lugar del universo y ha hecho mapas donde figuran montones de cuerpos celestes donde la vida (no) es posible; ésta ha aprendido que la vida, para originarse, requiere de una cantidad enorme de variables para aparecer, por lo que no pueden haber seres vivos con inteligencia similar o mayor que la del ser humano en cualquier sitio. Por tanto, proponer que hay ETs de Betelgeuse o del centro de la Tierra ―lo cual es terrahuequismo de lo más rancio― tocando a nuestras puertas o que hay legiones de Autobots que quieren protegernos de los Decepticons es meternos en una fantasiosa camisa de once varas.
  3. Internet es la mejor muestra de cómo los humanos nos podemos comunicar desde lugares distantes. Los ETs, quienes según los ufólogos nos llevan la delantera, dejan mucho que desear con sus presuntos círculos en las cosechas y médiums telepáticos, los cuales equivalen a enviar un mensaje al Voyager 2 mediante señales de humo. Además, no hay la menor diferencia entre los médiums espiritistas y los médiums alienígenas; es evidente que su negativa a hablarnos de ciencia revela que quien habla no es un sapientísimo extraterrestre sino un embaucador. Para colmo, las revelaciones de los “hermanos” ET acerca de peligros como el efecto invernadero solamente aparecen después de haber sido descubiertas por nuestra especie, nunca antes. Esto no es inteligencia.
  4. Que nos resulte difícil determinar cómo se erigieron las civilizaciones antiguas no es un motivo válido para apelar a las tesis ufológicas de los “cabezas redondas”. Se ha estudiado un chorro de años de historia terrícola, pero no se ha encontrado una sola traza de naves extraterrestres aterrizadas, digamos, durante la Era Mesozoica. Por otra parte, estructuras como los geoglifos de Nazca tienen imperfecciones perceptibles a simple vista que revelan la evolución paulatina de la arquitectura y del arte, no la asistencia de civilizaciones ET superdesarrolladas. La humanidad ha podido lograr sus metas (i.e., aprender a pescar, cazar, sembrar, construir) porque ha tenido consigo el pensamiento racional y porque ha comprendido que cualquier sociedad, por primitiva que parezca, puede hacer grandes cosas.
  5. Si la tecnología avanzada de un ET le permite teletransportar objetos, ¿por qué los abducen? ¿No es más fácil tomar las muestras que necesitan y utilizar su ingeniería genética para fabricar sus propios alimentos por cultivo celular, a escala megaindustrial, en vez de andar por la Tierra usando a sus especímenes como conejillos de Indias?
  6. En la ciencia del cosmos se ha analizado un río de planetas y satélites, pero ningún dato favorece las tesis ufológicas porque sería imposible proponer que formas de vida inteligente habiten sitios del cosmos que desdichadamente son inhóspitos para su colonización, aunque pudieran ser aprovechables en el futuro para obtener recursos naturales (no) renovables.

Cuando estos argumentos contundentes pulverizan las tonterías de la ufología, no es de sorprender que ésta use como argucia defensiva la conspiranoia del encubrimiento de los OVNIs, lo cual es el sexto punto. Esta seudociencia no razona lo suficiente como para darse cuenta que un hallazgo tan importante como el de la vida extraterrestre no se puede callar; si la ciencia tuviera pruebas, no tardaríamos en saberlo, por lo cual no habría forma de tapar el sol con un dedo. La astronomía no esconde información, aunque los ufólogos siguen en sus trece y van más lejos: dicen que el gobierno de los Estados Unidos (o el ruso, o el británico, o el que sea) no quiere que nadie conozca la existencia de éstos últimos con sus naves espaciales, lo cual es una flagrante contradicción. Si eso fuera cierto, ¿por qué estos “especialistas” se jactan de decirnos lo que supuestamente ha sido silenciado por los MIB?

Más aún: si hubiera un encubrimiento por miedo al pánico colectivo o a una gravísima crisis política, social, económica, moral y religiosa que podría derrumbar nuestra civilización, ¿por qué hay tantas personas que se tragan las afirmaciones de la ufología sin cuestionarlas y sin aportar la menor prueba de cuanto dicen? ¿Por qué no hay olas de violencia a pesar de esta creencia masiva en los OVNIs? ¿Por qué los ufólogos son los primeros en abrir su hocico sobre el tema si piensan que la desclasificación de documentos y la revelación de la existencia de los OVNIs representaría un potencial peligro para la humanidad, y por qué ese empeño feroz de ellos en demostrar el presunto contacto con los extraterrestres sin evidencias incontestables?

Los por qués son obvios, se contestan por sí solos: porque no hay encubrimiento alguno. Porque no hay gobiernos ni entidades de seguridad nacional que estén metidas en complots para perseguir por todos los medios posibles a quienes avisten o investiguen a los OVNIs (aunque desde fines de los años 40’ hasta finales de los años 80’ sí se podía hacer, pero porque sospechaban que los platillos voladores eran aeronaves de potencias enemigas de los EE.UU. o de la URSS). Porque si los ufólogos tuvieran la razón, entonces el asunto de los alienígenas no sería tan abiertamente discutido en libros, revistas, periódicos, podcasts, blogs, páginas web, seudodocumentales, videos en YouTube, foros, redes sociales y en la televisión, donde los ETs generan jugosos dividendos por la audiencia anticientífica que es atraída como moscas a la miel.

Adicionalmente, la ufología puede convertirse en un culto, en una seudociencia cuyas erradas ideas pueden ser preceptos aceptados mediante credos en lo etéreo; este es el séptimo punto, en el cual los argumentos en favor de los OVNIs son de lo más variados, pero son peculiarmente los mismos que usan los creyentes de las religiones tradicionales para apoyar sus creencias. De este modo, la ufología puede esconder diversas formas de teísmo, pero no lo digo en un sentido figurado para hablar sobre su dogmatismo seudocientífico sino en el más literal; es decir, que su falta de raciocinio ha sido el nido de las religiovnis, del ufovangelismo.

Generalmente, las religiovnis son aquellas religiones o sectas religiosas cuyo núcleo fideísta está basado en los OVNIs, en extraterrestres, en exoplanetas o en todos los anteriores. Religiovnis como la Fraternidad Cósmica, el Movimiento Raeliano, el ummoísmo y la doctrina del Libro de Urantia tienen profetas, textos sagrados, videntes, predicadores, revelaciones paranormales, médiums, mitos creacionistas o de “Diseño Inteligente”, así como un carácter reaccionario al pensamiento científico, una cerrazón mental ante la contraargumentación y una capacidad de estafar a los creyentes, como lo ha hecho la cienciología. En el ufovangelismo hay una fusión entre las creencias religiosas de antaño y las patrañas seudocientíficas que se escudan con el susodicho heptágono de falacias que ya se han refutado una por una.

Las teorizaciones científicas acerca de la posibilidad de vida extraterrestre son tan interesantes como relevantes. Sin embargo, es necesario instar a que este asunto se tome con mucho juicio, siendo realistas en torno a las investigaciones, distinguiendo la posibilidad de la realidad. La ufología no es el camino por el que debemos andar para desentrañar esta incógnita debido a que es un entramado de evidencias malinterpretadas, mentiras autocomplacientes, contradicciones y actos de fe; por tanto, con toda seguridad a ésta se le podría considerar como una seudociencia acerca de nada, pues nunca ha tenido ideas interesantes que se hayan podido probar o que hayan servido como legado a la ciencia. Aún así, con las evidencias en contra y a lo largo de todos estos años, hay todavía quienes quieren tenerlos en su mente, como el agente Fox Mulder, por lo que si el humorista Jorge Tuero hubiera sido escéptico probablemente habría dicho que “los magufos pasan, la creencia queda”.

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