Los refranes de la ignorancia


Vivimos rodeados de refranes: los decimos con una asombrosa frecuencia en un sinnúmero de circunstancias cotidianas que nos indican la presencia de la informalidad. Además, solemos aprenderlos interactuando en conversaciones con otros hablantes y captamos inmediatamente su significado pese a sus distintas versiones; por ello es que son transmitidos de generación en generación gracias a la oralidad, aún cuando hay registros en la escritura. La colectividad se encarga de almacenar estas frases populares en las cabezas de sus individuos para así ser utilizadas como una navaja suiza verbal caracterizada por su brevedad, contundencia, practicidad, precisión y elocuencia. Esta es su incontestable ventaja, aunque nunca está de más mirar la otra cara de la moneda con algunos ejemplos representativos.

Suele pensarse que hay un vínculo entre la inteligencia y la concisión al expresar una idea compleja con un enunciado sencillísimo, pues a buen entendedor, pocas palabras bastan. Esto sería enteramente cierto si no fuera por un curioso detalle: los refranes son metáforas de los hechos, y como sabemos ad nauseam, las metáforas, al igual que otras tantas figuras retóricas, se prestan para múltiples interpretaciones. Las oraciones cortas, gestos o ademanes omiten datos relevantes que deberían hacerse más explícitos, dejando espacio a las confusiones. Las señales de tráfico, diseñadas con símbolos y/o un mínimo de texto para proveer información, en varias ocasiones o son desmemoriadas con facilidad por los conductores y los peatones, o simplemente son ininteligibles.

De esta misma manera es como se puede hallar otra relación cuasi veraz, pero esta vez entre la erudición y la edad. ¿Más sabe el diablo por viejo que por diablo? No necesariamente; abunda la cantidad de personas muy entradas en años cuya sapiencia está al nivel de un mozo. Aunque no peca de ambigua, la metáfora aquí es muy simplificada, por lo cual es superada por otro refrán: la experiencia es la madre de la ciencia. La descripción al respecto es mucho más acertada: “el uso y el conocimiento práctico juegan un papel muy importante en la enseñanza”; id est, que nuestras habilidades se desarrollan y mejoran a medida que las ejercitamos, sean físicas o mentales. Obviamente, nunca hay que descuidar las bases teóricas.

A este panorama se suma un abordaje inadecuado de las adversidades, aunque con loables intenciones. Veamos: ¿qué hay de positivo en un atentado terrorista, una hambruna o una enfermedad terminal? ¿Qué provecho se le puede sacar a estos terribles eventos? Ninguno, pero a menudo se proclama que no hay mal que por bien no venga y que a mal tiempo, buena cara, mas no que a río revuelto, ganancia de pescadores, el cual es otro refrán verdadero a medias. En momentos de crisis hay oportunistas que hacen leña del árbol caído, pero también hay quienes desean ayudar al prójimo a escapar del laberinto del minotauro.

Los problemas pueden ser afrontados erróneamente de dos maneras; con dosis de superoptimismo, como en el primer par de refranes mencionados en el párrafo previo, y con una píldora de estoicismo conformista traducida en una oración: más vale malo conocido que bueno por conocer. Este llamado a la prudencia tiene la capacidad de embrujar una sociedad entera hasta hacerla reaccionaria, con miedo a cualquier signo de evolución, mientras olvida que la matriz del progreso está en un cambio cuyo arranque es en un terreno resbaladizo sin garantías de logros iniciales. Los resultados triunfales están precedidos por un conjunto de fracasos que se han superado y corregido; de no ser por esto, la humanidad se habría estancado en el Paleolítico.

Quien no se arriesga, no pasa la mar y la perseverancia todo lo alcanza son formidables metáforas para sustentar la parte final del razonamiento anterior. Sin embargo, tienen su punto débil si las contrastamos con los refranes a gran salto, gran quebranto y más vale prevenir que curar, ya que la tenacidad puede convertirse en terquedad y la temeridad en insensatez. Asumir un riesgo puede conseguir un objetivo inverso al planteado (Aristóteles tenía un término para esto en su Poética: peripecia), y persistir en un propósito utópico solamente desvía los esfuerzos que podrían emplearse en metas mucho más factibles. Jamás saldremos adelante si no nos atrevemos a hacer algo nuevo, pero si no calculamos el costo de esa aventura pagaremos muy alto el precio del tropiezo.

Ahora vámonos a otro tema refranero, y con una duda: ¿en realidad la suerte de la fea, la bonita la desea? Si nos guiamos por la humildad del sastrecillo valiente que se ganó medio reino y la mano de la hija del rey al superar arduos obstáculos con su astucia, sí, aunque si nos apegamos a la realidad encontraremos un paradigma diverso: la fortuna no es un premio obtenido en un campeonato, sino un suceso del azar que acontece en una minoría de la población; este peripatético accidente no está reservado para nadie, pero la cultura inculca a creer lo contrario. Naturalmente, lo bello no es indefectiblemente una mejor opción a lo antiestético, pero: a)¿con quién se casa el príncipe azul de los cuentos de hadas?; b)¿de cuál lado se decantarían las apuestas si hubiera una carrera de caballos entre Rocinante y Babieca? La elección no se inclina hacia la modestia.

En comparación a la susodicha cuestión, cada oveja con su pareja es un refrán que exhorta a mantener el statu quo de las relaciones (principalmente las sociales) no escogiendo alguien/algo recatado sino haciendo caso de las similitudes de sus miembros, debido a que esta es la combinación más favorable. Analizándola en su forma, esta frase sería estupenda para evitar enemistades y roces por causa de diferencias irreconciliables, pero escudriñándola en su fondo es un pésimo consejo porque fomenta el segregacionismo como en el sistema de castas en la India. Este concepto es lamentablemente impulsado por los partidos políticos, los grupos de supremacía racial y, por supuesto, las religiones.

Si reflexionamos sobre estas divisiones tajantes que pululan en los imaginarios colectivos, notaremos que éstas son imposibles de cultivar sin el poder del fertilizante lingüístico; el idioma exterioriza un concepto que espera ser materializado. Este concepto no tiene valor mientras no se efectúe en la praxis, por lo cual es una promesa aérea a la que debemos hacer caso omiso: a palabras necias, oídos sordos porque perro ladrador, poco mordedor. Sin embargo, el intelecto de ambos refranes se queda a la mitad si los estudiamos con detenimiento, pues los chismes se esparcen como reguero de pólvora entre los faranduleros y han habido políticos que han cumplido ―más o menos― sus programas de gobierno o sus crueles amenazas contra los disidentes.

¿Conviene, por tanto, ser cautelosos ante las declaraciones ajenas? Sí, porque podrían ser indicios de que algo no va viento en popa; el idioma es una herramienta de la prevaricación. Hablando se entiende la gente, pero también se le embauca, se le traiciona, se le dogmatiza o se le humilla. Asimismo, hablando se camufla la hipocresía, se perpetúan los improductivos debates bizantinos y se forjan mesas de diálogo en las que el emisor y el receptor litigan sus polarizadas posturas como si estuvieran en un cuadrilátero de boxeo. Irónicamente, la retórica es el arte persuasivo de meter gato por liebre, el pilar diplomático de la guerra y el sostén de la demagogia. El discurso es un pozo que puede ser envenenado con tramposos camelos, o bien es una cuerda que puede enredarse en un nudo gordiano de contrasentidos.

Planteemos una situación para ilustrar esto: una entrevista de trabajo a las ocho de la mañana. ¿Qué es más conveniente: asistir con antelación o con retraso? Según a quien madruga Dios le ayuda, es mejor ser puntuales, pero según no por mucho madrugar amanece más temprano, es preferible no apresurarse; según más vale tarde que nunca, una pizca de impuntualidad no hace daño a nadie. De estos tres senderos, hay que recorrer sólo uno en detrimento de los demás; para ello sopesamos las alternativas (ninguna de ellas es definitiva) hasta determinar la elección con mayores probabilidades de éxito. La elección es problemática porque se evalúa cualitativamente, surge del contexto y depende de los intereses de cada quien. No es objetiva.

Partiendo del precedente análisis, los refranes pueden ser argumentos débiles si abusan de las generalizaciones, se basan en correlatos equivocados, dan sugerencias de endeble calidad, se contradicen y entran en conflicto con otros refranes, sean éstos sus sinónimos o sus antónimos. Las paremias son retazos de lógica que no son ni pretenden ser universales y, por consiguiente, no son la panacea que remedia nuestras inquietudes.

Se ha de confrontar la zona más estéril de los refranes indagando en su campo semántico, el cual es proclive a la subjetividad y tiene lagunas epistemológicas que no deben ser subestimadas. Sin embargo, estos inconvenientes incentivan su uso consciente y crítico, en vez de su proscripción. Los proverbios no siempre tienen la razón, lo cual muestra al folclor como una industria manufacturera de saberes ambivalentes que pueden ser contraproducentes. He aquí la paradoja.

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