Sobre la denegación y la rudeza del debate


“Sé que debería respetar tu opinión aunque esto me es difícil porque eres un maldito idiota”.

“Sé que debería respetar tu opinión aunque esto me es difícil porque eres un maldito idiota”.

Hay una tríada de cosas que pueden pasar en un intercambio de ideas. Uno, se llega a un encuentro sano de opiniones, donde quien no tiene la razón admite sus errores; dos, se aprenden cosas nuevas cuando los interlocutores disuelven sus diferencias en pro de llegar a conclusiones objetivas; y tres, el escenario se convierte en una pelea de gallos en la cual no se pretende probar nada, sino ganar la discusión. El primer par de circunstancias es el más deseado por mucha gente educada por ser espacio para las conversaciones productivas, mientras que la última de ellas es la más ansiada por picapleitos que de a nada se ponen a buscar lo que no se les ha perdido mediante trifulcas verbales que no conducen a ningún lado.

Viendo este panorama, me he interrogado con frecuencia si es necesario participar todo el tiempo en debates, y aún más: si hace falta ser siempre buena gente y amable en un debate donde la contraparte miente con insistencia, está claramente equivocada, no tiene argumentos de valor o sencillamente carece de evidencias. Me contentaría con decir una simple negación a estos planteamientos dubitativos, pero como estoy habituado a sustentar mis argumentos con explicaciones de mayor envergadura, precisaré de varios parágrafos para esclarecer cuál es exactamente mi postura, por qué la tengo, en quiénes me inspiro y cuáles son sus excepciones.

Se supone, en teoría, que en medio de un tema controversial tanto los defensores como los detractores de una afirmación tienen el derecho de exponer lo que piensan, así como también a refutar las ideas de sus adversarios. Ya en este proceso tan aparentemente simple se pueden ir cuantiosas horas que sólo podrían reducirse en los medios audiovisuales de comunicación donde el tiempo está reglamentado. Salvo que haya una buena preparación, el debate se convertiría más bien en un diálogo de sordos que por no tener conocimientos previos del tema se ponen a hablar de lo que no saben, de aquello sobre lo cual no hay sino prejuicios o de algo que dan por sentado que conocen a la perfección cuando en realidad es todo lo contrario.

De por sí, el problema de esto no es tanto el tiempo y el esfuerzo invertido en el debate sino lo que se logra gracias a éste. He aquí el meollo del asunto. ¿Qué se lograría si se intenta conversar con un creacionista como William Lane Craig? ¿Hay alguna conclusión objetiva extraíble a partir de un diálogo con J.J. Benítez en materia de astronomía? ¿Puede existir alguna charla inteligente en física y medicina con Deepak Chopra? ¿Cómo hace uno para hacerle entender a un creyente lego en historia que Napoleón Bonaparte, Lincoln y Voltaire no eran ateos? Lo único positivo que se podría obtener aquí es el hecho de desenmascarar charlatanes. Más allá de eso, lo dudo.

En mi experiencia personal, en casi ningún momento de mi vida he podido hablar en buenos términos con extremistas, especialmente los religiosos, políticos y seudocientíficos. Si bien es cierto que hay creyentes, magufos y extremistas políticos quienes a la larga terminan por suavizar sus posturas (o incluso abandonarlas, como hice yo cuando entré al mundo del ateísmo), hay muchísimos otros que ni con toda la evidencia del mundo cambiarían su modo de pensar, pues prefieren la aparente seguridad ofrecida por sus dogmas a la dizque inseguridad del conocimiento generado por la ciencia, lo cual muestra una clara cerrazón mental y por tanto, una gran incapacidad ―o en su defecto, dificultad― para aprender cosas nuevas o verlas desde una perspectiva diferente.

Pensando en lo dicho con anterioridad, medito y digo que no hay necesidad de estar presente en cualquier debate, sea cual sea el tema discutido. Personalmente, podría aceptar una invitación a dialogar opiniones encontradas siempre y cuando los “adversarios” no tengan ciertos perfiles ideológicos que de antemano están dados al extremismo que no sólo es repugnante, sino que es perjudicial para la convivencia ciudadana. Por eso es que a menudo no estoy dado a hablar con fanáticos de ninguna clase, particularmente si son del neoestalinismo, del fascismo, de las religiones y de las seudociencias: porque la mejor manera de lidiar con ellos es denunciando sus fraudes, no perdiendo el tiempo y la energía en tratar con quienes no ceden un ápice de su territorio ideológico en pro de la razón, hacen caso omiso de las evidencias salvo cuando éstas soplen a su favor y se valen de trampas retóricas proselitistas para realizar sin escrúpulos su lavado cerebral a la gente.

Si ya de por sí suelo mandar a freír espárragos a los fundamentalistas, también hago esto con sexistas, homófobos, racistas, xenófobos y sus “amigas” irracionales (puede que se me haya escapado alguna); con ellos no hay diálogo posible porque las sandeces que dicen son tan bárbaras que hasta Yoda se pasaría al lado oscuro de la fuerza por el efecto repulsivo que provocan estas ideas discriminatorias en grado supremo. Igualmente, creo que un debate con relativistas culturales, “metafísicos”, posmodernistas y negacionistas anticientíficos es para pensarlo dos veces, ya que muchas de las personas que he visto profesando estas ideas están más locas que una cabra mientras que otras son más tercas que una mula; sin importar cuánta evidencia use para demostrar mis afirmaciones, esta gente usa la filosofía ―mejor dicho, la filosofía malinterpretada o con tendencia a la seudociencia― para rebobinar colecciones enteras de incoherencias que justifican, mas no demuestran, la validez de sus aserciones.

A fin de evitar malentendidos, aclaro que no decido negarme a debatir con alguien simplemente por el hecho de estar asociado a tal o cual creencia, ni por creer en Dios, ni por pertenecer a alguna religión, sino por decir las rancias falacias de sus dogmas como si fueran mantras, pensando así que si repiten sus mentiras se convertirán de algún modo en verdades; para colmo, hay clichés como “lo único cierto es que todo es falso” y “la ciencia es una manipulación” que sólo llevan a las infinitas discusiones bizantinas de las cuales no hay escapatoria posible. Por tanto, creo inapropiado abrirle las puertas a la argumentación de ideas desproporcionadamente falsas como si tuvieran el mismo peso que aquellas que se han demostrado con la ciencia. En palabras de Richard Dawkins, es como darle al creacionismo, al tierraplanismo y a la “teoría de la cigüeña” el mismo estatus que a nuestros conocimientos modernos en biología y geografía.

Después que Dawkins explicó el por qué no conversará con William Lane Craig, no pude sino estar de acuerdo con él en este sentido (puesto que con Dawkins también tengo mis desacuerdos) y comprender que no debo sentirme cobarde si no accedo a un encuentro de ideas. Si alguien me dice que si declino a un debate es por temor o porque no crea que mis pensamientos valgan algo, lo mínimo que me da son más razones para rechazar su oferta porque eso es una falacia ad terrorem y porque para mí los debates realmente fértiles no son los que se tornan en justas medievales sino aquellos que se rigen por el cuidadoso escrutinio de las evidencias que, entretejidas en publicaciones y ponencias, son examinadas por quienes saben lo que dicen y no por individuos vocingleros en el púlpito.

En otras palabras, la oratoria debe ir a los palcos, las tánganas a los cuadriláteros y la carga de la prueba a los laboratorios. Fuera del ámbito de la divulgación, pienso que lo más prudente que se puede hacer con la ciencia es dejarla en manos de los expertos, aunque con la política, la filosofía, las humanidades y las religiones, empero, no hace falta tanta rigidez en el diálogo, si bien debería exigirse el mismo estándar de conocimientos bien cimentados para nadar en estos temas. Por tanto, resumiría por una parte que no entraría en un debate que no posea una serie de condiciones mínimas para su desarrollo, y por la otra que hay cuatro situaciones por las cuales lo tiraría sin consideración a la papelera:

  • Cuando no se muestran evidencias, porque una afirmación sin pruebas o con pruebas falsas detrás es como citar una frase célebre que es apócrifa, ha sido sacada de contexto o no tiene fuentes; es una afirmación que, aunque suene muy bonita o muy plausible, no sirve para nada.
  • Cuando no se conoce el tema en discusión, pues si en mi blog no hablo de física cuántica porque no sé ni zorra de eso, ¿por qué debería entablar un debate con alguien que critica una entrada mía que ni se ha leído? Hacerlo es como hablar pestes del Rigoletto de Verdi sin haberlo visto.
  • Cuando hay plagio, porque es antiético, es bajeza moral. Argumentar mediante el robo de propiedad intelectual es creer que todos tienen cara de bolsa y que nadie se dará cuenta de ello. Es increíble que muchos gustan de hacer esto mediante el copy-paste de la Wikipedia en español.
  • Cuando hay anonimato, pues si yo me hago responsable por lo que digo, usted, querido lector, también lo hará. La libertad de expresión no es un pretexto válido para que alguien con una identidad fantasma me tilde de “delincuente” o “facho” para luego salir corriendo de aquí sin sufrir las consecuencias.

Ahora bien, si creo pertinente que un debate tenga ciertos parámetros, ¿en función de qué aspectos debería dicho debate manifestar respeto al interlocutor? Siendo breve, diría que mi benevolencia iría en función de cuándo acaban los miramientos hacia esta persona. No creo que merezca reverencia alguna alguien que afirma cosas sin ofrecer la menor prueba de cuanto dice, que intenta refutarme sin usar siquiera una sola referencia en respaldo a sus argumentos, que quiera rebatirme mediante presuntas evidencias que nunca ha analizado, que intenta contestarme citándome textos que no ha leído ni por asomo, que usa su postura para hacer apología del segregacionismo, que en medio de una conversación se va por la tangente y que miente sobre las ideas de los demás.

Siendo franco, ¿cómo puedo ser diplomático con alguien que claramente no merece un trato educado? De ninguna manera esto me es posible. No puedo otorgar respeto ni tolerancia a alguien que claramente no da ni respeto ni tolerancia, y menos si es alguien con una investidura de autoridad de cualquier índole. Por eso me llamó mucho la atención lo dicho por Dan Dennett cuando en su elogio a Christopher Hitchens dijo que:

La mayoría de los portavoces de la religión esperan ser tratados no sólo con respeto, sino con una deferencia especial que se supone que les corresponde, porque la causa que defienden es muy justa. Luego, a menudo abusan de ese privilegio mediante el uso de su tiempo en el escenario para tergiversar tanto sus propias instituciones como las críticas que de ellas se ofrece.

¡Correcto, señor Dennett! ¡Ese respeto no funciona salvo como una patente de corso para más falacias, mentiras y ataques personales! Si yo, según ese concepto, no tengo derecho a recibir un trato especial, es lógico que mis interlocutores, incluso si son creyentes, tampoco lo tengan. Uno, porque los ciudadanos son iguales ante la ley, por lo que ser portador de creencias religiosas no significa estar por encima de quienes no las tengan, y dos, porque este precepto de equidad implica que si hay un debate entre fieles y ateos es para que éste ocurra en igualdad de condiciones.

Por ende, no me importa si el debate ocurre en este espacio digital, en televisión, en la radio o en las redes sociales. Si tengo que llamar mentiroso a un negacionista del cambio climático, lo haré sin vacilar. Si tengo que llamar a alguien sexista, sin duda lo haré. Si tengo que acusar a alguien de charlatán o de ignorante, no temblará mi voz en hacerlo. Si debo llamar inculto a alguien, no tendré miedo en decírselo, porque eso es lo que es. Y sólo si es extremadamente necesario, cuando fracase la gentileza del lenguaje suave, abandonaré el glamour de la “corrección política” que, por cierto, no me cuadra en lo absoluto.

Como de costumbre, he de tener evidencias a la mano cuando necesite realizar mis acusaciones, pues si no lo hiciera caería en la misma retórica barata que ha desgastado tanto el cerebro de los religiosos extremistas, fanáticos politiqueros, conspiranoicos, seudocientíficos y demás especímenes irracionales, quienes curiosamente en su mayoría me han atacado sin una sola evidencia, y quienes sí lo han hecho las han torcido de modo que encajaran con sus alocadas ideologías. Este nivel de desfachatez es algo que bajo ninguna circunstancia puedo respetar.

Reflexiono a diario y me doy cuenta del tiempo perdido en debates fútiles. Hay tantos libros por leer, tantas experiencias alucinantes de la vida por vivir, tantas películas interesantes por ver, tanto anime por disfrutar ―todavía no termino de ver todos los episodios de Mazinger Z y Slam Dunk―, tantos álbumes de música por escuchar, tantos artículos y libros por escribir, tantas investigaciones por completar, tantos lugares por recorrer en mis viajes… y viene una pila de lunáticos zombificados de dogma a decirme con insistencia “venga, debatamos si dos más dos es igual a cinco”. ¿De verdad ustedes creen que me presto para participar en estas rochelas verbales?

Desde luego que no. Si tuviera todo el tiempo del mundo para atenderlos, si recibiera en mi cuenta bancaria una mísera moneda por hora de conversación y si estas discusiones pudieran sumar méritos en mi curriculum vitae para optar por un trabajo en el extranjero o una beca de estudios en la Universidad de Oxford, quizás, y sólo quizás, me atrevería a zambullirme en estos acalorados debates. Pero dado que no sucede nada de eso, dado que mi guía en este blog no es el dinero sino la mera vocación de la escritura, y dado que mi vida real acontece a las afueras de la computadora, es menester que me haga cargo de mi propia existencia en el plano físico si quiero concretar mis planes profesionales. No obtuve mi título de licenciado metiéndome en estos berenjenales.

Por ese motivo es que valoro los debates no por su cantidad ni por su extensión sino por su calidad argumentativa, por lo cual me niego a discutir, como lo ha hecho Richard Dawkins, con cualquier persona siempre y cuando quiera decir o demostrar con pruebas extraordinarias algo sumamente extraordinario o en su defecto si plantea sus ideas con seriedad. Siguiendo el ejemplo de Christopher Hitchens referido por Dan Dennett, soy totalmente rudo en la medida que el debatiente pierda su respeto con sus mentiras, falacias y apologías a la inmoralidad y, sobre todo, a la irracionalidad, pues no tendré la menor piedad en atacar creencias, ideologías ni posturas traídas de los cabellos.

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2 comentarios en “Sobre la denegación y la rudeza del debate

    • Es que esos deberían ser los debates reales: los que dan evidencias y aportan algo con pruebas. De verdad que me tienen verde las discusiones donde alguien afirma una burrada pero luego sale corriendo cuando uno les pide que se demuestre lo que se ha dicho. Es una pérdida de tiempo hablar con esa gente.

      Saludos.

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