Planeta desencantado. Capítulo 4 – Yisus Craist

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Mis mayores y más efusivas salutaciones para los queridos terrícolas y presuntos alienígenas que estén leyendo este blog: vengan a la fiesta del escepticismo en la que me la voy a pasar bomba destazando la magufería seudocientífica como de costumbre. Por supuesto, el señor J.J. Benítez no está entre los invitados porque no merece ni los buenos días a raíz de sus patrañas, las cuales se han expandido cada vez más conforme ha hecho un nuevo seudodocumental de Planeta encantado, pues no satisfecho con meterle extraterrestres a las culturas preincaicas de Perú, fuerzas telequinético-starwarianas a los rapanui de Chile y OVNIs a la cultura de los dogones en Mali, el ufólogo español sostiene en El mensaje enterrado que lo que hemos sabido de Jesús de Nazaret es un error y que él vendrá, como buen experto que es, a corregírnoslo. Sigue leyendo

¿Por qué no se pueden demostrar afirmaciones con resúmenes?

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Ejemplo de un artículo científico con su resumen.

Últimamente se ha puesto de moda que en los debates se finja el dominio del tema mediante enlaces a publicaciones de las cuales sólo se puede ver el resumen (o abstract, en inglés), cuando lo ideal es que se pueda consultar el trabajo académico completo. Esta tendencia contraria a la lógica y la carga de la prueba, que desdichadamente va en aumento, muestra cómo la pereza mental es capaz de preferir la digestión rápida de la información al examen riguroso de la misma, en el que se mastica con lentitud cada uno de sus bocados. que devienen en los nutrientes procesados dentro del aparato digestivo de la razón. Sigue leyendo

Venezuela Bananera en Marcha (II)

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A su debido tiempo, probablemente en la tercera entrega de esta serie indefinida de entradas, haré mis críticas hacia la oposición venezolana y los partidos políticos que la componen (aunque el chavismo no sale indemne de este caos politiquero), pero he tenido compromisos que me han absorbido el tiempo que normalmente dedico a investigar para los propósitos de este blog en el cual tengo la costumbre de utilizar enlaces y no pocas citas textuales. Por ello, aquí me centraré en poner en tela de juicio las presuntuosas virtudes criollas que, aunadas a varios defectos, conforman la masa deforme patriotera que se regocija en su incesante pedantería tricolor.

Efectivamente, es menester un cuestionamiento crítico y una condena de los cimientos socioculturales del bananerismo venezolano además de la venezolanidad en sí misma, los cuales sólo contribuyen a generar una visión de la nacionalidad que en realidad es un espejismo de estereotipos autoimpuestos. Las supuestas bondades de la “Pequeña Venecia” encierran paradojas, contradicciones y falacias cubiertas con engaños autocomplacientes respecto a su futuro, su presente y su pasado. La idiosincrasia criolla todavía fantasea con los mitos acerca del terruño en una caverna platónica llena de apariencias.

Conviene, pues, un desafío severo de la identidad nacional de Venezuela y una crítica a quienes la promueven con irresponsable ignorancia o de mala fe. Así, lo que nos hace venezolanos debe ser, de ahora en adelante, no un motivo de orgullo irracional colectivo sino un estímulo indetenible de crudas reflexiones que contienen las verdades que a muchos les resultan muy incómodas. Ya basta de mentiras piadosas para demostrar que el venezolano es “chévere” porque sí. Estoy harto de eso. Sigue leyendo

Apuntes breves sobre un prospecto del Libro de Urantia

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En las religiones, las contradicciones en su percepción de la moral no me repugnan más que el incesante proselitismo con el cual bombardean a la población, haciéndole creer sus dogmas con tal de satisfacer los intereses de un grupo con poder, en vez de los de la razón, que es el deber ser. Aunque la divulgación de las falacias fideístas puede hacerse a través de los medios de comunicación masivos, hay un método más simple, pero no por ello menos eficiente para ello: se trata de la distribución de prospectos en las calles, los cuales llevan escritos sus bocadillos de fe, es decir, sus versiones miniaturizadas de discursos religiosos que suelen ser más largos durante los sermones.

Los prospectos proselitistas religiosos son diferentes entre sí en su apariencia física, pero todos tienen en común el hecho de dar mensajes de esperanza sobre un mundo mejor en el que buscan atraer a la gente para que pertenezca a sus filas teístas mientras realizan un ataque contra aquello que no concuerde con su dogma. Además, esos prospectos suelen hablar de cuestiones o entidades malignas imaginarias como los demonios y el pecado original a la vez que ofrecen información de contacto para poder unirse a su club de gente bendecida. Algo así he visto en un papelito del Libro de Urantia, el cual me dieron hace unos años atrás mientras caminaba por la calle, y dice así: Sigue leyendo

Sobre la denegación y la rudeza del debate

“Sé que debería respetar tu opinión aunque esto me es difícil porque eres un maldito idiota”.

“Sé que debería respetar tu opinión aunque esto me es difícil porque eres un maldito idiota”.

Hay una tríada de cosas que pueden pasar en un intercambio de ideas. Uno, se llega a un encuentro sano de opiniones, donde quien no tiene la razón admite sus errores; dos, se aprenden cosas nuevas cuando los interlocutores disuelven sus diferencias en pro de llegar a conclusiones objetivas; y tres, el escenario se convierte en una pelea de gallos en la cual no se pretende probar nada, sino ganar la discusión. El primer par de circunstancias es el más deseado por mucha gente educada por ser espacio para las conversaciones productivas, mientras que la última de ellas es la más ansiada por picapleitos que de a nada se ponen a buscar lo que no se les ha perdido mediante trifulcas verbales que no conducen a ningún lado.

Viendo este panorama, me he interrogado con frecuencia si es necesario participar todo el tiempo en debates, y aún más: si hace falta ser siempre buena gente y amable en un debate donde la contraparte miente con insistencia, está claramente equivocada, no tiene argumentos de valor o sencillamente carece de evidencias. Me contentaría con decir una simple negación a estos planteamientos dubitativos, pero como estoy habituado a sustentar mis argumentos con explicaciones de mayor envergadura, precisaré de varios parágrafos para esclarecer cuál es exactamente mi postura, por qué la tengo, en quiénes me inspiro y cuáles son sus excepciones. Sigue leyendo