Simón Bolívar: una visión escéptica. Capítulo 2 – El mandatario


bolivarestampillacolombia1983Cuando aparece la estampa de Bolívar, la primera asociación que surge es la de un estadista garante de una república democrática y libre, amante del pluralismo y acérrimo enemigo de la tiranía. Su pensamiento político es puesto en la cúspide de un pedestal como el baluarte de los más preciados principios revolucionarios, como un conjunto de ideas tan sólidas que no admiten la menor refutación. No obstante, esta imagen del Libertador es más fruto del mito que de la realidad, la cual no debe ser sobresimplificada si queremos resolver las interrogantes que la acechan con no pocas controversias. Por eso es que las diversas piezas que armaron el rompecabezas del Bolívar como jefe de Estado, tanto en su composición como en su interacción, atañen a esta faceta del Libertador, en la cual es menester detenerse a examinar de dónde vino, cómo fue, cómo evolucionó, cuáles fueron sus aspectos, sus delimitaciones y sus proyecciones.

A diferencia de lo sostenido por el culto a Bolívar, las verdaderas ideas políticas del Libertador se acercaron a la democracia tanto como Plutón se acerca al Sol. Por importante que haya sido, y pese a sus similitudes, el pensamiento político de Bolívar tuvo varios perfiles que se contradijeron no sólo consigo mismos sino con nuestras propias concepciones políticas en la actualidad. Como se demostrará aquí, el prócer mantuano caraqueño tuvo, aparte de no pocos contrasentidos ideológicos, un sueño cuyo auge y caída tuvo una influencia más allá de su época; Bolívar tuvo un impacto en el cual sus conceptos del Estado y la independencia han sido la musa de mucha gente que en realidad los desconoce, los deforma o los falsifica.

1. Las musas del Libertador

En líneas generales, la Ilustración hizo que las ideas de Bolívar fueran similares a las de cualquier otro prócer latinoamericano, aunque él tuvo predilección por Voltaire (Lacroix, 1828, pp. 110, 141) y sobre todo por Rousseau, cuya obra influenció al Libertador gracias a Simón Rodríguez, su mentor (Masur, 1948, p. 45). En la intelligentsia de la América Española, Bolívar no se sentía muy atraído por la Revolución estadounidense, pero sí por la Revolución francesa así como por los sistemas políticos de la Antigua Roma y de la Gran Bretaña en los cuales no ahorró panegíricos, pues en su Discurso de Angostura dijo, además que “la Constitución romana es la que mayor poder y fortuna ha producido a ningún pueblo del mundo” porque “allí no había una exacta distribución de los poderes”, que “Roma y la Gran Bretaña son las naciones que más han sobresalido entre las antiguas y modernas”; para Bolívar, “la Constitución británica […] es la que parece destinada a operar el mayor bien posible a los pueblos que la adoptan”, aunque creía apropiado no hacer una “imitación servil” de ella sino aquello que según Bolívar tenía de “republicano”.

Insólitamente, el Libertador se sintió influido por Napoleón Bonaparte, aunque la opinión de Bolívar sobre este militar francés fue ambivalente, entre la atracción y la repulsión hacia su efigie con la cual encontró reflejado; Bolívar sostuvo que en su viaje a Italia presenció una revista de Napoleón a su ejército en la que admiraba de este emperador la “sencillez en su vestido”, la cual fue de su agrado (Lacroix, 1828, pp. 45-46). En diciembre de 1804, Bolívar vio con entusiasmo la coronación del emperador, sus “heroicas hazañas” y las ovaciones de los ciudadanos, por lo que Bolívar dijo que “la corona que se puso Napoleón sobre la cabeza la miré como una cosa miserable y de estilo gótico: lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona” (p. 64). Además, Bolívar nos confiesa por qué despreció en público a Napoleón en público mientras que en privado lo aduló:

Usted habrá notado, sin duda, que en mis conversaciones, delante de los de mi casa y otras personas, nunca hago el elogio de Napoleón; que por lo contrario, cuando llego a hablar de él o de sus hechos es más bien para criticarlo que para aprobarlo, y que más de una vez me ha sucedido llamarlo tirano, déspota, como también el haber censurado varias de sus grandes medidas políticas y algunas de sus operaciones militares. Todo esto ha sido y es aún necesario para mí, aunque mi opinión sea diferente; pero tengo que ocultarla y disfrazarla, para evitar que se establezca la opinión de que mi política es imitada de la de Napoleón; de que mis miras y proyectos son iguales a los suyos; de que como él quiero hacerme emperador o rey, dominar la América del Sur como él dominó la Europa: todo esto no habrían dejado de decirlo si yo hubiera hecho conocer mi admiración y mi entusiasmo para con ese grande hombre. Más aun habrían hecho mis enemigos: me habrían acusado de querer crear una nobleza y un estado militar igual al de Napoleón en poder, prerrogativas y honores. No dude usted de que esto hubiera sucedido si yo me hubiera mostrado, como lo soy, grande apreciador del héroe francés; si me hubiesen oído elogiar su política; hablar con entusiasmo de sus victorias, preconizarlo como el primer capitán del mundo, como hombre de Estado, como filósofo y como sabio. Todas estas son mis opiniones sobre Napoleón, pero gran cuidado he tenido y tengo todavía de ocultarlas. El Diario de Santa Helena, las campañas de Napoleón y todo lo que es suyo, es para mí la más agradable y provechosa lectura: es donde debe estudiarse el arte de la guerra, el de la política y el de gobernar. (pp. 125-126)

Más que ser seguidor de Voltaire, la Antigua Roma, la Gran Bretaña y Napoleón Bonaparte, Bolívar jamás se despegó de Rousseau, como ya se ha señalado. A nivel político, este pensador francófono fue especial para Bolívar debido a su libro El contrato social, en el cual Rousseau creyó (Rousseau, 1762; I, vii; II, i-iv; IV, i, ii, vi) que un estado idóneo se guiaba por una incuestionable “voluntad general” del pueblo que para mantener sus intereses debía ser unívoca mediante la restricción de cualquier movimiento de oposición, la sumisión de quienes no quisieran ser “libres” como el “soberano” y si era preciso la implantación de una dictadura en la que se pueden conceder poderes especiales al jefe de Estado para “salvar” el país encarnando dicha voluntad, como se hacía otrora.

En este contexto filosófico, Bolívar fue un ser dictatorial y lo probó no solamente durante sus mandatos sino también en sus documentos, en los cuales el origen del pensamiento del prócer caraqueño queda bastante claro a través de sus propias declaraciones en donde se puede observar que sus bases ideológicas fueron cualquier cosa menos democráticas, pues eran proclives al personalismo, al mesianismo y al cesarismo. Con esto Bolívar no se mostró como un reformador político sino como un hombre reaccionario que en vez de darle a Latinoamérica un Estado moderno ―como el que surgió a finales del siglo XVIII en los Estados Unidos― quiso otorgarle a las naciones emancipadas de España sistemas atrasados de gobierno. Naturalmente, el tiempo se encargó de cambiar las formas, mas no el fondo, de estos conceptos del Libertador.

2. Bolívar y su seudodoctrina política

Las ideas de Bolívar no tenían una forma precisa porque no fueron cronológicamente homogéneas, pues éstas fueron susceptibles a modificaciones según se lo exigieron las circunstancias (Acosta Saignes, 1977, p. 369). De hecho, la ideología del libertador nunca fue sistemática porque no se expuso en un cuerpo teórico unificado sino que está esparcida en muchísimos archivos aislados que para entenderse deben ser reunidos, ordenados y discutidos en su entorno histórico. A lo largo de su carrera como estadista, el dictamen político del Libertador tuvo tres fases determinantes que se distinguieron por sus documentos fundamentales que se irán comentando a continuación.

No se puede hallar la fase inicial del Bolívar político antes de la Primera República de Venezuela porque en su niñez él desconocía las ideas de la Ilustración y porque en su juventud no les prestó atención hasta su primer viaje a España en 1799, donde le sirvió en su instrucción la biblioteca de don Jerónimo de Ustáriz y Tovar, i.e. el II Marqués de Ustáriz; luego de enviudar en 1803 se interesó por la política (Lacroix, 1828, p. 66). Además, el Juramento del Monte Sacro en 1805 tuvo un valor más simbólico que histórico, pues el texto del mismo no es fiable y “la reconstrucción de lo que dijo Bolívar en realidad es apenas posible” (Masur, 1948, p. 66). Por otra parte, Bolívar no estuvo en los sucesos del 19 de abril de 1810, aunque el 5 de septiembre de ese año supuestamente publicó un artículo pro-independentista en The Morning Chronicle, el cual fue realmente un suelto, una campaña de prensa (Liévano Aguirre, 1950, p. 112).

Por tanto, la participación política activa de Bolívar se inició en la Sociedad Patriótica de aquella Primera República de Venezuela que estuvo atrapada entre los debates bizantinos, la indecisión sobre la declaración de su emancipación y una acusación de sabotaje al Congreso. Ese hielo se rompió cuando Bolívar imploró por la unidad de las provincias que no debían demorar su separación de la Corona española; por ello Bolívar dijo que “pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana. Vacilar es perdernos” (Caracas, Venezuela. 3/07/1811. Discurso. Doc. 85 A.D.L.; Blanco Fombona, 1913, pp. 41-42). El Bolívar de 1811 no tenía autoridad política sino que era un miembro más de esa Sociedad en la cual practicó su retórica que, para sorpresa de muchos, cumplió su objetivo, pues Venezuela firmó su independencia y redactó su Constitución, aunque el prócer caraqueño no intervino en ninguno de estos dos eventos.

La Primera República de Venezuela fue una fiesta en la que Bolívar apenas fue invitado puesto que él, al no tener cargo público alguno, no participó en las decisiones del Estado ―que para disgusto del prócer fue federalista― pero sí en la fútil defensa de la independencia que a mediados de 1812 yació exánime con sus promotores arrestados, ejecutados o exiliados. Así, la Nueva Granada recibió como huésped al caraqueño, quien fue uno de los testigos de aquella dantesca escena, y es en este momento cuando la mentalidad política de Bolívar tuvo su primer giro perceptible con el Manifiesto de Cartagena (15/12/1812. Doc. 112 A.D.L.; Uslar Pietri y Pérez Vila, 1991, pp. 27-38), el cual fue su bautismo. El propósito de Bolívar en el Manifiesto fue el de “libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela y redimir a ésta de la que padece”, por lo cual se deduce que el prócer quiso dejar claro que la independencia venezolana debía hacerse por las armas. El Manifiesto, en su clausura, muestra a un Bolívar que vio en los neogranadinos la esperanza de la emancipación de la Venezuela tomada por los realistas; por eso Bolívar dijo que “el honor de la Nueva Granada exige imperiosamente escarmentar a esos osados invasores, persiguiéndolos hasta sus últimos atrincheramientos”.

Varios párrafos subsiguientes a las palabras de apertura del Manifiesto, Bolívar condenó la Primera República de Venezuela desde varias aristas, como sus tropiezos con el ejército, su desorden financiero, sus pugnas intestinas, su irremisible filantropía y sobre todo su federalismo; Bolívar, como acérrimo centralista, creía que sólo un Estado fuerte y sin divisiones como el habido en la Antigua Roma podría hacer frente a los realistas, por lo cual el prócer dijo que el sistema federal es “el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes estados”. El Bolívar de 1812 consideró no solamente que “todavía nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud de ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos”, sino que el “complicado y débil” federalismo no sobreviviría “en el tumulto de los combates y de los partidos” propios de la guerra de independencia que se estaba gestando, la cual no se ganaría si el gobierno no se amoldaba a las circunstancias; si éstas eran apacibles habría guante de seda, pero si eran revoltosas habría guante de hierro, “sin atender a leyes, ni constituciones”. Atendiendo a la irrenunciable “voluntad general” de Rousseau, Bolívar dijo en el Manifiesto que “mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de bandidos que infestan nuestras comarcas”.

De esto se puede deducir que el centralismo de Bolívar en 1812 fue concebido como un medio para independizar a Venezuela, mas no para gobernarla. El fiasco del federalismo en la Primera República apalancó sus argumentos, les otorgó credibilidad y mantuvo intactas las premisas que articularon el susodicho propósito del Manifiesto de Cartagena; su espíritu de agitador fanático en la Sociedad Patriótica fue reemplazado por el de un declamador dispuesto a cumplir su misión a toda costa. Una misión que, desde luego, no fue la de un hombre que hizo un análisis profundo sobre la política sino la de un militar que, impaciente por comenzar su Campaña Admirable, tuvo que persuadir a los neogranadinos de unirse a su causa mediante un recuento conciso de la tragedia acaecida en Venezuela que él mismo vivió. Eso explica por qué el título original del Manifiesto es Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño.

Sin embargo, a partir de 1813 las reglas del juego fueron otras. Para mantenerse a flote, la Segunda República de Venezuela debió contener la amenaza realista y proteger la integridad gubernamental recién establecida. Bolívar, su creador, optó por reforzar el Estado al emplear un modelo centralista orientado a granjearse ambos objetivos. En ese entonces, el Libertador hizo más que completar la Campaña Admirable anunciada en el Manifiesto de Cartagena; el Bolívar de 1813 declaró la Guerra a muerte y se hizo un dictador cuya autoridad no admitió negociaciones con nadie. En un documento de ese año (Caracas, Venezuela. 12/08/1813. Carta a Manuel Antonio Pulido. Doc. 300 A.D.L.), Bolívar dijo que “no son naciones poderosas y respetadas sino las que tienen un gobierno central y enérgico”, que “un Jefe sin embarazos, sin dilaciones, puede hacer cooperar millones de hombres a la defensa pública”, que “jamás la división del poder ha establecido y perpetuado gobiernos, sólo su concentración ha infundido respeto para una nación, y yo no he libertado a Venezuela sino para realizar este mismo sistema” y que “mientras más resortes haya que mover en una máquina, tanto más lenta será su acción; mas si no hay sino un solo resorte, giran con rapidez y son más sus efectos.”

La aversión de Bolívar al federalismo y la división del poder reflejada en su analogía maquinista de 1813, empero, no impidió el hundimiento de la Segunda República. Su dictadura fue tan infructuosa como la democracia venezolana de 1811, aunque quiso proseguir sus incansables actividades en la Nueva Granada, cuya salud republicana en 1814 estuvo tan maltrecha como la de Venezuela en 1812. Las peripecias obligaron al prócer mantuano a buscar refugio en Kingston; la ciudad anfitriona en la que ocurrió el segundo giro perceptible de Bolívar con la Carta de Jamaica (6/09/1815. Doc. 1302 A.D.L.; Uslar Pietri y Pérez Vila, 1991, pp. 62-86). En ese momento Bolívar estuvo nuevamente en el exilio, sin mando político-militar y sin medio alguno para recobrarlo. Aparte de eso, el Bolívar de 1815 no era el implacable caudillo de la Guerra a muerte, sino el hombre derrotado que tuvo la autoestima mermada hasta tal punto que, como han dicho los historiadores, pensó en el suicidio.

Aquella Carta no fue un documento antropológico, ni sociológico, ni científico, ni filosófico, ni de análisis político, sino una epístola cuyo propósito fue dar una réplica a su destinatario británico Henry Cullen; por eso el Libertador dijo: “me apresuro a contestar la carta […] que Vd. me hizo el honor de dirigirme”, por lo cual el auténtico título del texto es Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta isla. Analizada con propiedad, la Carta no fue una revelación sobrenatural sino un conjunto de pensamientos delirantes que apuntaron a una planificación deliberada de las metas de Bolívar, pero con las expectativas muy bajas y aún con muchas vaguedades al hablar del futuro latinoamericano ante Cullen; además, el predominante lenguaje en primera persona, aparte del mismo testimonio del Libertador, prueban que cuanto escribió en esta misiva fue solamente su opinión. En esa Carta el pensamiento político de Bolívar se hizo con especulaciones en las que fueron de la mano la incertidumbre y el pesimismo sobre el rumbo de una América Española aún poseída por los realistas.

Por ende, Bolívar dijo que “toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada” y que “es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la América siga”, por lo cual él osó en “aventurar algunas conjeturas que desde luego caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no por un raciocinio probable”. De hecho, tal incerteza y decepción persistieron al rememorar los fallos republicanos en Venezuela y la Nueva Granada; Bolívar apoyó el centralismo con más condenas a “la ineficacia de la forma demócrata y federal para nuestros nacientes Estados” cuyos “compatriotas” no tenían “los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte”. Según Bolívar, los criollos estaban plagados de “los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que sólo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia”.

En efecto, en la Carta se puede observar el mismo espíritu quejumbroso aunado con un sueño íntimo cuya tangibilidad la tachó tan pronto la aseveró. Aquí Bolívar mostró su fantasía americanista en la que vio en América “la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”, la cual para el prócer no estuvo en condiciones de regirse por una “gran república” y mucho menos por una “monarquía universal”, aunque si así lo fuera tendría como epicentro metropolitano México o el Istmo de Panamá. Bolívar también pensó en juntar a la América Española emancipada mediante una confederación o un congreso que respondiese a la rousseauniana “voluntad general” de sus semejanzas socioculturales, si bien él desechó esa idea “porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América”. Es obvio que la utopía de Bolívar es una palmaria reminiscencia de las aspiraciones independentistas de Francisco de Miranda discutidas en el capítulo anterior.

Por supuesto, de la Carta cabe destacar el antagonismo hacia las monarquías por poseer rasgos contrarios a los de las repúblicas, las cuales fueron más realizables en América. La dicotomía, expuesta por Bolívar con el ejemplo de la Antigua Roma, fue aquella en la que los Estados muy extensos se identificaron con la monarquía y la tiranía, mientras que los Estado menos extensos se identificaron con la república y con la libertad. En contradicción con su utopía americanista, Bolívar alertó que “un Estado demasiado extenso en sí mismo o por sus dependencias, al cabo viene en decadencia, y convierte su forma libre en otra tiránica; relaja los principios que deben conservarla, y ocurre por último al despotismo”, diciendo luego que “el distintivo de las pequeñas repúblicas es la permanencia; el de las grandes es vario, pero siempre se inclina al imperio”.

A la postre, las especulaciones de Bolívar en la Carta de Jamaica tantearon la posibilidad de erigir naciones monumentales partiendo de otras más pequeñas. Aquí sobresalió, entre otras cosas, lo que años más tarde fue la Gran Colombia, la cual se llamaría así “como un tributo de justicia y gratitud al criador de nuestro hemisferio” ―el nombre latino de Cristóbal Colón fue Christophorus Columbus―, aunque Francisco de Miranda ya se le había adelantado al Libertador al emplear en 1806 los adjetivos “colombiano” y “américo-colombiano” para denominar esta zona del Nuevo Mundo. Bolívar, siempre fiel a la Gran Bretaña, pensó que la Gran Colombia la tomaría como punto de referencia política en la cual el prócer dijo que

Su gobierno podrá imitar al inglés; con la diferencia de que en lugar de un rey habrá un poder ejecutivo electivo, cuando más vitalicio, y jamás hereditario si se quiere república; una cámara o senado legislativo hereditario, que en las tempestades políticas se interponga entre las olas populares y los rayos del gobierno, y un cuerpo legislativo de libre elección, sin otras restricciones que las de la Cámara Baja de Inglaterra.

La fase intermedia de las ideas de Bolívar fue cuando se produjo su tercer giro perceptible, con el Discurso de Angostura (15/02/1819. Doc. 3589 A.D.L.; Blanco Fombona, 1913, pp. 67-98; Uslar Pietri y Pérez Vila, 1991, pp. 95-126). En este Discurso, el Bolívar de 1819 no era ni el revoltoso de la Sociedad Patriótica de 1811, ni el caudillo de la Guerra a muerte de 1813, ni el iluso de la Carta de Jamaica de 1815, sino el estadista hecho y derecho que, habiendo regresado a Venezuela con el ejército a su favor y con los pensamientos refrescados por Alexandre Pétion, quiso ponerse a sí mismo, y a la América Española, en la historia universal (Masur, 1948, p. 319). La Gran Colombia, materializada mediante la Constitución de 1821, fue la emanación del plan de gobierno del Libertador que irónicamente casi tiró por la borda en años anteriores. Este plan partió de un propósito político en el cual el Discurso de Bolívar quiso convencer a los legisladores de aprobar su “Proyecto de Constitución”. Es ahí cuando Bolívar fue realmente revolucionario, pues cortó la planta de la Corona desde la raíz: sus instituciones políticas.

El Libertador hizo diversas afirmaciones en el Discurso que vislumbraron esta perspectiva revolucionaria. Rememorando el Artículo 191 de la Constitución venezolana de 1811, Bolívar dijo que “el sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”; no obstante, hay que ser cautelosos, ya que el sistema al que se refiere Bolívar no es el socialismo que ni había aparecido en su tiempo ―Karl Marx fue traído al mundo en 1818 y su Manifiesto Comunista, escrito con Friedrich Engels, se publicó en 1848―, como tampoco el Nuevo Ideal Nacional del Perezjimenismo, sino al centralismo que el Libertador defendió a capa y espada desde la Primera República de Venezuela.

A pesar que abogó por un Estado férreamente unificado sin disensiones, Bolívar hizo en el Discurso una reflexión similar al Artículo 188 de la carta magna venezolana de 1811 y a la dicha por Gual y España en 1797 en la que el prócer dijo que “la continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos”. Inmediatamente después Bolívar añadió que “las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo, de donde se origina la usurpación y la tiranía”. Leída con atención, la exhortación de Bolívar es una promesa presidencial en la cual dijo sutilmente que no abusaría del liderazgo que se le ha conferido; una promesa que buscó aplacar a los federalistas, quienes vieron en el Libertador un potencial dictador. Más adelante se demostrará que Bolívar nunca tuvo en mente el cumplimiento de esos votos de libertad.

El centralismo de Bolívar, como se ha dicho, fue su “sistema de gobierno más perfecto”, el cual le sirvió para repeler a al federalismo al que vapuleó por causar el derrumbe de la Primera República de Venezuela que despreció, aunque le hizo un guiño en cuanto a la alternancia del poder en los jefes de Estado y de sus principios constitucionales. Bolívar dijo en el Discurso que “cuanto más admiro la excelencia de la Constitución Federal de Venezuela, tanto más me persuado de la imposibilidad de su aplicación a nuestro Estado” y que “ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de dos Estados tan distintos como el inglés americano y el americano español”. De hecho, el Libertador jamás vio con buenos ojos la influencia de la Constitución americana en Venezuela, mas no por antiimperialismo contra la Casa Blanca, sino por motivos filosóficos. Cuando Bolívar dijo que “¿No dice el Espíritu de las Leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen […]? ¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!”, no expresó que Norteamérica fue un veneno para Latinoamérica, sino que según Rousseau (Rousseau, 1762; III, viii) y Montesquieu (Montesquieu, 1748; I, iii) el federalismo en Venezuela era imposible por el hecho de tener un contexto geográfico y sociocultural diferente al de los Estados Unidos.

De esta manera, Bolívar usó los postulados de ambos filósofos (con preferencia, por supuesto, por Rousseau) como argumentos de autoridad para no simpatizar con el sistema político de los Estados Unidos ni con el de la Venezuela de 1811, lo cual explica su énfasis en el centralismo. En el Discurso de Angostura Bolívar sostuvo que “en nada alteraríamos nuestras leyes fundamentales si adoptásemos un Poder Legislativo semejante al Parlamento británico” con un Senado hereditario que sería “la base, el lazo, el alma de nuestra República”, el cual sería autónomo, sin “deber su origen a la elección del gobierno, ni a la del pueblo”; para el prócer caraqueño, este ente propuesto por él ya ha funcionado bien en Europa, donde “los senadores en Roma y los lores en Londres han sido las columnas más firmes sobre las que se ha fundado el edificio de la libertad política y civil”. Adicionalmente, y aún años después del Manifiesto de Cartagena y de la Carta de Jamaica, Bolívar siguió apelando en 1819 a las terribles consecuencias de un pasado que volvería si no se escuchaban sus súplicas de desterrar al federalismo de una vez por todas.

Horrorizado de la divergencia que ha reinado y debe reinar entre nosotros por el espíritu sutil que caracteriza al Gobierno Federativo, he sido arrastrado a rogaros para que adoptéis el centralismo y la reunión de todos los Estados de Venezuela en una República sola e indivisible. Esta medida, en mi opinión, urgente, vital, redentora, es de tal naturaleza que sin ella el fruto de nuestra regeneración será la muerte.

La extremaunción de Bolívar fue el discurso dirigido desde Lima (Perú) al Congreso de Bolivia (25/05/1826. Doc. 11128 A.D.L.; Blanco Fombona, 1913, pp. 120-133; Uslar Pietri y Pérez Vila, 1991, pp. 173-185), con el cual hubo un evidente propósito político y con éste el cuarto giro perceptible del ideario político del Libertador que corresponde a su fase final. Bolívar, quien se dirigió a este Congreso para consignar su proyecto constitucional, no titubeó en implantarlo más allá de los emancipados confines colombo-venezolanos. En efecto, el Libertador consiguió que la Constitución escrita por él mismo se ratificara, mas no sin modificaciones (Acosta Saignes, 1977, pp. 333-335) y defectos de sobra porque el Poder Electoral lo ejerció una minoría, la legislación atravesó una engorrosa burocracia, la población quedó demediada entre bolivianos y ciudadanos (estos últimos gozaron de privilegios), y el Poder Ejecutivo, pese a sus duras restricciones, se encasilló en su carácter vitalicio. Aquella Constitución centralista de Bolívar de 1826 fue peor que la federalista de 1811.

En aquella iniciativa jurídica, Bolívar demostró que se estaba impregnando de algunas ideas liberales con las cuales no congenió en realidad, como la abolición de la esclavitud y la separación entre la iglesia y el Estado; esto, empero, no indica que Bolívar eliminó las políticas conservadoras de sus años mozos, sino que las enraizó. La carta magna de Bolivia en 1826, encaminada a robustecer ese país flanqueado por el caos y el atraso, fue un experimento fallido del que no hay evidencias sobre sus dos años de funcionamiento (p. 336). En su discurso al Congreso boliviano, el Bolívar de 1826 era el que ya no creía en el principio de la alternatividad del poder tan estimulada en su Discurso de Angostura, por lo cual su centralismo fue más radical, aristocrático, reacio a ceder el mando y cesarista. Bolívar se delató solo: nótese cuando él dijo que “el Presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución como el sol que firme en su centro da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua; […]”; a esta autoridad, dijo Bolívar, “le han ligado las manos para que a nadie dañe”, por lo cual presuntamente la presidencia vitalicia no sería lo bastante potente como para menoscabar la salud de la república.

Habiendo probado ya el sabor del caudillismo, el Libertador pensó que tenía que haber un modo de convertirse en el dictador que fue una vez en 1813, pero esta vez no con las armas sino con las leyes; había que legalizar la autocracia para que la obediencia obligatoria a la “voluntad general” de la Gran Colombia pareciera legítima. La singular excusa causaría estupor, pues no imitaría esta vez a los romanos ni a los ingleses, sino a los norteamericanos, pues Bolívar expresó que “en el gobierno de los Estados Unidos se ha observado últimamente la práctica de nombrar al primer ministro para suceder al Presidente”; una “práctica” que calificó de “conveniente” a razón de la experiencia que debía tener el jefe de Estado.

Acto seguido el prócer criollo dijo que “me he apoderado de esta idea y la he establecido como ley”; así, en la Constitución boliviana “el Presidente de la República nombra al vicepresidente, para que administre el Estado, y le suceda en el mando”, por lo cual “se evitan las elecciones, que producen el grande azote de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de la tiranía y el peligro más inmediato y más terrible de los gobiernos populares”. Pero los errores de Bolívar no acabaron allí. El coqueteo del prócer con la monarquía fue tan cercano que le reconoció virtudes. En su discurso de 1826, estas palabras de Bolívar fueron sumamente lapidarias:

Siendo la herencia la que perpetúa el régimen monárquico y lo hace casi general en el mundo, ¡cuánto más útil no es el método que acabo de proponer para la sucesión del vicepresidente! Que fueran los príncipes hereditarios elegidos por el mérito y no por la suerte, y que en lugar de quedarse en la inacción y en la ignorancia se pusiesen a la cabeza de la administración, serían sin duda monarcas más esclarecidos que harían la dicha de los pueblos. Sí, legisladores, la monarquía que gobierna la tierra, ha obtenido sus títulos de aprobación de la herencia que la hace estable, y de la unidad que la hace fuerte. Por esto, aunque un príncipe soberano es un niño mimado, enclaustrado en su palacio, educado por la adulación y conducido por todas las pasiones, este príncipe, que me atrevería a llamar la ironía del hombre, manda al género humano, porque conserva el orden de las cosas y la subordinación entre los ciudadanos, con un poder firme y una acción constante. Considerad, legisladores, que estas grandes ventajas se reúnen en el presidente vitalicio y vicepresidente hereditario.

La heterogeneidad del pensamiento político de Bolívar indica que sus concepciones brotaron gradualmente, en vez de aparecer todas al instante; por consiguiente, el perfil del Libertador estadista se compuso de ideas que en el transcurso de sus fases se hicieron más explícitas, complejas, polifacéticas, arriesgadas, disímiles y proclives a los contrasentidos. En una fase Bolívar fue un caudillo principiante con tendencias belicosas, sin un programa claro de gobierno pero con metas ambiciosas que no podía lograr; en la otra el prócer mantuano, no tan beligerante, tuvo el tacto político necesario como para diseñar como jefe de Estado un esquema gubernamental para las naciones liberadas, mas no sin modificar parcialmente sus objetivos iniciales; y en la última el Libertador renegó de sus propios preceptos manifestados públicamente en años anteriores para intentar en vano el abrazo a la presidencia vitalicia. No obstante, detrás de estas diferencias ideológicas de Bolívar en el tiempo hay cuestiones que nunca cambiaron.

3. Entre vecinos y forasteros

Las discrepancias en las ideas del Bolívar estadista tuvieron atributos en común que permanecieron inalterados. Por tanto, los más primordiales constituyen las vértebras de la médula espinal en el pensamiento del Libertador. En efecto, Bolívar se caracterizó por su apego rousseauniano a la política de la Antigua Roma y a la de la Gran Bretaña, aparte de su marcado centralismo que se ha descrito en los párrafos precedentes, junto con el cual hubo un caudillismo notorio porque Bolívar también fue un señor de la guerra. Desde luego, el Libertador fue autoritario, con una reputación de intransigente (Masur, 1948, p. 228) y de dogmático con las ideas de la Ilustración, a las cuales consideró como verdades absolutas que debían llevarse a cabo sin dilación (p. 58). Sin embargo, y considerando que para Benedict Anderson toda nación es “un invento para el que era imposible obtener una patente” (Anderson, 1991, p. 102), Bolívar también tuvo una propia manera de pensar la política y la arquitectura de la América Española como país; él fue uno de muchos pioneros criollos cuyos dictámenes sentaron las bases de las nuevas comunidades latinoamericanas.

Como líder independentista, Bolívar tuvo linderos en su pensamiento político, el cual se circunscribió a unos parámetros dados no sólo por unas cuantas fuentes de inspiración, ni por una hilera de contextos históricos, ni por unos rasgos prefijados, sino también a otros dados por él mismo. En este panorama político, Bolívar fue un republicano cesarista que prefería un Estado incólume, centralista y organizado a uno democrático, federalista y débil. Aunque la Constitución colombiana de 1821 separó sus poderes, Bolívar fue el resorte cardinal de su máquina gubernamental pero con un utopismo en el cual sus miras políticas fueron tan optimistas como osadas. En efecto, el nacionalismo estuvo entre sus cualidades políticas más estacionarias, si bien comenzó desde el Estado venezolano y fue después al Estado grancolombiano cuyos componentes formaron parte de un vasto imperio, el de España.

La América de Bolívar fue la zona emancipada de la Corona española, es decir, la América Española extendida desde México hasta Argentina en la cual hubo en Bolívar, desde 1813, un “uso reiterado de varios términos como sinónimos: América, América Meridional, América del Sur y otros” (Acosta Saignes, 1977, p. 342). Además, la América de Bolívar se pensó “hiperbólicamente”, como el continente mirandino (p. 349) en el cual el Libertador manifestó con claridad cuáles países estaban en ella y cuáles no. En uno de sus documentos (Arequipa, Perú. 30/05/1825. Carta a Francisco de Paula Santander. Doc. 10379 A.D.L.), Bolívar creyó que el “proyecto de federación general desde los Estados Unidos hasta Haití” era “malo en las partes constituyentes; pero bello en las ideas y en el designio”; a ello añadió que “Haití, Buenos Aires y los Estados Unidos tienen cada uno de ellos sus grandes inconvenientes”. Para Bolívar, las excolonias hispánicas americanas podrían mancomunarse salvo México, razón por la cual “los americanos del Norte y los de Haití por sólo ser extranjeros tienen el carácter de heterogéneos para nosotros. […] jamás seré de opinión de que los convidemos para nuestros arreglos americanos”. Desde luego, el Libertador dijo eso tomando en cuenta la unidad cultural de la América Española como la delineó en la Carta de Jamaica.

En esta América de Bolívar ―mejor dicho, en la porción de la América Española que el Libertador alcanzó a tener bajo su mando― es donde se manejó la política interna, la cual tuvo por ejes del orden el centralismo y la dictadura, aunque desde 1821 la Constitución de la República de Colombia reguló el Poder Ejecutivo, el cual sólo podía exceder sus atribuciones según el Artículo 128; se sabe bien que el Libertador, meses después del mencionado discurso en mayo de 1826, quiso dar un paso más allá de su proyecto constitucional. Esto se constata en un documento privado (Lima, Perú. 18/08/1826. Carta a Antonio José de Sucre. Doc. 1180 A.D.L.) en el cual Bolívar dijo que “no debemos usar la palabra federación sino unión la cual formarán los tres grandes estados de Bolivia, Perú y Colombia bajo de un solo pacto”, pues “después pedirán las formas federales como ha sucedido en Guayaquil, donde apenas se oyó federación y ya se pensó en la antigua republiquita”; en suma, Bolívar señaló que “en Venezuela será indispensable hacer una reforma importante a fin de que una autoridad muy fuerte y muy inmediata contenga los partidos y ocurra a las necesidades más urgentes”, por lo cual “el estado de Venezuela debe equivaler al de Bolivia, así como el del resto de Colombia al Perú”. Y hay más en esa misiva: para Bolívar,

El plan parece que debe ser éste: en cada estado un vicepresidente según la constitución boliviana; el presidente general debe tener un vicepresidente y sus ministros también generales. […] Todo esto se irá conviniendo por partes entre Bolivia y el Perú, Colombia y el Perú., Por lo mismo, será bien que Bolivia y el Perú diesen el ejemplo. […] Cada estado pagará sus deudas y sus compromisos a fin de que nadie se cargue de deudas ajenas. Cada estado tendrá su cuerpo legislativo y decidirá de sus negocios domésticos de un modo conveniente pero acordado con el resto de los estados.

Teóricamente, la política interna de Bolívar facilitaría la anfictionía de su América con el Congreso de Panamá (o Congreso Anfictiónico de Panamá), el cual fue el germen de las reuniones interamericanas, aunque no se parecieron mucho a las modernas reuniones de la CELAC ni de la Unasur. Bolívar fue uno de sus promotores e ideó esa cooperación entre las naciones de su América desde dos perspectivas muy peculiares: una belicista, preparada contra cualquier intento de recolonización por España al que se le daría “un plazo de tres o cuatro meses para que decida si prefiere la continuación de la guerra a la paz” (Lima, Perú. 11/08/1826. Carta a Pedro Gual y Pedro Briceño Méndez. Doc. 1177 A.D.L.), y otra de relaciones bilaterales con los británicos para formar una “liga” hispanoamericana capaz de contrarrestar la “Santa Alianza”, así como de “consolidar la unión de los nuevos Estados con el Imperio británico” ([Lugar desconocido]. Primeros meses de 1826. Borrador de documento. Uslar Pietri y Pérez Vila, 1991, pp. 167 y 169). Sin embargo, el Congreso fracasó rotundamente entre plenipotenciarios ausentes, malentendidos, mentiras y una acalorada controversia sobre el monroísmo que se abordará en el capítulo 10. Como premio de consolación, Bolívar tuvo que conformarse con la Federación de los Andes, la cual no duró sino hasta 1827.

En cuanto a política externa, hay que considerar que la América Meridional no fue un imperio después de independizarse porque allí no hubo “el uso de la fuerza para obtener ganancias territoriales ni el avasallamiento de una nación por otra; no es una política de expansión e imperialismo a la usanza europea” (Masur, 1948, p. 502). Por eso, y de acuerdo a lo expresado por Bolívar en los límites de su América ―en la cual se excluyó a Brasil, dicho sea de paso―, el contrincante confrontado fue España; la única fuerza a la que Bolívar opuso férrea resistencia. Por tanto, ponerle el título de antiimperialista en el sentido moderno del vocablo es un error por anacronismo porque el imperialismo, así como el “nacionalismo oficial”, fueron conceptos posteriores a la década de 1820-1830 (Anderson, 1991, pp. 123-160) teniendo entre sus apologistas a Cecil Rhodes y Thomas Babington Macaulay, mientras que John Atkinson Hobson, Rudolf Hilferding y Vladimir Ilyich Lenin fueron sus críticos.

Asimismo, y trayendo a colación lo dicho en los párrafos precedentes, el antiimperialismo de Bolívar se guió por un criterio de demarcación porque si la América del Libertador fue la América Española, entonces la España que la retuvo en su yugo fue la Europa del prócer; toda una exacta metonimia geopolítica y retórica en la cual América fue, para Bolívar, una nación integrada por su cultura sociopolítica, pero sobre todo, por su idioma. La América del Libertador fue, al igual que para Francisco de Miranda, una América hispanohablante cuyos confines se trazaron en un mapa y en un imaginario colectivo cuya percepción contraria a los imperios se concibió única y exclusivamente como una lucha contra la autoridad monárquica de la España peninsular.

Por otro lado, ¿cómo se pudo oponer Bolívar a imperios como el británico o el romano si aduló sus estructuras políticas? ¿Cómo se explica que Bolívar incluso tuvo una diplomacia tan formidable con los británicos que hasta les sugirió, impelido por el afán de consumar la independencia, la cesión de dos territorios de la América Española para el beneficio comercial de la Corona inglesa? Si el Libertador hubiera sido el antiimperialista leninista como muchos creen erróneamente hoy, ¿por qué vio positivamente los acuerdos militares con los británicos que posiblemente también se harían con los estadounidenses para frenar la presunta invasión francesa al continente americano? Varios de los documentos del prócer caraqueño, como los presentados abajo, muestran que Bolívar no sólo estuvo planificando desde 1815 ―cuidado si no antes― cortarle las alas a la potencia mundial española con el objeto de dárselas a la Gran Bretaña, sino que no sentía odio por los Estados Unidos; cuando mucho indiferencia. Las negritas son mías.

[…] Con estos socorros pone a cubierto el resto de la América del Sur y al mismo tiempo se puede entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua para que forme de estos países el centro del comercio del universo por medio de la apertura de canales, que, rompiendo los diques de uno y otro mar, acerque las distancias más remotas y haga permanente el imperio de la Inglaterra sobre el comercio. (Kingston, Jamaica. 19/05/1815. Carta a Maxwell Hyslop. Doc. 1290 A.D.L.)

Yo creo que se puede salvar la América con estos cuatro elementos: primero, un grande ejército para imponer y defendernos; segundo, política europea para quitar los primeros golpes; tercero, con la Inglaterra; y cuarto, con los Estados Unidos. Pero todo muy bien manejado y muy bien combinado, porque sin buena dirección, no hay elemento bueno. Además insto sobre el congreso del Istmo de todos los estados americanos, que es el quinto elemento. […]

Crea Ud., mi querido general, que salvamos el Nuevo Mundo si nos ponemos de acuerdo con la Inglaterra en materias políticas y militares. Esta simple cláusula debe decirle a Ud. más que dos volúmenes. Yo creo que Ud. debe mandar inmediatamente a saber a Inglaterra qué se piensa en el gabinete británico en orden a gobiernos americanos. […]

El remedio paliativo a todo esto ―si se encuentra― es el gran congreso de plenipotenciarios en el Istmo, bajo un plan vigoroso estrecho y extenso, con un ejército de 100.000 hombres a lo menos, mantenido por la confederación e independiente de las partes constitutivas. Además de las chucherías de una política refinada a la europea, una marina federal, y una alianza íntima y estrechísima con la Inglaterra y la América del Norte. (Lima, Perú. 11/03/1825. Carta a Francisco de Paula Santander. Doc. 10189 A.D.L.)

Mil veces he intentado escribir a Ud. sobre un negocio arduo, y es nuestra federación americana no puede subsistir si no la toma bajo su protección la Inglaterra; por lo mismo, no sé si sería muy conveniente si la convidásemos a una alianza defensiva y ofensiva. Esta alianza no tiene más que un inconveniente, y es el de los compromisos en que nos puede meter la política inglesa; pero este inconveniente es eventual y quizá remoto. Yo le opongo a este inconveniente esta reflexión: la existencia es el primer bien; y el segundo es el modo de existir: si nos ligamos a la Inglaterra existiremos, y si no nos ligamos nos perderemos infaliblemente. Luego es preferible el primer caso. Mientras tanto, creceremos, nos fortificaremos y seremos verdaderamente naciones para cuando podamos tener compromisos nocivos con nuestra aliada. Entonces, nuestra propia fortaleza y las relaciones que podamos formar con otras naciones europeas, nos pondrán fuera del alcance de nuestros tutores y aliados. Supongamos aún que suframos por la superioridad de la Inglaterra: este sufrimiento mismo será una prueba de que existimos, y existiendo tendremos la esperanza de librarnos del sufrimiento. En tanto que, si seguimos en la perniciosa soltura en que nos hallamos, nos vamos a extinguir por nuestros propios esfuerzos en busca de una libertad indefinida. (Cuzco, Perú. 28/06/1825. Carta a Francisco de Paula Santander. Doc. 10509 A.D.L.)

A través de su biografía, las ideas políticas de Bolívar conformaron un mosaico de piezas que danzaron entre disparidades y transformaciones; el pensamiento del Libertador, aunque fue móvil en el tiempo, se mostró muy estático porque se ajustó a unos lineamientos geográficos con los cuales él estuvo fuertemente envuelto. A juzgar por su simpatía hacia sus raíces hispanoamericanas, Bolívar tuvo un discernimiento en el que ubicó un sitio en el mundo a su América, así como también hizo los trazos que dibujaron las gruesas divisiones en las cuales las naciones independientes tuvieron sus pautas para reconocer la dicotomía de nosotros/ellos y la de adentro/afuera. En los capítulos 3 y 4 se ahondará en el modo en que estas divisiones tuvieron un rol relevante en la guerra de independencia y en quienes la pelearon. Por lo pronto hay que analizar cómo fue el auge y la caída del Bolívar estadista.

4. Sueños rotos

Hubo una conjunción recíproca de diversos factores trascendentales que permitieron el surgimiento y la degeneración del Bolívar como político, por lo cual no basta con adjudicárselo todo al carisma, la tenacidad, la oratoria, las murmuraciones, los escándalos y las confabulaciones. En un polo, el ascenso de Bolívar, cuyo estandarte de triunfo fue la creación de la Gran Colombia, transcurrió desde 1819 hasta 1825, y se debió elementalmente a la victoria en la guerra de independencia que no se habría ganado sin varias causas subyacentes, como el empujón del clero, la astuta demagogia, el capitalismo impreso teorizado por Benedict Anderson (Anderson, 1991, pp. 63-76) y la anuencia de los demás líderes sudamericanos a seguir sus órdenes. La revolución de Bolívar no habría valido absolutamente nada de no haber sido por la aceptación de la importancia de la iglesia católica para resucitar la independencia que fue puesta de rodillas en 1812, la apelación a las reformas sociales como la abolición de la esclavitud, las ofrendas de poner en marcha su utopía en la América Española, el impulso de la conciencia nacional absorbida por la opinión pública alfabetizada a través de medios de comunicación escrita como el Correo del Orinoco (1818-1822) y el reconocimiento de la intelligentsia de su mando supremo de los patriotas para unificarse contra los realistas.

En el polo contrario, el descenso del Libertador, cuyo estandarte de fracaso la disolución de la Gran Colombia, sucedió desde 1826 hasta 1830, y encontró sus por qués con cuatro aspectos fundamentales: el cesarismo paradójico del prócer, la política bolivariana de doble rasero, el provincialismo de sus adversarios y la imposición de un modelo paternalista de gobierno que quiso anularlos. En el primer aspecto, el vehemente centralismo del Libertador indicó que para él el Estado sólo tenía un significado y por ende una interpretación: la de una nación que debía ser fuerte e indivisible aunque para ello tuviera que valerse de una dictadura o, como sostuvo eufemísticamente en su dislate constitucional boliviano de 1826, de una presidencia vitalicia. Aún siendo el hombre más poderoso e influyente de la América Española, los últimos años de vida de Bolívar se vieron seducidos por la idea que él estuvo barajando desde su estadía en Italia en 1804: la de entronizarse si con ello se ponía fin a la anarquía de las naciones liberadas. Si bien es cierto que a Bolívar le ofrecieron la corona varias veces, es cierto también que él no sólo no fue un plebeyo, sino que tampoco salvó su Estado magno de la ruina al rechazarla.

Se puede observar en uno de los documentos de Bolívar (Magdalena, Colombia. 6/03/1826. Carta a José Antonio Páez. Doc. sin número A.D.L.) que él camufló su bonapartismo con la elocuencia filosófica de Rousseau y Montesquieu al decir que “ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón” y que “Napoleón era grande y único, y además sumamente ambicioso. Aquí no hay nada de esto. Yo no soy Napoleón ni quiero serlo; tampoco quiero imitar a César; aún menos a Iturbide. Tales ejemplos me parecen indignos de mi gloria”, por lo cual para el prócer “el título de Libertador es superior a todos los que ha recibido el orgullo humano”. Adicionalmente, Bolívar dijo que “nuestra populación no es de franceses en nada, nada, nada”, que “los magistrados de Colombia no son ni Robespierre ni Marat” y que “Colombia jamás ha sido un reino. Un trono espantaría tanto por su altura como por su brillo. La igualdad sería rota y los colores verían perdidos todos sus derechos por una nueva aristocracia”. Bolívar pensó que la Gran Colombia, si bien atravesaba tiempos difíciles, necesitaba volver a su redil mediante el gobierno autoritario de un presidente, no el de un rey.

El embrollo fue mayor cuando la Gran Colombia tambaleó con la dictadura de Bolívar, quien en 1829 tuvo una sucesión incierta, un decaimiento moral y un estado demacrado de salud que empeoró en 1830. La decisión del Libertador de ser o no ser un rey afectaría la política externa, pues mientras los Estados Unidos preferían las repúblicas para debilitar a los europeos, Inglaterra se decantó por las monarquías para reducir el poderío norteamericano; la selección de una de estas opciones implicaba fraternizar con un país y enemistarse con otro, lo cual tiene sentido si se tiene en cuenta que la Guerra angloestadounidense aconteció entre 1812 y 1815. Bolívar no podía pasar por alto esta caliente rivalidad internacional, pero tampoco podía darse el lujo de alimentar los cuchicheos de los federalistas y mucho menos de ignorar a quién le debía la independencia de su América.

Por tanto, era de esperarse que Bolívar descartara en 1829 la solución británica ante su destinatario inglés Patrick Campbell, mas ya no por preceptos filosóficos sino por su inviabilidad y los funestos efectos que tendría en la América Española, sobre todo si era tocada por los liberales. Además, en esa encrucijada política Bolívar sabía que si quería la ayuda de la Gran Bretaña no debía hablar bien de los Estados Unidos que en su momento tocaron las posesiones inglesas en Canadá, pues si lo hacía mordería la mano que le dio de comer desde Kingston en 1814 hasta Carabobo en 1821. En la correspondencia con Campbell, el Libertador le dijo de modo indirecto que su compromiso con la Gran Bretaña era una gigantesca deuda que jamás podría pagar.

No sé qué decir a Vd. sobre esta idea, que encierra en sí mil inconvenientes. Vd. debe conocer que, por mi parte, no habría ninguno, determinado como estoy a dejar el mando en este próximo Congreso, mas ¿quién podrá mitigar la ambición de nuestros jefes y el temor de la desigualdad en el bajo pueblo? ¿No cree Vd. que la Inglaterra sentiría celos por la elección que se hiciera en un Borbón? ¿Cuánto no se opondrían todos los nuevos estados americanos, y los Estados Unidos que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad? Me parece que ya veo una conjuración general contra esta pobre Colombia, ya demasiado envidiada de cuantas Repúblicas tiene la América. Todas las prensas se pondrían en movimiento llamando a una nueva cruzada contra los cómplices de traición a la libertad, de adictos a los Borbones y de violadores del sistema americano. Por el Sur encenderían los peruanos la llama de la discordia; por el Istmo los de Guatemala y Méjico, y por las Antillas los americanos y los liberales de todas partes. No se quedaría Santo Domingo en inacción y llamaría a sus hermanos para hacer causa común contra un príncipe de Francia. Todos se convertirían en enemigos sin que la Europa hiciera nada por sostenernos, […] (Guayaquil, Ecuador. 5/08/1829. Carta a Patrick Campbell. Doc. 2083 A.D.L. Las negritas son mías)

En el segundo aspecto, Bolívar dejó un cabo suelto que estropeó su labor como estadista: su doble discurso como jefe de Estado, comenzando por su propuesta constitucional de 1826 en la que despintó el lienzo del Discurso de Angostura. Aparte de eso, Bolívar dijo en 1821, en uno de sus documentos (Trujillo, [¿Perú?]. 9/03/1821. Carta a Luis Eduardo Azuola. Doc. 5422 A.D.L.), que “no aceptaré más la presidencia” por ocho razones de peso, principalmente por estar “cansado de mandar”, por no hacerle creer a todos que tiene “miras de ambición”, por no ser útil “sino para militar” y “porque estoy resistido, y si me fuerzan, deserto”; años después, en 1824, al prócer se le nombró dictador de Perú. Luego el Libertador se separó de su cargo hasta que en 1828 dijo (Bogotá, Colombia. 27/08/1828. Proclama. Doc. 179 A.D.L.), y con no poco orgullo por asumir la dictadura de la Gran Colombia, que “no retendré la autoridad suprema sino hasta el día que me mandéis devolverla, y sí (sic) antes no disponéis otra cosa, convocaré dentro de un año la representación nacional”; sus palabras las remató al señalar que “no os diré nada de libertad, porque si cumplo mis promesas, seréis más que libres, ―seréis respetados; además bajo la dictadura ¿quién puede hablar de libertad? ¡Compadezcámonos mutuamente del pueblo que obedece y del hombre que manda solo!”

Así es como Bolívar mudó su piel de Libertador para ser el amo de la autocracia, razón por la cual su utopía de libertad y democracia pasó a ser una promesa vacía, en ideas verbales llevadas por el viento. Por otra parte, el cálculo errado de Bolívar fue el hecho de pensar que sus dictaduras, las cuales justificaron hábilmente su mando militar durante la independencia, servirían incluso después de ella como en la crisis grancolombiana de 1828. Como simpatizante de Montesquieu y aún más de Rousseau, Bolívar creyó que su América reunía las condiciones adecuadas para el establecimiento del autoritario modelo de gobierno romano y británico, de carácter centralista, y no del americano, de carácter federalista. Sin embargo, las extrapolaciones de Bolívar mediante la historia, aunque fueron retóricamente inteligentes e involucraron modificaciones, no tuvieron fundamento no solamente porque Latinoamérica no era Europa ni el siglo XIX la Antigüedad, sino porque los proyectos políticos de Bolívar carecieron de la autocrítica con la cual pudo haber reconocido que sus propios argumentos estaban equivocados. Es decir, Bolívar tachó en otros actitudes gubernamentales que él mismo solía tener y pensó que estos gazapos de su pensamiento de doble cara iban a pasar desapercibidos.

En el tercer aspecto tenemos que la Nueva Granada, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia tuvieron una actitud nacionalista en el cual se deseó que estos cinco entes políticos estuvieran juntos pero no revueltos; se deseó una emancipación que no significara el retorno a ningún sistema parecido a los virreinatos de la España imperial que carecieron de la separación de poderes a la que varias veces se opuso Bolívar. Además, “la misma vastedad del imperio hispanoamericano, la diversidad enorme de sus suelos y sus climas, y sobre todo, la dificultad inmensa de las comunicaciones en una época preindustrial, tendían a dar a estas unidades un carácter autónomo” (Anderson, 1991, p. 84), por lo que los líderes de estas naciones, a excepción de Bolívar y Francisco de Miranda, ya estaban predispuestos a ver con recelo proyectos como los de la Gran Colombia que fundirían las antiguas fronteras de las provincias y de las capitanías generales. Para los adversarios del Libertador, lo más lógico era cambiar el gobierno sin alterar el mapa de la América Española para evitar ―al menos en teoría― los litigios póstumos a la independencia y al desmoronamiento de la Gran Colombia, cuya única persona competente para regirla fue el Bolívar que, sin descendientes ni sucesores, estuvo carcomido por una enfermedad terminal.

De hecho, José Antonio Páez y Francisco de Paula Santander fueron los personajes de una generación de relevo que representó dos irreconciliables naciones, las cuales prefirieron ser repúblicas hermanas que repúblicas siamesas. Por consiguiente, este panorama, similar en Ecuador, Perú y Bolivia, implicó un ímpetu separatista que haló las cinco cuerdas del Estado grancolombiano hasta derribarlo; el Libertador, pertinaz en sus dictámenes, evidentemente vio el desafío a su autoridad como un acto de traición: la misma concepción que tuvo Fernando VII de los rebeldes de la América Española. Para Bolívar, la independencia era una revolución gubernamental que debía ir junto a una revolución territorial, la cual no solamente tenía el objetivo de unir la idiosincracia hispanoamericana en un país, sino de impedir que las colonias, una vez emancipadas, hicieran leña del árbol caído o de sus ramas.

En el cuarto aspecto se puede ver que el paternalismo de Bolívar fue un reflejo del paternalismo borbónico peninsular, por lo que el prócer quiso imponer a los países de la Gran Colombia una unidad artificial que ya no tenía razón de ser porque había culminado la guerra y con ella la necesidad de una coalición que mantuviera atadas las trenzas del zapato independentista. No obstante, Bolívar insistió en su utopía de unión, en hacer que esa Gran Colombia fuera la voz de esa incontestable “voluntad general” que, representando para el prócer la plena libertad, debía conformarse incluso con una dictadura que sometiera por la fuerza del centralismo a las naciones hispanoamericanas que se negaran a integrarse a ese proyecto.

La amalgama del Libertador, aunque de forma tuvo un propósito loable, de fondo tuvo un espíritu político que arañó el totalitarismo mediante el desconocimiento de la diversidad habida en la Nueva Granada, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, pero aún más que eso; mediante sus propuestas reaccionarias de gobierno que se analizarán en el capítulo 4. Por eso no es de sorprender que Bolívar fue acusado de ser tirano y déspota, ni que aquella unión obligatoria tuviera un efecto boomerang traducido en un círculo vicioso de tensión, odio, sabotaje, violencia y difamación. La Cosiata de 1826, la Convención de Ocaña de 1828 ―boicoteada por el partido de los bolivarianos, por cierto, pues ellos fueron minoría en el Congreso― y el susto de la Noche Septembrina del 25 de septiembre de 1828 fueron los síntomas más visibles de una enfermedad política degenerativa padecida por un gobierno que fue a fin de cuentas insostenible.

La desarticulación y el éxito de la utopía de Bolívar tuvieron múltiples causas tanto externas como internas al fuero presidencial del prócer en las cuales estuvo directamente relacionada la guerra de independencia, así como el entorno histórico que la precedió y a sus secuelas. Si se usa el razonamiento de Bolívar en su Carta de Jamaica, en la cual expresó que un Estado opulento sólo conduciría a la decadencia, se puede ver que la Gran Colombia tendría el mismo fatal destino que el de su idolatrada Roma y de su despreciada España, sólo que el Libertador no estuvo dispuesto a admitir el naufragio de su navío republicano en 1830 con él como su capitán. En efecto, esto no quiere decir que se haya extinguido el sueño del Libertador; mas bien, que el Bolívar político superó las limitaciones de su época, aunque no de la mejor manera.

5. ¿Herencia anodina?

Indiscutiblemente, el aporte del Bolívar estadista no fue intelectual porque él no inventó las ideas revolucionarias, sino que las trajo de Europa como también lo hizo toda la intelligentsia de su tiempo; ergo, la contribución política del Libertador fue como una herramienta lítica bifaz que dejó, para bien o para mal, su indeleble vestigio. Examinando críticamente sus dos bordes, tenemos por un lado el diacrónico, que es la huella fosilizada de su paso por la América Española, y por el otro el patrimonial, que es la forma en la cual se interpreta dicha huella en el presente. En el primer borde la semblanza historiográfica de Venezuela es lo suficientemente larga como para confirmar que este país nació varias veces y tuvo varios progenitores, no uno.

Al comienzo, Venezuela fue una entidad política al servicio de la Corona que evolucionó a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Después fue como una cuasi-unidad territorial independentista durante la Primera República por los líderes de las provincias federales; a su término sus propietarios fueron los realistas. Posteriormente, Bolívar y Santiago Mariño compartieron un país que no tardó en ser recuperado por la Corona para luego emanciparse y subordinarse a la Gran Colombia. Cuando ésta se desintegró, Venezuela germinó de nuevo en el país como hoy lo conocemos, cuyo fundador y presidente fue José Antonio Páez, de ideas tan centralistas como conservadoras, a quien se le ha demonizado desmesuradamente con toda clase de falacias y mentiras.

En consecuencia, Bolívar no fue el Padre de la patria sino uno de los padres de la patria en un momento determinado de su historia. La lucha transnacional de Bolívar sobresalió no por descubrir la pólvora sino por probar con acciones que la monarquía no era el único sistema de gobierno posible; una demostración paradójica por parte de un hombre autoritario que no dio su brazo a torcer, ni vio las cosas desde otro punto de vista que no fuera el suyo ni simpatizó mucho con la separación de poderes. En suma, a Bolívar se le puede dar el crédito de haber sido el pionero en poner en práctica las relaciones internacionales en su América y de haber intentado una unión de naciones capaz de impedir que la América Española se quebrara en una barbarie de países enemistados, sin entendimiento alguno, como le sucedió al Imperio Romano; una idea de vieja data que nos remonta a la utopía mirandina.

Lamentablemente, esta diplomacia tuvo un aire contaminado de intrigas, suspicacias, animadversiones e incluso atisbos paranoicos de xenofobia. Por otro lado, la Gran Colombia fue la versión republicana del virreinato de la Nueva Granada y, por ende, una unión de naciones que para los adversarios de Bolívar significaba el posible restablecimiento de un sistema político reaccionario que se creía borrado de la faz de su continente, y con sobrada razón, pues la presidencia vitalicia de la carta magna boliviana de 1826 despertó las alarmas de cuantiosos independentistas que creían que el Poder Ejecutivo debía rotar tras un período determinado por la Constitución. Con cetro real o sin él, y aún si hubiera tenido el mando supremo sin las cortapisas de Páez o de Santander, el Estado más grande de la América hispanohablante igualmente habría desaparecido porque Bolívar y Sucre habrían fallecido en 1830. La Gran Colombia se habría fraccionado ineludiblemente como la Macedonia de Alejandro Magno.

Con el segundo borde se lidia con los desafíos de la América Latina cuyo presente todavía debe encarar la interrogante sobre cómo puede batir las alas y volar libre en un globo terráqueo globalizado lleno de países que compiten entre sí. Las claves del destino latinoamericano, desde luego, se creen reveladas en la escritura del pasado; por eso es que el pensamiento político de Bolívar todavía no se le considera letra muerta. En otras palabras, se apela a Bolívar porque se le considera una panacea, un santo grial, una fuente de infinita sabiduría antigua, un elixir de la eterna juventud política, un presidente-dictador-libertador sempiterno que tiene todas las respuestas a nuestras preguntas. Como señala el historiador neogranadino Indalecio Liévano Aguirre,

[…] si la magnífica empresa de Bolívar no pudo encontrar en su época el terreno firme que necesitaba para consumarse con todas sus posibilidades, el ejemplo heroico de su existencia dejó en el pasado de nuestros pueblos esa huella que sólo imprimen las grandes figuras de la historia universal, y al proyectarse en las creaciones de la leyenda y el mito, como hoy se proyecta, ha llegado a convertirse en el noble recipiente a donde van a depositarse los sueños y aspiraciones recónditas de unas comunidades que, cuando se cansan de mirarse con desconfianza y de malgastar inútilmente sus energías, sienten la añoranza y comprenden la sabiduría de los ideales continentales del gran hombre. El porvenir es suyo. Lo derrotaron pasajeramente las debilidades y defectos de nuestros pueblos, pero ha entrado en la gloria imperecedera ganándose su imaginación y sus esperanzas. Su vida extraordinaria hizo extraordinaria a la América española en el pasado, y su pensamiento, pleno de posibilidades, puede hacerla nuevamente grande en el futuro. (Liévano Aguirre, 1950, pp. 696-697)

Para tocar ese extremo, Latinoamérica recurre al culto del prócer y a la tergiversación de sus ideas hasta hacerlas una doctrina imaginaria; es decir, que no se puede proclamar la vigencia del pensamiento de Bolívar sin torcerlo con sesgos que utilizan documentos y, más aún, frases escogidas a modo de consignas, de máximas republicanas, de argumentos de autoridad, de eslóganes o de blindajes dialécticos que protejan al Libertador de cualquier detracción. Toda esa verbosidad es usada en la promoción de proyectos gubernamentales que sólo son bolivarianos de nombre, como la Constitución venezolana de 1999, y en propagandas partidistas cuyos líderes dicen ser los legítimos descendientes de un legendario linaje político que es el fruto de sus propias fantasías.

La paradoja bolivariana está flanqueada por dos perspectivas; en una está la del Bolívar literal y en otra la del Bolívar alegórico. Como si de un evangelio se tratara, los cultores del Libertador se las han arreglado para personalizar su discurso con el objeto de que sus acólitos crean que el prócer está de su lado. Mientras unos considerarían, por ejemplo, que la presidencia vitalicia debe entenderse como una metáfora profunda aplicable a nuestro tiempo para impedir un golpe de Estado, otros pensarían que ésta es una orden que se debe acatarse al pie de la letra si se quiere garantizar que la gestión presidencial no sea entorpecida por los partidos políticos rivales. Ambas visiones son tan equivocadas como perjudiciales porque se vulnera la democracia con tan solo vender mitos históricos de Bolívar para obtener votos o peor aún, con la simple aplicación en el gobierno de cada palmo de sus ideas sin cuestionarlas.

Para combatir esta superstición política ha sido menester la lectura crítica de Bolívar que ya ha sido realizada por varios historiadores que no le han temido a las hagiografías del prócer caraqueño sino que las han desafiado al contrastarlas con los hechos. De esta manera es como sabemos que en sus discursos, proclamas y cartas Bolívar expuso ideas que hoy en día son a menudo erróneas, falsas o nocivas, como el correlato de Bolívar en su Carta de Jamaica entre las dimensiones de un Estado y su nivel de libertad, pues si eso fuera cierto Canadá tendría una dictadura y Angola una democracia. La obra de Rousseau, la cual fue el cimiento filosófico más importante del Libertador, ha sido fuertemente criticada por su pésimo rigor científico y sobre todo porque su “voluntad general” ha inspirado los peores atropellos de la historia, comenzando con aquellos del jacobinismo de Robespierre. Además, “la práctica de nombrar al primer ministro para suceder al Presidente” en los Estados Unidos es una mentira pura y dura de Bolívar porque eso no consta ni en la Constitución ni en la historia de esa nación norteamericana.

Se pueden decir, por tanto, dos cosas de Bolívar. Primero, que su rol en la historia universal ha sido innegable, pero que también se le ha sobreestimado hasta el punto de atribuirle aportes que nunca hizo como filosofar acerca de la política, engendrar a Venezuela, guiar a la América Española por el camino de la democracia y predecir el antiimperialismo comunista. Segundo, que el dictamen político dejado por el Libertador es en realidad algo de lo más exiguo, pues es un grupo de ideas impracticables, que no desacertadas, las cuales sólo pueden sobrevivir negándoles su falsabilidad y recortarlas a un puñado de citas bonitas que enaltezcan el patriotismo de la colectividad o legitimen los gobernantes de modo fraudulento. Como se demostrará en el capítulo 9, el legado de Bolívar, aunque parece inocente, es culpable de incontables desmanes cometidos en su nombre.

Conclusiones

Bolívar tuvo patrones ideológicos típicos de un hombre de Occidente; por tanto, no es que él haya pensado fuera de la caja sino que él tuvo su propia manera de pensar dentro de la caja, pues el prócer mantuano orientó su pensamiento político hacia su América desde la filosofía de Europa. Además, el Libertador no fue un visionario futurista adelantado a su época como Leonardo da Vinci, sino que él fue un visionario de lo quimérico, de lo utópico, de lo imposible y de lo embarazoso, ya que su “república aérea” fue un intento fallido de resucitar  y ensamblar instituciones grecorromanas con las británicas para luego adaptarlas a la Gran Colombia.

Las ideas políticas de Bolívar, por otra parte, tendieron a las mutaciones, y esas mutaciones devinieron en contradicciones. Las más llamativas fueron estas: a)cuando en 1819 defendió la sucesión periódica del poder (aludiendo a los jefes de Estado) para censurarla después en 1826; b)cuando en 1821 no quiso seguir a la cabeza del gobierno para después ser dictador en 1824 y luego en 1828; c)cuando en 1826 alabó el carácter hereditario del mando en unas monarquías que él vilipendió años antes; d)cuando en 1815 no simpatizó con los Estados grandes por temor a la decadencia, para luego crear el titánico Estado de la Gran Colombia en 1821; y e)cuando en reiteradas ocasiones habló de libertad para luego imponerla con un estado sumamente centralizado, autoritario y dictatorial.

Considerando las contradicciones ya expuestas, es evidente que el pensamiento político de Bolívar no fue unívoco ni estable porque no se escribió como una guía para gobernar, ni como una tesis filosófica, ni como un análisis pormenorizado de teoría política, ni como un docto texto encauzado al debate académico. Allí se reflejaron sus ideas personales enmarcadas en las doctrinas europeas de la Ilustración, especialmente las de Rousseau; ideas que el Libertador jamás puso en tela de duda. Aunque documentos como el Manifiesto de Cartagena, la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura son textos muy importantes para el estudio de la historia de Venezuela y de Bolívar, todos ellos son muy sobrevalorados y se le atribuyen dotes proféticas que no tuvieron.

Adicionalmente, el presunto monarquismo de Bolívar, si bien es bastante discutible a nivel de la investigación documental, consiguió emularse a través de la creación de un Estado que le hizo competencia, es decir, la Gran Colombia, y también mediante argucias de leguleyos como el senado hereditario de 1819, la presidencia vitalicia de 1826 y la dictadura “temporal” de 1828. Sin embargo, que Bolívar no haya podido concretar su supuesta meta de ser rey o de permitir que se coronara alguno en tierras latinoamericanas no quiere decir que el prócer haya sido “antiimperialista” en la acepción moderna del término, ya que él fue enemigo de la Corona española, indiferente al no-imperio estadounidense y amigo de la Gran Bretaña. De más está decir que las ambiciones políticas de Bolívar se consagraron y se desplomaron por circunstancias de diversa naturaleza, por lo cual es demasiado simplista decir que se debieron nada más a las virtudes del Libertador y a las “conspiraciones” de sus antagonistas, a quienes injustamente se les acusa de no haber comprendido las “avanzadas” ideas del prócer caraqueño.

A Bolívar no se le puede desdeñar toda su actuación en el teatro de la historia universal. Conviene recordar que él encauzó a varios pueblos dispersos a lograr su independencia con un liderazgo impresionante. Conviene recordar que él terminó lo que otros empezaron. Pero también conviene recordar que el Libertador no fue ni el primero, ni el único, ni el último en realizar la gesta emancipadora, porque como veremos en el próximo capítulo fue menester la colaboración de próceres como Antonio José de Sucre, José Antonio Páez, Francisco de Paula Santander, Atanasio Girardot, Bernardo O’Higgins, José de San Martín, entre otros, para librar la guerra contra la Corona española. Conviene recordar que Bolívar ni fue democrático, ni fue infalible, ni siempre procedió con rectitud.

Bibliografía

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Capítulo 1- Ideales

Capítulo 3 – La espada de oro

Capítulo 4 – ¿Moral y luces?

Capítulo 5 – Religión mantuana

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