Simón Bolívar: una visión escéptica. Capítulo 1 – Ideales


Estampilla_BolivarLas ideas de Simón Bolívar son típicamente tratadas como una doctrina netamente suya cuyos preceptos fueron los únicos en forjar la estructura ideológica del proceso independentista; las frases aisladas y textos como el Manifiesto de Cartagena, la Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura son las tarjetas de presentación de un Bolívar al que se le considera como el padre del pensamiento de la emancipación patriota en Venezuela, o en su defecto como el pensador más prominente de la Hispanoamérica que a inicios del siglo XIX se vislumbraba como libre. En el culto a Bolívar se cree que la máxima autoridad intelectual de la Venezuela revolucionaria es atribuible al prócer de Caracas, quien con su sola presencia opaca al de cualquier otro personaje histórico que le haya precedido.

Tal como se verá más adelante, esta concepción del Libertador no es acertada porque pasa por alto el contexto histórico-filosófico europeo y norteamericano como la piedra fundacional para las revoluciones de la América Meridional que permitieron su desenvolvimiento en la independencia de Venezuela mediante los pensamientos subversivos expresados en conspiraciones predecesoras, así como a través del poder verbal de sus teorizadores cuya importancia no se puede desestimar. De este mismo modo se explicará por qué las ideas de Bolívar son percepciones personales de los paradigmas que las condicionaron, las cuales han sido objeto de una visión sesgada por parte del culto en su nombre en el cual se ha configurado una seudocorriente ideológica.

1. Ejemplos septentrionales

Sería imposible comprender el escenario suramericano, así como las mismas ideas de Bolívar, si no se explicara el escenario europeo y norteamericano, pues la independencia de la América Meridional a la que pertenece Venezuela está anclada a un trasfondo de hechos e ideas que le sirvieron como modelo de acción. De este modo, la emancipación que la marcó encuentra sus orígenes, ante todo, en la Ilustración surgida en Francia como una respuesta intelectual a la estructura política, social, económica y religiosa existente, la cual estuvo caracterizada por ser caótica, ignorante, corrupta, intolerante y autoritaria.

Encabezada por personajes de suma relevancia, la Ilustración se destacó por emplear la razón como herramienta para el entendimiento con el objeto de atacar la irracionalidad, buscar la felicidad mediante principios como la libertad y la igualdad ante la ley, considerar al ser humano como bueno por naturaleza, basar sus principios éticos en valores que no dependen de las religiones, es decir, en valores laicos, y visualizar a la humanidad con optimismo en el cual el ser humano será capaz de mejorar hasta tal punto que logrará la perfección. Las ideas de la Ilustración cambiaron la manera de pensar en el Siglo XVIII, en medio de una fuerte confrontación con el sistema establecido, porque quiso transformar el Estado hegemónico absolutista por uno democrático moderno que implicara la división de sus poderes.

La Ilustración tuvo un impacto que superó expectativas. El primer movimiento en demostrarlo fue la Revolución estadounidense, en la cual las tensiones en la población de las trece colonias británicas se hicieron sentir desde 1763 por causa de impuestos abusivos, restricciones económicas y la falta de un representante que velara por sus derechos. La independencia, declarada el 4 de julio de 1776, ocasionó mayores revueltas que después de un cruento conflicto bélico resultó, en 1789, en el nacimiento de los Estados Unidos de América que en 1788 ratificó la Constitución creada un año antes. Nutrido del pensamiento europeo ―sobre todo de Jean-Jacques Rousseau, John Locke, Thomas Hobbes y Thomas Paine―, este proceso revolucionario quiso crear una nueva nación capaz de garantizar los derechos inalienables de sus ciudadanos; derechos como “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” (United States Declaration of Independence, 1776. La traducción es mía) que están en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos así como en la de otros países que la emularon.

Con este efecto dominó fue como la Revolución francesa buscó abolir la monarquía francesa, mas no sin atravesar una era turbulenta donde la lucha por la democracia caminaba en una peligrosa cuerda floja de inestabilidad política que ya venía arrastrando sus nefastas consecuencias incluso desde antes de la ascensión de Luis XVI al trono, entre ellas la corrupción, los problemas económicos y el descontento social. Sin embargo, la filosofía de la Ilustración y la lección dada por los estadounidenses al lograr su independencia sirvieron para que los galos intentaran hacer cambios radicales en el sistema; uno de ellos fue la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, en 1789. A lo largo de sus 17 artículos, la Declaración manifestó un compromiso irrenunciable a preservar la democracia, el orden público y el bienestar común sin dejar por fuera los “derechos naturales” establecidos en su Artículo 2, el cual dice que “el objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales y perennes del hombre. Esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.”

Tanto en Francia como en los Estados Unidos, las revoluciones no fueron solamente enfrentamientos violentos sino etapas de cambio ideológico y político en el que el Estado pasó de ser un eje de dinastías perpetuadas por familias reales durante siglos a uno en el cual el poder alternara su estancia en cada período presidencial a través de las elecciones. Por tanto, el pensamiento de la Ilustración logró sus propósitos al consolidarse como un arquetipo que fue adaptado a los requerimientos de sus seguidores tanto en el hemisferio Norte como en Suramérica. En este subcontinente, tres de ellos fueron los venezolanos Manuel Gual, José María España y Francisco de Miranda.

2. Los predecesores infortunados

La llegada de un nuevo tipo de pensamiento fue inevitable, por lo cual el statu quo impuesto por los colonizadores españoles pronto se vio desafiado por un par de proyectos que intentaron repetir las hazañas septentrionales en Venezuela; ergo, fue fallida la monárquica censura de las ideas de la Ilustración, así como las noticias del éxito de las revoluciones estadounidense y francesa. Ni Bolívar había nacido como personaje de la política venezolana cuando en 1797 estuvo por estallar la conspiración de Gual y España, la cual fue el primer movimiento independentista venezolano que “no se trata de una conjuración para una protesta esporádica, ni de una acción ocasional, transitoria”, pues “es ya una acción revolucionaria articulada con principios, ideario y un conjunto de documentos preparados para la inmediata acción pública” (Grases y Becco, 1988, p. XXI).

Indiscutiblemente, esta “acción pública” no se pudo haber instigado sino fuera porque Manuel Gual (1759-1800) y José María España (1761-1799) expresaron en el papel sus claras intenciones de convertir a Venezuela en un país libre de la Corona. Ante un propósito de tal envergadura, no se podría hablar del pensamiento que la sustentó sin señalar que entre sus escritos más representativos está la Proclama a los habitantes libres de la América Española escrita en 1797, en la cual se exhortó a la rebelión del pueblo contra sus opresores. A modo de enardecer los ánimos, Gual y España demostraron su punto de vista con ejemplos foráneos al decir que “nosotros” podemos ser libres porque “ellos” también lo fueron.

Haceros pintura de la situación de los Habitantes del Norte de esa América. Son ricos e independientes; codician su alianza las Potencias de Europa. Haced comparación de vuestra Población con la de aquella nueva República, y sacaréis que la Naturaleza se complace en poblar los campos de la libertad, cuando le es doloroso y contra su institución el incremento de esclavos. (Gual y España, 1797a, p. 9)

Mucho antes de iniciarse la carrera política de Bolívar con sus discursos, en las consignas de Gual y España ya se decía que lo más perjudicial era la ignorancia, que el ejército debía proteger al pueblo sin someterlo, que la revolución era cuestión de unidad popular, que la educación no debía descuidarse, que la república era buena a diferencia de la monarquía, que la tiranía debía morir para darle riendas a la libertad y que el despotismo nacía cuando los líderes se eternizaban en su mando. Mensajes de este tipo estaban expuestos en el Discurso preliminar dirigido a los americanos (Gual y España, 1797b); un documento importantísimo del cual se extraen algunos fragmentos relevantes que reflejan el pensamiento republicano a finales del siglo XVIII.

La ignorancia es el mayor mal de un Pueblo: ella es la que le hace crédulo, supersticioso, incapaz de conocer las verdades esenciales, y la que le somete a la astucia de los gobiernos opresivos. Cuando un Pueblo ha llegado a este punto de estupidez, es muy fácil inspirarle cualquiera pasión y hacer que él mismo se imponga el yugo de la esclavitud por principios: por esto los déspotas y los ambiciosos, se aplican singularmente a eternizar esta impericia, tanto más funesta, cuanto se opone a los progresos del entendimiento, por el fanatismo que fomenta, y por la ceguedad que perpetúa. (p. 12)

La gran distancia que media, entre este país y la Europa, es una ventaja considerable para nosotros: no es menor el hallarnos con tropas patricias; pues aunque éstas en el día están a las órdenes del tirano, saben muy bien que la milicia fue establecida para defender la patria y no para oprimirla, según la voluntad de un malvado usurpador; en cuya suposición no es de creer que haya alguno que quiera ser instrumento de la tiranía, contra su mismo país. ¡Cómo es posible se encuentren entre nosotros almas tan viles, hombres tan infames, que quieran ser verdugos de sus propios padres, hermanos, parientes, amigos y paisanos, y que cuando se trata de recobrar la libertad, sean los que se opongan a una resolución tan justa! Nadie puede presumirse un hecho semejante: quien tal hiciere sería el oprobio del mundo, la afrenta de los Americanos. (p. 14. Las negritas están en el texto original)

Las fuerzas que nos puede oponer el tirano, son muy pequeñas en comparación con las nuestras: sus tropas pocas y esclavas, las nuestras muchas y libres; sus socorros tardíos y expuestos, los nuestros prontos y seguros; sus recursos en el día son en pequeño número, los nuestros son infinitos: sobre todo, nosotros tenemos a Dios propicio por la justicia de nuestra causa, él irritado por sus delitos y maldades. Vivamos en la firme inteligencia de que no podemos ser vencidos, sino por nosotros mismos; nuestros vicios solamente pueden impedirnos el recobrar nuestra libertad, y hacérnosla perder aun después de haberla logrado; permanezcamos pues siempre asidos a la virtud, reine entre nosotros la más perfecta unión, constancia y fidelidad, y nada tendremos que temer.

(…)

Entre blancos, indios, pardos y negros, debe haber la mayor unión: todos debemos olvidar cualquier resentimiento que subsista entre nosotros, reunirnos bajo un mismo espíritu, y caminar a un mismo fin. (p. 15)

En todo Imperio donde los derechos y los deberes del hombre son desconocidos, se hace un gran papel, desde que uno tiene bastante fortuna para vivir sin trabajar, es decir, a costa del sudor y las fatigas de un miserable, que se apura y se mata, para ganar un bocado de pan. El ocioso en una democracia, es despreciado del público, como un ser inútil, y castigado por la ley, como un ejemplo escandaloso. El honor de los Estados despóticos, consiste en ser un ciego instrumento de la voluntad caprichosa y opresiva del tirano; en las Repúblicas, se funda en no reconocer otro poder que la justicia y la razón. (p. 17)

Todo el arte para obrar una mutación tan feliz en las costumbres, consiste en aprovecharse del verdadero momento, o por mejor decir, en saber escoger la mejor disposición de los espíritus; esta disposición, este momento precioso, se encuentra en el acto del primer movimiento de toda revolución. La efervescencia revolucionaria comunica a las pasiones la más grande actividad, y pone al Pueblo en estado de hacer todos los esfuerzos necesarios, para conseguir la entera destrucción de la tiranía, aunque sea a costa de los mayores sacrificios; entonces, todas las almas se hallan preparadas, todos los espíritus exaltados, todas las reflexiones se aprecian, y todas las verdades se dejan sentir; entonces es pues, cuando se debe inspirar al Pueblo un amor constante a la virtud y horror al vicio; entonces, cuando se le debe hacer sentir la necesidad absoluta de renunciar todas sus erróneas máximas y detestables pasiones, y de atenerse únicamente, a los sólidos principios de la razón, de la justicia y de la virtud, si quiere lograr su libertad; entonces es la ocasión de demostrarle, que no puede hallar su verdadera felicidad, sino en la práctica de las virtudes sociales; entonces es, cuando se deben obrar las grandes reformas, o por mejor decir, entonces es cuando se debe cimentar, y construir de nuevo el edificio, poner en acción la moral, y darla por base a la política, así como a todas las operaciones del gobierno.

(…)

Conviene asimismo no olvidar la educación de la niñez; ésta se perdería infaliblemente, si se dejase al cuidado de los padres, llenos comúnmente de preocupaciones e ignorancia, y que no pueden darla, sino una instrucción perjudicial, cual ellos la han recibido; mas si por medio de una educación pública, común y gratuita, se le procura instruir en los principios de igualdad, libertad y fraternidad, de los cuales la misma naturaleza ha sembrado la semilla en sus corazones, se logrará dar a la Patria una juventud, llena de ardor y de virtudes, instruida en sus derechos, penetrada en sus obligaciones y que conociendo toda la excelencia de su gobierno, será afecta a su constitución, tanto por sus sentimientos, como por sus principios. (pp. 18-19)

Una revolución política, que no es otra cosa que la recuperación de los derechos del hombre, debe hacerse exclusivamente por el Pueblo: así tener consideraciones con sus enemigos, es ir contra la primera regla que se debe seguir. La contrariedad de principios y opiniones, nacida de la diversidad de pretensiones, no permite conciliar intereses tan opuestos; quererlo hacer, sería ensayarse en reunir elementos contrarios. (p. 20)

Conferir a un hombre solo todo el poder, es precipitarse en la esclavitud, con intención de evitarla, y obrar contra el objeto de las asociaciones políticas, que exigen una distribución igual de justicia entre todos los miembros del cuerpo civil; esta condición esencial, no puede jamás existir, ni se pueden evitar los males del despotismo, si la autoridad no es colectiva; en efecto, cuanto más se la divide, tanto más se la contiene, pues lo que se reparte entre muchos, no llega a ser nunca propiedad de uno solo. (pp. 21-22)

Si es posible que con esta publicidad de votos, el Pueblo haga malas elecciones, se quita toda mala consecuencia, haciendo la autoridad alternativa y momentánea. La perpetuidad de los empleos en las Repúblicas, es la que constituye la aristocracia, y en todos los Estados, de cualquier forma que sean, lo que abre la puerta a todos los abusos, y a todo género de opresión. (p. 25)

La larga duración del goce de los poderes, da a los que están ejerciéndolos, un ascendiente el más peligroso: la habitud los identifica insensiblemente con su empleo, de suerte, que acaban por hacerse señores, y en lugar de seguir la legislación, que se les ha prescrito, mandan sólo según su capricho, y las reglas de su ambición. Cuando el Pueblo está acostumbrado a no ver sino unos mismos hombres en las funciones públicas, presta difícilmente su confianza a aquellos que no los han obtenido nunca; porque se presume, que el que tiene experiencia en un ejercicio, es preferible al que con más talentos, tiene menos conocimientos prácticos. Esto es lo que da tanta fuerza a los ambiciosos, para hacerse dueños del poder, una vez que han logrado ejercerle; y esto es lo que ha causado la servidumbre, y la pérdida, de todos los Pueblos libres. (p. 27)

Con este lenguaje grandilocuente, pero también ardiente por hablar sin remilgos contra la Corona española, es como Gual y España dieron su avance final con los Derechos del hombre y del ciudadano (Gual y España, 1797c, pp. 31-39) aunados a unas “máximas republicanas”. Los Derechos, aunque tuvieron diferencias significativas respecto al texto original en francés sin prescindir de sus ideas centrales, fueron creados para buscar la anhelada independencia que lograron sus homólogos norteamericanos. Aunque la conspiración murió con sus dos protagonistas, la posteridad tuvo la faceta visionaria de Francisco de Miranda (1750-1816), quien fue un hombre que creó su propio modo de ver la independencia de la América Española.

Hay cuatro escritos mirandinos que sobresalieron entre sus copiosos archivos por su importancia para la época: dos esbozos constitucionales, un documento de correspondencia personal y una proclama. En lo primero, el Proyecto de Constitución americana (Miranda, 1798, pp. 43-51) se tuvo la esperanza de dar a luz una América unida por los lazos políticos de una enorme nación con la compleja grandeza de un imperio (mejor dicho, era un imperio estructurado con instituciones republicanas cuya máxima autoridad se llamaba Inca), aunque el Proyecto Constitucional (Miranda, 1801, pp. 51-54), si bien siguió los lineamientos del anterior, dista de éste por su modestia, sin ambiciones desmesuradas. Sin embargo, si hubo algo común en ambas proposiciones fue su utopismo porque nunca se llevaron a cabo; sólo existieron en la imaginación de Miranda.

En lo segundo, un documento dirigido a John Turnbull indica que Miranda planteó la posibilidad de entablar relaciones comerciales con Inglaterra mediante la apertura de un canal en Panamá y una ruta náutica en Nicaragua. Ese sería el precio de la independencia que Miranda estaba dispuesto a pagar si conseguía la independencia de la América Española a cambio de la ayuda militar de la Corona británica.

El paso o navegación por el Istmo de Panamá, el cual debe ser transitable de un momento a otro, así como la navegación por el lago de Nicaragua, que será igualmente y de inmediato abierto para la comunicación rápida y fácil del Mar del Sur con el Océano Atlántico, siendo aún para Inglaterra objetos del mayor interés, América Meridional le garantizará por un cierto número de años la navegación de uno y de otro paso a unas condiciones que, siendo más favorables, no serían sin embargo exclusivas. (documento escrito en París, Francia, el 22 de diciembre de 1797. Archivos del General Francisco de Miranda, Negociaciones, tomo I, folios 145-150, pp. 6-7)

Ya en lo tercero veremos que pocos años después Miranda pronunció su Proclama a los pueblos de Colombia el 2 de agosto de 1806, en el cual él hizo un llamado a librarse del colonizador hispano; su contenido no es sino una reminiscencia del dictamen de Gual y España en relación a la apelación a los modelos independentistas extranjeros de los Estados Unidos, Suiza, Holanda y Portugal, así como a la integridad étnica de las colonias de la América Española.

Que los buenos e inocentes indios, así como los bizarros pardos y morenos libres crean firmemente que somos todos conciudadanos y que los premios pertenecen exclusivamente al mérito, y a la virtud en cuya suposición obtendrán en adelante infaliblemente, las recompensas militares y civiles, por su mérito solamente.

Y si los pueblos holandeses y portugueses pudieron en otro tiempo sacudir el yugo de la opresora España; si los suizos y americanos nuestros vecinos igualmente consiguieron establecer su libertad e independencia, con aplauso general del mundo, y en beneficio de sus habitantes, cuando cada uno de estos pueblos separadamente apenas contaban de dos a 3 millones de habitantes ¿por qué pues nosotros que por lo menos somos 16 millones no lo ejecutaríamos fácilmente? ¿poseyendo además de ello, el Continente más fértil, más inexpugnable, y más rico de la tierra? El hecho es, que todo depende de nuestra voluntad solamente ―¡y así como el querer constituirá indubitablemente nuestra Independencia, la Unión nos asegurará permanencia y felicidad perpetua: ¡Quiérole así la Divina Providencia para alivio de nuestros infelices compatriotas; para amparo y beneficio del género humano! (Miranda, 1806, pp. 55-56. Las negritas están en el texto original)

Los sacrificios del Primer Venezolano Universal por cumplir su cometido terminaron en desilusión, aunque no fueron en vano, pues “la invasión mirandina fue prematura en 1806, pero a los ojos del historiador moderno, la trayectoria de todos los actos del Precursor ha adquirido enorme significación en la evolución de Hispanoamérica hacia su libertad” (Grases y Becco, 1988, p. XXIV). Por tanto, el crecimiento de las ideas emancipadoras en Venezuela, en cuanto a insurrecciones se trata, no se debió a las semillas plantadas por Bolívar sino a las de Manuel Gual, José María España y Francisco de Miranda. Estos antecedentes directos de la liberación de Venezuela, si bien no germinaron como lo habían prometido por proceder de manera demasiado precipitada y por contratiempos ajenos a su voluntad que imposibilitaron la realización de sus planes, abrieron un sendero que fue recorrido y exaltado tanto por sus sucesores como por sus intelectuales.

3. Círculo de pensadores

El conflicto entre la naciente Venezuela y las huestes realistas no solamente fue militar, sino que también fue ideológico, bajo la inspiración de la esencia de la Ilustración, pues los planteamientos políticos de lo que habría de ser el nuevo Estado independizado venían también acompañados de una arquitectura teórica escrita sesudamente por eruditos que le dieron a la revolución una razón para existir y un arsenal de argumentos fuertes con los que pudieran defenderse de sus detractores. Desde luego, sólo las mentes más preponderantes tenían el tiempo y los estudios académicos necesarios para participar en la construcción intelectual de la emancipación venezolana, como son las de Juan Germán Roscio (1763-1821), Miguel José Sanz (1756-1811), Simón Rodríguez (1769-1854) y Andrés Bello (1781-1865), de quienes se dará aquí un breve vistazo.

Juan Germán Roscio, quien fue jurista y catedrático de la Universidad de Caracas ―hoy Universidad Central de Venezuela, UCV―, se enfocó en darle al republicanismo una justificación teológica que deslegitimara la monarquía; sus prédica conciliatoria se orientó a revelar los principios revolucionarios como virtudes, no como terribles defectos. De toda su obra, la más notable fue Triunfo de la libertad sobre el despotismo, en cuyo prefacio (Roscio, 1817, pp. 81-84) mostró su profunda religiosidad cristiana fundamentada en la Biblia como un elemento imprescindible de sus ideas. Por eso Roscio no fue simpatizante de atacar a sus adversarios con un discurso laico ni le bastaron pocas palabras para dar a conocer su tesis sobre la clásica dicotomía de las bondades de la república versus las maldades de la monarquía, tal como lo dijo en su Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes, durante el histórico año de 1811, en el que su retórica causó debates acalorados porque sus valores independentistas contradijeron el carácter divino de la realeza.

Piensan muchos ignorantes que el vivir sin rey es un pecado y este pensamiento, fomentado por los tiranos y sus aduladores, se ha hecho tan común, que para definir el vulgo a un hombre malvado suele decir que vive sin rey y sin ley. Sin ley, es verdad, nadie puede vivir, porque está impresa en el corazón de todos los hombres por el Autor de la Naturaleza, y sería un monstruo cualquiera que viviese sin ella; pero sin rey cualquiera puede y debe vivir, porque es un gobierno pésimo, nacido casi siempre de la violencia y del fraude, fomentado por el fanatismo y la superstición y transmitido por esa vía desde el gentilismo hasta nuestros días. (Roscio, 1811, p. 67)

El gobierno republicano fue el primero porque es más conforme a la naturaleza del hombre. Antes del Diluvio y mucho tiempo después, se conservó el gobierno popular, se conservaron las repúblicas, y no conocían ni monarquías ni aristocracias. Aún no había llegado a tanto grado la codicia y la ambición, que un solo hombre aspirase a enseñorearse de sus semejantes, a esclavizarlos y venderlos como ganado o mercancía. Aún no eran conocidas entre los hombres aquellas alteraciones que posteriormente sirvieron de pretexto a la clasificación de los individuos de la especie humana. La uniformidad de color y otros accidentes sostenían el sistema republicano entre los descendientes de Adán y de Noé. (p. 68)

Al igual que Roscio, Miguel José Sanz estaba preocupado por la forma que tomaría la Venezuela emancipada, pero desde sus aspectos jurídicos. Sanz, conocido por antonomasia como el Licurgo de Venezuela, dedicó su vida al estudio del derecho; su rol en la independencia se presentó en el Semanario de Caracas redactado junto al médico José Domingo Díaz entre 1810 y 1811 en donde escribió sus perspectivas en la sección titulada Política. Para Sanz, el orden estaba en la obediencia a la ley y al magistrado mientras que lo contrario era el caos, razón por la cual los pueblos felices eran producto de la sumatoria de las buenas leyes con el apego a éstas, la libertad, la educación y un buen gobierno. Además, Sanz creía que las leyes eran necesarias y se hacían, según el pensamiento de Montesquieu, dependiendo de la ubicación geográfica.

El pueblo que ama y obedece a la ley y al Magistrado debe estar profundamente sometido al poder que se puso en sus manos, al poder que no debe temer, porque siendo libre y justo no ha de excitar su severidad. Si él olvidando sus más solemnes juramentos se arroga una parte de este poder, esta libertad es una violación de la ley, obra contra lo que le está prohibido y la sociedad puesta en convulsión es infelizmente conducida al miserable estado en que repartidas la fuerza y la autoridad entre el pueblo y el gobierno, no hay freno que contenga al malvado, las pasiones corren sin rienda; los crímenes se multiplican, desaparece la seguridad y es destruido el orden. Este es el más infeliz estado de la sociedad; el estado de Roma en los primeros meses del consulado de Cicerón. (Sanz, 1810, p. 87)

Es necesario que el hombre tenga correctivos que le moderen; que tenga leyes penales. Mas como las pasiones no gozan naturalmente de igual violencia en toda la especie que se halla colocada sobre todos los puntos del globo, es preciso una sensible diferencia en estas leyes. Los climas que modifican de una u otra manera las organizaciones, influyen directa, y casi irresistiblemente en los medios y órganos de las operaciones del espíritu; y de aquí los habitantes de un clima tienen con generalidad más violentas inclinaciones que los de otros. No deben ser castigados igualmente los que necesitan oponer una resistencia vigorosa a la fuerza de una pasión vehemente, que los que apenas oponen para frenarla una resistencia débil. El que vaga por los abrasados arenales de la Zona Tórrida tiene ciertas inclinaciones más vehementes que el que habita los helados países de las Zonas frías. El hombre de Venezuela con respecto a sus pasiones e inclinaciones, no debe ser corregido del mismo modo, ni con las mismas leyes que el habitante de Copenhague. (p. 89)

Examinadas estas reflexiones, concluiremos que la felicidad de los pueblos es el resultado de buenas leyes, de su amor por ellas, de la justa y racional libertad de sus individuos, de la educación y opinión públicas, y de la excelencia y rectitud del gobierno. (p. 90)

Por otra parte, la teorización de Simón Rodríguez sobre los problemas presentes en Latinoamérica, muy a diferencia de Roscio o de Sanz, no era de fácil comprensión por el modo heterodoxo en que se desenvolvieron sus disertaciones. Una de los planteamientos de Rodríguez reflejaba su inquietud sobre cómo serían las nuevas naciones que otrora fueron colonias españolas; para Rodríguez, esta cuestión debía resolverse con la invención de una sociedad cuyos rasgos hicieran de las repúblicas recién creadas una realidad. En relación a ello dio sus sugerencias en su Proyecto de Ley expuesto en Sociedades Americanas (Rodríguez, 1828, pp. 146-149), cuya máxima se resume así: “Dónde iremos a buscar modelos?… ―La América Española es original = ORIGINALES han de ser sus Instituciones y su Gobierno = y ORIGINALES los medios de fundar uno y otro. O Inventamos o Erramos” (p. 88).

Andrés Bello, al contrario que Rodríguez, fue más ortodoxo, pero también fue el genio humanista cuyos formidables aportes inquirieron no en el derecho ni en la teología sino dentro del área de las letras para edificar la independencia lingüístico-literaria. ¿De qué iba esto? De probar que la América Española recién liberada es capaz de generar una autónoma producción literaria e intelectual tan importante como la proveniente de Europa y que el español americano es tan digno de análisis como el del español peninsular. Si bien la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos de 1847 reflejó ese despertar patriótico cuyo florecimiento verbal se abría camino a medida que disponían de cada vez más espacios para su difusión a través de la imprenta, el prospecto de El repertorio americano (revista que continuó la faena de La biblioteca americana) expresó dichos lineamientos con mayor antelación en 1826.

Por medio de ensayos orijinales i de documentos históricos, nos propondremos ilustrar algunos de los hechos mas interesantes de nuestra revolución, desconocida en gran parte al mundo, i aun a los americanos mismos. Es también nuestro ánimo sacar a luz mil anécdotas curiosas, en que resplandecen, ya los talentos i virtudes de nuestros inmortales caudillos, ya los padecimientos i sacrificios de un pueblo heróico, que ha comprado su libertad a mas caro precio que ninguna de cuantas naciones celebra la historia, la clemencia de unos, la jenerosidad de otros, i el patriotismo de casi todos. (Bello citado por Gómez García, 2010, p. 15; Bello, 1826, p. 130)

¿Puede triunfar una gesta emancipadora sin un pensamiento que, defendida por sus teorizadores, le dé sustento? Absolutamente no. Los logros de la independencia venezolana, así como los del resto de la América Española, también fueron posibles mediante el impulso ideológico dado por los intelectuales, quienes lastimosamente apenas son mencionados como los contribuyentes de este proceso. Aunque su obra ha sido tardía, Juan Germán Roscio y Miguel José Sanz esgrimieron sus hierros ideológicos en el campo legal, mientras que Andrés  Bello demostró ser más que un poeta y un lingüista del mismo modo en que Simón Rodríguez fue mucho más que el maestro del Libertador. Personajes históricos como Roscio, Sanz, Rodríguez y Bello quizás no comandaron ejércitos ni movieron a las masas con elocuentes discursos, pero sí hicieron lo que no hizo Bolívar; probar que la mejor espada que se puede blandir es la de la palabra.

4. Guías y acólitos

Las revueltas de los Estados Unidos recorrieron una senda trazada desde el Viejo mundo, el cual a su vez recibió su influencia con la Revolución Francesa. A semejanza de lo ocurrido en Norteamérica y en Europa, la América Española también tuvo en su intelligentsia dos tipos de promotores ideológicos; por un lado estuvieron los creadores de ideas como Juan Germán Roscio, quienes realizaron directamente el trabajo intelectual mediante sus exposiciones teóricas sistematizadas que se dedicaron al análisis, crítica y opinión de conceptos debidamente estructurados, mientras que por el otro estuvieron los seguidores de esas ideas como los miembros del Cabildo de Caracas, quienes les dieron un uso práctico activo en la política cotidiana sin inmiscuirse en disquisiciones académicas. Es raro que alguien haya desempeñado ambas labores, como Miguel José Sanz.

Con Bolívar, empero, esto no fue así, pues aunque tuvo importantes puntos de vista en sus escritos, su vida transcurrió entre el ejército y las labores gubernamentales sin poderse dedicar a la redacción de complicados análisis de teoría política; si Bolívar lo hubiera hecho, su obra estaría compuesta principalmente de tratados, no de discursos, ni de proclamas, ni de cartas. Tal como se explicará con detalles en los próximos capítulos de esta investigación, el pensamiento del Libertador no sólo fue disperso en todos sus aspectos, sin ninguna organización teórica o cronológica, sino que éste no dijo nada nuevo bajo el sol porque sus gritos revolucionarios ya habían estado resonando desde antes que él siquiera iniciara su carrera como hombre de Estado. La utopía americanista de Bolívar tuvo una relación muy estrecha con la de Francisco de Miranda y prácticamente casi todos sus pensamientos ya habían sido expresados por Gual, España, Sanz e incluso la Constitución de Venezuela de 1811.

De hecho, y como se explicará en los capítulos 2, 4, 7 y 10, los aportes ideológicos de Bolívar no son intelectuales sino  intentos fallidos de ser intelectuales. Bolívar, al ser esencialmente rousseauniano como lo fue Simón Rodríguez, distinguía claramente la diferencia entre el político y el filósofo como lo hizo el pensador ginebrino al comienzo de El contrato social; en esa diferencia, ni el filósofo debía meter sus narices en la política ni el político debía inmiscuirse en la filosofía, por lo cual el filósofo escribía sobre los asuntos del Estado mientras que el político sólo tenía que cumplir con su labor de gobernar o de hacer silencio. En otras palabras, zapatero a su zapato.

En suma, cada idea presente en la cabeza de este prócer fue una manifestación particular de un entorno general al que estuvo adscrito porque Bolívar fue una de las tantas hebras desprendidas de ese hilo que confeccionó la casaca emancipadora. Las nociones conceptuales que fijaron el estado venezolano no fueron producto inmediato de las decisiones de Bolívar sino del consenso colectivo que mediante un debate ideológico pudo sentar las bases del Estado y de sus instituciones con reglas de convivencia que obviamente no fueron un invento suyo sino que se han estado modelando desde el siglo XVIII. En el nuevo statu quo republicano, al menos después de 1812, el Libertador tuvo mucho peso a la hora de dictar sus normas, pero esto jamás habría sido posible sin el consentimiento de otros estadistas y sin la reunión de otros factores objetivos que hicieron de Bolívar el dirigente de la revolución emancipadora más relevante de la América Española.

Desde luego, y si nos valemos de los términos de la economía para recapitular abreviadamente los argumentos anteriores, no es reprochable que Bolívar no haya sido un productor sino un consumidor intelectual, sino que haya una veneración sacrosanta al Libertador en la cual se afirma que él fue el cerebro de la emancipación venezolana por excelencia. En efecto, eso es absolutamente falso. El Bolívar como materia gris de la independencia tuvo una línea de pensamiento imposible de considerarse como una doctrina porque su discurso, como se verá en el capítulo 6, está tan fragmentado que sus trozos, disímiles entre sí, se prestan para interpretaciones arbitrarias según los intereses de quienes quieren sacarles algún provecho si son leídos con torpeza.

5. Camelos modernos

Existe una gran diferencia entre lo que el Libertador realmente pensó y lo que sus acérrimos adeptos creen que pensó. El espejismo del culto a Bolívar engatusa con un mesianismo cuya utilidad está al servicio de quienes lo promueven, así digan prometer beneficios a los creyentes. Si bien el estar en la cúspide del poder no es un requisito para sembrar este dogma, el simple hecho de suponer que sus declaraciones encajan en ideas de la actualidad es suficiente para fabricar falacias de todo tipo. Hay tres factores primordiales por los cuales se produce este extravío de la razón: el sesgo bibliográfico, las conveniencias políticas y la tradición popular.

Cada uno de estos factores crea la “doctrina” bolivariana a su medida, como mejor le conviene. En el sesgo bibliográfico vemos cómo flaquea la objetividad a través de dos ejemplos documentales conocidos que hacen una pequeña lista inaugurada por una edición del Diario de Bucaramanga en 1949 a cargo del Monseñor Nicolás E. Navarro, quien adulteró el contenido del manuscrito original. La manipulación le salió caro porque la aparición de ediciones íntegras del Diario evidenciaron la poca fiabilidad del trabajo de Navarro, por lo cual la fuerte crítica (Lacroix, 1828, p. X) hizo hincapié en el hecho de que él eliminó intencionalmente porciones del texto porque según este clérigo éstos torcían la imagen de Bolívar que él creía como verdadera; la anticesarista, la antinapoleónica y la antidictatorial.

La compilación de documentos titulada como Doctrina del Libertador (Mijares, Pérez Vila y García Riera, 1979), por su parte, clausura este elenco. En esta doctrina, su principal tropiezo no está en las “enmiendas” a los papeles de Bolívar sino en una contradicción de Manuel Pérez Vila en la cual la Nota de esta edición primero asegura la inexistencia de antologías imparciales. Para Pérez Vila,

Por definición, no existe ni puede existir antología o selección que no sea parcial. Lo será, cuando menos, en dos sentidos: primero, porque no abarca sino una parte de la obra de un autor, y segundo, porque destaca o enfatiza determinado aspecto de ella. Toda antología tiene, pues, limitaciones objetivas de carácter cuantitativo y cualitativo, además, naturalmente, de las subjetivas que se deriven de la personalidad de quien lleve a cabo la selección. (p. XXIX. Las negritas son mías)

En párrafos posteriores después se lee algo que Pérez Vila plantea lo opuesto, pues él dice que “las notas puestas al texto de los documentos de Bolívar” se han intentado “redactar del modo más conciso y objetivo posible― (…)” y que “en el presente volumen se ha querido ofrecer una selección ―apretada, sí, pero equilibrada― del ideario bolivariano destinada, no a especialistas ni a eruditos, sino al público general del mundo hispánico” (p. XXXII. Las negritas son mías). ¿En qué quedamos con lo dicho por Pérez Vila? ¿Es o no es “equilibrada” su selección documental? ¿Es fidedigno el esbozo del pensamiento político, económico y social de Bolívar presentado en ese libro? Pérez Vila no parece tener eso claro, y con ello se compromete la seriedad historiográfica porque las indagaciones tienen miedo de ir más allá de lo que una compilación documental puede ofrecer.

Sin embargo, las equivocaciones, los fraudes y los sesgos académicos no son más difíciles de lidiar que las conveniencias políticas en las cuales los jefes de estado o los partidos políticos se han caracterizado por usar a Bolívar como estandarte partidista, y no siempre lo han hecho con intenciones democráticas. En Venezuela, el primero de estos cultores fue Antonio Guzmán Blanco (1809-1899), un miembro del Partido Liberal que lo glorificó mediante monumentos destinados al uso propagandístico de una identidad nacional cuyos axiomas republicanos son dictados por el Libertador, a quien el mismo Blanco consideró como “el Héroe de la América del Sur y el Hombre más grande que ha producido la humanidad después de Jesucristo” (Antonio Guzmán Blanco citado por Salvador González, 2010, p. 10).

Tiempo después, a inicios del siglo XX, el segundo en fomentar el culto a Bolívar fue Juan Vicente Gómez (1857-1935), cuya muerte acaecida el 17 de diciembre (o un día antes según algunos) se cree que sirvió para mitificar al dictador con el Libertador. Su sucesor, Eleazar López Contreras (1883-1973), fue el tercero en perpetuar el mito bolivariano porque se tomó tan en serio su fascinación por el Libertador que le juró lealtad en el Panteón Nacional y creó la Agrupación Cívica Bolivariana para contener las acciones de los partidos de izquierda, y aún más, para su persecución política. López Contreras incluso sostuvo que las ideas del Libertador eran anti-marxistas (Olivar, 2007, pp. 158-166).

Ya a mediados del siglo XX Marcos Pérez Jiménez (1914-2001) fue el cuarto en impulsar el culto al Libertador a través de la Semana de la Patria incluida en el Nuevo Ideal Nacional. Pérez Jiménez difundió su sentir nacionalista al aprovechar las efemérides para engrandecer su régimen, el cual quería cumplir el “sueño bolivariano”. Tras su derrocamiento, el proselitismo político con este prócer no tuvo actividad notable hasta el siglo XXI, con Hugo Chávez (1954-2013) y sus actuales seguidores, quienes son los quintos en sostener que Bolívar está de su lado. En la era del chavismo, Venezuela es bolivariana en su nombre oficial, con un Bolívar marxista cuyos adversarios eran capitalistas empedernidos. Al igual que sus antecesores, Chávez sabía que las truculencias de la política son más efectivas si se complementan apelando a una autoridad.

En Venezuela, la autoridad de Bolívar no ha sido otra cosa salvo la mano derecha de los políticos, aunque la tradición popular, que está de último en estos factores, es el área más difícil de contradecir porque el culto a Bolívar está atado al folclore. El espiritismo venezolano le pide ayuda mística en la Corte libertadora junto a próceres como Antonio José de Sucre. Grupos musicales como Un solo pueblo, Serenata guayanesa y Ska-P tienen una canción sobre él en sus discografías. Hay personas que lo ven reencarnado en Chávez y hasta lo pintan en los murales. Donde aparezca su cara, la sociedad lo percibe como un símbolo de prestigio, por lo cual es raro que alguien se tome la molestia de cuestionar estas creencias.

El tabú hagiográfico tradicional no solamente impide desafiar la veracidad de dichas creencias, sino que le pone a Bolívar más títulos de los que en realidad tenía: ambientalista, analista político, economista, sociólogo, alpinista, protector de los animales y muchas ocurrencias más que fabrican mitos a través de la tergiversación de los documentos del Libertador. Por eso es que resulta más fácil mentir sobre Bolívar y alegrar a la gente que decir la verdad para disgustarla: porque sus ideas, puestas fuera de su genuino contexto histórico-ideológico, parecen acoplarse a cada concepto y convicción individual erigido después de su desaparición física. Sin embargo, todo lo descrito sobre los sesgos, las autocracias y el rígido folclore demuestra la ilusión de un culto en su nombre, el cual es alimentado con autoengaño, poder, superstición, politiquería y presión cultural.

Conclusiones

El ideario revolucionario fue común tanto en América como en Europa, aún cuando hay matices del mismo, los cuales son observables al explorar las figuras que lo cultivaron. Por eso fue que Bolívar no fue el autor intelectual de la emancipación venezolana; porque Manuel Gual, José María España y Francisco de Miranda, entre otros, se le anticiparon en la exposición de los preceptos trascendentales de la independencia venezolana, cuya defensa ideológica estuvo a cargo de quienes fungieron como teorizadores dispuestos a darle un sustento teórico basado en razonamientos ordenados, como Juan Germán Roscio y Andrés Bello. Bolívar no desempeñó esta labor, al menos no como intelectual.

Además, no es lo mismo decir “pensamiento de Bolívar” que “bolivarismo”, ya que lo primero señala las ideas adoptadas por el Libertador en un momento determinado de su vida, pero lo segundo es un sinsentido que trata de elevar al grado de corriente ideológica sus criterios personales del significado de la independencia y de lo que debía ser una república. Por consiguiente, es incorrecto decir que él era un pensador en el sentido estricto de la palabra, y es doblemente incorrecto si esto se pretende demostrar con un puñado de citas célebres sacadas de contexto. Para más inri, el “bolivarianismo”, o “doctrina bolivariana”, no es otra cosa sino el culto a Bolívar: una doctrina que tergiversa su pensamiento para beneficio de culturas reaccionarias, charlatanes, políticos autoritarios y académicos deshonestos.

Por otro lado, cabe destacar que las ideas de Bolívar no eran excepcionales porque para su época era muy habitual pensar lo peor de la monarquía y lo mejor de la república. Por tanto, sus palabras no aportaron información desconocida para la intelligentsia de la América Española y no fueron ningún descubrimiento ideológico que se tradujera en la creación de una doctrina autóctona de su autoría. En consecuencia, es totalmente desacertado aplicar una etiqueta de una ideología moderna para calificar a Bolívar porque si recapitulamos el contexto histórico al que él estuvo subordinado, entenderemos que sus concepciones correspondían a la realidad de su época, no al de ninguna edad futura que él mismo desconocía. No hay que caer en absurdos anacronismos.

Finalmente, hay que adelantarse a la posible objeción de que no se debería juzgar tanto a Bolívar por el hecho de haber libertado ―mejor dicho, inventado― cinco países ―¿o deberíamos decir tres países?―. El mejor contraargumento para esa postura es que de ahora en adelante es preciso recordar que las ideas de Bolívar no son sagradas ni están exentas de ser criticadas, sino que son como los de cualquier otro político de su tiempo. En suma, hay que considerar con gran razón que el crédito de haber librado la guerra ideológica por la independencia de Venezuela no es de Bolívar, sino de quienes han participado activamente en la elaboración del pensamiento emancipador venezolano; de aquellos intelectuales que pusieron su granito de arena con sus emancipadoras publicaciones.

Bibliografía

-Archivos del General Francisco de Miranda (Página web, catálogo en línea). URL: [clic aquí]

-Bello, Andrés (1826). El Repertorio Americano. Prospecto. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 127-131).

Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (1789, agosto 26). URL: [clic aquí]

-Gómez García, Juan Guillermo (2010, septiembre/diciembre). Marginalia. La independencia literaria en Hispanoamérica. Ideas y Valores, 59(144), 5-27. URL: [clic aquí]

-Grases, Pedro (compilación, prólogo y cronología) y Becco, Horacio Jorge (bibliografía) (1988). Pensamiento político de la emancipación venezolana (1ª reimpresión, 2010). Caracas, Venezuela. Biblioteca Ayacucho.

-Gual, Manuel y España, José María (1797a). Proclama a los habitantes libres de la América Española. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 7-9).

-________________________________ (1797b). Discurso preliminar dirigido a los americanos. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 9-31).

-________________________________ (1797c). Derechos del hombre y del ciudadano. Máximas republicanas. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 31-39).

-Lacroix, Luis Perú de (1828). Diario de Bucaramanga (2ª ed., 1976). Caracas, Venezuela. Ediciones Centauro.

-Mijares, Augusto (prólogo); Pérez Vila, Manuel (compilación, notas y cronología) y García Riera, Gladys (bibliografía) (1976). Doctrina del Libertador (3ª ed., 2009). Caracas, Venezuela. Biblioteca Ayacucho.

-Miranda, Francisco de (1798). Proyecto de Constitución americana. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 43-51).

-___________________ (1801). Proyecto Constitucional. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 51-54).

-___________________ (1806). Proclama a los pueblos de Colombia. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 54-58).

-Olivar, José Alberto (2007, enero/junio). La Agrupación Cívica Bolivariana: instrumento de control político electoral del postgomecismo (1937-1942). Mañongo, 15(28), 153-168. URL: [clic aquí]

-Rodríguez, Simón (1828). Sociedades Americanas (1ª ed., 1990). Caracas, Venezuela. Biblioteca Ayacucho.

-Roscio, Juan Germán (1811). Patriotismo de Nirgua y abuso de los Reyes. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 81-84).

-___________________ (1817). Triunfo de la libertad sobre el despotismo. Prólogo. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 66-80).

-Salvador González, José María (2010). Monumentos a Bolívar en Venezuela durante la supremacía de Antonio Guzmán Blanco (1870-1888). Ponencia presentada en el Primer Seminario Internacional sobre Arte Público en Latinoamérica. Universidad de Buenos Aires, Argentina. URL: [link 1] [link 2]

-Sanz, Miguel José (1810). Política. Consideraciones preliminares. En: Grases, Pedro y Becco, Horacio Jorge, Pensamiento político de la emancipación venezolana (pp. 85-90).

United States Declaration of Independence (1776, julio 4). URL: [clic aquí]

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Capítulo 2 – El mandatario

Capítulo 3 – La espada de oro

Capítulo 4 – ¿Moral y luces?

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2 comentarios en “Simón Bolívar: una visión escéptica. Capítulo 1 – Ideales

  1. Excelente entrada, Ylmer! Sólo un detalle: cuando dices ” Ni Bolívar había nacido cuando en 1797…” imagino que te refieres a Bolívar como personaje histórico. Sería bueno que lo pusieras claro en el texto, porque nunca falta el hincha furibundo que se agarra de cualquier nimiedad para desestimar el resto del documento.

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    • Hola, mcamaranto91, gracias por comentar.

      Sí, es evidentísimo que me refiero a Bolívar como personaje histórico, no hay lugar para ambigüedades, porque eso es lo que fue y ese es el trato que le doy en la investigación, no el de un personaje literario y mucho menos alguno bíblico. De todos modos lo voy a dejar claro como has sugerido, pero en el prólogo. Creo que una persona con sentido común y dos dedos de frente sabe que muchos malentendidos con este tipo de artículos publicados por capítulos suceden porque no se han leído la introducción, la cual dice cómo se estructura lo que se está escrito en las siguientes páginas.

      Todavía espero a los hinchas furibundos, especialmente chavistas. En el capítulo 2, que republicaré en los próximos días, voy a destapar más ollas sobre la verdadera cara de Bolívar. El capítulo que acabas de leer apenas es el comienzo.

      Saludos :-)

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