Planeta desencantado. Capítulo 2 – La isla bonita

2013-10-01 13_37_42-Greenshot

Saludos cordiales a todos los lectores, salvo a los cenutrios magufos y trolls que infectan el Internet con su presencia. Hoy es un buen día para darles cucharadas de escepticismo sin tanto preámbulo, pero tampoco sin dejar temas sin explicar, porque veo que hay gente que todavía se cree bulos en YouTube sin cuestionarlos, y lo que es peor; los ve para luego aplaudirlos como focas creyentes en la seudociencia. Así que ahí les va otra paliza argumentativa por si no han tenido suficiente con el capítulo 1 en el cual demostré que no hubo un solo extraterrestre en el Perú precolombino.

La segunda entrega de Planeta encantado, de J.J. Benítez, tiene una mayor homogeneidad temática y, desgraciadamente, las mismas tonterías, como veremos más adelante. La isla del fin del mundo nos transporta a la isla de Pascua, en Chile, la cual es conocida especialmente por el pueblo que la habita, los rapanui, y por los moais. Asimismo, también es famosa por las magufadas que pululan tratando de explicar lo que es aparentemente inexplicable.

Y así es como empieza esta pachanga cuya transcripción pueden leer completa aquí.

(4:40) Mucho se ha escrito y difundido sobre estas colosales estatuas y el pueblo que las levantó. Sin embargo, esa amplísima bibliografía (más de dos mil volúmenes) no ha resuelto las grandes incógnitas que envuelven todavía a Te Pito o Te Henua, el verdadero nombre de Pascua. El nombre dado a la isla por aquel rey sabio y prudente. Te Pito o Te Henua, el ombligo del mundo. (5:08)

Ajá, y el hecho de que las publicaciones especializadas en el tema no hayan podido resolver todo este enredo histórico es una justificación para inventar cualquier chifladura. Guao, usted me ha sorprendido, señor Benítez. Por lo menos el nombre original de la isla es correcto, aunque valdría la pena decir que hay otro nombre nativo de la isla de Pascua: Rapa Nui.

(5:16) Científicos y especialistas no se ponen de acuerdo. ¿Existió en verdad aquel rey? ¿Se hundió la vieja patria? Si fue cierta la peregrinación por el océano, ¿cuándo se produjo? ¿Fue aquel rey y su séquito los primeros pobladores de Pascua? ¿Construyeron ellos los moais? Y de ser así, ¿por qué? ¿Cómo los transportaron? (5:40)

Esta serie de preguntas se repite en muchísimas civilizaciones y grupos humanos cuyos logros tecnológicos e hitos culturales todavía no disponen de una explicación satisfactoria. Esto se debe a dos factores a los que debemos prestar muchísima atención:

  • Diferencia temporal: se vincula a la cantidad de las evidencias. Si la historia se pudiera leer con un espectroscopio partiendo de este instante, nos daríamos cuenta de que los hechos más recientes presentan un corrimiento al azul y los hechos más antiguos presentan un corrimiento al rojo. Esto nos describe, por ende, un efecto Doppler en los sucesivos eventos de la humanidad; los pedacitos del pasado son estrellas repartidas por todo el universo cuyos rastros se debilitan conforme se incrementa su distancia respecto al presente. En otras palabras, a medida que miramos hacia atrás notaremos que la información recuperable será cada vez más escasa y difícil de analizar. Obviamente, pueden haber excepciones.
  • Firmeza de la prueba: se vincula a la calidad de las evidencias. Lo importante aquí es determinar si la información, por poca o mucha que sea, nos sirve para abordar las interrogantes surgidas en el tema de la investigación. La utilidad de esa información se entiende “ópticamente”, en términos de “nitidez”; ergo, los datos más claros, detallados y precisos se ven mejor, permitiendo una mayor uniformidad en el juicio científico. Los datos más borrosos, vagos y ambiguos, en cambio, se ven peor, obstaculizando tal uniformidad y, por tanto, generando juicios científicos dispares que sólo convergen en aspectos muy puntuales.

Quien no esté al tanto de estos factores se enredará con la historia de tal manera que no podrá narrarla sin tergiversarla o sobresimplificarla, tal como hará Benítez en los párrafos que siguen.

(6:35) En esta, mi quinta visita a la Isla de Pascua me propuse algo diferente. Algo que quizá podía arrojar nueva luz sobre los referidos misterios. Hasta ese momento todas mis investigaciones habían tomado como referencia los dispares criterios de la ciencia, pero como digo, esas afirmaciones resultaban tan endebles como contradictorias. En esta oportunidad, obedeciendo a la intuición, escuché la voz del pueblo. ¿Qué cuenta la tradición? ¿Qué dicen los ancianos pascuenses? ¿Cuál es su versión? (7:11)

Los dos tropiezos más absurdos de Benítez se resumen en dos falacias. La primera es un ad antiquitatem, pues supone de antemano que la única solución a los enigmas de la isla de Pascua radica en apelar a las tradiciones, y la segunda es un muñeco de paja, ya que Benítez realiza dicha apelación en base a un falso señalamiento: para Benítez, la ciencia ha ignorado por completo una literatura local rapanui que él está dispuesto a rescatar heroicamente.

Desmentiré ambas falacias por separado. La primera y principal referencia que usaré es la Historia Universal de Salvat Editores, en su tercer volumen (La antigüedad: Asia y África. Los primeros griegos), año 1999. Recomiendo especialmente los capítulos 3 (Emigraciones en el océano Pacífico) y 8 (Invasión de los dorios. La colonización griega).

Comienzo con las mitologías. Tenemos enfrente a un pueblo que ha vivido durante siglos con un legado cultural preservado mediante la literatura. Sin embargo, no es cualquier tipo de literatura; es un texto que se difunde oralmente pese a tener un mínimo soporte escrito. Por tanto, los rapanui están caracterizados por: a)tener una literatura oral que es reconstruida por la escritura; b)estar poco alfabetizados. De ella se sabe que:

Quedan finalmente los jeroglíficos. […] Algunos arqueólogos modernos han creído poder interpretarlos porque hay signos comprensibles de hombres, peces y pájaros que se repiten y pueden pronunciarse con palabras del vocabulario actual de los polinesios. Pero como siempre que se trata de descifrar un texto de lenguaje antiguo (ibero, etrusco, osco, etc.), sorprende la vaciedad, insignificancia de lo que ha querido recordarse con la inscripción. Es posible que los signos de las inscripciones de la isla de Pascua sean abreviaturas mnemotécnicas, como una escritura taquigráfica, pues cuando fueron dadas a leer a los últimos que pretendían conocer su sentido, canturrearon durante varias horas y una sola línea llenaría un tomo de doscientas páginas (pp. 73-74).

La lengua rapanui todavía existe en su forma hablada, aunque de sus “jeroglíficos” (los que conforman la escritura rongorongo) no sabemos prácticamente nada. Y aquí es donde el idioma obstruye el entendimiento, ya que estamos a merced de un registro oral bastante falible, y más porque es, a semejanza de Maui, un registro histórico-mitológico-literario proclive a cuantiosas variaciones y al sincretismo.

Siendo Maui un héroe común a todos los polinesios, cada isla tiene de él sus tradiciones propias y es natural que, por la ley general de desarrollo de las leyendas, se le acumularan hazañas de otros héroes contemporáneos y aun posteriores. Pero en lo que coinciden unánimemente las leyendas es en asegurar que Maui fue un gran navegante, que siguió a sus gentes en su viaje a través del Pacífico (p. 64).

Evidentemente, ese registro no tiene la más mínima intención de ser tan preciso como un reloj suizo. Solamente utiliza la realidad histórico-social-económica como una plantilla de líneas en blanco y negro sobre la cual se pintan trazos a color que constituyen el cuadro mitológico-literario final, cuyo contenido se ajusta a las creencias y deseos del imaginario colectivo al que está destinado. El ejemplo por excelencia de ello está en la Antigua Grecia.

La principal dificultad de los mitos estriba en colocarlos en períodos concretos, ya que, en definitiva, el hecho histórico ha sido desfigurado y transformado a medida que el mito se ha ido moviendo de una zona a otra e incluso de un pueblo a otro. En Grecia, este problema se agrava por la falta de fuentes literarias durante el período que llamamos oscuro.

En el mito se puede ver cómo una sociedad expresa los sentimientos fundamentales del amor, del odio o la venganza. En última instancia, el mito es un reflejo de la estructura social y de las relaciones sociales de cada pueblo.

[…] hemos visto una serie de hechos y personajes transformados o desfigurados por intereses de cada una de las polis griegas, deseosas de atribuirse un pasado glorioso que justificase sus posteriores hegemonías en el mundo griego. Por debajo de esos intereses o mutaciones se esconde una realidad, fiel reflejo de un oscuro pasado que se remonta incluso a los tiempos neolíticos. (p. 176, cols. 1 y 3, resp.)

El paradigma griego es muy similar en otras piezas célebres de la literatura universal, sobre todo en el género épico. La literatura oral rapanui no puede excluirse de este conjunto, pues presenta Leitmotiv equivalentes a la griega: la única fuente directa es una tradición oral que fusiona la realidad y la ficción para legitimar el linaje de un pueblo que quiere conservar y transmitir intacta su identidad a las próximas generaciones. Eso es algo que han buscado (y buscan todavía) todas las culturas del mundo.

Resumidamente, el panorama rapanui es éste: el dictamen científico al respecto ha sido desigual no por causa de científicos incompetentes, sino por un problema inherente al objeto de estudio (i.e., las evidencias son poquísimas y de calidad media).

Ahora voy con la relación entre la ciencia y la literatura rapanui. Es cierto que ha habido una distancia entre ambas, pero la razón es más que válida: estos relatos ancestrales, por mucho valor cultural e histórico que posean, no son totalmente verídicos. Por eso se exige mucho escepticismo y cautela al hacer cualquier afirmación, principalmente por lo explicado arriba. Claro está, de ahí a decir que la ciencia ha subestimado, silenciado o ridiculizado la literatura rapanui al investigar la isla de Pascua hay un gran trecho. Esa acusación no es sino una grandísima mentira, pues asume que ningún especialista se ha interesado en recolectar por escrito la tradición oral. El mejor ejemplo de ello es el etnólogo alemán Thomas S. Barthel en The Eighth Land: The Polynesian Settlement of Easter Island (1978). Eso sin contar una hipótesis actual sobre los moais que se tratará más abajo.

Finalmente, la tradición oral habría sido más interesante si se hubiera filmado a un rapanui narrando la historia y cultura de su propio pueblo, pues eso nos habría dado una versión más íntegra de los relatos nativos, sin el maquillaje verbal cargado de dislates al que suele recurrir Benítez.

(7:37) Para los pascuenses o rapanui, la historia de su pueblo transmitida de padres a hijos no ofrece la menor duda. Todo empezó con aquel rey sabio y prudente; se llamaba Hotu Matu’a, y su primitivo reino recibía el nombre de Hiva-Marae-Renga. Allí vivía feliz en compañía de su esposa, Vaikai-a-hiva. Pero un día Hiva comenzó a hundirse. (8:06)

(8:08) Y cuenta la tradición que aquellas tierras fueron tragadas por la mar a razón de cuarenta centímetros por año. El joven rey o ariki, desesperado, envió diferentes expediciones a la búsqueda de nuevas tierras. Pero todas se hallaban pobladas. Fue entonces cuando el mago y sacerdote Haumaka tuvo la visión de una isla situada hacia el Este. En sueños, el gran dios Makemake lo trasladó hasta tres islotes que se alzaban muy cerca de una isla deshabitada. Haumaka recorrió el lugar y regresó a Hiva, anunciando la buena nueva a Hotu Matu’a. Al día siguiente siete exploradores partieron hacia el nacimiento del sol, alcanzaron la isla y descubrieron las pisadas de Haumaka en las rocas de uno de los volcanes. Al regresar a Hiva, los exploradores intentaron persuadir al rey para que olvidara aquella isla; se trataba de un lugar pedregoso, sin casi vegetación y azotado por vientos huracanados. (9:19)

(9:53) Pero Hotu Matu’a, confiando en su dios, zarpó de Hiva en dos grandes canoas. En una viajaba el rey con trescientos hombres seleccionados; en otra, la reina con las mujeres. Y con ellos semillas, animales, un moai y la historia de Hiva recogida en sesenta y nueve tablillas de madera. Unas tablillas grabadas con unos signos que sólo podían leer los sacerdotes e iniciados. Era la historia de aquel pueblo y de la lejana patria desaparecida bajo las aguas. Después de no pocas calamidades, y tras sesenta y seis días de navegación, aquel pueblo avistó al fin la tierra prometida. Se trataba, en efecto, de una isla; una isla mágica que el rey bautizó como “El ombligo del mundo”. (10:52)

(11:02) Tras rodearla, el rey y su séquito desembarcaron en una de sus playas, y con ellos la caña de azúcar, el plátano, el ñame, el taro, las aves y gallinas. (11:16)

(11:40) Y junto al rey, junto a los artesanos, agricultores, pescadores, adivinos, sacerdotes, mujeres y niños, desembarca también el símbolo de aquellas audaces gentes: un símbolo que ha perdurado hasta nuestros días. Un símbolo cargado de misterio. (11:59)

Recordemos que la literatura rapanui es esencialmente hablada; por ende, la narración depende de quien la cuente. Eso explica por qué hay varias variantes de la leyenda de Hotu Matu’a. Tenemos, pues, cuatro versiones en el tablero: la de Benítez, la del etnólogo neozelandés Peter H. Buck (contiene información adicional que mostraré después), la de Thomas S. Barthel (a quien ya mencioné) y la de un profesor de ciencias sociales, el norteamericano Robert D. Craig de la Alaska Pacific University, cuyo libro aportará mucho a esta indagación (Handbook of Polynesian Mythology, v. pp. 141-142). Vamos al grano con la comparación, al menos en sus aspectos fundamentales.

  • Motivo del éxodo: hundimiento de la isla (Benítez), maremoto (Barthel), guerra (Craig). Buck no señala nada. Conclusión preliminar: la emigración de los habitantes de Hiva-Marae-Renga fue obligatoria, aunque no hay forma de saber exactamente la causa.
  • Sueño: isla (Craig), isla acompañada por islotes (Benítez y Barthel), isla con una hermosa playa (Buck). Conclusión preliminar: el destino insular estaba situado al Este.
  • Autor del sueño: Hotu Matu’a (Buck), Haumaka (Benítez, Barthel y Craig). Conclusión preliminar: quien haya tenido ese sueño era una persona muy importante y con influencia para la toma de decisiones.
  • Número de exploradores: seis (Craig), siete (Benítez y Barthel), varios (Buck). Conclusión preliminar: hubo un grupo pequeño de personas que fue enviado para hallar la isla revelada en el sueño.
  • Expedición completada en: seis semanas (Barthel), nueve semanas y tres días (Benítez), muchos días (Buck). Craig no especifica nada. Conclusión preliminar: la travesía que llevó a Hotu Matu’a a la isla de Pascua no pudo ser inferior a treinta días y no mayor a setenta.
  • Pasajeros de la expedición: hombres y mujeres separados en dos canoas (Benítez); hombres, mujeres y niños juntos en dos canoas (Craig); Hotu Matu’a, Tu-koihu y compañía (Buck). Barthel no ofrece detalles. Conclusión preliminar: los primeros habitantes de Pascua estaban agrupados por sexo y, probablemente, por edad.
  • Número de pasajeros: trescientos (Benítez), cuatrocientos (Craig). Ni Buck ni el resumen sobre Barthel dan esa información. Conclusión preliminar: la cantidad de personas que realizaron la expedición quizás no fue inferior a los doscientos, aunque ésta es sólo una estimación.
  • Embarcación (tipo y número): dos canoas grandes (Benítez), dos canoas grandes de doble casco (Craig), una canoa grande de doble casco (Buck y Barthel). Conclusión preliminar: el buque que hizo posible la expedición tuvo un tamaño considerable y una fabricación espléndida.

Cabe destacar unos datos adicionales sobre la navegación polinesia, las cuales son una clave para entender el relato rapanui en cuanto a su viaje en el Pacífico hasta la isla de Pascua. Cito de nuevo la Historia Universal, y en primer término tenemos la construcción de las canoas. Las negritas son mías.

Como el área de expansión de los polinesios en el Pacífico tiene un diámetro de cinco mil millas, parece un mito que pudieran recorrerla con los pobres elementos de que disponían al llegar los europeos. Pero antiguamente los polinesios usaban para los grandes viajes embarcaciones especiales que llevaban un balancín para darles estabilidad, o bien eran dobles, con una canoa mayor y otra más pequeña y entre las dos había un puente de tablas, sobre el cual iba ‘‘una casa’’ para las provisiones. Las canoas estaban construidas con tablas unidas por medio de nervios. La quilla era de un solo tronco, las tablas se le unían ajustadas, cosidas y calafateadas. Muy a menudo, en las historias de los héroes polinesios se habla del arte de reparar o calafatear una canoa en alta mar. Estas embarcaciones tenían a veces más de treinta metros de longitud y podían transportar buen número de guerreros; […] (p. 65, col. 2)

Luego, en segundo término, tenemos el almacenamiento de recursos para sobrevivir en el océano.

El alimento era el producto del árbol de pan, que, debidamente amasado, se guarda más de un año, y los cocos, que procuraban comida y bebida al mismo tiempo. Agua se llevaba también en receptáculos de bambú, y existe una tradición en Samoa según la cual los antepasados conocían una planta que, masticándola, hacía pasar la sed y de esta manera podían prescindir de la provisión de agua en los viajes que realizaban. (p. 65, col. 2-66)

La orientación náutica está en tercer término.

[…] los polinesios tenían señales seguras para orientarse, no sólo en las estrellas, sino en los vientos, que son de corrientes muy regulares en el Pacífico. […] Parece que los antiguos maoríes incluían entre sus enseñanzas religiosas la de la astronomía. Algunos pueblos polinesios conservan aún de sus antepasados mapas hechos con varillas de madera, que señalan las corrientes del agua y del viento en el océano. El color y la temperatura del agua les servían también para su orientación en las vastas soledades del Pacífico. (pp. 66-67, col. 1)

Por último, en cuarto término tenemos a la mujer y la desigualdad de sexo.

Las canoas eran extremadamente tabús y no se permitía el acceso de las mujeres a aquellas. Todas las operaciones de construir una canoa, desde el instante de derribar los árboles hasta su decoración, eran dirigidas por el sacerdote, que conocía el rito ancestral. […] Los misioneros que han mencionado este hecho tratan de buscar su explicación en el miedo que tienen los indígenas de perder sus mujeres por naufragio o por robo de piratas, pero no hay duda que el tabú refleja una superstición bien conocida, según la cual las mujeres por su impureza no podían tocar una canoa.

Esto era consecuencia natural de los grandes viajes. En las expediciones lejanas, las mujeres debieron estar en ínfima minoría y los guerreros tenían que procurárselas entre las poblaciones extrañas que encontraban en las islas que recorrían. […] (pp. 67, cols. 1 y 2-68, col.1)

Repasemos: a)los “dispares criterios de la ciencia” son el resultado de una tradición oral que presenta puntos débiles y no pocas contradicciones; b)los relatos rapanui, propensos a muchas imprecisiones, sólo convergen en algunos puntos fundamentales que permiten elaborar las conclusiones preliminares anteriormente expuestas. Son muchas las variantes de estas leyendas, pero ninguna de ellas es definitiva, y menos la de Benítez; y c)los polinesios eran intelectual y tecnológicamente aptos para emprender una expedición marítima en el Pacífico, pese a su prehistórico modus vivendi.

(12:04) Según los ancianos pascuenses, así dio comienzo la verdadera historia de la isla. Este fue el primer poblamiento humano. Una migración obligada que se remontaría quizás al siglo V. Los rapanui establecen esta fecha basándose en la lista de reyes que sucedieron al mítico Hotu Matu’a y que conservan con nitidez en la memoria colectiva. En total dicen: “la isla ha sido gobernada por sesenta y cuatro arikis con una duración media de veinticinco años por reinado”. Este cálculo nos situaría alrededor del año 400 d.C. (12:45)

(12:54) Algunos especialistas, sin embargo, fijan el desembarco de Hotu Matu’a y los Hanau-Momoko (o gente delgada) en una época más reciente. Sea como fuere, en lo que sí coinciden científicos y rapanui es en el hecho de que la isla se hallaba despoblada cuando Hotu Matu’a la pisó por primera vez. Y no es de extrañar dadas las enormes distancias que la separan de las costas más próximas. De hecho, la única tierra que los pascuenses alcanzan a ver desde su isla es la Luna. (13:30)

Los números son más o menos correctos, a juzgar que no son sino meras estimaciones, lamentablemente. No obstante, Benítez peca de simplón al mostrar este mapa:

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Cuando debió mostrar este:

triangulopolinesio

Tahití podrá quedar a 4.050 km de la isla de Pascua y todo lo que usted quiera, señor Benítez. Sin embargo, ¿sabe que hay lugares más cercanos? Sí, los hay: Mangareva (2.611 km), Pitcairn (1.825 km)… y Sudamérica (3.266 km). Éste último se descarta como el origen de los rapanui, pues ellos están etnolingüísticamente emparentados con los polinesios, lo cual apunta en dirección noroeste: las Islas Marquesas, ubicadas a 3.745 km de distancia.

Pacific_Culture_Areas

Con esto debe quedar clarísimo el contexto socio-cultural y geográfico de los rapanui.

(13:52) La siguiente pregunta a los custodios de la tradición rapanui fue obligada. ¿De dónde se supone que procedía Hotu Matu’a? ¿Existió realmente el país llamado Hiva? Para la mayor parte de los científicos, el hundimiento de esas tierras es pura leyenda. Para los pascuenses, en cambio, Hiva-Marae Renga fue real. Así lo dice su historia. Y los ancianos cuentan que Hiva formaba parte de un continente situado al suroeste y a dos meses largos de navegación. Pero el océano se lo tragó y hoy sólo es un lejano recuerdo. (14:35)

(14:38) Y los rapanui, agradecidos por el interés de aquel extranjero, fueron a revelarme un secreto que según ellos confirmaría lo que habían recibido por tradición oral. Según esta información, en la isla de Pascua existe un punto que señala directamente a Hiva, a la antigua patria. (14:59)

Ey, ey, ey… alto ahí, alto ahí. Primero, he de recordarles la relación entre escepticismo, ciencia y tradición oral descrita en párrafos previos. Segundo, hay que recalcar que son varias las versiones sobre el éxodo polinesio a la isla de Pascua, no solamente la de Benítez (por eso hago hincapié en la comparación con otros autores). Y tercero, cuídense de todas aquellas afirmaciones que provengan de “revelaciones de secretos”; podrían estar frente a un camelo.

(15:01) Al Oeste de la isla, en efecto, se alza un grupo de moais conocido entre los isleños como Los siete exploradores. Los rapanui aseguran que fueron levantados en memoria de aquellos siete audaces súbditos de Hotu Matu’a enviados por el rey para confirmar el sueño del mago Haumaka. Curiosamente, son los únicos moais que miran al mar. (15:24)

(15:31) Estos siete moais apuntan directamente al lugar donde según la tradición se hallaba Hiva; en las proximidades de Nueva Zelanda, exactamente en el rumbo 254. ¿Casualidad? Lo dudo. Para la ciencia, aquella primera oleada humana que llegó a Pascua tuvo que proceder de algún punto más cercano. (15:57)

La leyenda tiene a los primeros exploradores polinesios como personajes secundarios, pero esos personajes eran, según la versión de Barthel, los hijos de Hotu Matu’a y de su hermano Hua Tava.

Por cierto, ese “rumbo 254” se debe entender así: los siete moais tienen un acimut de 254º, medido desde el Norte, en dirección Oeste-Suroeste. En suma, el hecho de que el Ahu Akivi posea tan singular alineación geográfica no implica, de buenas a primeras, que los rapanui procedieran del Sur de Oceanía; Chatham está a 6.179 km de distancia, Nueva Zelanda a 6.932 km, Tasmania a 9.130 km y Australia a 11.088 km. La expedición, de haber partido de alguno de estos lugares, habría tardado mucho más que lo sostenido en la tradición oral.

El lector Lalo Hidalgo me ha comunicado una aclaración de mucho valor: “los rumbos se refieren al sentido en el que se traslada el objeto (nave o lo que sea) A PARTIR de su posición actual. El destino depende del punto de partida”.

rumbo254_mapa

Inmediatamente después, Lalo añade:

En navegación usamos dos diferentes medidas de referencia acimutal: los polos geográficos (las extensiones del eje de rotación del planeta) y los polos magnéticos (las extensiones del eje del campo magnético del planeta). Las brújulas magnéticas se orientan con el campo magnético, el cual tiene variaciones por todo el planeta y se tienen que hacer compensaciones a los rumbos mostrados por las brújulas para que correspondan a los rumbos geográficamente adecuados.

Oye Lalo, muchísimas gracias por el aporte. Lo tendré en cuenta para los demás capítulos.

(15:58) Y algunos señalan las Islas Marquesas, al Noroeste. Otros incluso aseguran que Hotu Matu’a y su gente pudieron navegar desde las costas del Perú o de la India. Los pascuenses lo niegan. Hiva, dicen, era parte de un continente que ocupaba una gran extensión en el Pacífico Sur. E inevitablemente surge la sombra de otra leyenda. ¿Se refieren los rapanui a Mu, el legendario continente desaparecido? Lo cierto es que Hotu Matu’a y los primeros pobladores del ‘‘ombligo del mundo’’, llegaran desde donde llegaran, trajeron consigo una cultura tan esmerada como desconcertante. Hoy, la isla de Pascua es identificada casi exclusivamente por sus moais. (16:57)

Muchos consideran a las Islas Marquesas como el lugar de origen más probable de los rapanui. El parentesco etnolingüístico y su ubicación en el Triángulo Polinesio son dos puntos a favor de esa hipótesis, y al mismo tiempo son dos puntos en contra de su proveniencia indo-peruana. Un detalle relevante para comprender la raíz del debate lo tenemos en las migraciones del Pacífico; “[…] lo único que parece ser cierto es que las islas de Oceanía fueron pobladas por razas expulsadas del sur de Asia en épocas y oleadas casi imposibles de determinar” (Historia Universal, p. 61, col. 1). Esta aserción se “traduce” en estos mapas:

Las versiones de Craig y la de Barthel no dicen que Hiva pertenecía a un continente, sino que simplemente era una isla; en Buck no se menciona en lo absoluto el terruño de Hotu Matu’a. Por lo demás, Mu y las Piedras grabadas de Ica son un par de patrañas ridículas que ya refuté en el capítulo anterior.

¡Ah, casi lo olvidaba! El filme pasa a toda velocidad un puñado de grabados mientras Benítez habla de los rapanui.

Vale, no pienso ponerme pesado ni aburrido analizando algo que puede desviarme del tema central de este artículo. Por eso planteo una actividad muy dinámica y divertida: invito a los lectores a buscar e identificar cada imagen con su título, fecha/año y autor (si lo hay); recibo gustoso sus contribuciones en los comentarios. Aquí dejo la mía: el indígena a la derecha en el minuto 22:04 es del alemán Wilhelm Gottlieb Tilesius von Tilenau, y el grabado se llama A warrior of Nuku Hiva with a spear and a hand fan (1813); el del centro (A Young Nukahiwan Not Completely Tattoed, 1813) es atribuido a él (fuente).

(17:05) Sin embargo, aquel rey y aquellas gentes delgadas eran portadores también de otros secretos y extraordinarios conocimientos. Una sabiduría incomprensible para aquel remoto siglo V. (17:19)

Los rapanui tenían conocimientos y creencias supersticiosas, como cualquier otra cultura de la humanidad. Ahora bien, en medio de esta perogrullada tenemos una afirmación visual que es falsa de narices.

Magnífico… esa piedra es increíblemente “esférica”… ¡bravo Benítez, choque esas cinco, usted sí que es todo un especialista en geometría geológica! ¡Felicidades, un fuerte aplauso!

OK, paren las risas el aplauso. A ver: ¿saben ustedes qué cosa es más esférica que esa piedra elíptico-ovoide? Una pelota de béisbol, zum Beispiel:

pelota de béisbol

(17:23) Según la tradición rapanui, al segundo día de su llegada a la isla, Vaikai, la esposa de Hotu Matu’a, dio a luz a su primer hijo. Se trató en efecto de un parto submarino. Las mujeres se sentaban sobre una piedra rectangular de forma que el agua las cubriera hasta el pecho, y así nacían los bebés. Y uno se pregunta: ¿dónde lo aprendieron? ¿Cómo sabían de las ventajas de esta clase de alumbramiento? Fue en la primera mitad del siglo XX, y a título experimental, cuando algunos países nórdicos se decidieron a practicar el parto submarino, y comprobaron que en estas especiales circunstancias tanto la madre como el niño experimentan un menor sufrimiento. Los cambios de presión en el feto son casi inapreciables. (18:28)

La versión de Craig no dice eso, ni la de Barthel, ni la de Buck. Voy con otra comparación sobre este evento:

  • Craig: las esposas de Hotu Matu’a y de Tu-koihu tuvieron sus hijos al mismo tiempo, justo cuando desembarcaron en la isla. El niño, Tu’u-ma-heki, tuvo por padre a Hotu Matu’a, y la niña, Avareipua, a Tu-koihu. El resto de los expedicionarios desembarcó y se asentó en la isla una vez que se realizaron las ceremonias para cortar el cordón umbilical de los recién nacidos.
  • Barthel: se presenta un relato afín al de Craig, sólo que Tu’u-ma-heki nació antes de Avareipua, pues Hotu Matu’a fue el primero en desembarcar en la isla. La ceremonia del cordón umbilical estuvo a cargo de un “maestro” llamado Vaka. Hineriru, un sabio, fue el primero en escribir las tablillas rongorongo.
  • Buck: Hotu Matu’a, poco después de desembarcar, vio nacer a su hijo, Tu’u-ma-heki, cuyo cordón umbilical fue cortado por Tu-koihu en un rito especial.

No hay un solo rastro de ningún moai en el desembarco, y ningún parto en el agua.

Me detengo un momentico para hacer un par de aclaraciones. Primero, un método de parto no es mejor que otro por razones de antigüedad ni porque suene chévere. Segundo, el parto en el agua tiene beneficios más apoyados en las anécdotas y en las tradiciones que en los hechos; un hospital comunitario en la isla de Pascua lo adoptó por respeto a la cultura rapanui. ¿Cuál es la verdad, entonces? Ninguna que haya podido confirmarse o refutarse, porque la investigación en torno a este tema brilla por su ausencia, y lo que más abunda en Internet son artículos de opinión, tanto de especialistas como de gente que no ha tocado un bebé en toda su vida.

(18:35) Con la llegada a Pascua de la civilización (o debería decir, de la “supuesta” civilización), esta ancestral costumbre se perdió. Como se perdería también otro ritual igualmente insólito y que según la tradición procedía de Hiva: las embarazadas eran trasladadas a la ciudadela sagrada de Orongo. Una vez aquí, los sacerdotes recogían el líquido amniótico, siendo utilizado por reyes y reinas para el cuidado de la piel y en las ceremonias de fertilización de la tierra. ¿Cómo sabían los primitivos pascuenses del poder regenerativo del amnios? (19:17)

¡EWGH! Yava, yava, necesito unos minutos para respirar un poco que esto me dio náuseas…que asco meme

En serio, se los juro, no puedo leer “eso” sin sentir ganas de vomitar. Aparte de aquella escena escatológica, tenemos dos mentiras descaradas. Uno es el hecho de presentar a las culturas pretéritas como algo mejor, como un paradigma digno de imitarse, cuando resulta que eran algo peor; y lo hace mientras se desplaza frecuentemente en la isla de Pascua en un vehículo automotor, vistiendo ropita cómoda, lo cual es es buensalvajismo multiculti de lo más hipócrita y sinvergüenza. Dos, la ceremonia en Orongo con mujeres embarazadas es falsa. Del enlace que tiene como referencia a Buck (sección Religion and Mythology), y del libro de Craig (pp. 63-64), se extrae:

  • Las ceremonias eran un culto a Makemake. Se hacían cada primavera, en septiembre, y podían durar varios días. Tenían como objetivo asegurar los cultivos y el suministro de comida del próximo año. En su honor se realizaban sacrificios humanos, se daban ofrendas y se entonaban cánticos/encantamientos.
  • Había una competencia en la cual cada participante era designado por el jefe de su tribu para representarla. Su deber era traer de vuelta a Pascua el primer huevo del manutara (Onychoprion) de la estación; para ello nadaba a los islotes cerca de Pascua. El ganador era quien llevaba intacto ese huevo, y se nombraba tangata-manu (hombre-pájaro) a su respectivo jefe.
  • Los sacerdotes presidían ritos de nacimiento (la ceremonia donde se cortaba el cordón umbilical), de curación de los enfermos y de carácter fúnebre.

Suponiendo que yo estuviera equivocado, bastaría aplicar un poco de sentido común para demostrar que esa tradición “insólita” es pura superchería, lo diga la tradición rapanui o Benítez. El líquido amniótico sólo tiene como función ayudar al crecimiento, movimiento y protección del feto en el útero. No es (ni lo será nunca) un cosmético, y tampoco un fertilizante.

(19:22) Aquella cultura, efectivamente, era mucho más sabia de lo que imaginamos. Pascua es una isla de origen volcánico, con un terreno hostil, pedregoso, casi azotada permanentemente por los vientos alisios y con un manto vegetal de apenas cincuenta centímetros. Y sin embargo, aquel rey sabio y prudente consiguió el milagro. En Pascua floreció la caña de azúcar, el ñame, el plátano, el taro y el camote. ¿Cómo lo lograron? (19:53)

Vale… y dale de nuevo con el buensalvajismo, ¿eh? No… me cansaré… de repetirlo…

No… no es que los rapanui carecieran de cerebro o de raciocinio, y mucho menos que fueran unos ineptos mentales, porque no lo eran. Los problemas comienzan cuando se les endiosa y se les niegan sus defectos.

(19:54) Muy pocos conocen el secreto del rey Hotu Matu’a. Al llegar a la isla, aquellos primeros pobladores construyeron decenas de invernaderos o manavais como éstos. Y he dicho bien: invernaderos. (20:08)

(20:14) He aquí otra muestra de la sabiduría de aquel pueblo. Una sabiduría o un poder heredados de Hiva. Las inclemencias y agresividad de la isla no fueron obstáculo para los recién llegados, y levantaron los manavai; unos invernaderos excavados en el terreno de hasta dos metros de profundidad y veinte o treinta de longitud. Un lugar que mantiene un especial microclima y que permite el crecimiento de toda suerte de frutos y hortalizas. Un milagro que los científicos no terminan de explicar. Y aunque la ciencia no tiene una respuesta satisfactoria, para los pascuenses en cambio la solución es tan simple como familiar. El milagro de los manavai fue consecuencia del poder del mana. El mana era un poder sobrenatural emanado del dios Makemake; una extraña y singular criatura que descendió de los cielos instalándose en la mítica Hiva, y aquel dios se cruzó con las hijas de los hombres. (21:21)

Los manavais no son tan misteriosos. El “truco” de estos sistemas de cultivo está en su propia construcción, la cual a semejanza de un matero proporciona: a)un suelo de fertilidad adquirida; b)una cobertura contra el viento y la pérdida de la humedad. Esto significa: a)un microclima y microrrelieve propicio para el crecimiento de las plantas; b)un gasto menor de agua. Toda una obra de inteligencia agrícola para garantizar la supervivencia en un entorno plagado de adversidades.

Consultando a Craig (pp. 162-163), hallé que Makemake ni bajó de los cielos, ni se mezcló con “las hijas de los hombres”. A lo mucho, en Buck (sección Religion and Mythology) hay un brevísimo relato en el que este ente divino creó la carne roja de un jícaro de agua (i.e., una cantimplora) y con un montículo de tierra formó tres hombres y una mujer. Por eso Makemake es, en la mitología rapanui, el dios creador.

(21:22) Y de ahí nacieron los viejos héroes y los reyes, y todos ellos disfrutaron del primitivo poder del dios: el mana. Una historia por cierto sobradamente conocida en otras culturas. (21:37)

(21:50) Y cuenta la tradición rapanui que ese mana heredado de padres a hijos fue utilizado por reyes y sacerdotes en beneficio del pueblo. Ninguno de mis informantes supo explicar con precisión en qué consistía dicho poder sobrehumano. Todos, sin embargo, coincidieron en algo: era como una fuerza, como una energía que modificaba personas y cosas. Cuando el rey extendía sus manos hacia la mar, peces y tortugas se multiplicaban abasteciendo así a sus súbditos; cuando el ariki tocaba semillas o plantas, las cosechas prosperaban. Cuando lo hacía con los animales, la fuerza del mana los engordaba acelerando la reproducción. (22:35)

Mmmmm… esa es una verdad a medias. El mana (v. Craig, pp. 163-164) es un concepto complejo, inexacto e intraducible, aunque suele concebirse como un “no-se-qué” cuyo principal atributo es el de “fluir” a través de alguien/algo para la consecución de una meta determinada. Histórica, lingüística y culturalmente, mana es una palabra enmarcada en el Triángulo Polinesio (aunque puede extenderse a Micronesia y Melanesia) y es, por tanto, un vocablo prevalentemente polinesio cuyo uso depende de la ubicación geográfica e incluso del contexto en que se usa.

Aquel poder/fuerza/energía podía ser transmitido por generaciones (i.e., era poseído por el jefe de la tribu, líder comunal, rey, anciano respetado en la familia, etc.) o adquirido por esfuerzo propio (i.e., era poseído por el sacerdote, el guerrero valiente en batalla, el sabio del pueblo, etc.) con la ayuda de algún objeto que lo portara consigo (e.g., obras de arte, imágenes sagradas). Naturalmente, éste era otorgado por los dioses.

Etimológicamente, mana probablemente se remonta a algún término homónimo del maorí o del proto-oceánico, y significa (más o menos) “poder”, “autoridad” o “poder sobrenatural”.

(22:36) El propio nombre del dios Makemake no es otra cosa que una apócope o supresión de letras de la primitiva designación de la deidad: Manake-Manake. Es decir, el que disfruta de un poder más que excepcional. (22:50)

Véase la refutación anterior. Esto es totalmente falso.

(22:54) En definitiva, según los ancianos rapanui, fue gracias al mana como los antiguos ancestros lograron transportar los grandes bloques de piedra que cierran los invernaderos. No importaba peso o volumen. El mana, dicen, los hacía levitar venciendo así la gravedad. Y otro tanto sucedió con las extrañas construcciones que se alzan al Sur de la isla en el paraje conocido como Vinapú. Otro de los grandes enigmas de Pascua para el que los científicos tampoco tienen explicación. Aquí, desafiando toda lógica, permanecen los restos de un ahu, o altar, muy diferente a los ciento uno que se conservan a lo largo y ancho de la isla. (23:41)

(23:43) Diferentes, sí, por su estructura y por el peso y pulido de los bloques que lo integran. Bloques de duro basalto de hasta once y doce toneladas perfectamente cuadrados. ¿Cómo lograron semejante perfección? Ni siquiera una afilada navaja puede penetrar entre sus paredes (24:03)

Las creencias en lo sobrenatural son así; le quitan protagonismo al ser humano al adjudicarle sus triunfos a una magia invisible e indemostrable perteneciente a dioses que no existen. Lo peor es que tales creencias, por muy bonitas que se sean en la literatura oral, hacen quedar mal a las mismas etnias indígenas pues en gran medida generan la imagen errónea de que ellas no tenían ninguna habilidad intelectual o motriz para erigir sus propios edificios, sino que “alguien” por encima de ellos hizo todo el trabajo.

Tips: a)una construcción no es perfecta porque no se pueda penetrar una navaja entre los bloques que conforman sus paredes; b)las piedras de los manavais tienen tamaños variados, no todas son grandes, y no son difíciles de transportar.

(24:04) Pero quizá lo que más sorprende de esta construcción es la extraordinaria semejanza con otros muros situados a miles de kilómetros. Sígame y juzgue por sí mismo. (24:15)

Desde aquí, Benítez empieza con la arquitectura comparada… a los trancazos.

(25:03) Fue el inca Garcilaso en sus comentarios reales quien proporcionó el primer aviso sobre lo insólito de estas edificaciones en pleno corazón del Cusco peruano: “parece como si una clase de magia hubiera presidido su construcción. Más parece trabajo de demonios que de seres humanos”. Y llevaba razón. ¿Cómo explicar esta piedra de doce ángulos? ¿Cómo entender el transporte y alzado de estas formidables masas de piedra? ¿Cómo las pulieron? ¿Cómo lograron ese milimétrico encaje idéntico al de Vinapú, en la isla de Pascua? (25:43)

La frase de Inca Garcilaso de la Vega está adulterada. ¿Qué dijo él exactamente y por qué? Para ello citaré el capítulo XXVII (La fortaleza del Cuzco; el grandor de sus piedras) de la segunda parte de sus Comentarios Reales, en su séptimo libro. Las negritas son mías.

Maravillosos edificios hicieron los Incas Reyes del Perú en fortalezas, en templos, en casas reales, en jardines, en pósitos y en caminos y otras fábricas de grande excelencia, como se muestran hoy por las ruinas que de ellas han quedado, aunque mal se puede ver por los cimientos lo que fue todo el edificio.

La obra mayor y más soberbia que mandaron hacer para mostrar su poder y majestad fue la fortaleza del Cuzco, cuyas grandezas son increíbles a quien no las ha visto, y al que las ha visto y mirado con atención le hacen imaginar y aun creer que son hechas por vía de encantamiento y que las hicieron demonios y no hombres; porque la multitud de las piedras, tantas y tan grandes, como las que hay puestas en las tres cercas (que más son peñas que piedras), causa admiración imaginar cómo las pudieron cortar de las canteras de donde se sacaron; porque los indios no tuvieron bueyes, ni supieron hacer carros, ni hay carros que las puedan sufrir ni bueyes que basten a tirarlas; llevábanlas arrastrando a fuerza de brazos con gruesas maromas; ni los caminos por do las llevaban eran llanos, sino sierras muy ásperas, con grandes cuestas, por do las subían y bajaban a pura fuerza de hombres. Muchas de ellas llevaron de diez, doce, quince leguas, particularmente la piedra o, por decir mejor, la peña que los indios llaman Saycusca, que quiere decir cansada (porque no llegó al edificio); se sabe que la trajeron de quince leguas de la ciudad y que pasó el río de Yúcay, que es poco menor que [el] Guadalquivir por Córdoba. Las que llevaron de más cerca fueron de Muyna, que está cinco leguas del Cuzco. Pues pasar adelante con la imaginación y pensar cómo pudieron ajustar tanto unas piedras tan grandes que apenas pueden meter la punta de un cuchillo por ellas, es nunca acabar. Muchas de ellas están tan ajustadas que apenas se aparece la juntura; para ajustarlas tanto era menester levantar y asentar la una piedra sobre la otra muchas veces, porque no tuvieron escuadra ni supieron valerse siquiera de una regla para asentarla encima de una piedra y ver por ella si estaba ajustada con la otra.

Tampoco supieron hacer grúas ni garruchas ni otro ingenio alguno que les ayudara a subir y bajar las piedras, siendo ellas tan grandes que espantan, como lo dice el M. reverendo Padre Joseph de Acosta hablando de esta misma fortaleza; que yo, por [no] tener la precisa medida del grandor de muchas de ellas, me quiero valer de la autoridad de este gran varón, que, aunque la he pedido a los condiscípulos y me la han enviado, no ha sido la relación tan clara y distinta como yo la pedía de los tamaños de las piedras mayores, que quisiera la medida por varas y ochavas, y no por brazas como me la enviaron; quisiérala con testimonios de escribanos, porque lo más maravilloso de aquel edificio es la increíble grandeza de las piedras, por el incomportable trabajo que era menester para las alzar y bajar hasta ajustarlas y ponerlas como están; porque no se alcanza cómo se pudo hacer con no más ayuda de costa de la de los brazos. Dice, pues, el Padre Acosta, libro seis, capítulo catorce: ‘Los edificios y fábricas que los Incas hicieron en fortalezas, en templos, en caminos, en casas de campo y otras, fueron muchos y de excesivo trabajo, como lo manifiestan el día de hoy las ruinas y pedazos que han quedado, como se ven en el Cuzco y en Tiaguanaco y en Tambo y en otras partes, donde hay piedras de inmensa grandeza, que no se puede pensar cómo se cortaron y trajeron y asentaron donde están; para todos estos edificios y fortalezas que el Inca mandaba hacer en el Cuzco y en diversas partes de su reino, acudía grandísimo número de todas las provincias; porque la labor es extraña y para espantar, y no usaban de mezcla ni tenían hierro ni acero para cortar y labrar las piedras, ni máquinas ni instrumentos para traerlas; y con todo eso están tan pulidamente labradas que en muchas partes apenas se ve la juntura de unas con otras. Y son tan grandes muchas piedras de éstas como está dicho, que sería cosa increíble si no se viese. En Tiaguanaco medí yo una piedra de treinta y ocho pies de largo y de diez y ocho de ancho, y el grueso sería de seis pies; y en la muralla de la fortaleza del Cozco, que es de mampostería, hay muchas piedras de mucho mayor grandeza, y lo que más admira es que, no siendo cortadas éstas que digo de la muralla por regla, sino entre sí muy desiguales en el tamaño y en la facción, encajan unas con otras con increíble juntura, sin mezcla. Todo esto se hacía a poder de mucha gente y con gran sufrimiento en el labrar, porque para encajar una piedra con otra era forzoso probarla muchas veces, no estando las más de ellas iguales ni llanas’, etc. Todas son palabras del Padre Maestro Acosta, sacadas a la letra, por las cuales se verá la dificultad y el trabajo con que hicieron aquella fortaleza, porque no tuvieron instrumentos ni máquinas de qué ayudarse.

Los Incas, según lo manifiesta aquella su fábrica, parece que quisieron mostrar por ella la grandeza de su poder, como se ve en la inmensidad y majestad de la obra; la cual se hizo más para admirar que no para otro fin. También quisieron hacer muestra del ingenio de sus maestros y artífices, no sólo en la labor de la cantería pulida (que los españoles no acaban de encarecer), mas también en la obra de la cantería tosca, en la cual no mostraron menos primor que en la otra. Pretendieron asimismo mostrarse hombres de guerra en la traza del edificio, dando a cada lugar lo necesario para defensa contra los enemigos.

La fortaleza edificaron en un cerro alto que está al septentrión de la ciudad, llamado Sacsahuaman, de cuyas faldas empieza la población del Cuzco y se tiende a todas partes por gran espacio. Aquel cerro (a la parte de la ciudad) está derecho, casi perpendicular, de manera que está segura la fortaleza de que por aquella banda la acometan los enemigos en escuadrón formado ni de otra manera, ni hay sitio por allí donde puedan plantar artillería, aunque los indios no tuvieron noticia de ella hasta que fueron los españoles; por la seguridad que por aquella banda tenía, les pareció que bastaba cualquiera defensa, y así echaron solamente un muro grueso de cantería de piedra, ricamente labrada por todas cinco partes, si no era por el trasdós, como dicen los albañis; tenía aquel muro más de doscientas brazas de largo: cada hilada de piedra era de diferente altor, y todas las piedras de cada hilada muy iguales y asentadas por hilo, con muy buena trabazón; y tan ajustadas unas con otras por todas cuatro partes, que no admitían mezcla. Verdad es que no se la echaban de cal y arena, porque no supieron hacer cal; empero, echaban por mezcla una lechada de un barro colorado que hay, muy pegajoso, para que hinchase y llenase las picaduras que al labrar la piedra se hacían. En esta cerca mostraron fortaleza y policía, porque el muro es grueso y la labor muy pulida a ambas partes. (pp. 141-143)

Acto seguido, el celebérrimo peruano hace una observación interesante en el capítulo XXVIII (Tres muros de la cerca; lo más admirable de la obra):

Tengo para mí que no son sacadas de canteras, porque no tienen muestra de haber sido cortadas, sino que llevaban las pequeñas sueltas y desasidas (que los canteros llaman tormos) que por aquellas sierras hallaban, acomodadas para la obra; y como las hallaban, así las asentaban, porque unas son cóncavas de un cabo y convexas de otro y sesgas de otro, unas con puntas a las esquinas y otras sin ellas; las cuales faltas o demasías no las procuraban quitar ni emparejar ni añadir, sino que el vacío y cóncavo de una peña grandísima lo henchían con el lleno y convexo de otra peña tan grande y mayor, si mayor la podían hallar; y por el semejante el sesgo o derecho de una peña igualaban con el derecho o sesgo de otra; y la esquina que faltaba a una peña la suplían sacándola de otra, no en pieza chica que solamente hinchiese aquella falta, sino arrimando otra peña con una punta sacada de ella, que cumpliese la falta de la otra; de manera que la intención de aquellos indios parece que fue no poner en aquel muro piedras chicas, aunque fuese para suplir las faltas de las grandes, sino que todas fuesen de admirable grandeza, y que unas a otras se abrazasen, favoreciéndose todas, supliendo cada cual la falta de la otra, para mayor majestad del edificio, y esto es lo que el P. Acosta quiso encarecer diciendo: ‘lo que más admira es que no siendo cortadas éstas de la muralla por regla, sino entre sí muy desiguales en el tamaño y en la facción, encajan unas con otras con increíble juntura, sin mezcla’. Con ir asentadas tan sin orden, regla ni compás, están las peñas por todas partes tan ajustadas unas con otras como la cantería pulida; la haz de aquellas peñas labraron toscamente; casi les dejaron como se estaban en su nacimiento; solamente para las junturas labraron de cada peña cuatro dedos, y aquello muy bien labrado; de manera que de lo tosco de la haz y de lo pulido de las junturas y del desorden del asiento de aquellas peñas y peñascos, vinieron a hacer una galana y vistosa labor.

Un sacerdote natural de Montilla, que fue al Perú después que yo estoy en España y volvió en breve tiempo, hablando de esta fortaleza, particularmente de la monstruosidad de sus piedras, me dijo que antes de verlas nunca jamás imaginó creer que fuesen tan grandes como le habían dicho, y que después que las vió le parecieron mayores que la fama; y que entonces le nació otra duda más dificultosa, que fue imaginar que no pudieron asentarlas en la obra sino por arte del demonio. Cierto tuvo razón de dificultar el cómo se asentaron en el edificio, aunque fuera con el ayuda de todas las máquinas que los ingenieros y maestros mayores de por acá tienen; cuanto más tan sin ellas, porque en esto excede aquella obra a las siete que escriben por maravillas del mundo; porque hacer una muralla tan larga y ancha como la de Babilonia y un coloso de Rodas y las pirámides de Egipto y las demás obras, bien se ve cómo se pudieron hacer, que fue acudiendo gente innumerable y añadiendo de día en día y de año en año material a material y más material; eso me da que sea de ladrillo y betún, como la muralla de Babilonia, o de bronce y cobre, como el coloso de Rodas, o de piedra y mezcla, que la pujanza de la gente, mediante el largo tiempo, lo venció todo. Mas imaginar cómo pudieron aquellos indios tan sin máquinas, ingenios ni instrumentos, cortar, labrar, levantar y bajar peñas tan grandes (que más son pedazos de sierra que piedras de edificio), y ponerlas tan ajustadas como están, no se alcanza; y por esto lo atribuyen a encantam[i]ento, por la familiaridad tan grande que con los demonios tenían. (pp. 144-145)

Se puede inferir que la arquitectura inca es un misterio porque no hay un solo registro oral o escrito de su construcción. A juzgar por las descripciones del mencionado cronista, estos monumentos son una fuente inagotable de especulaciones, y la tradición popular no contiene una sola historia que nos cuente cómo se levantó, por ejemplo, el Cuzco. Por otro lado, queda demostrado que nuestro ilustre Inca fue el primero en cometer el típico error de asumir que una estructura arquitectónica es magistral siempre y cuando sus rendijas sean “a prueba de cuchillo”.

(26:01) ¿Y qué decir de las moles que dan forma a la fortaleza inca de Sacsayhuamán? Algunos de estos bloques superan los cinco metros y las ciento treinta toneladas de peso. La técnica de construcción es prácticamente gemela a la que vimos en Pascua. ¿Cómo entender esta semejanza? ¿Pudieron los incas llegar hasta el ombligo del mundo? ¿Enseñaron a los pascuenses cómo diseñar y levantar estos muros, o fue al revés? (26:29)

Las evidencias de aquel supuesto encuentro son interesantes, polémicas… y aún poco concluyentes. Si hubo algún contacto entre los incas y los rapanui, éste habría sido tan breve que ambas comunidades indígenas apenas se habrían acordado de ello. Argumentos a favor y en contra sobran, pero falta la certeza. La mesa en Vinapú está servida, aunque la comunidad científica no tiene grandes expectativas de ese banquete. Sin embargo, no estaría de más tener en mente que las similitudes arquitectónicas en distintos lugares del mundo no siempre indican un conocimiento “importado” de otra cultura, sino un conocimiento obtenido autónomamente mediante la experiencia, la observación y la experimentación.

(27:07) Y otro tanto sucede con los almacenes y tumba del rey Ranjay en la ciudad etíope de Aksum. Una formidable construcción con bloques de quinientas toneladas y pies cuadrados exactamente igual que en Perú y Pascua. Un complejo funerario que se remonta al año 2500 a.C. (27:28)

(27:45) Pero la sorpresa y el desconcierto se ven nuevamente superados cuando uno acierta a caminar por la meseta egipcia de Giza. Aquí, en el templo situado al pie de la esfinge, las increíbles construcciones de Pascua, Perú y Etiopía vuelven a repetirse. Según la arqueología oficial, este templo fue edificado por el faraón Kefrén, de la IV Dinastía, es decir, hace 4500 años. Curiosamente tanto el diseño como la disposición y pulido de estos formidables bloques son similares a los de Vinapú, Cusco, Sacsayhuamán y Aksum. Algunas de estas masas de piedra miden y pesan exactamente lo mismo que los de la fortaleza inca o la tumba etíope. Otras, con nueve metros de longitud y tres de altura superan las doscientas cuarenta toneladas. La perfección es tal que tampoco aquí es posible introducir la hoja de un cuchillo entre las paredes. (28:51)

El reino de Aksum no tuvo por líder a ningún Ranjay (¿o Ran-Hay?); la lista de reyes tiene 49 nombres, y él no aparece allí. Buscando en Internet, la única “prueba” de su existencia es un video de YouTube donde el usuario “surfea” en Google Earth hasta el sitio donde está enterrado, pero se había topado con el sepulcro correcto del hombre equivocado.

Señoras y señores: con ustedes… ¡el rey Ezana! (¡Ta-da!) Su sepulcro está en el Stelae Park, al Norte de la ciudad de Aksum. En el seudodocumental, el enfoque de la cámara lo mostró así:

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Cuando debió mostrarlo así:

Comparar Vinapú y Cuzco es algo medio razonable (ehm… bueno, no mucho), pero comparar la arquitectura inca-rapanui con las ruinas etíopes de Aksum es caerse a mentiras falsas y salvajes. Miren de nuevo las imágenes. Notarán que no tienen prácticamente nada en común; ni en peso, ni en dimensiones.

No entraré en detalles sobre las pirámides egipcias porque esa será la tarea del capítulo 11.

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Oigan, panas… ¿cuándo será el día en que se dejen de juzgar los edificios en base a criterios tan superficiales e intrascendentes como el de no poder meterle un objeto filoso entre sus ranuras? Hagámosle un favor a la humanidad: no insultemos la inteligencia ajena con ese tipo de disparates, ¿sí?

Y apliquemos otra vez el sentido común. Un edificio repleto de agujeros y fisuras por doquier (salvo los orificios básicos, como la entrada, la salida, las ventanas o los “huecos” para la ventilación) no sirve para nada, sin importar el material del que esté hecho. Ustedes no comprarían una vivienda en ese estado, ¿o sí?

(28:52) ¿Cómo lo hicieron? Nadie tiene una explicación convincente. (28:57)

Usted tampoco ;-)

(29:00) ¿Navegaron los antiguos egipcios o los etíopes hasta América del Sur y la isla de Pascua? No parece lógico; la distancia entre estos países y el ombligo del mundo es de más de quince mil kilómetros. Pero entonces, ¿qué ocurrió? Por más que indagué fue imposible hallar una explicación al enigma de la semejanza entre las construcciones de estas cuatro culturas. En Pascua no existe vestigio alguno de las hipotéticas visitas de incas o egipcios. Para los rapanui, los muros de Vinapú, destinados a sostener un moai de veintitrés metros, fueron obra de Hotu Matu’a o de sus inmediatos sucesores. (29:43)

(29:45) Unos muros, dicen, que se hicieron realidad merced al mana. (29:49)

Todo ese argumento es engañoso, falaz, ilógico y falto de evidencias. Engañoso, porque la hipótesis del contacto pascuense-inca-norafricano confunde la posibilidad con la realidad, el indicio con la prueba firme y la coincidencia con la causalidad. Falaz, porque emplea la tradición oral no como una fuente de datos sino como un ad antiquitatem. Ilógico, porque esa hipótesis elude la racionalidad al incurrir en la confusión antes descrita. Y falto de evidencias, porque no hay pruebas de lo que está diciendo (posible excepción: hipótesis del contacto pascuense-inca).

Aparte de eso, examino rápidamente dos cosillas:

  • Distancias geográficas: Cusco (Perú) está a 4.160 km de la isla de Pascua, El Cairo (Egipto) a 16.173 km y Aksum (Etiopía) a 16.407 km.

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  • Mana: en la bibliografía consultada no hay referencias del mana como una “fuerza” levantadora de piedras.

(29:58) Hotu Matu’a. He aquí otro de los intrigantes misterios de Pascua. ¿Qué fue de aquel primer rey? ¿Qué fue del ariki que fundó la cultura rapanui y que trajo el primer moai? Según la tradición Hotu Matu’a gobernó durante veinte años; fue la época del máximo esplendor. Un período en el que se inició probablemente la construcción de las gigantescas estatuas y sobre todo el reinado del mana por excelencia. Todo en el soberano era mana, todo era sagrado, nadie debía tocarlo; su cabeza, cabellos y manos eran santos. No podía cortarse el pelo y tampoco las uñas. Sus manos sólo tejían redes. Al morir, el cráneo era separado del cuerpo y adornado con pinturas o grabados. (30:54)

Según las versiones de Craig, Buck y Barthel, la tradición rapanui no dice que Hotu Matu’a estuvo veinte años en el poder, ni que vivía como un hippie, ni que su oficio era el de tejedor de redes.

(30:56) Pero este poder (el mana) se hallaba asociado a otro concepto: el tapu, es decir, lo prohibido. Cualquier persona u objeto que pudiera tocar el rey quedaba maldito. Y el tapu, un concepto del que procede la palabra tabú, ha llegado hasta nuestros días en la isla del fin del mundo. El pescador, por ejemplo, no puede comer los peces que captura. Las mujeres y niños rapanui tienen prohibido el consumo de atún durante la época estival. Los pascuenses no deben pisar el terreno donde se ha enterrado un cordón umbilical. Nadie podía ver al ariki comiendo o durmiendo. Los infractores del tapu eran condenados a muerte bien por el aplastamiento del cráneo o bien por la introducción en el recto de una antena de langosta marina; un suplicio extraordinariamente doloroso que conducía indefectiblemente a la muerte. (31:50)

Esta es una excelente auto-refutación del buensalvajismo multiculti de Benítez. Gracias, usted me ha ahorrado la faena sin proponérselo. Revisando a Craig (pp. 243-244), la lista de prohibiciones es más larga, más estricta con las mujeres y afecta al Triángulo Polinesio como tal, no solamente a la isla de Pascua.

(32:10) Cuando pregunté por la tumba de Hotu Matu’a, todos coincidieron. Fue sepultado en Akahanga, al Sur de la isla: un punto equidistante de todas las tribus. Y su cabeza, dicen, fue arrojada al mar para que regresara a Hiva. Hoy este lugar es igualmente sagrado. Los rapanui, celosos de sus tradiciones, no han marcado la tumba. No desean intromisiones. (32:39)

En la versión de Barthel, cuando Hotu Matu’a murió sus hijos llevaron su cuerpo a Akahanga y lo sepultaron en Hare o Ava. Posteriormente, Tu’u-ma-heki decapitó su cadáver; la cabeza fue secada, limpiada, pintada de amarillo, envuelta en tapa y escondida en un agujero de piedra. Finalmente, el cráneo del rey fallecido fue robado, recuperado y después devuelto “a casa”. La tumba nunca fue marcada; no por “celos” culturales, sino porque la tradición fúnebre polinesia exige que el cuerpo se entierre en una cueva cuya localización sea secreta por siempre. El cráneo, empero, permanece con la familia del difunto, como reliquia (v. Craig, p. 94).

(32:40) Nosotros, gracias a una información confidencial de los ancianos rapanui, conseguimos ubicar el punto exacto donde al parecer reposan los restos de Hotu Matu’a. Pero di mi palabra de no desvelarlo; una palabra igualmente sagrada. (32:58)

Pongo en tela de duda esta “revelación”. Ya hemos visto suficientes falacias y mentiras como para tolerar una negación de la carga de la prueba.

(32:58) Y Hotu Matu’a trajo consigo la primera estatua de piedra, el primer moai. En la actualidad, nadie tiene memoria de aquella primitiva pieza. Probablemente fue destruida. (33:11)

O quizás nunca existió. Recordemos que no hay moais en otras versiones del desembarco de Hotu Matu’a.

(33:12) Según la arqueología, en Pascua han sido catalogados alrededor de mil moais. Cuatrocientos se hallan enterrados o sumergidos en las aguas que rodean la isla. El resto se alza sobre un total de 101 ahus (o altares) estratégicamente repartidos por el interior, y sobre todo, por el perímetro costero. (33:32)

El Easter Island Statue Project ha inventariado 887 moais, aunque podrían haber muchos más sin desenterrar (Hunt, Lipo y Rapu actualizan esas cifras, véase más abajo, p. 1, col. 2). Hay 110 cerca de los ahus, 397 en las canteras, 92 caídas en el transcurso a su destino, 228 (re)erigidas en sus altares. Hay por lo menos 60 estatuas incompletas.

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(33:47) Como decía, es mucho lo que se ha dicho y escrito sobre el símbolo por excelencia de Pascua, y a decir verdad son muchos también los infundios y despropósitos que giran en torno a estas colosales estatuas. ¿Fueron construidas por seres extraterrestres? ¿Fue Hotu Matu’a y su gente como ha llegado a difundirse una perdida expedición de la no menos mítica Atlántida? La verdad probablemente es otra. (34:16)

(34:16) Los moais encierran aún algunos misterios, pero en mi opinión, nada tienen que ver con seres llegados del espacio. (34:23)

Interpreten mi silencio.

Chamo… ¿tengo que explicarlo todo una… y otra… y otra… y otra… y otra vez?

¡Ni Mu, ni Lemuria, ni la Atlántida existieron, por el amor de Makemake! ¡Las Piedras grabadas de Ica son un fraude!

(35:13) La prueba irrefutable del origen terrestre de los moais se encuentra al este de la isla, en las faldas de un viejo volcán: el Rano Raraku. Aquí se han contabilizado trescientas noventa y seis estatuas, muchas terminadas y otras en fase de ejecución. Aquí, en la llamada cantera de los moais, se han encontrado los toki, las rústicas herramientas de basalto con las que se labraban. (35:41)

(35:42) No hay por tanto la menor duda. Los moais son obra humana. Otra cuestión es por qué los hicieron y sobre todo cómo los transportaron. (35:54)

Yo añado otra: su tosquedad.

[…] al hacer tanto las esculturas en piedra como las labradas en madera, los tallistas de la isla de Pascua caen en los errores comunes a todos los primitivos: son siempre formas humanas vistas frontalmente, en las que se acentúan las partes importantes (cabeza, brazos, pecho) y se atrofian las partes menos capitales, representando por transparencia costillas, esternón y vértebras. Los mismos errores que hacen los niños y los hombres prehistóricos europeos. (Historia Universal, p. 73)

Afirmo esto sin ánimo de ofender a los rapanui.

(35:58) Para los científicos, una vez más, no hay seguridad. Para los pascuenses, en cambio, la finalidad de estos colosos de piedra está muy clara. Se trataba sencillamente de la representación de reyes o personajes notables de la comunidad. (36:15)

He aquí otro muñeco de paja anticientífico. Al igual que los creacionistas, Benítez intenta desacreditar la ciencia “enseñando la controversia”. Craig, efectivamente, trata en su libro la división de opiniones en los especialistas sobre el objetivo de los moais (p. 183), pero la Historia Universal zanja la cuestión al sostener que “[…] los personajes glorificados con las grandes esculturas no son dioses ni héroes, sino caciques que se impusieron en una época favorable a sus intereses personales” (p. 72). Id est: culto a los ancestros.

(36:16) La estatua era trabajada en la cantera. Una vez concluida se dejaba deslizar por la pendiente y encajada en una fosa. Allí se remataba la espalda y se esperaba que el propietario falleciera. (36:28)

(36:37) Cuando esto ocurría, el moai era trasladado al lugar elegido y alzado sobre el ahu, o altar. Era entonces cuando los artesanos procedían a la fase culminante; abrían las cuencas oculares y engastaban en ellas unos ojos de coral blanco con pupilas de escoria roja. Y esa mirada terrorífica era la señal: el difunto tomaba posesión del moai y su poder, el mana, se difundía a través de dicha mirada. Y el mana alcanzaba así a todos sus súbditos y familiares. Por eso la casi totalidad de las estatuas mira al interior de la isla, y en ocasiones, según la categoría del difunto, los moais eran adornados también con los pukao, una suerte de moño o sombrero elaborado con escoria roja y que según los rapanui constituía el emblema del nuevo hombre-dios. (37:37)

En líneas generales, eso es correcto.

(37:42) Y ahí justamente, en el proceso de traslado del moai desde la cantera del Rano Raraku hasta su definitivo asentamiento, aparece el gran problema. El verdadero e irritante enigma que envuelve todavía a los moais. ¿Cómo los transportaron? (38:00)

(38:07) La altura media de los casi seiscientos moais que pueden contemplarse hoy en la isla oscila alrededor de los cuatro metros, con un peso aproximado de veinte a treinta toneladas. Hay excepciones, como en los casos del moai Paro (en la costa Norte) con casi diez metros de altura y ochenta y cinco toneladas de peso. Y el moai a medio terminar de la cantera del Rano Raraku: este coloso de veintidós metros de longitud habría llegado a pesar unas doscientos cincuenta toneladas.  (38:40)

(38:43) En el caso de los sombreros o pukaos, la mayor parte de estos cilindros supera las siete y ocho toneladas. ¿Cómo se las ingeniaron los rapanui para trasladar semejantes moles a lo largo de la isla y para elevar los tocados hasta cinco metros de altura? (39:00)

(39:03) Durante décadas, científicos como Mulloy, Schwarzhof, Thor Heyerdahl y otros, se han esforzado por demostrar que el citado transporte de los moais no es en realidad un problema tan arduo o intrigante, y han echado mano de las más peregrinas soluciones. Trineos de madera sobre los que descansarían las estatuas. Horquillas también de madera de las que colgarían los moais. Cuerdas y rodillos, y hasta caminos de paja por los que podrían haber sido desplazados los elegantes colosos. La verdad es que estas hipótesis no convencen. (39:39)

(39:40) En algunos casos ese supuesto arrastre habría exigido cientos, quizá miles de hombres. En otros, el uso de cuerdas o maromas amarradas al cuerpo de las estatuas habría dañado irremisiblemente la palagonita, la frágil piedra volcánica con la que fueron labradas. El ejemplo más claro lo tenemos en el moai de Tongariki. En 1982 fue expuesto en la ciudad japonesa de Osaka. Pues bien: a pesar del exquisito cuidado desplegado en su manipulación y transporte, las sogas lo dejarían marcado para siempre. Y me pregunto: si los antiguos pascuenses se valieron de cuerdas y rodillos para transportar los moais, ¿por qué ninguna de las estatuas presenta las lógicas rozaduras? (40:28)

(40:32) Pero el gran fallo de cuantos han intentado explicar el traslado de los moais de forma convencional aparece al echar mano de la madera. ¿Rodillos? ¿Trineos? ¿Horquillas? ¿Estructuras en forma de “V”? Los científicos, al plantear sus hipótesis, dan por hecho que dicha madera era un bien abundante en la isla. Grave error. (40:57)

Las siguientes imágenes (National Geographic, julio del 2012, pp. 54-55) nos relatan el historial de las teorías más sonadas de los moais:

infografiamoaisnationalgeographic_jul2012

Detalles de interés y una cita comentada im-por-tan-tí-si-ma:

  • “‘Los expertos pueden decir lo que sea -sentencia Suri Tuki, medio hermano de José Antonio Tuki-. Pero nosotros sabemos la verdad: caminaban’. Según la tradición oral rapanui, los moáis cobraban vida gracias al mana, una fuerza espiritual que les transmitían sus ancestros” (National Geographic, pp. 57, 60). En los moais, el mana no los hacía “volar”, ni “levitar”, ni “saltar”, ni “rodar”; los hacía “caminar”.
  • Terry Hunt, Carl Lipo y Sergio Rapu Haoa plantearon una hipótesis en la cual los moais pudieron moverse con cuerdas y un equipo pequeño de gente (su experimento involucró a 18 personas para un moai de 4,38 toneladas); su punto de referencia fue la tradición oral rapanui de los “moais andantes” (pp. 1, col. 2-2, col. 1). Este método permite un desplazamiento del moai en tiempo récord y con mínima fricción en la base.
  • Del estudio de Hunt, Lipo y Rapu se deduce que: a)es imposible el desplazamiento de un moai sin ocasionarle algún rasguño (sin embargo, la “caminata” con las cuerdas es una de las propuestas menos perjudiciales para la estructura de la estatua); b)sólo había una oportunidad para transportar el moai desde la cantera hasta su plataforma final; debido a su enorme peso, el proceso debía empezar desde cero, con otro moai, si se caía en el trayecto (evidencia: estatuas completas y en buen estado que fueron abandonadas).
  • Geológicamente, los moais están hechos de toba volcánica, basalto, traquita y escoria roja (para el pukao, el “sombrero” situado en la cabeza).
  • Las hipótesis del transporte de los moais basados en el uso de la madera (especialmente la de Heyerdahl) han sido criticadas tanto por científicos como por seudocientíficos. Son plausibles, pero no tienen validez.

(40:59) Los ancianos lo han repetido hasta el aburrimiento, pero nadie les ha prestado atención. En Pascua, dicen los rapanui, jamás hubo bosques. Y vulcanólogos y expertos en polen han terminado dándoles la razón. Hace diez mil o doce mil años, la isla padeció la última gran erupción volcánica. El Ma’unga Terevaka, al Norte, entró en actividad y los ríos de lava arrasaron Pascua, sofocando cualquier vestigio de vegetación. Cuando Hotu Matu’a desembarcó en Anakena, el ombligo del mundo era un paraje casi desolado. El único arbusto presente en la isla era el toromiro, de apenas 1,30 metros de altura y treinta centímetros de diámetro. (41:49)

(42:17) Está claro que los antiguos pascuenses no pudieron trasladar los moais con el auxilio de rodillos de madera porque sencillamente no había madera. Y el enigma aparece de nuevo. Si el toromiro no era suficiente para esos más que supuestos cientos o miles de rodillos, ¿cómo los transportaron? (42:38)

Hunt, Lipo y Rapu sostienen (p. 8, col. 1) que el arbusto utilizado para fabricar las cuerdas que movían a los moais era el cadillo (Triumfetta semitriloba), no el toromiro (Sophora toromiro). El cadillo era abundante en la isla de Pascua y, lógicamente, se podía sembrar en un manavai.

Es cierto que el Ma’unga Terevaka causó estragos en su erupción pleistocénica, pero también el hecho de que desde aquel entonces hubo muchísimo tiempo para la regeneración del ecosistema; el suelo volcánico es muy fértil. Eso explica la supervivencia de especímenes de palma incluso durante el Período Medio, como el Paschalococos disperta. Ergo: a)sí había vegetación en Pascua; b)sí había madera.

(42:41) La respuesta de los rapanui siempre es la misma: con mana. Era el poder más que excepcional del rey o de los sacerdotes el que levantaba las estatuas en la cantera desplazándolas por el aire. Llegado el momento, cuando el propietario del moai fallecía, el cortejo se ponía en marcha. El ariki utilizaba su mana y el gigante de piedra se alzaba como una pluma obedeciendo las órdenes del rey o del iniciado de turno, y así viajaba hasta el lugar fijado por el difunto. (43:17)

(43:37) Así aseguran los ancianos se salvaban los accidentes geográficos depositando el moai en los ahus más inaccesibles, incluso en los acantilados. (43:48)

(44:04) Pero esta versión obviamente no cuenta para los científicos. (44:08)

Mentira. Véanse las refutaciones anteriores. Con esto se comprueba que la versión de las leyendas rapanui de Benítez no es fiable.

(44:18) La magnífica industria lítica de los pascuenses se prolongaría hasta el siglo XIII. En ese tiempo, como dije, fueron tallados un millar de moais. Fue la época dorada de la isla del fin del mundo. (44:32)

La historia antigua de la isla de Pascua tiene tres períodos: Temprano (500-1.000 d.C.), Medio (1.000-1.600) y Tardío (1.600-). La construcción de los moais se desarrolló aproximadamente del 500 d.C. al 1.600 (v. Craig, p. 180).

(44:48) Pero un buen día, hacia el año 450, sucedió algo imprevisto. En la isla desembarcó una segunda oleada humana: eran los Hanau eepe, unos individuos corpulentos que terminarían provocando el gran desastre. Eran muchos, cuentan los ancianos rapanui, y se instalaron en el poike, y allí vivieron durante siglos. Los Hanau eepe, mal llamados “orejas largas”, se mezclaron con los primitivos pobladores. Pero en el año 1680 estalló el conflicto, y unos y otros guerrearon hasta que los invasores fueron exterminados. (45:31)

(45:37) La isla no se recuperaría jamás de aquella sangrienta guerra. Y poco tiempo después, las rivalidades entre tribus y familias desembocarían en otra catástrofe: una parte del pueblo se rebeló contra la tiranía del rey ensañándose con los símbolos del poder, los moais. Y muchas de las estatuas fueron derribadas. Y así han permanecido hasta hoy. Fue el final de los colosos de piedra y del mana; desde entonces, los moais sólo son un recuerdo. (46:15)

(46:21) Pero las desgracias de la isla del fin del mundo no terminaron ahí. A partir de 1722 el hombre blanco entra en contacto con rapanui, y durante un siglo casi un centenar de buques arriba a las costas de Pascua, y con ellos la codicia, las enfermedades, la muerte y la esclavitud. En 1862, siete barcos peruanos atracan frente a la isla y capturan a un millar de pascuenses; todos ellos son trasladados a las Islas Chincha y al interior del Perú donde trabajan como esclavos. En 1877, Pascua se encuentra al borde del colapso; la población suma ciento once personas. (47:11)

(48:11) Y con el destierro y esclavitud de los pascuenses se registra otro suceso no menos lamentable. Junto al millar de isleños capturados en 1877, se encuentra el rey Kaimakoi y la mayoría de los sabios y sacerdotes de la vieja cultura rapanui. Todos mueren en las guaneras peruanas perdiéndose así otro gran tesoro: el secreto de las tablillas rongorongo. (48:38)

La fuente más exacta que hay sobre esta guerra indígena es una corta leyenda. La única descripción de los Hanau eepe proviene de los rapanui; los vencedores del conflicto bélico. Como no hay más pruebas de esto, hay, consecuentemente, un cúmulo de teorías que disputan la historicidad de los hechos narrados en la literatura pascuense, entre ellas la de una guerra entre clanes tribales. No obstante, el consenso científico está en que en el siglo XVII arrancó una crisis que desembocó en un irremediable declive en todos los sentidos, principalmente a nivel económico. Los moais, obviamente, pagaron los platos rotos.

Una acotación rápida: para 1877, Pascua ya había colapsado, estaba en la carraplana. Los europeos simplemente “remataron” a una población previamente diezmada por masacres y hambrunas.

(48:53) Cuenta la tradición que fue Hotu Matu’a, el ariki sabio y prudente, el que trajo consigo las sesenta y nueve tablillas de madera en las que se narraba la historia de Hiva y de su pueblo. Unas tablillas o maderas parlantes grabadas con ciento cincuenta signos básicos y con los que podían componerse más de dos mil lecturas. Un formidable tesoro que se perdió con el destierro de los últimos sabios e iniciados rapanui. Hoy sólo quedan veinticuatro de estas tablillas repartidas por los más importantes museos del mundo. Su valor es incalculable. Algunas están valoradas en dos millones de dólares. Aquí sin duda se explican muchos de los enigmas que envuelven a Pascua. Aquí, según los ancianos rapanui, en estos extraños símbolos se habla del mana y del singular y poderoso dios Makemake, la criatura que bajó del cielo. (49:56)

Makemake… no… bajó… del cielo… Las demás versiones… de la leyenda de Hotu Matu’a… no dicen que él… trajera… las tablillas… rongorongo…

¡Un momento! ¿Dije rongorongo? Ah claro… si es que ya hablé de eso hace rato…

(50:09) Es probable que nunca alcancemos a desvelar los misterios de Pascua. No importa. Pascua sigue conservando la huella y la magia de aquel tiempo, y de aquellos hombres. Eso en el fondo es lo importante. Pascua hoy es una puerta abierta a la imaginación y a los sueños, la puerta más sagrada y benéfica con la que todavía cuenta el ser humano. (50:38)

Damas y caballeros, niños y niñas: con esto Benítez pone la torta en su espectáculo filmográfico. Benítez, con el “no importa”, tiró a la basura sus precedentes cuarenta y nueve minutos con cincuenta y seis segundos de cháchara. Cuarenta y nueve minutos con cincuenta y seis segundos perdidos de seudodocumental. Cuarenta y nueve minutos con cincuenta y seis segundos de elucubraciones baratas en un callejón sin salida. Marico que triste

Bien, ehm… es hora de recapitular. La isla de Pascua es la isla bonita ―si me permiten usar el título de la canción de Madonna― portadora de una cultura que resistió numerosos avatares en medio de horrores y prodigios. Su historia es una lección que debemos aprender y un hilo complicado de sucesos que se ha ido desenredando gracias a los avances de la ciencia moderna. Puede que alrededor de los rapanui haya un limbo de misterios todavía insolubles, pero eso no es motivo para desalentar las investigaciones al respecto, sino para impulsarlas. La isla de Pascua sí importa.

Volver al prólogo e índice de artículos

Capítulo 1 – ¿Cuál huella?

Capítulo 3 – Hache dos o

Capítulo 4 – Yisus Craist

Capítulo 5 – Secreto de uno, de ninguno

Capítulo 6 – Dios es tracalero

Capítulo 7 – Una “cajita feliz”

Capítulo 8 – Palito-Cerito-Palito

Capítulo 9 – Sahara vivo

Capítulo 10 – Sahara muerto

Capítulo 11 – Locademia de arqueología

Capítulo 12 – Mirlo fantasma

Capítulo 13 – Las metras alienígenas

Capítulo 14 – ¿De dónde vino el fraude?

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2 comentarios en “Planeta desencantado. Capítulo 2 – La isla bonita

    • Conan: de la Atlántida se sabe que es leyenda ancestral traída por Platón. Han peinado cada zona de los “siete mares” y no hay rastro de ella, menos en los términos que describía el filósofo griego. Se especula mucho que de haber existido se habría situado en las proximidades insulares de España; unos sugieren que en el Atlántico, por las Islas Canarias, y otros que en el Mediterráneo, en alguna isla de origen volcánico que ya no existe (lo que es posible; el Krakatoa reventó una isla entera en el Sudeste de Asia). Seguimos esperando a que nos traigan evidencias, y hasta ahora no ha surgido ninguna, o por lo menos ninguna que no haya sido un falso positivo que ha confundido murallas con placas tectónicas o bloques de piedra natural.

      Mu es un cuento viejo de charlatanería ufológica, seudoarqueológica y seudopaleontológica del que no se ha hallado ni una prueba. Lo mismo ha de decirse sobre Lemuria (para saber por qué son fraudes, tendrá que esperar el último capítulo). Han buscado por todas partes ambos dizque continentes, pero no hay un solo hallazgo. Es como que me digan que en el Polo Norte está Santa Claus, aunque cuando se “peina” el hemisferio Norte no hay rastro alguno de él, ni de su casita, ni de la señora Claus, ni de los renos, ni de sus duendes, ni de su fábrica de juguetes. En esas circunstancias se puede sostener que Santa Claus no existe.

      Ídem para Mu, Lemuria y la Atlántida. Esos tres sitios son cosas concretas, no son abstractas y relativas como el concepto de Dios, así que se necesita de algo más que epistemología y retórica barata para decir que están en nuestro planeta o que podrían estarlo. Como señalé en el capítulo anterior de esta serie, el único descubrimiento parecido que sí ha hecho de verdad la ciencia es uno que se llamaba Mauritia, hace millones de años atrás. La tectónica de placas se encargó de desaparecerla. De eso sí tenemos evidencias reales, tangibles, medibles.

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